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Aún con el sabor de las uvas en el paladar, tras las campanadas del año nuevo, en la celda 142 aún resistíamos al sueño, se respiraba un aire de tristeza, no podíamos evitar recordar otras navidades pasadas fuera de la cárcel con nuestras familias y amigos.
Aunque ni en prisión se dejan de celebrar estas fechas tan señaladas, el vacío que sientes aquí dentro es muy profundo.Te sientes solo a pesar de estar conviviendo con 140 personas. Además del sufrimiento interior propio, también se sufre por el de la familia. A pesar de todo, uno trata siempre de levantarse el ánimo, ayudar a los compañeros que lo neceitan, lo mismo que ellos hacen conmigo.
Por ello realizamos diversas actividades en estas fechas para que la estancia a aquí sea más amena: montamos un belén, cantamos villancicoos, hacemos campeonatos..
Después de tres navidades aquí, solo espero que las siguientes sean con mi familia….volver poco a poco a mi vida y contagiarles de felicidad.
¿Y después…que hay después de las campanadas de Navidad?.Silencio político, hambre en el mundo.¿Qué hay después?..Gritos silenciados, guerras inútiles, gente que llora por estar lejos de los suyos, muros que separan sonrisas de lágrimas. ¿Después?..quejas inaudibles, oídos sordos que intentan escuchar un atisvo de esperanza que nunca llega, pero..¿Qué hay después de las campanadas?..quizás el silencio de personas que no son tratadas como tales, niños que trabajan su infancia perdida. Sí. Esto se ve, eso hay.. pero quien puede no hace nada y quien quiere no puede.
¿Campanadas?¿De alegría tal vez? ¿o quizás de ignorancia? Ojos que no ven, corazón que no sufre. ¡Y una mierda!…el pueblo sufre, los niños sufren, la propia tierra sufre. Campanadas anunciando la salida de un plaga, campanadas anunciando un peligro por venir. ¡Campanas de Navidad!..bonito concepto sin sentido. ¡Navidad!..palabra de emociones y rencores, familias rotas. Al fin y al cabo…Comercio, gasto inutil..no tiene sentido.
Navidad. Bonita palabra vacía de contenido.
Aquél orgasmo marcó el inicio de nuestras nuevas vidas. Teníamos nuestras dudas si había sido el mejor del año pasado o sería el mejor del año nuevo. La última campanada hizo que nuestros cuerpos se fundieran en algo que nunca habíamos experimentado antes.
Nos íbamos pasando las uvas, ya a deshora, de boca en boca, mientras intentábamos mejorar lo ocurrido escasos minutos atrás. A cada uva un deseo, a cada deseo un movimiento de cadera, a cada movimiento de cadera un “te quiero”. Nos comimos varios racimos de uvas. Después descorchamos un par de botellas de cava, y a cada sorbo un deseo, a cada deseo un beso.
Ya al alba nos tumbamos, exhaustos, en la cama mirándonos a los ojos, y a cada parpadeo una sonrisa, a cada sonrisa un deseo… Y nos dormimos; y soñamos que estábamos en un mundo del que nunca despertaríamos, en el que todos los deseos que habíamos pedido se habían cumplido.
Pero despertamos, de un sueño, de otra realidad. Y aunque nuestros labios todavía sabían a nosotros, tú no eras la chica que estaba a mi lado y yo no era el chico que estaba a tu lado.
Serafín Cominos era un hombre metódico y de costumbres. Cada día salía temprano a caminar, siempre a la misma hora, las siete de la mañana, y todas las veces por el mismo trayecto. Indefectiblemente se encontraba cada día a las mismas personas; en la esquina de la farmacia a la señora mayor que sacaba al perro a pasear, buenos días, buenos días; cerca del quiosco de prensa al panadero que salía del turno de noche en el horno, hasta luego, adiós; en la plaza al joven trajeado, con aspecto de bancario, de mirada huidiza, sin saludo; y tantos y tantos otros.
Harto de tanta monotonía, con el nuevo año, Serafín decidió adelantar en media hora su salida y modificar el itinerario habitual para evitar encontrarse cada día a la misma gente. No lo consiguió. Todos habían decidido lo mismo.
Cada campana repica dentro de mi cabeza como un lejano susurro hasta convertirse en un hipnótico sonido, el cual terminara con el eco de la última campanada. Un año agoniza igual que las temibles crecidas de la época de lluvia, para convertirse de nuevo en una mansa corriente, donde se puede navegar con las manos haciendo surcos en el agua, sin la preocupación de utilizar un par de remos para navegar. Con la misma ansia de un niño, buscador de oro, exploraremos las orillas de las islas desiertas. Algunas veces con las uñas escarbaremos en playas de arenas blancas; otras en arenas grises, llenas de filosos guijarros, hasta desangrarnos. No hay recompensas fáciles ni mucho menos las encontraremos flotando a la deriva. Tendremos que bucear en aguas profundas sin tanque de oxígeno. Posiblemente, nos ahogaremos en esteros pantanosos y con toda seguridad alguien nos salvará. También llegará la época en que tengamos que remar y lo haremos contra corriente o bajo fuertes tempestades. No hay seguridad en nada pero llegaremos sanos y salvos a nuestro lugar de remanso, porque la vida es un ciclo que inicia y termina con el repique de las campanas.
El número trece de la Calle del Cuento ha perdido la fachada y deja ver sus entresijos.
Ap. Tres (Portería)
Silve y Tom interrumpen la placidez de su retiro para registrar las miserias, euforias y proyectos que despiertan las doce campanadas.
Ap. Uno
Las uvas atascan su garganta mientras el heredero esboza una leve sonrisa.
Ap. Dos
Una bañera y el cava deslizándose lujurioso por la piel desnuda de su amante. Terminan las campanadas y grita: “femme, au revoire”.
Ap. Cuatro
Porrón-pon-pon, panderetas y petardos. Porrón-pon-pon, villancicos y carracas…
Ap. Cinco
Soledad, el hollejo áspero de la última uva, una sortija rechazada y una navaja impaciente.
Ap. Seis
Dentaduras en la mesa, uvas pochas y hamburguesas con cierto sabor familiar.
Ap. Siete
– ¡El Nano, que se atraganta con las uvas! ¿Por qué no se las habéis pelado?
Ap. Ocho
El ángel del belén tiene las alas cortadas. Los escorpiones de la amargura bailan un réquiem y llegan reptando las sombras del suicidio.
Ap. Nueve
Ínfimos consuelos en medio de un océano de soledad.
Ap. Diez
Brinda con vino dulce. Un crucifijo de plata le cuelga por encima de la sotana. Su mirada lasciva acaricia la foto de los niños catequistas.
Basado en hechos reales
No paraba de mirar el reloj y a su rival, la mujer que dormitaba en la cama de al lado. La enfermera entró. La auscultó. Le dijo que ya había dilatado diez centímetros.
–Está a punto.
No pudo evitar sonreír. Estaba cerca de llevarse el premio, el generoso cheque que el ayuntamiento regalaba al primer bebé del año. Ya imaginaba todo lo que compraría con ese dinero. Cuando se recuperara, haría un viaje. A Miami. Siempre había querido viajar a Miami.
La enfermera volvió.
–Vamos a llevarla ya.
–No, no –musitó.
Faltaba una hora. Tenía que aguantar una hora. La camilla recorrió los vacíos pasillos del hospital. La parturienta deseó que aquel trayecto no acabara nunca. Una contracción le hizo estremecerse. En la sala de parto, todos estaban preparados. Iba a decirle algo al doctor, pero le dieron un pinchazo.
Todo sucedió muy rápidamente. Alguien le sujetó los brazos. Fue consciente de que le hacían una incisión en el abdomen. Sintió que la cara se le llenaba de sudor. De repente, le pusieron un bulto en el pecho. Su hijo. Trató de sonreír.
–¿Qué hora es? –preguntó.
El “tío Julián” era el médico del reloj. Cuando en invierno al reloj de la iglesia le afectaba la humedad constipando el ritmo de las horas, él subía presuroso a la torre. Accedía a la pequeña estancia desde la que el reloj gobernaba el tiempo e iniciaba un minucioso ritual de inspección, escudriñando con vivarachos ojos y hábiles manos cada una de sus piezas. Algunos del pueblo, menospreciando su labor, le preguntaban: “¿Qué haces ahí arriba, Julián, que te pasas las horas muertas?”; a lo que él solía contestar: “Vigilo el tic-tac del reloj, que es el corazón del tiempo”.
Pero realmente al “tío Julián” nadie lo conocía en profundidad. Vivía solo en una de las últimas casas del pueblo que heredó de un pariente lejano. Hasta su edad era un misterio. Los más antiguos aseguraban que llegó al pueblo el mismo día que se estrenó el reloj de la iglesia. Y de eso hacía mucho.
Una Nochevieja, faltando apenas unos minutos para las campanadas del Año Nuevo, el reloj enmudeció. De su blanca esfera, súbitamente ensombrecida, comenzaron a caer gruesos y oleosos goterones.
Fueron a buscar al “tío Julián”. Tras la herrumbrosa puerta solo encontraron el tiempo detenido.
Terminadas las uvas se escuchó una decimotercera campanada.
Al ver nuestras manos vacías entendimos que no habría un nuevo fin de año.
Junto a la barra ricamente decorada con estrellas navideñas la vi. Era un ser de gran belleza y presencia misteriosa. Su pelo irradiaba tonalidades doradas, y su apariencia parecía provenir de un lugar alejado del nuestro. Mi espíritu la deseaba. Bailamos las canciones más bellas que nadie haya escuchado jamás, y me declaré una y otra vez abrazado a su cuerpo. Me respondía con besos de verdad, y renací.
Todo lo que en aquella fiesta ocurría a su lado, era un descubrimiento. Durante las campanadas de fin de año comprendí que la amaba. Que se instalaba en mi vida como si la esperara. Que comenzaban a hacerse realidad mis deseos, consiguiendo mi metamorfosis. Que me envolvía con su encanto y abría el corazón; y que me invitaba a buscar nuevas sensaciones, regalándome la potestad de sentir pasión sin límite.
La velada nos hacía flotar por mágica. No solo porque fuéramos vestidos de blanco, alumbraran velas de incienso, y se escuchara la mejor música barroca. Era la última del año y la había conocido. Su magnetismo me aseguraba que junto a ella me sucederían cosas increíbles.
Pero amaneció, se aproximó el final de aquellas pócimas sagradas y me reveló su secreto.
Lágrimas heladas resbalaban por su rostro cansado, en aquella mañana gris y helada. A su lado los familiares cubiertos por el llanto, mientras él miraba al cielo y en silencio maldecía al Dios que se lo había arrebatado.
Tras cerrar el nicho se produjo un largo desfile de abrazos y palabras amables, que se hicieron eternos, quedando el cementerio desierto y dejando allí su corazón y su pequeño.
Volvió a sus rutinas intentando ocupar su tiempo, pero la pena no quería marcharse de su vida.
Llegó el invierno y sus fiestas navideñas. En la televisión explicaban las tradicionales campanadas y él recordaba las últimas fiestas con toda su familia. Una leve sonrisa nació en sus labios al sentir aquel momento, despues frunció el ceño y pensó que sería mejor acostarse y evitar la espera, hoy solitaria.
El sonido del timbre rompió la noche con insistencia. Abrió la puerta y sorprendido vio a sus amigos que sonrientes le llenaban de abrazos, besos y buenos deseos, haciendo que miles de sentimientos se mezclaran en él.
Y mientras se comía las uvas, sintió cercano a su hijo y supo que siempre estaría con él, pues sus recuerdos vivirían por siempre a su lado.
La última campanada, arrancó su máscara, se quitó la vida.
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