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Tras media hora de calma chicha retomamos la navegación por el mar de la sopa de estrellas. Sorteamos varias y cargamos otras en la bodega. Veinte minutos más para desembarcar en la isla esponja con el firme propósito de poner pronto rumbo a Paris, mientras, decimos “aur revoir” a los doblones de oro de la tortilla francesa. Tan larga travesía nos deja a ambas exhaustas y acordamos que cuatro perlas uvas es un botín aceptable.
Muy lejos de nuestro mar de olas de espuma, allá, lejos, tierra adentro, donde el resto de la tripulación de la nave espera ansioso a que icemos la bandera del triunfo, suenan doce cañonazos. Sus fuegos se elevan en el cielo pero retumban en mi línea de flotación.
Siento el frío solitario de la madrugada y el aire con lágrimas saladas me susurra que mal capitán es quien encalla navío. Horas después la magia de la aurora boreal me recuerda que sigo siendo el timonel del barco y debo salvar mi tesoro. Siempre buscaré la luz en el horizonte.
El viento nocturno, con sus dientes como agujas de hielo, les mordía la piel. Atrás quedaba el pueblo, con el eco disperso de aquellas doce campanadas y sus luces cada vez más distantes, que no iluminaban más que unos pocos recuerdos. El hombre vio el desamparo en los ojos de su hijo, pero aun así su partida sería definitiva. Esa mañana había recibido un citatorio para comparecer ante un tribunal civil. La madre del pequeño, quien se lo había entregado desde que era un recién nacido, regresaba a reclamarlo. Apresuró el paso y la luna descubrió la decisión en su mirada. Se portaría como quien era, como un gitano legítimo y nadie le quitaría a su hijo, mucho menos aquella mujer, que le dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.
Las putas en la esquina celebran el tañer de la última campanada; los gatos rebuscan en la basura; los niños lloran por falta de teta; obuses caen en alguna parte del mundo, caen , caen. En la plaza hierven las bocas del gentío: Abúlicos los rostros los de allí; alegres de ebriedad éstos… Silencio, silencio, ha muerto la costumbre de amar…,
Acabó el turno y los obreros hicieron una fila semiordenada. Deseaban volver antes de las doce campanadas y gozar de la calidez de casa. Albergar ciertas esperanzas.
La señora Li acabó antes que nadie debido a su rapidez asegurando las hebillas de las botas militares, sección de la cual era la encargada. Acabó y con una lengua despiadada empezó a segar cabezas. Tú no, tú flojeas, tú eres raro, tú demasiado sensible, tú no te lo tomas en serio. Lo dijo al oído del amo. De espaldas. En lugares donde el recodo impide oír las conversaciones.
Sin saberlo, -ella normalmente era callada y desconocía las múltiples propiedades de las palabras-, sus frases volaron como ondas. Viajaron por la nave donde los trabajadores montaban las piezas de zapatos y se agruparon en el techo adoptando la curiosa forma de alcachofas de ducha.
Tras un par de días los obreros reanudaron su tarea y el nuevo año con una mirada distinta, la de albergar esperanzas. Ponían broches y ajustaban la máquina del betún mientras canturreaban. No imaginaban que en cuestión de segundos, las palabras retenidas en el techo caerían en forma de lluvia oscura, de cianhídrico.
El exterminio sobrevino en unos minutos. Desde la puerta, la señora Li observaba cómo padecían espasmos y la piel se les tornaba azul. Le asaltó la extrañeza de un pájaro solitario. Luego miedo y sudor. En un gesto brusco se cubrió la boca con las manos. ¿Y si alguien le hacía tragar sus propias palabras?
Sonará la última campanada. Luego vendrán los fuegos artificiales, cohetes y serpentinas, los pájaros volando asustados y entonces saldrá del portal. Esta vez, imagino, llevará un vestido rojo de fiesta, tacones y el pelo recogido. Se subirá a un taxi, a uno cualquiera, y recorrerá la noche de fiesta en fiesta. Se encontrará con las amigas, con los compañeros de la universidad. Bailará batchatas y cumbias, y sobre el hombro de ese chico especial sonreirá como ha esperado durante el año que así ocurriera. Al final de la noche, ya casi entrada la madrugada, tomará un taxi que en ese momento pasa junto a ella.
_ ¿A dónde señorita?
Desde hace tres años hago la misma pregunta, cómo si yo no supiera cuál es su destino. Y siempre, sin saber quién soy, contesta medio adormilada.
_ A la calle Amatista número siete.
Pongo en marcha el coche y un año más prosigo mi carrera hasta el lugar indicado, sabiendo que hasta la próxima nochevieja no volveré a tenerla cerca. La miro por el espejo retrovisor con el deseo de que algún día conteste.
_ A casa papá.
Era la noche, la última del año; La mesa repleta, abundante bebida, música y risas.
Ella estaba exultante, con ese brillo en su mirada provocadora que lo excitaba. La sorprendería, tras el brindis abriría el estuche que celosamente guarda en su bolsillo y le pediría unir sus vidas para siempre.
A un par de cuadras él había bebido en demasía, estaba feliz, sería papá. Con la primera campanada extrajo su arma y disparó al aire. El proyectil no sabe de amor, en loca carrera retornó a la tierra.
El anillo rodó de su mano. La sonrisa se transformo en mueca, su mirada cambió, él la sostuvo hasta depositarla suavemente en el piso.
Tras la última campanada lo envolvió el dolor de la soledad…
A un par de cuadras, ajeno al drama tras guardar el arma, brindaba feliz.
Observó sus manos y solo vio trabajo. Sus dedos, duros como su tierra natal, se mostraban reacios a reflejar ternura, ni siquiera cuando cambiaban el fusil por el suave tacto de la piel de su mujer. Más parecidos a la lija que al tafetán, tampoco invitaban a prodigarse en caricias.
Por lógica y sentido común.
Ese mismo sentido común que le llevó a idear una bolsita que protegiera de las inclemencias del tiempo a los racimos de su tardía cosecha de uvas, tan absurdamente apreciada por los madrileños desde que, unos veinte años antes, tal vez más, adoptaran la ridícula costumbre de tomar uvas en Nochevieja, acompasada por las campanadas que anunciaban el nuevo año. Gracias a esas bolsitas, las uvas crecían fuertes, jugosas y grandes. Tanto, que vendió toda su producción en un santiamén, a un precio jamás soñado. Tanto, que en pocos años todo Novelda copió su sistema, y el pueblo reverdeció lujos y olvidó miserias hasta que la maldita guerra les devolvió la tristeza.
Ahora, en la navidad de 1938, la cosecha aguardaba tiempos mejores, mientras su mujer preparaba puré de lentejas y zumo de uvas para recibir un año que, ojalá, siguiera ofreciéndole trabajo.
Puedes –o podrías– pasar de los que tienes a tu alrededor esta noche. Después de tanta parafernalia, de días de quiero y no puedo, de aguantar recomendaciones que no has pedido y chistes sin gracia. Decir que no te encuentras muy allá e irte a tu cuarto a leer. O mejor, puedes –o podrías– dar besos y abrazos de cortesía por doquier tras la última de las campanadas, impostar esa sonrisa en la que ya eres todo un experto y, sin que nadie a tu alrededor fuera capaz de advertirlo, bajar al garaje, arrancar el coche y salir a dar una vuelta. O mejor aún, puedes –o podrías– dirigirte hacia la autopista de salida de la ciudad. Parar en una estación de servicio y llenar el depósito; beber algo caliente. Enviar un mensaje aséptico pero tranquilizador a tu mujer que diga: ‘divertíos, he salido, estaré bien’ y, acto seguido, arrojar el móvil a la papelera más cercana. Entonces puedes –o podrías– cruzar el país, parando lo justo para comer algo de vez en cuando, sin dejar de solazarte con lo que estás haciendo. Ahora, piensas. Escuchas el tira y afloja de los cuartos. El carrillón que baja. La primera campanada.
Llega el momento más especial. Brindamos por los que ya no están. Y a mi Luisa se le salta una lagrimilla.
Y eso que esta vez han venido todos. Está Rafael, el mayor, con su hijo y su nueva pareja. Que ahora lo llaman así, Luisa. Y Lucía con su marido, el arquitecto, y sus niños, que no han aguantado ni un segundo tras las uvas y corretean en derredor de la mesa con carrillos de hámster. También ha venido Luis, el pequeño, que aunque durante la cena ha estado reservado, tras el brindis parece que ya le llegó la alegría a la cara. Estamos todos, como estuvimos.
Disfrutaremos del momento hasta que a eso de las tres o las cuatro se acabe la conversación, y cada cual se vaya a acostar. Y mañana cogerán los coches y se irán, porque están hechos a la ciudad, y no aguantan mucho tiempo en el pueblo.
La casa se quedará vacía. Y nosotros esperaremos que regresen el año que viene. Y si, por fin, les da por venderla pues, resignados, brindaremos en la próxima cena de Nochevieja con una nueva familia; ahora que ya estábamos acostumbrados a esta.
Me preocupa que mi identidad virtual comience a desplazar a la auténtica: tiendo a considerar amigos a quienes no son más que simples contactos y dedico demasiado tiempo a un gran escaparate en el que todos buscan ser escuchados, pero nadie desea escuchar. Por ello, es mi propósito para el nuevo año abandonar las redes sociales, no sin antes despedirme de todos los que habéis seguido fielmente mi blog durante los últimos años.
Terminó de revisar el texto y, antes de dar al botón de publicar y de compartirlo en Facebook, Twitter y Google +, se apresuró a añadir:
Sé que no me va a resultar fácil, os mantendré puntualmente informados de mis progresos.
Muy Señor mío:
Os informo que cuando suene la última campanada habré colgado mis alas. Dejaré, pues, a mis suicidas y a los nuevos emprendedores ejercer su libre albedrío como más les plazca. Quedará a vuestro criterio decidir si buscarme un sustituto. Yo dejaría la plaza libre por pura curiosidad, porque os puedo decir que es mero hastío lo que me ha llevado a este punto. Pensé que el nuevo milenio aportaría ideas interesantes a los propósitos humanos, pero nada más lejos; ya me aburrí de ser la sensatez de conciencias insulsas. Así que, esta vez, Raúl no escuchará mi voz animándolo a subir en la bici estática, ni convenceré a María de que este año acabará su eterna novela; tampoco sostendré los pies de Alberto, que cada uno de enero decide tirarse por el tajo de Ronda. Deseo fervientemente que alcen el vuelo solos; unos caerán en picado, me consta, pero otros olvidarán las banalidades y crecerán. Yo, por mi parte, anhelo encontrarme con todos esos placeres terrenales que mi anterior naturaleza me negó. Os ruego encarecidamente no me detengáis, o me veré obligado a trabajar para la competencia.
Con sus peores propósitos, se despide atentamente,
Gabriel.
Diez minutos para el fin. Tiembla. Aparta el mando a distancia y se sienta en su sofá. Coge una libreta y un bolígrafo.
Nueve minutos. Piensa. Comienza a escribir: “Conocer a una buena mujer”, “Dedicarle más tiempo a los míos”…
Tres minutos. Suspira. Deja el bolígrafo. Lee todo lo escrito.
Dos minutos. Llora. Repasa desesperado todo lo que siempre quiso hacer y nunca hizo. Idiota.
Un minuto. Grita. Se rasga la cara, se golpea, se insulta. Idiota, idiota, idiota.
Cero.
Un minuto.
Dos minutos. Nada.
Tres minutos. Grita. El júbilo llega a sus oídos desde el exterior. Idiota, idiota, idiota.
Cuatro minutos. Llora. Todo ha sido una falsa alarma. Idiota.
Seis minutos. Suspira. Se sienta aliviado en su sofá. Lee todo lo escrito.
Ocho minutos. Piensa. “Qué tonterías: Conocer a una buena mujer, dedicarle más tiempo a los míos…»
Nueve minutos. Tiembla. Hace algo de frío. Busca una manta y se acomoda. Aparta la libreta y el bolígrafo.
Diez minutos. Coge el mando a distancia.
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