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Su vocación era ser director de cine. Empezó su carrera grabando las hojas cayendo de los árboles, el perro corriendo por el jardín, a su abuela roncando en el sofá. Con el tiempo fue ganando en técnica. Sus rodajes cada vez resultaban más elaborados y lucrativos: las damas del club de badminton duchándose después de un partido, Harry y William besándose detrás del escenario durante el concierto de fin de curso, Lady Mersey saludando muy cariñosa al cartero. Su principal admirador, quien más financiación aportaba a sus nuevos proyectos, era Sir Longhands, el Alcalde, protagonista indiscutible muy a su pesar de las grabaciones de los últimos meses.
En 1912 resolvió culminar su obra más osada, aquella que le daría la fama eterna. Hubo de capitalizar todos sus anteriores beneficios para convencer al concienzudo Capitán Smith de que, contraviniendo las indicaciones de las cartas de navegación y los partes meteorológicos, no desviase el rumbo. Lo consiguió argumentando insumergibilidad y una jubilación dorada en Isla Reunión. Con la cámara y varios rollos de película preparados, esperaba ansioso el momento del rodaje en el camarote 115, el primero en ser arrasado por el agua tras impactar de lleno contra aquel enorme iceberg.
Como era el cumpleaños de mamá lo que íbamos a celebrar, y siendo en pleno océano como iba a ser, estábamos todos ocupados en buscar regalos para ella. Por casualidad, descubrí que la caracola de mar que ella usaba como instrumento para hechizar a los navegantes, si te la acercabas a la oreja y escuchabas con atención, además de guardar el sonido de las olas también emitía un arrullo casi imperceptible que desvelaba sus verdaderos anhelos. Descarté entonces el espejo recubierto de preciosos corales que encontré en el camarote 115 de un enorme trasatlántico que se hundió por un accidente marítimo y, pensando que acertaría de lleno, le regalé unos zapatos humanos que hallé intactos en ese mismo compartimento; por si decidía transformarse algún día y pisar tierra firme con el marinero de sus sueños.
Había dado instrucciones estrictas para no ser molestado. No se movería del asiento hasta completar el encargo de escribir un relato sobre la mayor embarcación de recreo jamás construida.
Rodeado de útiles de escritura y un papel tan en blanco como su mente, la falta de ideas llevaba obsesionándole varias semanas, con un plazo de entrega que llegaba a su fin. No obstante, la falta de distracciones y, sobre todo, la elección del entorno más acorde, hizo que ese día fuese distinto. Al fin, acogió con entusiasmo un concepto original. Las palabras surgían a borbotones. Había logrado que su mente trabajase con una concentración inaudita, ningún estímulo exterior le perturbaba.
Escribió sobre una lujosa y célebre embarcación a vapor, un prodigio humano prácticamente insumergible, que chocaba fatalmente con un bloque de hielo. Él mismo se asombró de haber logrado una visualización tan real, hasta temió ser capaz de emitir ondas telepáticas que pudieran hacer posible su fantasía.
Agotado, se acostó con la intención de no levantarse hasta atracar en Nueva York, satisfecho de haber reservado pasaje en este coloso donde encontró la inspiración. Estaba profundamente dormido cuando el agua comenzó a inundar su camarote, el 115.
«Bill Benson se está labrando una respetable fortuna en el nuevo mundo» te dice tu padre aquel martes, entrando en el salón. Porta una carta entre sus manos y está entusiasmado. «No quiere demorar más vuestra boda y adjunta un pasaje ¡ni más ni menos que en el RMS Titanic!». Te abraza y algo se quiebra en tu corazón.
Desde la primera noche en el transatlántico, acompañada por la anciana Maude, cuando os postráis para orar al Señor, tú sabes que tu plegaria es indigna, pero no puedes evitarlo. Le pides que ocurra algo, lo que sea, para que no llegues a sus manos.
La cuarta noche te despiertan pasos apresurados. Maude se viste y sale a indagar. Cuando vuelve, la inclinación de vuestro camarote, el 115, corresponde con sus palabras: el barco se hunde. Dejas que Maude salga y cierras a su espalda echando el cerrojo. Le pides a gritos que se marche, que se salve, que tú ya lo estás.
Te tumbas en la cama y sacas de debajo de la almohada una carta arrugada de John: «Querida Rachel, a pesar de la distancia te amaré toda la eternidad». Sonríes. La eternidad está a punto de llegar.
Pese a que el trasatlántico se halla a más de tres mil metros de profundidad, ni una sola gota de agua moja el interior del camarote 115. Y no se trata de que esté herméticamente cerrado, ya que sir Malcolm Whitaker, como todas los mañanas desde que zarparon de Southampton, lo abandona para tomar, por así decirlo, un poco de agua fresca sobre cubierta. El caso es que al abrir la puerta del camarote, el mar, tímido y respetuoso, permanece afuera.
Cuando el hombre regresa, la señora Whitaker le pregunta si ha vuelto a charlar con el capitán, si ha visto delfines escoltando a la embarcación, o si se ha dignado a pedirles a los pequeños que corretean por los pasillos que la visiten. Sir Malcolm Whitaker la besa tiernamente y satisface todas sus inquietudes, salvo la última. Pero esta mañana algo ha cambiado. El hombre, aún junto a la puerta, insta a los chiquillos a que entren; años se ha demorado en persuadirlos de que aquella mujer inmaculada es buena. Entonces la señora Whitaker adivina con sus manos las caritas de los niños muertos, y moja con sus lágrimas el piso del camarote.
El mar lentamente la acompaña.
1ª Clase, camarote A-28
La condesa y su marido Frederick embarcaron, no podían perderse tan magno acontecimiento. Tras el impacto, Frederick subió precipitadamente a cubierta, la condesa se quedó intentando abrir la caja fuerte para recuperar su collar de diamantes; no sobrevivió.
2ª Clase, camarote D-97
Douglas Carter, profesor de literatura, soñaba con las oportunidades que les ofrecería el nuevo mundo.
Rogó a su hijo que cogiera con fuerza el libro, un tesoro para él, besó a su mujer y fue en busca de gente que necesitara su ayuda. No sobrevivió; su hijo tiene cincelada en su memoria la lección más preciada.
3ª Clase, camarote E-115
La familia de Sara vendió todas sus pertenencias para obtener los billetes, anhelaban una nueva vida. Con su hijo de cinco años y su bebe en brazos subió a un bote. Su marido buscaba desesperadamente a la pequeña Anne, la vio agazapada y temblando en un pasillo. Ya sin miedo abrazó a su padre, y éste, viendo entrar el agua en tromba, la protegió con los suyos camino de la otra vida.
El Titanic se hundía bajo las frías aguas del Atlántico unificando vidas, banalidades, sueños y esperanzas; la muerte tiene esa potestad.
Recordaba enternecida la ilusión y el temblor de su mano al recoger el billete. Le había gustado el número del camarote, el 115, y le contó que se iba a escapar con una mujer maravillosa para comenzar una nueva vida en América.
Cuando unos días después se presentó para devolverlo, no le preguntó nada. Le reintegró el importe y le sonrió.
El siguiente comprador le sorprendió por su mirada triste. Recogió el billete y se fue sin decir una palabra. Volvió unas horas después porque no podía hacerlo.
Aquella mujer parecía diferente. Tenía una mirada serena y una expresión tranquila. Le asignó el 115 y se la imaginó bailando con el capitán durante las largas noches de la travesía. Le entristeció verla regresar tres días después con el dolor en sus ojos y la súplica de que le permitiera devolverlo. No le preguntó nada y acarició al niño que se sujetaba a su falda.
Era el único pasaje que no habían vendido. Sólo faltaba media hora para que el barco partiera… nadie la esperaba en casa, ¿por qué no? Aceptó el reto que acababa de lanzarle el destino, se puso el abrigo y, sin equipaje, subió a bordo del Titanic.
Varios meses habían pasado ya desde que Isaías había desbaratado su plan.
Pero Emma no había perdido el tiempo, ya tenía todo preparado para matar a Víctor el día de su boda con Silvia.
Había averiguado todos los detalles, la ceremonia religiosa se realizaría en la pequeña Iglesia de la Purificación, el convite posterior sería en el restaurante «Camarote 115 del Titanic», un restaurante ambientado en el mítico barco. También sabía que el restaurante necesitaba ampliar la plantilla para ese día, y allí le habían dado trabajo de camarera.
«Que mejor que matar a Víctor en el momento del baile nupcial» – pensaba. Lo tenía todo preparado al milímetro, pero sin saber que la policía ya la seguía de cerca tras la denuncia de una de las vecinas de Isaías, que la reconoció saliendo del edificio a todo prisa el día de su asesinato.
29 de diciembre, era el día señalado, antes de salir miró por la ventana. Su rostro cambio de color al ver como varios policías bajaban de sendos coches patrulla y se dirigían hacía la pensión. Ya no tenía escapatoria, su lucha para recuperar a Silvia había terminado.
Como cada noche desde que nos embarcamos, el baile continuaba en el camarote de los hermanos Marx. Carlos, el mayor, susurraba en mi oído no sé qué teorías sobre tesis, antítesis y síntesis que yo fingía comprender asintiendo con la cabeza, que apoyaba en su hombro.
De repente, un estruendo acalló la música mientras un golpe seco nos proyectaba contra la pared que ocupaba la orquesta. Pronto un marinero llamó a la puerta para invitarnos a finalizar la fiesta y subir a cubierta con el fin de poner a salvo nuestras vidas. El barco había chocado contra una roca de hielo y amenazaba con hundirse.
No había lanchas de salvamento para todos y Carlos manifestó su deseo de compartir el destino de los parias de la tierra.
-Si te quedas –argumenté- ¿quién va a guiar al fantasma que recorrerá Europa?
Mis palabras y el empujón con que le lancé a la barca, lograron que nos libráramos juntos de una muerte segura.
Contemplando la catástrofe, de pie y con el puño en alto pronunció su frase inmortal: “Proletarios de todos los países, uníos”
Me gusta tanto cuando se pone intenso…
Nos envuelve el frío de la noche y el mar de un siglo XX en el planeta Equals, aún sin cambio climático. Viajan en el Titanic dos mil doscientos veinticuatro pasajeros ricos, pobres, homos, heteros, blancos y no, amargos, dulces, sonrientes. Todos cenan en el gran salón, con vino que templa el espíritu y promete noches cálidas. Y tras la cena, se desborda del camarote 115 la pasión más desatada, entre una rica hetero y dulce, y un pobre sonriente; como una onda imparable se transmite a través de las frágiles paredes. Los demás pasajeros desordenadamente emparejados se suman a los roces, los besos y gemidos. El frío de la noche se diluye, mientras un inmenso iceberg se aproxima al Titanic, a velocidad inevitable. Cuanto más se acerca, más pedazos de hielo se desprenden de la mole helada, y se funden, rendidos por el calor que el barco desprende, uniéndose al océano, ya pura agua. Comienza el cambio climático en Equals, deslizándose la noche hacia un amanecer tórrido y sin catástrofe.
Estaba indignada. Hacía tres horas que había pedido a Mollie, su criada, que fuera a preguntar qué estaba pasando. Todavía no había regresado.
Nunca imaginó Lady Packington que aquel viaje resultaría tan penoso. Los primeros días había acudido al comedor junto al resto del pasaje de primera. Sin embargo, no soportaba a esos americanos vulgares que alardeaban de sus millones: le recordaban al patán de su yerno. Había acabado recluyéndose en su camarote. Mollie se encargaba de traerle la comida y de atenderla. Sólo quería llegar pronto a Nueva York.
Hacía unas horas, aquel horroroso ruido la había despertado. Más tarde, escuchó gritos, una sirena. Tuvo que enviar a Mollie para que preguntara qué diantres estaba ocurriendo.
Lady Packington no se alarmó cuando advirtió que el barco se estaba escorando. Sólo comenzó a pensar que algo grave ocurría cuando por debajo de la puerta penetró el agua. Por un instante se le pasó por la cabeza el pensamiento de que no era como los otros pasajeros, que no había vivido como ellos, pero que moriría como ellos… probablemente.
–¡Mollie! ¡MOLLIE!
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