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El viaje fue idea suya. Igual que casarse y hacerlo el mismo día. Eran amigas desde siempre y lo habían compartido todo. Y allí estaban con dos flamantes maridos, en un barco enorme, con camarotes de lujo y tripulación exquisita. Debían estar felices, todo iba según lo planeado pero Susan, su amiga, no llevaba bien su parte del trato, y se mostraba triste y reservada.
Cuando el golpe se produjo, Noelia sintió el crujido profundo del casco al partirse, y temió lo peor. El caos imperaba en el barco y aunque todos la empujaban a cubierta, ella solo buscaba a Susan. Cuando sus ojos por fin se encontraron, lo supieron.
El agua llegó al camarote 115 y las pilló dormidas, con los cuerpos enlazados y la expresión tranquila.
Las sirenas emiten su canto. Envuelta en zorros y medias de seda, espera al primer ministro.
Esos dos ojos desatan su inquietud. ¿Por qué los llaman de buey, si el buey es manso y las aguas están bravas?. Parecen espías al servicio de la inmensidad.
Siente un escalofrío. Se arrebuja en el abrigo. Frente al espejo, ensaya mil caras para el encuentro. Debe ser cálido, caliente… abrasador, y ella está aterida.
Pide un té blanco con plum-cake, el bizcocho que él arrancaba de sus labios para ingerirlo en sus bocas.
Nudillos en la puerta.
-¡Por fin él! -piensa-
Sobre la bandeja un cable para el camarote 115:
«Princesa, este viaje lo harás tú sola. Eres demasiado peligrosa para mí. Ahoga tu ira en espuma de alcohol y sal.
Has convertido mi pasión en un Iceberg que te destruirá»
La orquesta comienza a tocar…
Subimos a cubierta aterrados. Los zapatos de mi mujer caminaban solos por el camarote. Sin embargo no comentamos nada a la tripulación por miedo a que nos tomasen por locos. La segunda noche decidimos intentar descubrir lo que sucedía. Sentados en la cama esperamos a que cualquier objeto volase. Tras unos minutos, el camisón de mi mujer comenzó a bailar. Quisimos huir de nuevo pero una voz nos detuvo.
_No os vayáis, no me dejéis sola.
Una figura apareció dentro del camisón. No sé si fueron los nervios pero no pude contener la risa al ver cómo las mangas, tan largas, no permitían ver las manos de aquel espectro. Mi mujer ,por el contrario, permanecía en silencio, sonriendo; fija la mirada en la niña.
_Ayer llegué al Titanic con papá, pero ahora no le encuentro.
Solo acerté a sacarla del error.
_Este no es el Titanic, mira, léelo en las toallas, dice Dinamic.
_No sé leer bien, tengo cuatro años_ me gritó enfadada.
Desde entonces, cada otoño, procuramos hacer un viaje en el barco y pedimos siempre el mismo camarote. Mi mujer está jubilada de la docencia y dice que es muy lista. Este año quiere enseñarla a multiplicar.
El caudal repentino de agua helada estrellándose con violencia contra su rostro le obligó a comprimir los labios antes de robar una bocanada definitiva en el ambiente, mientras comprobaba cómo el cuerpo liviano de ella era impulsado sin control de un lado a otro de la habitación inundada. El empuje enérgico del líquido acometía su misión, alejándola en todo momento de su alcance. Entregado en una lucha estéril, percibió cómo los brazos persistían cosidos contra su cuerpo, para ratificarle que llegar hasta la joven se había convertido en tarea imposible.
Cuando batallaba impotente bajo la presión insoportable que el agua iba ejerciendo, ni tan siquiera pudo ver con claridad el número grabado sobre la puerta entreabierta, a través de la cual le pareció adivinar el griterío histérico que se propagaba desde la planta superior.
-¡Debería ser suficiente! Por lo visto habéis aprendido la lección -aclaró uno de los cuidadores, comprobando que ellos dos hacían lo imposible por encontrarse en un rincón, dificultados todavía por las restricciones que les endosaban sus camisas de fuerza-. Y si os parece volved a intentarlo, que aquí vuestras escapaditas amorosas las pagaréis en el camarote 115 bajo los efectos de las mangueras.
Una suave melodía la desveló en mitad de la noche. Unos acordes la animaban a despertar, haciéndole deslizarse por las sabanas de su cálida cama y guiándola hasta el ovalado espejo, que acomodado en un rincón de sus aposentos, le mostraba imágenes confusas. Individuos con semblante de desesperación y gritos ahogados por esas notas de dulce sintonía. Se acercó, con curiosidad, descalza y semi desnuda, envuelta en una bata de organza, bordada con finos hilos de plata. Se asomó a ese cristal, cuya musicalidad la iba encandilando y revelando escenas de un inmenso barco a la deriva, de un ir y venir de personas buscando a seres queridos, precipitándose por la borda o llorando desconsolados en algún espacio de la nave.
Su asombro se tornó espanto cuando vio quebrarse el cristal del espejo y las primeras gotas saladas brotaron de él. Notó sus piernas entumecidas por el frío y empapado el batín de organdí. El fluido resacoso y marino la iba cubriendo despacio, como quien saborea un buen manjar. Su cuarto se volvió mar y su reflejo se fue desvaneciendo hasta desaparecer. El billete para el camarote 115, nunca fue utilizado. Aun reposa en la mesilla de su cuarto.
La noche del catorce de Abril, Neptuno, sus caballos blancos, ninfas y náyades, escucharon al mar murmurar que su fría morada oceánica albergaba cientos de aturdidos náufragos.
Antes que Poseidón, así lo llaman en las profundidades y en sus castillos dorados, reaccionara, sus delfines y corceles lo deslizaron por la marea, atraídos por música de violines que ellos y las olas bailaban, y él tarareaba maldiciendo la persuasiva desobediencia de su mundo acuático.
Extrañado y furioso, las aguas siempre le rendían pleitesía para no provocarlo, se dejó llevar por sus caballerías hasta un lujoso buque, hundido en el caos.
Observaba las miradas inocentes sumergirse cuando, sin dar crédito a sus ojos, vio abrirse paso a los espíritus de los jinetes del camarote ciento quince, cabalgando sobre elegantes monturas marinas. Trotaban una y otra vez sobre las aguas, trasladando pasajeros hasta embarcaciones de rescate.
Mientras, la neblina desdibujaba abrazos y sonrisas.
Había conseguido aquel pasaje para el Titanic en el camarote 115, gracias a los favores que le había hecho al barón y los cuales su mujer desconocía.
Me puse mi traje negro entallado y las perlas que él me regaló y me dirigí al salón de baile y entre tanta gente me encontré con el hombre mas apuesto que había visto en mi vida.
Cruzamos nuestras miradas y sin mediar palabra nuestros brazos se unieron para a continuación deslizar nuestros pies por la pista . Estuvimos así durante horas, ajenos a todo lo que nos rodeaba, la música no dejaba de sonar y nuestros corazones latían acompasados. Yo temía sus palabras y por eso sellé su boca con un beso y ese fue el final.
—Abandonen el barco, nos hundimos, las mujeres y los niños primero -se podía escuchar por los altavoces- Yo entre sus brazos me negaba a abandonarlo,era como un imán del que no podía despegarme.
Todo se cubrió de agua, pero antes de que el mar nos sepultara para siempre pude leer en sus labios : Te amo.
Aunque tarde comprendí que el amor existía.
RELATO FUERA DE CONCURSO
El primer oficial, William Murdoch, la observa embarcar en Southamptom por la escalerilla de estribor que conduce a la cubierta B, de primera clase. Enseguida queda prendado de su porte, de su elegancia y de sus gestos suaves y femeninos. No tarda en averiguar que se llama Helen Caldwell, que viaja sola y que se aloja en el camarote 115.
Durante los primeros días de navegación, William aprovecha sus horas libres de servicio para buscarla por el salón de lectura, la cafetería o la cubierta de paseo, y entablar conversación con ella; se ofrece a mostrarle el puente de mando y la cámara de oficiales. Helen se siente cortejada y se muestra complacida e ilusionada.
Hacia la media noche del cuarto día de navegación, Murdoch está de guardia en el puente de mando y, desatendiendo las órdenes del capitán Edward J. Smith, cambia el rumbo y sale a la cubierta exterior provisto de cincel y maza.
Tras largos minutos de pánico y horror, el Titanic desaparece bajo las aguas. Helen, agarrada a un madero flotante, aún puede ver, en lo alto del iceberg, su nombre y el de William en un gran corazón perfectamente esculpido en el hielo.
La cárcel no era necesariamente el edificio que todos conocían como El Penal, ella lo sabía bien. Vivía en un lugar apacible, lleno de comodidades y, sin embargo, la libertad le estaba vedada. Las puertas de su hogar vestían una tapia invisible y el mundo a su alrededor se había tornado gris a excepción de un arcoíris rojo, morado, verde y amarillo que semana tras semana anidaba en el mapa mudo de su piel.
Fantaseó con la idea de huir, evaporarse, desaparecer de cualquier modo, pero también la fortuna le fue esquiva entonces. Por eso, cuando él le mostró dos pasajes para un crucero, a ella se le antojó que, quizás ese gesto podría modificar las rígidas fronteras de su relación. Sin embargo, pronto descubrió que el camarote ciento quince tan sólo era un compartimento más de la extensa celda en la que se había convertido su vida.
Finalmente sucumbió al delirio mientras escuchaba el aullido metálico del alma del trasatlántico. Observó impertérrita cómo el agua helada lamía sus pies y, con un leve alborozo, dio la bienvenida a la dama que tendía hacia ella su mano descarnada alcanzando al fin, sosiego y libertad donde otros abrazaron una desesperada finitud.
14 de abril de 1912 7 p.m.
― ¿Dónde está Frank? ¡Hay que empezar! ¡Todo está preparado y Frank, sin aparecer!
¿Es que nunca ha viajado en barco? ¿Está enfermo? ¡Id a buscarlo!
―Frank no está.
― ¿Qué quiere decir que no está?
―Su camarote está vacío.
― ¿qué significa eso?
―Pero señor es que no entiende. Frank-no-está. El-camarote-está-vacío.
― ¿No subió Frank al barco contigo?
―La última vez que lo vi le acompañaba una mujer esbelta, colmada de rizos castaños.
― ¿Una mujer? ¡Venimos a trabajar no a divertirnos!
―Le hablaba con vehemencia.
―Pero ¿subió, no?
―No sé.
― Y qué hacemos sin pianista. ¿Sabéis cuánto ha costado este piano? ¿Sabéis a qué nos hemos comprometido en este viaje? ¡Volved a mirar!
― El camarote 115 está vacío, intacto. Frank no ha subido al barco, alguien le ha visto abandonar la pasarela.
― ¿Qué hacemos?
― Theodore Brailey, el pianista del Carpatia está aquí.
― ¡Ve a buscarle! Tenemos poco tiempo.
15 de abril de 1912 3 a.m.
Las notas de Sueño de Otoño surgían de los dedos de Frank mientras el Titanic, aterido de frío, agonizaba. Su novia, satisfecha, lo besaba. Le aterrorizaba el mar y su misterio.
El novio disimulaba su nerviosismo. Miraba la puerta de la iglesia de soslayo. No se atrevía a hacerlo de frente. Media hora de retraso era mucho tiempo y en todas sus citas, ella siempre había llegado la primera.
Los invitados sin embargo no disimulaban nada. Desde el minuto dos de la espera ya sabían que la puerta no sería el marco de ningún vestido blanco. Ninguna novia la cruzaría ese día.
Uno de ellos la había visto comprando los pasajes. Eran dos. Para ella y su pareja, solo que su nombre no coincidía con el enamorado y plantado novio. La noticia se extendía silenciosa por el sagrado recinto. El viaje de luna de miel no sería para él.
Ante el altar, desesperado esperaba. Todos sabían que este plantón le dejaría frío como un témpano de hielo, sin vida. El impuesto desamor como un iceberg helado, le ahogaría sin remedio aplastando y hundiendo su alma herida.
Mientras tanto ella entraba en el camarote 115 del Titanic. Lo hacía sobre los brazos del mejor amigo de los dos. El más leal. El que le ofrecía a él su eterna y fiel amistad y a ella una nueva y ardorosa vida al otro lado del océano.
No volvió a subir a un barco; ni siquiera a una lancha de pedales. En realidad, nunca más fue capaz de acercarse al mar. Hasta se borró de la piscina municipal. Incluso está pensando en cambiar la bañera por una ducha. Todo por culpa de la última película que vio, la del famoso transatlántico que se iba a pique. No pisará otra sala de cine en su vida, aunque proyecten un filme rodado en el desierto almeriense; quién sabe, igual aparece un oasis con una charca. Además no puede borrar de la mente aquel camarote, casualmente con el mismo número que su casa. Y lo peor es que, desde que pintarrajeó el 115 de la fachada convirtiéndolo en 776, no le llegan las cartas del banco. ¡Con la ilusión que le hacían…!
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