Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

7. Buscando ayuda

Solo esperar la salida le animaba para continuar acudiendo puntualmente a cada cita.
No le apetecía nada seguir confesando sus frustraciones. Pero eso era lo que se esperaba de ella.
Cada vez le costaba más hacerlo, abrir su alma para que otra persona entrara en ella a revolver en sus contradicciones.
Y cuando lo hacía se sentía todavía peor. Entonces tenía que confesar los porqués de las cosas, de cada una de sus actuaciones, aunque veces no lo sabía…
Esto le causaba todavía más desazón, le dejaba desarmada, y era entonces cuando en un momento en el que sentía deshinibida le decía a su psiquiatra, señor doctor no se preocupe que «en alta vida espero, que muero porque no muero».

6. La luz de un candil

Me causa dolor tan fiero, tan imposible de determinar, se dijo. Como sea que a pesar de que no estaba sola profirió tal frase que  se dispararía de sus labios igual que una flecha hacia el exterior de la balconada, audaz, intrépida, semejante a una larga bocanada de humo haciendo jirones. La señora alta que preparaba la merienda se encogió de hombros consintiendo lo que había oído; su deber pues era preparar las meriendas en las tardes, ya fueren umbrías, ya soleadas. Abajo, en el pasillo, rodeado de muros fríos y llenos de culantrillos dormía el baúl traído de la lejana tierra de Calcuta, contenía mas peso en el lomo de nogal, que lo que hubiere estado en su interior: Camisas con blondas, vestidos de seda; mitones, etc. Prefirió el café, al té, las galletas de mantequilla, al pan tostado, sentarse en la tumbona del pequeño jardín, a ocupar una de las sillas de la sala. Las cartas que había escrito se amontonaban, algunas parecieran servilletas bien colocadas, bien dobladas; todo ello sobrepasaba el espíritu de ella, tan lleno de romanticismo y para nada escéptica; por lo tanto cada noche una carta, y la luz de un candil.

 

5. Meta física

¿Comer hasta atiborrarse: un festín para los sentidos? ¿Vale la pena una vida de sufrimientos sin más fin que la entrega continua a los placeres de la carne? La respuesta es no. No. Anhelamos trascender, salir de esta prisión de huesos, de este valle de sufrimientos por el que sin cesar nos movemos de aquí para allá, mi fiel compañera Enriqueta y yo. Ajenas al resto, nos atiborramos, ganamos insaciables volumen y peso. Engordarmos deseando ver el día en que dejaremos atrás las grasas inservibles y nos elevaremos, fuera de esta cárcel mundana sin rejas ni ventanas. «Ven», me guía Enriqueta en busca de más exquisiteces. Yo, la sigo torpe, pesada, arrastrándome hasta llegar a la altura de su brazo, ávida por zampar. Entoces comprobamos desilusionadas que no, que en esa parte no hay nada apetitoso que engullir. «Paciencia», me consuela Enriqueta, dirigiéndome desanimada a otro lado. «Vivir es renunciar», añade recordándome que ganaremos el cielo: «Solo esperar la salida». Porque las larvas de mosca respetamos los brazos incorruptos de las santas y confiamos en que llegará el día en que tendremos alas. ¡Entonces tendrá sentido esta vida de gusanos!

4. Liga 66-67

Mi recuerdo más lejano del amor requiere una apreciación indispensable, una premisa relevante. Su forma más brutal, más primitiva y más irracional recae en la pasión.

Sólo esperar la salida de la escuela me llenaba de una inmensa felicidad. En esa esquina de mi ciudad, entre las calles Corts y Tapiró, un escaparate amparaba ese amor desenfrenado. No me la quitaba de la cabeza, deseándola hasta no poder más…

…y con final infeliz.

Una mañana desapareció, como sin darme cuenta, aquel balón de cuero que me seducía y que tanto deseé tener entre mis brazos que solo de pensar en que otros lo abrazaran aun me sigue rompiendo el corazón.

02. SHIBARI (EPÍFISIS)

Siempre me gustó, que el tío que estaba entre mis muslos, me poseyera con fuerza y con pasión. Que me dijera en la oreja cosas guarras, me encanta y que me insultara y que yo como defensa, me debatiera en una lucha de brazos y piernas hasta quedar exhaustos entre las sábanas de seda.

Entré en el club Shibari, aleccionada por una amiga.

Cortinas rojas y una barra donde servía bebidas un tío con collar de cuero con cadena a la pared, desnudo salvo los correajes y un slip de piel negra.

Dos esbirros con máscaras me quitaron las ropas y me cargaron de cadenas y de una especie de cinturón de castidad, entré en la mazmorra en esta cárcel, estos hierros se me clavaban en la ingle, pero no fue nada, peor, cuando me colocaron en la cruz de San Andrés.

Me pusieron un separador de labios y apareció un tío con la cosa más bestial que yo había visto nunca y una palmeta, solo dije ahh.

Me desperté, cuando en la boca tenía dos dedos de la mano derecha y tres de la izquierda de mi dentista, mientras desde detrás de la mascarilla me decía, abre más.

1. AUTOESTOP FATÍDICO

Cuando subí al coche distinguí un olor extraño, excesivamente perfumado. Tardé poco tiempo en darme cuenta de que la mujer que me acompañaba en el asiento de atrás estaba muerta. Pero solo fui consciente de mi suerte cuando descubrí que la pelirroja de delante tampoco se movía. Menos molestias, pensé. En otras ocasiones prefiero tomar la iniciativa de la conversación, ganarme la confianza de los pasajeros y, a modo de justificación, describirles sin acritud mi intención. Sólo esperar la salida les acobarda y enmudece para el resto del trayecto.

Pero aquella era una situación diferente. El conductor me miraba desde el espejo interior y confesaba, desinhibido, su afición a vagar por las carreteras recogiendo lo que definía como “mujeres desorientadas”. Preferí no advertirle aún de mi intención de desvalijarle el coche, a él y a su silenciosa compañía, y esperé a que ese estúpido criminal decidiera “orientarme” por un cerrado camino forestal para desenfundar mi “katana”, convencida, ahora sí, de que por fin ejecutaría un asalto entretenido.

125. Añoranza

Otro año más mamá empezará a llorar. Cuando la última campanada dé el pistoletazo de salida, su rostro se arrugará en una mueca imposible para evitar el llanto. Entonces, unos descorcharemos las primeras botellas, otros nos besaremos y abrazaremos como no lo hacíamos desde trescientos sesenta y cinco días atrás, volará el confeti de uno a otro lado, los matasuegras iniciaran su espiral de ruido y una tormenta de buenos deseos descargará sobre todos nosotros. Pero, a pesar de todo, a pesar de que la rodeemos e intentemos ahogar su nostalgia, sus lágrimas ganarán la partida y encontrarán el surco labrado, año a año, desde que dejaron de cuadrarle las cuentas.

124. CICLOS

Lo renqueante de su articulaciones, lo deslucido de su frente, lo apagado de su voz le mostraban de forma patente que su fin se acercaba.

A su alrededor expectación y alegría por la llegada del nuevo año. En su interior todos los achaques y miedo. Tristeza por dejar de verlos, de sentir su algarabía, de percibir con atención  sus miradas. Era la hora de los adioses. En la penúltima campanada se quebró su engranaje, las saetas lo abrazaron y los números romanos le guardaron silencio.

A lo lejos el reloj de algún  campanario daba la última de la noche. Una explosión de luces y estruendo de cohetes recibía el nacimiento de otro año.

 

123. BAILE DE MÁSCARAS

En aquella habitación tan solo había lugar para tres máscaras, la tuya, la mía y la de la muerte. Las reglas estaban claras. Danzar al compás de la música, intercambiando una y otra vez las parejas. Al sonar las doce campanadas escogeríamos. Solo eligiéndonos mutuamente habíamos de salvarnos. Si no, el desafortunado se marcharía con ella. ¿Puede haber juego más cruel?

Cuando llegó el momento, corristeis ambas hacia mí. ¿Quién de las dos eras tú, quién la de la guadaña? El leve aroma a vainilla recién molida me dio la pista. Te señalé con el dedo y nos descubrimos. Ahí estabas, esbelta y seductora como siempre, con los ojos color miel encogidos en un gesto atónito. Nos habíamos salvado. ¿Entonces por qué gemías e implorabas que no te llevase conmigo, que eras aún demasiado joven? Quise acercarme a ti para abrazarte, pero antes de dar un paso un gruñido desconocido escapó de mi garganta.

–Tu hora ha llegado –dije con voz fiera.

En ese momento comprendí. El mismo baile hacía un tiempo, el frío, la oscuridad creciente. Un cosquilleo sacudió mis huesos. Ignorando sus gritos desgarradores la aferré de la muñeca y me la llevé a rastras por el pasillo.

122. LAS ORILLAS

Susana vivió siempre en el barrio nuevo, junto al río. Estudió en el mismo colegio desde pequeña y al cumplir los veinte comenzó a trabajar de bibliotecaria por las mañanas.
Cruzando el puente, en la judería, creció Antonio. De adulto, ya de maestro, preparaba las clases del día siguiente, por las tardes, en la biblioteca.
Susana salía los sábados con sus amigos al Gran Café. Allí pasaban el tiempo hasta la noche entre charlas, risas y quinitos. Al día siguiente, Antonio y su pandilla ocupaban la misma mesa, llena de muescas y corazones marcados la jornada anterior. Veían algún partido y agotaban los domingos.
En fin de año ambos tomaban las uvas en sus casas. Susana solía excusarse con algún resfriado inoportuno o consentido. Y Antonio respetuoso de la intimidad familiar y las tradiciones.
Pero llegó la nochevieja y los dos pensaron que sería mejor celebrar, rodeados de amistades y cientos de personas desconocidas, la llegada del año nuevo.
Antonio y Susana coincidieron entre la multitud por pura casualidad. Invadidos por el jolgorio reinante, se miraron, se abrazaron tras las campanadas y se felicitaron sonrientes.  Después, cada cual regresó a su orilla.

121. BOTTICELLI A LAS CERO

Llevaba todo el año espiando a la nueva vecina. Era rubia, alta y, cómo decirlo desde mis dieciséis, una real hembra lo diría más bien mi abuelo, digamos que estaba buena y a la vez tenía el atractivo de superarme varios años en edad, amén de dar lugar a ciertos comentarios vecinales. Así que, me propuse desde el principio que pasaría con ella la Nochevieja. Era una locura, pero su mirada me daba alas cuando coincidíamos en la escalera. Las alas de querube que me harían falta ahora, a doce escalones de distancia de su puerta. Uno, me quiere. Dos, qué tonto estoy. Tres, te esperaba. Cuatro, me lo dijo en broma. Cinco, soy un donjuán… La número doce coincidió con mi timbrazo. Nada ocurrió durante un instante eterno. Luego, se oyó el tic-tac de unos tacones acercándose, se abrió la puerta y apareció ella, adorable, mórbida, ebúrnea, celestial; comparable solo a la Venus de la concha del libro de Sociales, pero en carne mortal y con liguero. Fue maravilloso. Tenían razón todos los vecinos. No me cobró, pero, eso sí, le hice un montón de propaganda gratis durante los siguientes doce meses.

120. Un faro para Ana

Tras media hora de calma chicha retomamos la navegación por el mar de la sopa de estrellas. Sorteamos varias y cargamos otras en la bodega. Veinte minutos más para desembarcar en la isla esponja con el firme propósito de poner pronto rumbo a Paris, mientras,  decimos “aur revoir” a los doblones de oro de la tortilla francesa. Tan larga travesía nos deja a ambas exhaustas y acordamos que cuatro perlas uvas es un botín aceptable.

Muy lejos de nuestro mar de olas de espuma, allá, lejos, tierra adentro, donde el resto de la tripulación de la nave espera ansioso a que icemos la bandera del triunfo, suenan doce cañonazos. Sus fuegos se elevan en el cielo pero retumban en mi línea de flotación.

Siento el frío solitario de la madrugada y el aire con lágrimas saladas me susurra que mal capitán es quien encalla navío. Horas después la magia de la aurora boreal me recuerda que sigo siendo el timonel del barco y debo salvar mi tesoro. Siempre buscaré la luz en el horizonte.

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