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No pudieron reventar la maldita botella contra el casco. Era de Barakaldo, y buenos son los vascos con sus caldos y su vidrio templado. Después de 113 intentos, el capitán Concordia pidió que se la entregaran. La tentó, midió, sopesó, descorchó y la vació de un solo trago. Dibujó un gesto de aprobación y sugirió que hicieran un simulacro con el ancla. El Titánic quedó bautizado.
Capitán y buque eructaron al mismo tiempo y 59.000 caballos se hicieron a la mar sin reparar en los daños del casco. El capitán pidió unas botellas de Barakaldo para analizarlas debidamente, y después de recitar 114 veces la canción del pirata encaramado al espolón, decidió retirarse a meditar. Abrió los grifos de la bañera, se zambulló y se quedó dormido.
El mismísimo Poseidón, a bordo del Olympic, arremetió en singular batalla contra el Titánic y estampó sus enormes ojos de buey en la pared del camarote. El capitán Concordia abrió los suyos y le resultó imposible mantenerle la mirada.
Se dice que le vieron saltar al mar en pelota picada. Se dice también, que la nave se hundió porque no cerraron los grifos del camarote 115, se dice que fue por aquellas botellas…
Lamió repetidamente sus labios impregnados con la sal que había sido depositada tras el fuerte oleaje. Los minúsculos trocitos cristalizados sobre barrotes, pasarelas y farolas asemejaban pequeños gránulos de arena dorada y brillante lejos de la costa.
Ella, varada en sus entrañas, lo vio partir en su último viaje hacia el silencio.
Es este. El 115. Cerraron la puerta tras su espalda, dejaron las copas por aquí, soltaron las maletas por allá, e hicieron volar sombreros y chaquetas, aflojaron hebillas y cordones, desabrocharon botones, deshicieron lazos y desataron cinturones incapaces de contener por más tiempo los empujes del deseo. Si lo hubieran planificado no hubiera salido mejor. La respiración se entrecortó, el ritmo cardíaco se aceleró y los pulmones bombearon el oxígeno que necesitaba aquel ataque de pasión. Habían tenido mucha suerte. Los seleccionaron in extremis para el servicio del buque más grande del mundo e iban a aprovechar aquella oportunidad que les brindaba la vida. Cobrarían un buen sueldo (más las propinas) y al finalizar el crucero tendrían dinero suficiente para empezar casi en cualquier sitio. Con las manos entrelazadas y el corazón palpitante, dijeron adiós al pasado y sus miradas buscaron un futuro esperanzador en la dirección que les marcaba la proa. El horizonte parecía estar más cerca y las estrellas al alcance de la mano. ¿No era increíble? Definitivamente el 115 iba a ser su número de la suerte.
Quedé anonadado ante ese monstruo, un barco más grande que el RMS Titanic, cuya tragedia y la percepción que tenía de la misma, era la causa de mi miedo al vasto océano. Yo había llegado al puerto antes de la hora acordada y, ante tal vista, me sumergí en pensamientos perturbadores. Los conceptos de inmensidad, profundidad e inconmensurabilidad horrorizaban mis sentidos cuando estaba cerca del mar. Como en otras ocasiones, me imagine como tripulante de la nave que se hundió en 1912 y que, escondido en un compartimiento, permanecía vivo y era uno de los que podía contar la historia como testigo presencial. Me pregunté: ¿podía alguien sobrevivir quedándose a bordo, quizá en un camarote como el 115, o el 212, o en cualquier otro rincón de la embarcación? Me respondí furioso: ¡no, claro que no, era un lugar muy profundo del océano! Con mis temores en auge, escuché el llamado de abordaje y, de forma discreta, decidí ocultarme y perder un trabajo muy bien remunerado.
El viaje fue idea suya. Igual que casarse y hacerlo el mismo día. Eran amigas desde siempre y lo habían compartido todo. Y allí estaban con dos flamantes maridos, en un barco enorme, con camarotes de lujo y tripulación exquisita. Debían estar felices, todo iba según lo planeado pero Susan, su amiga, no llevaba bien su parte del trato, y se mostraba triste y reservada.
Cuando el golpe se produjo, Noelia sintió el crujido profundo del casco al partirse, y temió lo peor. El caos imperaba en el barco y aunque todos la empujaban a cubierta, ella solo buscaba a Susan. Cuando sus ojos por fin se encontraron, lo supieron.
El agua llegó al camarote 115 y las pilló dormidas, con los cuerpos enlazados y la expresión tranquila.
Las sirenas emiten su canto. Envuelta en zorros y medias de seda, espera al primer ministro.
Esos dos ojos desatan su inquietud. ¿Por qué los llaman de buey, si el buey es manso y las aguas están bravas?. Parecen espías al servicio de la inmensidad.
Siente un escalofrío. Se arrebuja en el abrigo. Frente al espejo, ensaya mil caras para el encuentro. Debe ser cálido, caliente… abrasador, y ella está aterida.
Pide un té blanco con plum-cake, el bizcocho que él arrancaba de sus labios para ingerirlo en sus bocas.
Nudillos en la puerta.
-¡Por fin él! -piensa-
Sobre la bandeja un cable para el camarote 115:
«Princesa, este viaje lo harás tú sola. Eres demasiado peligrosa para mí. Ahoga tu ira en espuma de alcohol y sal.
Has convertido mi pasión en un Iceberg que te destruirá»
La orquesta comienza a tocar…
Subimos a cubierta aterrados. Los zapatos de mi mujer caminaban solos por el camarote. Sin embargo no comentamos nada a la tripulación por miedo a que nos tomasen por locos. La segunda noche decidimos intentar descubrir lo que sucedía. Sentados en la cama esperamos a que cualquier objeto volase. Tras unos minutos, el camisón de mi mujer comenzó a bailar. Quisimos huir de nuevo pero una voz nos detuvo.
_No os vayáis, no me dejéis sola.
Una figura apareció dentro del camisón. No sé si fueron los nervios pero no pude contener la risa al ver cómo las mangas, tan largas, no permitían ver las manos de aquel espectro. Mi mujer ,por el contrario, permanecía en silencio, sonriendo; fija la mirada en la niña.
_Ayer llegué al Titanic con papá, pero ahora no le encuentro.
Solo acerté a sacarla del error.
_Este no es el Titanic, mira, léelo en las toallas, dice Dinamic.
_No sé leer bien, tengo cuatro años_ me gritó enfadada.
Desde entonces, cada otoño, procuramos hacer un viaje en el barco y pedimos siempre el mismo camarote. Mi mujer está jubilada de la docencia y dice que es muy lista. Este año quiere enseñarla a multiplicar.
El caudal repentino de agua helada estrellándose con violencia contra su rostro le obligó a comprimir los labios antes de robar una bocanada definitiva en el ambiente, mientras comprobaba cómo el cuerpo liviano de ella era impulsado sin control de un lado a otro de la habitación inundada. El empuje enérgico del líquido acometía su misión, alejándola en todo momento de su alcance. Entregado en una lucha estéril, percibió cómo los brazos persistían cosidos contra su cuerpo, para ratificarle que llegar hasta la joven se había convertido en tarea imposible.
Cuando batallaba impotente bajo la presión insoportable que el agua iba ejerciendo, ni tan siquiera pudo ver con claridad el número grabado sobre la puerta entreabierta, a través de la cual le pareció adivinar el griterío histérico que se propagaba desde la planta superior.
-¡Debería ser suficiente! Por lo visto habéis aprendido la lección -aclaró uno de los cuidadores, comprobando que ellos dos hacían lo imposible por encontrarse en un rincón, dificultados todavía por las restricciones que les endosaban sus camisas de fuerza-. Y si os parece volved a intentarlo, que aquí vuestras escapaditas amorosas las pagaréis en el camarote 115 bajo los efectos de las mangueras.
Una suave melodía la desveló en mitad de la noche. Unos acordes la animaban a despertar, haciéndole deslizarse por las sabanas de su cálida cama y guiándola hasta el ovalado espejo, que acomodado en un rincón de sus aposentos, le mostraba imágenes confusas. Individuos con semblante de desesperación y gritos ahogados por esas notas de dulce sintonía. Se acercó, con curiosidad, descalza y semi desnuda, envuelta en una bata de organza, bordada con finos hilos de plata. Se asomó a ese cristal, cuya musicalidad la iba encandilando y revelando escenas de un inmenso barco a la deriva, de un ir y venir de personas buscando a seres queridos, precipitándose por la borda o llorando desconsolados en algún espacio de la nave.
Su asombro se tornó espanto cuando vio quebrarse el cristal del espejo y las primeras gotas saladas brotaron de él. Notó sus piernas entumecidas por el frío y empapado el batín de organdí. El fluido resacoso y marino la iba cubriendo despacio, como quien saborea un buen manjar. Su cuarto se volvió mar y su reflejo se fue desvaneciendo hasta desaparecer. El billete para el camarote 115, nunca fue utilizado. Aun reposa en la mesilla de su cuarto.
La noche del catorce de Abril, Neptuno, sus caballos blancos, ninfas y náyades, escucharon al mar murmurar que su fría morada oceánica albergaba cientos de aturdidos náufragos.
Antes que Poseidón, así lo llaman en las profundidades y en sus castillos dorados, reaccionara, sus delfines y corceles lo deslizaron por la marea, atraídos por música de violines que ellos y las olas bailaban, y él tarareaba maldiciendo la persuasiva desobediencia de su mundo acuático.
Extrañado y furioso, las aguas siempre le rendían pleitesía para no provocarlo, se dejó llevar por sus caballerías hasta un lujoso buque, hundido en el caos.
Observaba las miradas inocentes sumergirse cuando, sin dar crédito a sus ojos, vio abrirse paso a los espíritus de los jinetes del camarote ciento quince, cabalgando sobre elegantes monturas marinas. Trotaban una y otra vez sobre las aguas, trasladando pasajeros hasta embarcaciones de rescate.
Mientras, la neblina desdibujaba abrazos y sonrisas.
Había conseguido aquel pasaje para el Titanic en el camarote 115, gracias a los favores que le había hecho al barón y los cuales su mujer desconocía.
Me puse mi traje negro entallado y las perlas que él me regaló y me dirigí al salón de baile y entre tanta gente me encontré con el hombre mas apuesto que había visto en mi vida.
Cruzamos nuestras miradas y sin mediar palabra nuestros brazos se unieron para a continuación deslizar nuestros pies por la pista . Estuvimos así durante horas, ajenos a todo lo que nos rodeaba, la música no dejaba de sonar y nuestros corazones latían acompasados. Yo temía sus palabras y por eso sellé su boca con un beso y ese fue el final.
—Abandonen el barco, nos hundimos, las mujeres y los niños primero -se podía escuchar por los altavoces- Yo entre sus brazos me negaba a abandonarlo,era como un imán del que no podía despegarme.
Todo se cubrió de agua, pero antes de que el mar nos sepultara para siempre pude leer en sus labios : Te amo.
Aunque tarde comprendí que el amor existía.
RELATO FUERA DE CONCURSO
El primer oficial, William Murdoch, la observa embarcar en Southamptom por la escalerilla de estribor que conduce a la cubierta B, de primera clase. Enseguida queda prendado de su porte, de su elegancia y de sus gestos suaves y femeninos. No tarda en averiguar que se llama Helen Caldwell, que viaja sola y que se aloja en el camarote 115.
Durante los primeros días de navegación, William aprovecha sus horas libres de servicio para buscarla por el salón de lectura, la cafetería o la cubierta de paseo, y entablar conversación con ella; se ofrece a mostrarle el puente de mando y la cámara de oficiales. Helen se siente cortejada y se muestra complacida e ilusionada.
Hacia la media noche del cuarto día de navegación, Murdoch está de guardia en el puente de mando y, desatendiendo las órdenes del capitán Edward J. Smith, cambia el rumbo y sale a la cubierta exterior provisto de cincel y maza.
Tras largos minutos de pánico y horror, el Titanic desaparece bajo las aguas. Helen, agarrada a un madero flotante, aún puede ver, en lo alto del iceberg, su nombre y el de William en un gran corazón perfectamente esculpido en el hielo.
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