¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


A Tere, le pusieron el nombre por la santa. De familia muy católica y muy apostólica – romana no, que eran de un pueblo cerca de Ávila- Tere salió mujer de su casa honrada, decente, buena madre y buena esposa. Y muy devota, eso también. Pero tuvo mala suerte con Juan. Cada vez que él llegaba de la tasca, aquello era una cruz. Él la llamaba “su santa” pero le daba muy mala vida.
Hace un año, harta de aguantar, Tere cogió a sus hijos y le dejó. Ahora se gana la vida en la capital fregando portales mientras se acuerda de aquello de Teresa de Jesús de “qué duros estos destierros” pero también piensa que si la santa decía que Dios estaba entre los pucheros, también estaría entre las fregonas. Saca para ella y para los niños y va tirando…
Juan no ha dejado de buscarla, y como preguntando se llega a Roma, llegó primero a Ávila.
Antes de ayer, agachada fregando una escalera, le entró una cuchillada en el costado, como un dardo.
Oye palabras lejanas: gravedad, coma… pero Tere, lo único que siente es la mano de sus hijos y que aquello debe ser, por fin, el cielo.
Esta cárcel, estos hierros que me separan de ti, no son de este mundo. Pertenecen al cual del que yo procedo; un lugar que muere y mata, a la vez. Porque cuando este universo desaparezca, solapado por dos cubiertas, y se esfume de entre tus dedos, tendré que ir con él. Cuando pongas fin a la historia, dejaré de ser persona para volver a ser ese personaje que espera —agazapado entre palabras, líneas y párrafos— un nuevo renacer. Pero ya nadie, jamás, volverá a verme como tú me has imaginado. Ni siquiera tú mismo. Aunque vuelvas, encontrarás en mí a otro, lo sé. Siempre pasa, y pasará. Pero no te apures, ese es mi oficio. Aún así, duele saber lo que me espera pues, no sabes bien, qué duros son estos destierros.
Desde que nací, vivo con un lobo dentro de mí, un depredador que no soy yo.
O quizás no sea un lobo, quizás sea algo peor, porque a un lobo se le conoce y lo que me está matando es desconocido. O eso dicen los facultativos.
Y uno se acaba cansando de esta condena que padecemos una persona de cada millón de habitantes. Esa una soy yo, y ese millón, vosotros.
¿Acaso no es injusto?
Pero no, no busco justicia. No quiero encontrar culpables.
Busco la libertad. Odio vivir en esta cárcel, estos hierros me oprimen en exceso y necesito respirar.
Y si uno no respira, acaba muriendo.
Duerme en el teatro, en la cama en la que imaginariamente enfermo interpretó a Moliere, en la que le hizo el amor a Melibea, con las bambalinas apagadas y el eco de los aplausos esfumándose por el patio de butacas.
Hace tiempo que no cuelgan el cartel de “localidades agotadas”. Las deudas forman parte ya del decorado y el telón de su espectáculo lo echó definitivamente Ofelia, su Ofelia, cuando sin despedirse, hizo mutis por el foro dejándole un desahucio anunciado y una llaga, en que el alma está metida, que aún supura.
En esa desazón, en ese “Ser o no ser” sin declamar, la calavera le sonríe burlona y se escapa de sus manos para elaborar parsimoniosamente un nudo con la soga de la tramoya.
En el puerto de A Coruña el mar todavía duerme cuando el carguero “Hércules” comienza a desperezarse. Una moneda perdida se agazapa contra el suelo bajo cientos de pies que esperan para embarcar. Una patada fortuita la hace tambalearse: sale cruz. Miguel besa a sus niños, que lo miran desconcertados, sin saber si deben llorar. Luego observa a su mujer, en silencio: todas las palabras están dichas, añadir algo más es un lujo que no se pueden permitir. Mira alrededor y ve como numerosas familias se desmoronan igual que la suya, manchando las piedras del suelo de promesas inciertas. Qué duros estos destierros sin culpa ni sangre. Se pregunta si es preferible esta muerte lenta al frío del paredón.
El buque abandona el muelle lentamente, reacio, riñendo con la marea que baja y mirando atrás. Su corazón traquetea perturbado y suelta lagrimones mullidos y negros a través de su gruesa chimenea. No puede soportar marcharse, y esa misma tarde se suicida. Los pasajeros más afortunados perecen pronto, otros cargan sus angustias en otros navíos que acuden a socorrerlos.
Varios días después, el cadáver de Miguel aparece en la playa de Razo, desde donde se ve su casa.
Pasaron aquellos años en los que despertaba y las estrellas no habían abandonado aún el cielo. Cuando se duchaba sin tiempo de sentir gotas de agua caliente sobre su piel y volaba hacia la cocina, mientras, su labrador la perseguía con la correa entre los dientes; oía las tripas de las mochilas, de sus dos hijos, vacías de libros y ásperos resuellos procedentes de la cama de matrimonio, a la vez que el cuco del reloj la amenazaba con despedirla del trabajo.
Ahora, desde que la pequeña se hizo mujer y marchó con un foráneo, el mayor emigró al extranjero y ella cayó en el abismo del desempleo y la apatía, ha quedado atrapada en una vida larga y monótona: mañanas de paseos con la bolsa de la compra y tardes con el único reto de servir el menú a su marido.
Pero nadie sabe que, deambulando sola por el parque, ha conseguido entender el canto de los pájaros e incluso, a veces, levita y entona a coro con ellos una elegía. Quizás por eso, todos se sorprendan el día que aparezca colgada de esa rama sobre la que cada amanecer pía, compungida, un ave dentro de un nido vacío.
Pedro oía música en todos los sonidos, fuesen agudos, graves, melódicos o chirriantes. La responsable de tal habilidad era su madre que, estando embarazada, ponía música a todas horas. Si era bueno para las plantas, mejor sería para su chiquitín, pensaba.
Cuando nació, el paritorio se llenó de notas musicales, porque, al contrario que otros bebés recién nacidos, Pedro no lloraba, sino que cantaba bajito y suave.
Su primer sonajero emitía unas notas tan armoniosas que ya no hubo duda: el niño, a la fuerza, sería músico.
A su madre, el día que Pedro debutó como director de la orquesta sinfónica de su ciudad, con solo dieciséis años, solo esperar la salida de su hijo al escenario, con cientos de flashes preparados para captar el momento, le hizo olvidar que, durante nueve meses, casi diecisiete años atrás, todo el mundo se reía de ella porque acercaba los auriculares del walkman a su barriga y no se los colocaba en las orejas.
Lo tenía todo listo; planificado de antemano, como a ella le gustaba. Cuando volvió del restaurante bebió un largo sorbo de vino narcotizado, echó un último vistazo al retrato que presidía la pared, y se abandonó al letargo.
Atiéndame, niña. Yo también sufría, como usted. ¿Ve las espinas alrededor de mi cuello? Vivía cautiva en esta cárcel, estos hierros que postraban mi cuerpo y condenaban mi alma a la vida que ya no quería… Mire el colibrí colgando como un dije funerario, niña. Nuestro amor se convirtió en una soledad infinita con cada desliz de Diego, y cada niño malogrado… La esperanza dejo de llamar a mi puerta. Pero hoy, si pudiera, no renunciaría a la lucha, no le dejaría ganar la partida al dolor… Despierte, niña.¡Despierte!
Un ruido de cristales rotos la despertó y se incorporó sobresaltada. Miró la pared vacía y deslizó su vista hacia el suelo, desde donde Frida la miraba fijamente sobre un manto de cristales rotos. Derribó el resto del vino con un manotazo seco. «Los somníferos y el vino no son el perfecto maridaje», concluyó comenzando a recomponer su ánimo quebrado. Probablemente Raúl y ella misma tampoco lo fueran.
Y al toque de la trompeta, la última línea defensiva se batió en retirada, y el pánico cundió entre sus filas. A pesar de esto, el regimiento francés conservaba algunos valientes, que, con la espalda encorvada y el mosquete recto, se enfrentaban a las tropas prusianas y a sus 92 cañones. Entre estos gallardos guerreros, se encontraba Bruno Fontaine, que arrastraba por el lodo a un soldado moribundo, atravesado por una enrabietada bala de arcabuz.
Su mosquetón se había estropeado bajo el incesante y frío tamborileo de la lluvia, cuando los enemigos habían rechazado a la caballería francesa y se habían abalanzado sobre la maltratada infantería. El arma había sido abandonada cuando Fontaine había hincado la bayoneta en el pecho de un prusiano.
El cuadro, enmarcado en una madera discreta pero elegante, mostraba esta escena con un resalte de colores oscuros sobre el cielo, y de colores chillones sobre los uniformes de los soldados.
La caída del costal barrena el agua y le lleva al fondo. Olas agitadas y las curiosas medusas. Una cuchillada a tiempo, unas rasgaduras en la tela ponzoñosa del fardo. Le queda solo esperar la salida. Del saco, del mar de If. A comerse el mundo. A hacerse con el tesoro difuso del abate loco, escondido en la isla ignota. Le aguarda el zurcido de traiciones antiguas que le desnudaron el alma. Y la venganza, ese guiso que se come frío, gélido.
Marina canturrea una canción mientras friega los platos. Desde su ventana mira al mar, donde el sol del atardecer muere por el horizonte recortado tras la sombra de un velero.
Marina ya no tiene miedo. Al final de cada día no se dice a sí misma “ay, qué larga es esta vida”, con el cuerpo rígido, sin atreverse a moverse en la cama, queriendo convertirse en algo tan pequeño, tan insignificante que él ni siquiera la mire.
Ahora, viste como ella quiere sin tener que tapase los golpes de la vida, ni esconder sus ojos tras unas gafas de sol. Ha retomado sus estudios y trabaja para sí misma.
Pero de pronto, ese olor conocido a colonia y siente que le falta el aire por momentos.
Salvador, arrepentido de su acto, retira la mano de la boca de Marina y enseguida, los aparatos que controlan sus constantes vitales recuperan la normalidad.
Mientras escucha los pasos apresurados de las enfermeras acercándose, piensa con amargura que quizás no debió arrojarla por las escaleras cuando la sorprendió huyendo con las maletas.
Hacerle daño ahora que ella no se da cuenta no es tan divertido. Pero es que no soporta esa sonrisa de felicidad.
Mi primer joyero fue una caja metálica de Cola Cao. Era amarilla con dibujos de lápices y sacapuntas; mamá siempre intuyó la clase de tesoros que guardaría allí y la estrenó colocando dentro el abecedario con el que aprendí a leer. Yo fui añadiendo mis rimas y cuentos, las postales que enviaban las amigas en vacaciones y pegatinas del superpop. Años más tarde escondí también alguna estúpida y no correspondida carta de amor. Lo último que entró en la caja fueron los naipes con los que jugábamos al strip poker aquel verano de camping en Castro Urdiales. Una beca, un Erasmus y un contrato rompieron nuestra mano. El rey de diamantes emigró al extranjero para triunfar y a la dama de corazones se le partió un poco la esquina izquierda, lo justo hasta que volvieron a ser pareja y formaron su escalera de color.
Una llamada de madrugada habla de diamantes convertidos en cristales astillados y de corazones rotos. Ya no habrá baraja de plata. Mi as de trébol está negro de dolor y lo he regado con todas mis lágrimas. Necesito tan solo esperar la salida del sol y el tiempo lo volverá verde de nuevo. Adiós querido tahúr.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









