¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Sentados a una mesa, cuatro figuras envueltas en el humo de los cigarrillos juegan al póker. Modesto, acodado detrás de la barra, los observa. De vez en cuando agarra el vaso y se echa un trago de cazalla que cae en su estómago como un arponazo. Los cuatro hombres se cubren la cabeza con sombreros de fieltro. Sobre la mesa, el barniz de las culatas de sus semiautomáticas produce sutiles destellos.
Modesto mira el reloj de la pared. Bosteza. Faltan cinco minutos para las doce. Saca un paquetito con las uvas y se prepara para el consabido ritual. En ese momento, uno de los hombres se retira el sombrero hacia atrás, extiende la mano sobre la mesa y muestra las cartas. Los otros, pistola en mano, se ponen en pie. Modesto se toma las uvas al compás de los disparos que ahogan el sonido de las campanadas. En el eco de la última, el humo y las figuras se desvanecen en el silencio. Modesto suspira. Se acerca a la mesa. La limpia y la arrincona hasta el 31 de Diciembre siguiente, sin dejar de maldecir las condiciones del traspaso del bar.
Como si fueran a acabarse mi tiempo y mi mundo con el fin de año, hago balance del hostigamiento al que me has sometido estos años. Tres interminables horas en el balcón, desnuda, rezando para que me dejes entrar. Poco amor, casi todas las veces fueron violaciones. Dos hijos. Algunos puñetazos en plena cara antes de perder el conocimiento. Siete días a la semana con miedo a que vuelvas. Cada vez menos copas para envalentonarte conmigo. Una orden de alejamiento. 90 veces 9 disculpas insinceras con sospecha de reincidencia. Varias denuncias de malos tratos. Y, aquí es donde más me atraganto, demasiados segundos paralizada mientras recibo tus golpes.
Al fin, con el último aliento, la energía justa para decir NO.
Tras las campanadas, todos comenzamos a marchar hacia atrás. Lo hacíamos muy rápido, como en esas películas VHS que uno rebobina a su antojo. Al instante me vi recorriendo diciembre, noviembre, octubre… En todo momento era consciente de lo que sucedía, pero no podía hacer nada para detenerlo. En esa especie de “yo” sin “mí”, pude analizar el año vivido: la paliza a mi hijo adolescente por fumar en el baño, el revolcón con mi compañera de inglés, la mirada de superioridad al vagabundo, el gimoteo de mi mujer por menospreciarla, las excusas para no visitar a mi suplicantes padres… Hasta que todo se detuvo, de golpe, como había empezado, y me descubrí masticando uvas, rodeado de mi familia y amigos, que me deseaban un feliz año 2014.
La primera fue que vendría a la cena su exmarido.
La segunda, por aquello del empate, que también mi exmujer.
La tercera, fue cosa mía: invitar a mi muy querida vecinita del sexto.
La cuarta, apuntar al butanero con su bombona.
La quinta, que no iba a haber uvas.
La sexta, que me daba igual como fuera.
La séptima que pondría el mantel que había hecho mi madre.
La octava, que lo que tú quieras, mi amor, que tras el detalle del mantel, lo que tú quieras.
La novena, que no fuese tan complaciente, que le gustaba que le diera guerra.
La décima, que para guerra la que me das tú y todo lo que me gusta.
La undécima, es que volvimos a mirarnos a los ojos como antes hacíamos, sin decirnos ni media.
Al final, ha llegado Nochevieja, estamos solos y, aunque bebemos en los labios del otro, no hemos tocado la comida.
El Año Nuevo está a la vuelta de la esquina y ésta es la última campanada, la buena noticia: lo estamos esperando juntos, con una sonrisa.
Había visto el reflejo de su corpachón roto en mil pedazos en los charcos con cada pisada. “Mal presagio”, pensó. Quiso atrapar un taxi. “Imposible esta noche”, se dijo. No le quedó más remedio que arrancar su vieja furgoneta. “Tampoco he bebido tanto”. El vodka le había dejado un sabor lítico en el paladar y un zarpazo atigrado le arañaba el esófago. Se lo había prometido al salir de casa. “Ni una gota”, pero qué valor podía tener ya su palabra con la cuenta atrás de su relación activada hacía meses.
Iría, por última vez, a la cena de Noche Vieja en casa de sus suegros por los niños, que aún no sabían nada. Tendría que oír de nuevo los reproches de su cuñada: “Hay que mover el culo Tomás” “El trabajo no vendrá a llamarte”. Le mirarían, como siempre, por encima del hombro y cerraría los ojos cuando le entregaran a su mujer el sobre con el aguinaldo.
Sobre el asfalto del puente, un carro con luces de navidad, frenazos y al abrir los ojos el reflejo de su corpachón destrozado en las frías y cristalinas aguas del río del que nunca emergió.
Marianita, la blanca, estaba a un paso de arder en la hoguera.
Al filo de las doce de la noche del último día del año, con la última campanada del reloj de la catedral, comenzaría la danza del fuego.
Quizá su destino estuvo escrito el mismo día en que nació.
Demasiado blanca para su clase. Delicada y dulce hasta desesperar. El amo dudó de su paternidad. Semejante birria de niña no podía ser de su cosecha, aunque tampoco parecía hija de esa poderosa jaca que era la Mariana.
Marianita creció a golpes, porque el amo cerraba los ojos para no ver su fragilidad y la trataba peor que al resto de sus criados. Ella etérea y liviana lo resistía todo.
A los 15 años era hermosa, su tez no se había oscurecido un ápice y su cuerpo aunque menudo, tenía proporciones justas para enloquecer.
El amo perdió la compostura por ella y su hijo Rodrigo, perdió mucho más, el entendimiento entero.
¡Bruja! Acusaron públicamente. ¡Bruja! La niña era capaz de arrebatar almas y conciencias, guiada sin duda por el maligno. Así resolvieron tan incómoda situación.
31 de diciembre, noche cerrada.
Marianita, la blanca, daba su último paso hacia la hoguera.
Fuimos tan amigos. Su única pasión era el juego, para mi la lectura. Ambos nos disputábamos el mismo amor.
Un 31 de diciembre decidimos jugarnos en una partida de canicas nuestros corazones. El vencedor, como César laureado, tendría con quién brindar y disfrutar tras las campanadas.
Allí estábamos los dos, frente a un jardín a media tarde con dos bolitas de cristal. Comenzaron a rodar nuestros destinos sobre tierra, hierbajos y piedrecitas. En un primer tiro falló y se alejó. En mi turno realicé un acercamiento peligroso porque había que arriesgar. En la réplica él efectuó una aproximación certera usando la palma de su mano. Cogió la canica, elevó la diestra, encogió el pulgar como quién acaricia un gatillo con el índice y se aprestó a lanzar un mortífero ataque como una víbora. En décimas de segundo vi la vida correr en un instante, agarré una piedra y le abrí la cabeza. Le metí la bola por el gaznate y un instante de satisfacción recorrió todo mi cuerpo.
Sinceramente no se por qué lo hice. Supongo que porque nunca me gustó la Navidad ni el juego de las canicas como a él.
¡Claro que sí, lo hice por Max Aub!
Los gritos coinciden con las campanadas de año nuevo.
Mientras en una sala cercana enfermeras y celadores brindan, todavía con uvas en la boca, en el paritorio de aquella misma planta Julia empuja la vida con todas sus fuerzas y toda su rabia.
Se escucha llorar al nuevo cachorro pocos minutos después de las 12, y su llanto temeroso se mezcla con el de una Julia feliz, exhausta, estremecida, confusa… Hace tan solo unas horas que su madre murió muy cerca de aquella sala, y no pudo despedirse de ella.
Alejandro, el marido, que estuvo en todo momento dándole ánimos, se emociona una vez liberado de la compostura y observa maravillado a la criatura mientras recuerda vagamente los augurios de familiares y amigos: “que la vida está muy mal, que cómo se os ha ocurrido esa locura con los tiempos que corren, que ya podéis olvidaros de vosotros, que vais a necesitar mucha ayuda…”
En ese momento, entra un celador ofreciendo a los presentes un poco de cava para celebrar que el feliz nacimiento es el primero del año en todo el país. Al preguntar a Julia por el nombre de nueva personita, la madre orgullosa contesta:
– Esperanza.
Tras las doce campanadas: ¡nada de nada! Porque los muertos no esperan nada del año nuevo, y Natividad desea estar muerta… Como buena numantina no se rinde, y anticipa su glorioso final enarbolando el documento que así lo confirma. Le echa un último vistazo: “La víctima, dulce y tierna, se deshizo en… La muerta trató, heroicamente, de posicionarse en primera fila… La inmolada resultó de un gusto exquisito…” Nati piensa que tal vez se ha excedido con los sustantivos, que los adjetivos igual pecan de pretenciosos, que no estaría mal cambiar el término “muerta” por asediada, mártir, suicida o… elegida. Lo que no reconoce es que tanta literatura, tanto bodoque, filigrana y fantasía desvían la atención y le restan realismo… Pero sobre todo, Natividad olvida que ¡todavía no está muerta!, y que por mucho que redacte su ansiada necrológica cada Navidad, seguramente este año tampoco lo estará. Porque tras las doce campanadas, entre brindis de cava, turrones de Jijona, pan de Cádiz, polvorones y mantecados de Estepa o Antequera, mazapán de Soto y Toledo… ¿quién va a elegir una figurita de mazapán soriano?
Cuenta la leyenda que los hombres festejaban el fin de año con uvas y relojes. ¿Qué qué era eso? Unos aparatos para medir el tiempo. ¿El qué? Aún eres pequeño para entender, además hace tanto… Fue antes de que llegaran los libertadores, cuando los días no eran todos iguales, antes de que dejáramos de tener sueños y pasiones. Pero qué felices somos así, sin dolor, sin futuro. Anda, no preguntes más, aún eres pequeño para entender.
Din, don…
Sonaron una a una las doce campanadas, las esperadas campanadas del final y del principio. Festejé cada una con pequeños sorbos de champán y esperé pacientemente en aquel cuarto sin espejos que había sido mi celda durante algunos meses. En la puerta un sencillo maletín aguardaba cauteloso, y yo ansiaba una sola señal para marcharme.
Una enfermera de rostro reseco y amargado entró en la habitación con diligencia y me dedicó una discreta mirada de complicidad. Luego salió nerviosamente dejando un vaso de agua y una píldora sobre la mesita cercana a la cama. Comprendí que aquella era la señal y decidí comenzar mi inaplazable viaje de preguntas encadenadas.
Din, dan…
Tras sonar las doce campanadas, entré en la habitación dispuesta a cumplir con mi deber. En mi profesión no hay fiesta que valga. Él, junto a la ventana y con una copa de champán en la mano, esperaba el momento largamente meditado. Me hubiera gustado decirle que estaba de su parte, desearle suerte. Pero salí de allí un poco acelerada porque no me gustan las despedidas. El doctor Moliner había hecho un trabajo encomiable y pensé: ¡Dios mío, quién la ha visto y quién le ve!
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









