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Todavía se percibía, a lo lejos, el ruido de los cañones en la batalla. Sin embargo, por la radio, habían anunciado el final de la contienda: «la guerra ha terminado», así acababa el comunicado que leyó el locutor. Solo un poco más tarde el estruendo cesó.
A Primogénito, el pastor, le daba igual quién ganará, lo único que deseaba era cuidar, tranquilamente, de sus ovejas.
Pasaron unos días y como era su costumbre bajó a la tasca del pueblo a tomar unos vinos. Cuando llegó a altura del cementerio escuchó unas detonaciones. Se acercó con cautela y escondido detrás de un árbol pudo ver los cañones de unos fusiles apuntar y disparar hacia la tapia.
A partir de entonces no iba a encontrar la paz deseada, seguirían más disparos, de escopetas, de pistolas, oiría gritos y llantos amargos.
De entre aquellos cautivos, cada año, el día del santo patrón, era escogido un condenado para ser torturado. Era costumbre inveterada elegir al más gallardo, al más desafiante de los presos. Sería una injusticia pero así era el signo de los tiempos desde mucho antes de la Inquisición. Al inocente reo se le hacía agachar la cabeza hasta que la barbilla se le clavase en su pecho. Luego con un superficial tajo en la cerviz se procedía a debilitar al penado mediante un abundante sangrado. Aún le quedaban fuerzas al indefenso para emitir espasmos con sus miembros y estertores crepitantes, hasta que entraba en un letargo tan profundo que no reaccionaba cuando introducían su cuerpo en una tinaja de agua hirviendo. Cuando lo sacaban su cuerpo era un macilento bulto. Lo pelaban y a machetazos quebraban sus extremidades. Lo emasculaban y utilizaban el hueco entre sus ingles para eviscerarlo. Ya no había vida visible en aquel guiñapo que me tiraban sobre la mesa.
—Continúa tú Jesusín.
Yo, aprendiz de verdugo, solo podía dar pellizcos con las yemas de mis dedos en aquella piel yerta, hasta que le arrancaba los 100 cañones que habían envainado las plumas de su pechuga.
La prisión de los pensantes se alzaba sobre un risco junto al mar. Según se contaba, las vistas desde la torre vigía eran tan bellas que una vez un centinela perdió la cordura y a raíz de aquello, empezó a tener ideas propias. Cuando le descubrieron exponiendo sus pensamientos, fue detenido y de vigilante pasó a convertirse en vigilado.
Juan Q. siempre había sentido curiosidad por saber cual podía ser ese preso que se había atrevido a mirar más allá, pero las consecuencias de aquel acto le asustaban y cuando estaba de guardia, jamás levantaba la vista del patio.
Desde allí arriba, los presos parecían inofensivos muñequitos naranjas. De cerca, sin embargo… El servicio de comedor era el más peligroso de todos, pues allí no iban amordazados y si uno no andaba con cuidado, podía oírles razonar.
Un día, un prisionero se subió a una mesa y mientras el resto de condenados formaba un cinturón de seguridad a su alrededor, les habló sobre la libertad.
Antes de que un cañonazo los abatiera a todos, Juan no pudo evitar escuchar sus palabras.
“El pensamiento os hará libres” recordó cuando, encaramado en la torre, sus ojos bebieron el azul del mar.
Noche de luna llena en un pequeño pueblo que mira al mar. En un santuario erguido en lo alto de una montaña, un joven escribe con sus manos una inscripción con pintura sobre uno de los antiguos cañones apostados en el mirador que rodea el templo. Mientras dibuja los finos trazos en el metal frío como el mármol de una tumba, puede ver a sus pies las luces del pueblo.
Los mayores dicen que es la costumbre, pero ya nadie se atreve desde que una novia abandonada en el altar, se encaramó a uno de los cañones y saltó al vacío.
De regreso por la carretera, surgida de la nada, una figura vestida de blanco se abalanza sobre él, haciéndole perder el control de su motocicleta. Un momento después, en el santuario, un soplo de aire apaga una de las velas.
Día de celebración en un pequeño pueblo que mira al mar. Una novia radiante de felicidad, posa con su marido frente al fotógrafo, cuando de pronto, reconoce la letra desdibujada por el tiempo en un cañón y se siente morir de dolor.
—Si quiero amor mío— pronuncia al viento girándose hacia el mar para que no la vean llorar.
Cabizbajo y con las manos en la espalda, sus bufidos, salvo los momentos en que acerca la copa a los labios, se pueden escuchar a varios metros de distancia. ¡Necesito otra victoria!, grita una y otra vez.
Desde su confinamiento, al fijar la mirada al Norte sus ojos adquieren un brillo especial al tiempo que esboza una amplia sonrisa. Ya ni recuerda el dantesco espectáculo del campo de batalla cubierto de cuerpos destrozados del quinto Regimiento cuya sangre solo sirvió de elixir para un enjambre de pestilentes moscas verdes.
Tras quitarse la bata de piqué, se mete durante media hora en la bañera. Bien perfumado se viste de militar y plantado ante el espejo con mano temblorosa al pecho, orgulloso exclama: ¡voy a ganar!
Sin embargo su buena estrella se eclipsa una vez más.
– ¡Déjelo, general! ¿No ve que apenas cuenta con un puñado de hombres y la cuarta parte de cañones que yo?
– ¡Jamás! Un corso nunca se rinde, Sr. Welling.
– Señor, mi nombre es Cornet y soy su lugarteniente. Ya son cerca de las doce. Váyase a descansar y mañana continuaremos la partida.
“Esperas inerte en la tierra. A golpe de martillo forjan tu cuerpo, el fuego endurece tu alma. Proteges como escudo, matas como espada. Abanderaste una edad, una época. Ayudaste a levantar civilizaciones. Los cañones escupen tu justicia, escribiendo la historia y engrandeciendo biografías”.
Ocupado en estos pensamientos está Napoleón mientras sujeta entre sus manos una bala de cañón de hierro macizo; material que sueña con fundir y convertir en heroicas estatuas que perpetúen su grandeza.
Muy lejos de allí, Alison, mientras prepara la comida, mira con tristeza las ausencias en la mesa. Desea que la maldita guerra acabe y escuchar las voces de su marido y de sus hijos cruzando la puerta. Ensimismada, observa fijamente el caldero:
“Esperas inerte en la tierra. A golpe de martillo forjan tu cuerpo, el fuego endurece tu alma. Abanderaste una edad, una época. Ayudaste a aplastar pueblos. Como arado arañas la tierra que da alimento, pero anegas de lágrimas los campos de batalla. Los cañones escupen tu poder, seis libras de muerte. Cambias la historia engrandeciendo biografías con sangre”.
La rabia se apodera de Alison que, de un puntapié, derrama la comida, y con lágrimas sentencia:
—Quien a hierro mata, a hierro muere.
La cabeza le pesa igual que un obús de gran calibre. El hígado lucha desde hace horas para metabolizar el alcohol. Empiezan a sobrevenirle ráfagas de lucidez.
Le localizaron gracias a las redes sociales. La cena con los compañeros de colegio resultó sumamente grata. El viaje atrás y la evocación ilusionada de anécdotas se abrieron paso entre calvicies, vientres excesivos y caderas abultadas por la maternidad.
La melodía del móvil y el timbre del fijo no han dejado de atronar, estridentes cañones aunados para martillearle las sienes. A ello se unen los alaridos de su mujer, auténtica metralla como respuesta a las voces femeninas que preguntan por él.
En el local con aires de otra época sonaba Waterloo de Abba. Entre copa y copa se inició una batalla de besos desinhibidos. Una antigua novia y otras que pudieron serlo anotaron sus números. A partir de ahí todo fueron lagunas, alguien debió llevarle a casa, parecía venido del frente, con el rostro cuajado de sangre de carmín.
Escucha chasquidos de maletas que se cierran con violencia, seguidos del estampido de un portazo. Todavía no piensa con claridad, pero intuye que ha comenzado una guerra.
Deslumbrada por su propia luz abandona la vejez y el dolor. Es agradable volver a sentirse joven. Notar cómo se le oscurece el pelo, mientras sus ojos vuelven a adquirir la tonalidad de la hierba. La ligereza de lo que ahora simboliza se posa sobre uno de los cañones que custodian la ciudad, y piensa en su propia lucha. En la guerra que en ocasiones representó su vida; en lo liberadora que fue para ella la muerte: un instante para reconocerse en una enfermedad de olvido.
Cuando está a punto de fundirse entre las aguas de la bahía, algo llama su atención. Es una sensación que hace que las finas partículas de su esencia se depositen junto a un nicho: el 3192. Allí un hombre inclina ligeramente la cabeza. Está triste. Parece no sentir que algo le acaricia, tan solo cierra los ojos para bucear en su memoria… Todos los momentos en los que le hubiera gustado ser reconocido por ella, y esa impotencia ante su dolor y desaliento, ya han pasado a un segundo plano. Su mente solo retiene una imagen: la paz de su sonrisa aquella última tarde.
(Homenaje, en ESTE ENLACE)
Había pasado ya un mes desde el accidente que dejó ciega a Isabelita, pero Juan Roget seguía llorando por las noches.
Desde su mesa de trabajo, miró por la balconada abierta. Algunos tejados, la muralla carolingia. El brocal de un cañón asomaba entre las almenas apuntando a la luna. ¡Astro inalcanzable! Isabelita ya no podría tumbarse a contemplar su sereno paso en las noches despejadas. ¿Qué importaba ya la luna? Irónica, inútil, tan bella como invisible a los ojos cerrados para siempre. De poder hacerlo, cargaría aquella pieza de artillería y dispararía una salva que la destruyera. Que no apareciera más. Así nunca nadie podría contar a Isabelita lo espléndida que lucía la luna en las noches de julio. Pero ¿qué sabía un maestro de anteojos sobre armar un cañón? ¿Lo cargaría de lentes? Disparar cristales no le devolvería la vista a su hija y un cañón no era un anteojo, ni servía para ver mejor, por mucho que apuntara a la luna…
Súbitamente, Juan Roget dejó de llorar.
El soldado apareció cojeando, con un rifle como muleta, en la calle principal de Dunkerque. Su maltratado y abollado casco lo transportaba en la mano izquierda para no apretarse los vendajes que le cubrían el pálido rostro empapado por la lluvia y la sangre. La bandera de su regimiento, agujereada y chamuscada, la llevaba enredada en su brazo derecho.
Dijo llamarse Antoine Hinault, del Quincuagésimo Regimiento de Infantería, y también dijo que los Aliados habían sido machacados por los 7.000 cañones alemanes en la Batalla de Francia, y que debían presentar batalla para que los demás fugitivos pudieran escapar sin problemas.
La Operación Dynamo se ejecutó con una letal rapidez. Los aldeanos montaron resistencia en cada puerta y en cada ventana con ayuda de los regimientos británicos, y prepararon una calurosa bienvenida a los nazis. Al fin, cuando el pueblo fue completamente arrasado, el plan de evacuación había resultado un éxito. Las bajas entre la aviación alemana eran importantes, y muchos de los hombres que habían montado resistencia pudieron ser evacuados.
El hombrecillo, a falta de repuesto, lleva un chaleco raído por los muchos años de uso. Aunque ya son incontables los intentos, siente el mismo cosquilleo en el estómago que la primera vez. Con las luces del alba y arropado por la soledad matutina, antes de que los demás se desperecen, da los últimos retoques. Abrillanta la caña, desempolva el bocal y comprueba todos los mecanismos. El elefante se le acerca curioso y el payaso Augusto con el maquillaje triste avisa al resto de los artistas. En pocos instantes, con todo a punto, se introducirá y, a la señal de tres, saldrá catapultado del cañón, con algo de suerte lejos, hasta una nueva carpa. Si todo sale bien, aterrizará en la red que habrán tendido para que la bella acróbata, que él busca desde aquel verano en que se amaron, se deje caer, después de conseguir un triple salto mortal. Esta vez el hombre bala no fallará. Perfilará una parábola perfecta y ella le esperará sentada en el trapecio.
Entre las brumas de la semiinconsciencia, Martin evocó el rostro de su madre. Le pareció escuchar de sus labios la frase que repetía cuando era niño: “Tú no te acobardas ni aunque te apunten con noventa y dos cañones”
Dos kapos le arrastraban sujetándolo por las axilas hacia la horca, dejando sobre el pavimento un reguero de manchas rojas. Tenía las piernas rotas, los ojos ocultos bajo los párpados amoratados y la boca como un hormiguero sanguinolento.
Meses atrás, él y otros prisioneros se habían propuesto sabotear las bombas que fabricaban para el enemigo, colocando mal sus piezas u orinando en los giróscopos. Era la única forma de resistencia que podían permitirse dentro del campo de trabajo, la única manera de colaborar con los soldados que luchaban en el frente.
Anegado por el dolor, sintió como una liberación el tacto áspero de la soga rodeando su cuello y en los últimos estertores, su mente voló lejos, hasta el camino de tilos que conducía a su casa.
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