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Respondí al alumno y desconecté inmediatamente la señal holográfica que me personificaba en el aula. Tenía prisa por vestirme con la ropa de ciudadano, que sentí áspera y holgada. Recogí el cepillo de dientes y los digigramas, aprobados por el Consejo Censor, que había redactado en mis noches en vela. Luego me senté en el catre a esperar.
¡Qué duros estos destierros! Me salió cara la traslación a código UNI de la constitución ‒aún me duele la prohibición de escribir esta palabra en mayúscula‒. Sabía que las fuentes de descodificación estaban restringidas para los humanos de nivel base y los grandes simios, pero fue la denuncia de un miserable lo que me llevó a esta cárcel, estos hierros. Una alerta luminosa presagió la apertura de la compuerta del calabozo, situado en el sótano del Rectorado. Entregué los sensores de reeducación al funcionario y corrí por los pasillos rodantes hasta el campus, donde sabía que me esperaba la primavera. Dos bocanadas de aire fresco me bastaron antes de regresar a impartir mi siguiente clase, esta vez con tiza y encerado. Haciendo un guiño a los jóvenes rostros que me contemplaban expectantes, no pude por menos que recurrir al clásico “Decíamos ayer…”.
Desde que sabe que va a ser mamá no puede dormir. Un estado constante de alerta la tiene paralizada. Entre sus membranas más profundas reverbera un eco, como si alojara un diapasón en su interior. La imagen de una hembra parasitada por algo semejante a una larva le obsesiona como una pesadilla. En su duermevela imagina un gigantesco útero lleno de líquidos amarillos y placentas rosadas, de capilares de ida y vuelta, de movimientos primordiales. Puede ver a su hijo flotando en flujos turbulentos, moviéndose a cámara lenta como un pequeño astronauta ciego, germinando como un brote. Está furiosa. Nadie le advirtió. Teme que el embrión pueda percibirlo. Trata de calmarse, pero le resulta muy difícil soportar la certeza de que jamás podrá transmitir esa ingrávida placidez a su hijo, que será incapaz de disfrutar de la plenitud de lo esférico, que no podrá cantarle nanas antes de nacer. Demasiado tiempo seca-piensa- demasiada ansiedad por conseguir lo que en otras es natural ha vuelto su sangre amarga, y más oscura. ¿Qué le queda? Sólo esperar la salida.
No hace ni dos meses que tomó la decisión, y ya se está arrepintiendo de haberse decantado por una maldita madre de alquiler.
Diluía el tedio buscando formas conocidas a las penumbras que habitualmente rodeaban mi lecho. Ya no recordaba qué fue primero, si la amargura o los martillazos que insistentes marcaban el tiempo. Cuando se abrió la puerta, de nuevo, un soplo de esperanza; y tú a lo lejos.
Quise correr, quise saltar, pero mis pies eran desmañados y solo atinaba a articular metódicos pasos entre sincronías de movimientos de los que renegaba por no ser dueño. Pisé una por una las mismas huellas que otrora había dibujado en el polvo que atestaba el camino, y mis gritos, o más bien lamentos, los ahogó el canto de un inoportuno pájaro que pugnaba por liberarse de las cadenas que impedían su imaginario vuelo.
Quería tenerte, transformar por una vez en abrazo esa efímera mirada que surcaba el aire y sentir el calor que deponían tus besos. Pero con la última campanada la rueda contadera estiró de una leva, y toda una suerte de muelles me secuestraron marcha atrás y con fuerza cuando estaba a punto de alcanzarte.
Te vi marchar girando sobre tu peana: adiós, princesa de mis sueños. Regreso al interior del cuco. Maldigo las horas y lloro esta cárcel, estos hierros.
Aquella mosca por fin cayó en su tela de araña. Llevaba dando vueltas por la habitación varios días de forma bulliciosa, plúmbea, con la insolencia adolescente que te da la ignorancia. Su zumbido resultaba estresante incluso para ella, la cual llevaba cinco días en la ardua labor de tejer con esmero una obra de arte férreo en el rincón de la puerta del comedor. La ventana semiabierta, cual paso del mar Rojo, había facilitado la entrada de toda clase de coleópteros, parásitos y artrópodos a la habitación. Además, aquel olor nauseabundo los atraía sin cesar a la habitación. El trabajo había valido la pena, los perfectos pentágonos conferían un dulce lecho de muerte y suerte para la víctima, la cual quedaba atrapada en esta cárcel, estos hierros. Lástima que cuando la araña fuera a iniciar su ceremonial culinario, aquel inspector decidiera irrumpir con sus zapatos embarrados y gritar: “¡Por los clavos de Cristo!, chicos aquí está el cadáver”.
Me levanto sintiendo que la vida pasa a mi alrededor y me quedo mirando, como los demás vienen y van, ríen, sufren, aman, lloran, y “viven”, esa vida que me está prohibida y todo por un error, un grave error que ahora me causa dolor tan fiero.
Y desde los barrotes de mi ventana miro al cielo y recuerdo aquel día, donde ésta sumisa empleada no aguantó más y reunió valor para empuñar la grapadora metálica, que tantas veces usó, golpeando a su despótico jefe en la cabeza, una y otra vez, una y otra vez, hasta dejarlo tirado en el suelo, muerto al fin.
No hay sensación más desagradable como sentirse extraño en tu propio cuerpo. Y la imperiosa necesidad de salir del mismo como si de una cárcel se tratase. Si me miro en el espejo, no me reconozco y mi ira me lleva a machacarlo de un manotazo. Si intento subir hasta mi casa como antes, fatigosamente, me encuentro en el primer rellano de la escalera al primer paso y la puerta de la vecina que se cierra de un portazo. Aunque trato de no darle importancia, en el edificio se murmura que algo está sucediendo, y desde la primera desaparición, sólo pude esbozar tímidas y vagas respuestas ante la policía.
Cuando esta mañana vinieron a arrestarme, les grité que no era yo y que me buscaran un calabozo seguro y vacío. Tal vez por que si muero es porque no muero.
Era tan fácil como sólo esperar la salida del humo de la chimenea para saber que ella había vuelto. Sólo esperar la salida del humo de la chimenea… Se me pasaron los días, los meses, los años, vigilando aquel chorro imaginario de humo sentado en el porche del bungalow de enfrente; vigilando por si aparecía el eco de su voz, el destello de su sonrisa…
No he sido capaz de preguntar por ella, acaso nunca estuvo y sólo es un ser imaginario que camufla mi soledad enferma. Lo asombroso es que una noche bailamos juntos bajo la luna llena, sobre la húmeda hierba, puedo jurarlo, aquello sucedió una noche de verano, después de la cena, hicimos un brindis y nos besamos bajo el guiño fugaz de alguna estrella. Se marchó en otoño diciéndome que volvería pronto, que estuviera atento al humo de su chimenea.
Debo de estar loco, pero le dije que la esperaría hasta que volviera, y aquí estoy, enredando de esperanza mi espera, aunque ella quizás no vuelva.
Puedo afirmar con convicción y sin temor a equivocarme que, vivo en el paraíso imperfecto de mis realidades dentro de un mundo de sueños incumplidos. En días nublados disfrazo, de indigente, mi ser para deambular con paso inseguro hacia la benevolencia de alguna buena alma. Entonces, dejo que mi corazón se convierta en un enorme huerto, cuyos frutos florecen durante el tiempo en que el amor pueda mantener fértil el campo de mis ilusiones. Utilizo estas metáforas para no enfrentarme a la pobreza de mi espíritu. ¡Ay, qué larga es esta vida! Llena de encuentros y desencuentros. Ilusiones perdidas de tempranas orfandades, porque me he dado cuenta que no sé amar, por lo que cada vez que termino con alguien que me ofrece sus sentimientos; crece, dentro de mí, un odio que convierte en desierto las parcelas sembradas. Como consecuencia mis descalabros son más breves y tienden a un exilio más prolongado. Por lo que me siento a esperar los diluvios que llegan para hacer, nuevamente, fértil mi tierra; éstos llegan acompañados de nubarrones y malos presagios, pero con el paso del tiempo se convierten en días soleados. Es un ciclo natural que se repetirá infinitamente.
Después de varios meses en el hospital, regresó a casa sin fuerzas, como un muñeco de trapo. Su cara descarnada y los ojos hundidos eran una muestra del espanto vivido.
Ojalá hubiera sufrido la misma suerte que mis compañeros. Su recuerdo me causa dolor tan fiero que muero porque no muero. Mientras tiene estos lúgubres pensamientos las lágrimas corren por sus mejillas al tiempo que se muerde con rabia el labio inferior. Por eso le gusta estar frente a la ventana, de espaldas a su mujer y a su pequeño hijo de tres años.
Sin esperanza alguna, se siente muerto en vida.
Solo un milagro puede liberar al genio de las prisiones del alma. Este ocurrió cuando vio el dibujo que le había hecho su hijo. Le recordó al que él hizo a su madre con su misma edad. Ella pensó que era obra de su padre.
Tras respirar profundamente, pidió que le trajeran el caballete y le colocaran el lápiz en la boca. Apretándolo con fuerza escribió:
«JE SUIS CHARLIE»
Desde entonces lleva el lápiz colgado al cuello
La señora Victorina venía a veces a casa, a meter los pies en el horno de la cocina económica. Ay, qué larga es esta vida, decía al cabo de un rato de conversación, y suspiraba. Victorina tenía varios hijos e hijas y un brasero en la mesa camilla, e incluso tenía televisión, ya de aquella. Pero no era feliz. Ay, qué larga es esta vida, repetía. Ella quería ser igual para todos, y repartir así la herencia, pero su hija Rosario, la que la cuidaba no estaba de acuerdo ni un poquito. Un nicho, quiero un nicho que esté alto, no quiero estar en la tierra húmeda, reclamaba Victorina. Y Rosario, para hacerla rabiar le decía que cuando firmara lo tendría, que mientras nada. Qué larga es esta vida, ay, Dios. Así fueron pasando los inviernos. A veces me invitaba a su casa, a ver “Cesta y puntos” o “Bonanza”, al calor del brasero. Un año, por noviembre, llegó por fin la parca y se llevó a Rosario. Tristes bromas las que gasta el destino. Ay, qué larga es esta vida, siguió diciendo Victorina aún unos años, mientras un nicho soleado la esperaba.
El hombre deslizaba sus largos, delgados y pálidos dedos sobre las teclas del piano, creando una música triste, solitaria, melancólica, pero a la vez hermosa, pura y mundana. Fuera de la casa, la Luna llena se había sentado en su trono coronado de estrellas y las olas vibraban sobre la arena, creando su efecto propio y desconsolador. Desde la ventana, se podía ver la sombra del hombre, iluminada tenuemente por una lámpara de gas, sentado en un taburete de madera, desplazando su magia de un lado a otro de la casa, y con ella su horrible y a la vez hermoso sentimiento. Aquella sonata quería transmitir y diferenciar, dejar claras las cosas y a la vez confundir, era como un llanto y un grito de agonía, pero a la vez una contenida risa y una cálida luz que iluminaba el rostro del hombre cruel. Todo el que pasara por aquella espolvoreada arena con los pies desnudos pensaba ¡Estos hierros en que está el alma metida! ¡Dios, como abrasan y a la vez enfrían! ¡Entibia mi corazón, deja que vuelva el amor!
Con el dedo gordo del pie izquierdo Elsa empezó a dibujar unos barrotes entre el barro. Había llovido y la tierra era manejable. Con el trazo recto dejó impresas líneas paralelas encerradas en una ventana. Se quedó en cuclillas, con los pies desnudos, mirando su obra. –Es la ventana de esta cárcel, estos hierros no dejarán escapar.- susurró. De la tierra firme asomó su cabeza una araña minúscula. Había sido desplazada de su siesta por un dedo gigante que casi la aplasta. Nada más salir cayó rodando por un profundo pozo estrecho y alargado que alguien había colocado allí segundos antes. Una vez de pie empezó la carrera hacia la libertad. 8 patas moviéndose incesantemente, 4 ocelos intentando ver lo imposible, la cabeza balanceada. Debió quedarse entre el barro pensó. Demasiado tarde. Un dedo gigante volvió a trazar un barrote de hierro. La tierra mojada que simulaba una habitación sin sombra quedaría manchada con minúsculas gotas de sangre. Elsa sonrió. La vigilancia carcelera continuaría toda aquella tarde de otoño.
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