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Suspenden la comilona para prodigarse abrazos y besos. La familia festeja y, entre el bullicio, se oyen palabras de afecto, aspiraciones y sueños, pero es mudo el intercambio de deseos en los ojos de los dueños de casa, al chocar el cristal.
Después de la última campanada, sin prisa, los invitados comienzan a retirarse. Mientras los despiden, disimulan la ansiedad por que se vaya el último.
Sobre la mesa, quedarán indicios de la pantagruélica celebración y, entre las copas, el biberón vacío del hijo que duerme en la cuna, ajeno a que los parientes más cercanos lo apodarán Primo, al cabo de los próximos nueve meses.
En la mesa vestida de fiesta, reposan las servilletas con iniciales, los tridentes de plata, cucharas y cuchillos, la cristalería fina y las guirnaldas. Testigos fieles de tantas comidas en familia. Ha pensado en los gustos de todos. Para su marido la carne poco hecha, casi sangrante. Las verduras al vapor de su hija. Al mayor, delicado del estómago, un arroz perfumado con hoja de laurel. Y los niños comerán como pajarillos porque no dejarán de jugar. Muy entrada la noche, tras una yerma espera, se duerme encima del mantel almidonado. Algún reloj de carillón en el caserón vacío exhala doce campanadas. En la vecindad se desbrava un mar de alegrías que, frente a su casa, pasan de largo. El teléfono, al igual que los últimos años, seguirá mudo.
Un graznido de lechuza se entremezcla con el eco lejano de las doce campanadas. Nadie se mueve. Los ojos clavados en el piso, como mirando para adentro, se humedecen. Las manos crispadas, con las uñas rotas, descansan en rodillas, regazos y algunas sobre picos y palas. Qué año, Dios mío, piensa Don Lupe, qué año. Si tan sólo supiéramos onde los enterraron. No, no, acuérdate Lupe, no están muertos, vivos los llevaron, vivos los queremos. Una lágrima caliente le moja los nudillos. ¿Cómo que vivos, Lupe? Ya se sabría, se dice, mientras las imágenes de los huesos rotos, manchados de tierra, encontrados apenas ayer, le atormentan. Ay hijo, háblame, dile a tu padre pa’onde te llevaron. Su pecho se hunde, un suspiro largo aviva la fogata. Esos hombres rudos, como secos, ahora miran el fuego. Mañana será otro día, Lupe, otro año, ten fe. Pero al pensarlo su espalda como rota, se dobla e intensos sollozos le roban el aliento. Hijo, háblame, háblame, pa’onde te llevaron. Nadie se mueve. Sólo la lechuza responde con otro graznido. La noche larga sigue…
Hágase la luz, y aparecieron luces cenicientas. Como uvas tristes escapadas de algún mísero racimo abandonado al barbecho, se encendieron en cada punto y esquina de la ciudad. A mí no me importó, me había propuesto cumplir todas y cada una de las alegres tradiciones de estas fechas, y así lo hice. Que había que despedir el año llevando alguna prenda roja, pues me calcé mi tanguita rojo y me fui a visitar absurdos belenes, en los que unos reyes, mágicos decían, parecían unos fumaos intentando atravesar imposibles puentes, o, enormes niños en los pesebres parecían haber sido paridos por alguna madre-diplodocus, en vez de por la minúscula virgen señora arrodillada junto a unos cuernos presentes en el portal. Hasta que se despidió el año, después de aquella semana por claustros e iglesias, estuve luchando por recolocar, cada dos por tres, unas castigadísimas gónadas que magulladas peleaban por salirse de las casillas rojas que hacía una semana las martirizaban. Y menos mal que no había tenido consecuencias graves la hostia que nos habíamos dado, mi churri y yo, hacía semana y media con el coche, cuando nos dirigíamos a casa de mi madre a cenar, como cada año, en Nochebuena.
Era el último día, así que reagrupó todo lo malo que había sucedido en el año, lo metió en un saco y con un palo la emprendió a golpes, doce dio, al ritmo de las campanadas del nuevo año, uno tras otro, hasta que sintió que nada dentro de ese saco se revolvía.
Arrastrando el saco por el pasillo, salió al descansillo, miró para asegurarse de no coincidir con nadie, todos celebraban en ese momento.
Bajó hasta el portal y una vez allí, hizo lo mismo, miró alrededor y salió lo más veloz posible hacia el coche, abrió el maletero y con mucho esfuerzo metió el saco dentro.
Circuló sin rumbo fijo, hasta que a penas sin darse cuenta, apareció ante él un páramo yermo y solitario.
Paró el motor y tras asegurarse de que por allí no había nadie, bajó del coche, sacó el pico y la pala del maletero y cavó un agujero negro y profundo como su corazón, allí depositó el saco y lo enterró.
Una vez alisada la superficie, respiró hondo sabiendo que esta vez, había ganado, exactamente dentro de 365 días, tendría que cometer otro asesinato a no ser que el año le matara antes a él.
Estaba harto de su oficio. Tener que darle cuerda a ese viejo reloj, tan antiguo como el mundo, le resultaba ya casi insoportable. Llevaba tanto tiempo encargado de su reparación, le ocupaba tantas horas su delicado mantenimiento, que cada vez eran mayores las tentaciones de cambiarlo por uno nuevo. Le seducía la idea de renunciar a su penosa tarea, desechar ese objeto inservible e idear un nuevo mecanismo, rutilante y eficiente.
Al llegar estas fechas, el inconsistente bullicio con que todo el mundo repasaba el año que estaba a punto de terminar convertía esos proyectos en apremiantes. La exhibición descarnada, impúdica, de lo que podía dar de sí el tiempo en manos de la humanidad le producía una profunda desazón. Pero una vez más, como siempre desde que el mundo es mundo, apartó de sí esas ideas inmisericordes. Y un ejército de sus querubines acudió solícito a enjugar las dos recias lágrimas que –grandes como planetas, brillantes como soles– corrían por su rostro enjuto y eterno.
Se habían reunido por Navidad veinte personas, entre abuelos, hermanos, sus cónyuges y los pequeños de la casa. Sentados en el salón se agrupaban en la mesa grande doce adultos y en la pequeña, de forma desordenada y bulliciosa, los ocho benjamines, de entre 12 y 3 años.
Este alboroto, que a cualquier persona le podría molestar, a la abuela le hacía revivir. Pese a sus ochenta años, se mostraba radiante y feliz, pues para ella eran las fechas más felices del año.
Esos días, junto a su entrañable Joaquín, disfrutaba de lo mejor de sus vidas: sus cinco hijos: María, Carmen, Jose, Manuel y Lorena; sus cónyuges: Luís, Manolo, Teresa, Pilar y Carlos, y sus nietos Marcos, Adrián, Paloma, Alba, Blanca, Lourdes y los gemelos Alberto y Alejandro, la salsa de sus reuniones familiares.
Compartían en familia esos apacibles instantes pues sabían que, por cuestiones biológicas, no tardarían en desaparecer.
Tras las doce campanadas, los vehículos de alta gama presentes en la fiesta de fin de año recuperan su aspecto de calabazas.
Los corchos saltaron, atronaron aplausos y matasuegras, las uvas desaparecieron tras las campanadas, cayeron confetis y serpentinas, chisporrotearon bengalas y las copas tintinearon celebrando el año nuevo. Él felicitó a los que estrechaban su mano, a las que besaban sus mejillas y a quien estampaba besos en la boca sin que, al parecer, le importara a nadie. La orquesta se impuso sobre el vocerío y le meció durante horas en aquel mar de burbujas, lentejuelas y alegrías sin fin. Cuando necesitó ir al servicio, se encontró ante el espejo con los ojos rojos, el estómago vacío y los pies hinchados de cansancio. Se sentó… Hizo piiiis… Buscó los 20 euros para el taxi y regresó al piso. Se calentó un caldo de gallina, le puso unas hojitas de hortelana y se lo tomó sorbo a sorbo. Cogió las postales que había retirado del salón cuando su mujer le dijo que iba a comenzar otra etapa en la que él no tenía cabida, y se metió en la vieja cama de matrimonio. Se fijó en los te quiero y en los te amaré siempre, y pensó que aquellos momentos, los de París, habían sido los más felices de su vida.
-¡Mamá, papá se ha vuelto loco!
Mi hermana gritaba mientras se dirigía corriendo al salón buscando la ayuda de mamá. En la cocina, la cena ya estaba preparada y sólo faltaban unos pequeños retoques a la decoración.
Por la puerta apareció mi padre con los abrigos y las bufandas.
-Chicas, nos subimos al cerro.
-¡Mamá…!
La verdad es que le costó convencernos. A pesar de nuestras quejas, a las once estábamos en la cima del Cerro Almodóvar mirando Madrid iluminado como un árbol de navidad.
De repente las torres de alta tensión comenzaron a brillar con una luz azul. Surgieron chispas de las catenarias del tren y pudimos ver cómo se iniciaba el fuego en el transformador de Vallecas. Torrespaña parecía una vela: emitía un resplandor fantasmal. La mitad de la ciudad se apagó y lo que quedaba con luz no duró mucho.
Y vimos las estrellas.
-¿Qué pasa papá?
-Es por la tormenta solar. -Dijo sin esperar que lo entendiese. -Pero… mira el cielo.
Sobre el horizonte que recorta la sierra apareció una hermosa cortina de luz verde que parecía mecida por la brisa. Un resplandor mágico. Una increíble aurora boreal.
Mi padre sonrió.
-Feliz año nuevo, chicas.
Soy dos mitades. Una se despereza y tira de la otra que sólo quiere dormir. Y lentamente la boca vuelve a ser boca, pese al sabor metálico. Los dedos de las manos y los pies se llenan de hormigueos. Los ojos quieren avistar el entorno, ubicarse; tanto tira mi mitad vital de ellos que se abren y chocan con el techo, aún pesados consiguen deslizarse hasta la pared que luce un adorno propio de la fecha, en rojo y oro.
Le llega el turno a los oídos. Traen ecos de risas y sones navideños, pero de pronto acercan, dolorosos y nítidos, los sonidos de las campanadas: una, dos, tres… llegan al cerebro, que alarmado por el familiar sonido, bucea entre las brumas de la memoria hasta hallar el recuerdo. Ordena entonces a las manos acariciar el prominente vientre. Cuatro, cinco, las manos se desploman llenas de vacío; seis, siete… La mitad que quería seguir dormida tira de la otra que ha bajado la guardia y la arrastra con ella a un lugar más seguro. Sin ruidos.
Corre,corre!! Todos los años con la misma cantinela.23:50 y sin haber comparado las uvas de la suerte, y sin uvas de la suerte las campanadas no son lo mismo..que nos vamos a comer?..aceitunas?
Si es que todos los años igual, no tenemos remedio…
Corre, corre!!…ya empiezan los cuartos…concentraros!!empiezan las campanadas…a falta de uvas buenos son … Doommm: un beso, Doom: un abrazo, Doommm: un te quiero, Dooomm: un buen deseo, doomm: un aliento, doomm: un «eres el mejor»….
A falta de uvas…amor y respeto!!
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