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Cristina nunca se casó; no es que fuera fea, complicada o anduviera perdida en consideraciones morales en que el alma está metida, más bien fue por culpa de un conductor que no se detuvo a tiempo o por la deforestación, que acabó hasta con los hombres.
Vivía a orilla de la carretera que se perdía en el bosque y sentada en el balcón observaba a los camiones que bajaban de la montaña cargados de madera. Algunas veces uno paraba y se llevaba a una de sus nueve hermanas, pero cuando no hubo más árboles para talar y sólo quedaba ella en la casa, cerraron el aserradero.
El anciano coge su pañuelo, tratando inútilmente de poner un dique a la galerna de lágrimas que cabalgan por los pliegues de su cara.
A unos metros de distancia, nosotros interrumpimos la partida de cartas y observamos nuevamente la sucesión de fotogramas mil veces repetida, en un perpetuo déjà vu de hiel y soledad.
Lo sé. Esta vez me toca a mí arropar al recién llegado con un manto de consuelo.
Me incorporo sobre esta cárcel que aprisiona mi ajado cuerpo, tomo mi cayado y, a cámara lenta, camino hasta el borde de la carretera.
Llego a su altura y el universo se disfraza de silencio.
Nos limitamos a mirar al horizonte durante minutos, quizá horas, mientras su incredulidad y mi comprensión bailan un último réquiem.
Después pongo mi mano en su hombro mientras susurro:»Olvídalo, tu hijo no vendrá a buscarte.
Cálmate y espera.
Solo esperar la salida hará que tus alas alcen el vuelo».
Él me mira y murmura:»Perra vida…».
Entonces, lo invito a unirse al grupo .
Una vez allí, y sin mediar palabra, iniciamos una nueva partida a la sombra de esta gasolinera, perdida en ninguna parte, a mitad de camino entre la Tierra y el Cielo.
La nieve caía a través del ventanal y yo con la nariz pegada al cristal miraba con asombro cómo los copos de nieve vestían los árboles de gala.
La ciudad aún se desperezaba y yo con frio me resistía a comenzar un nuevo día.
Chapotee en la acera hundiendo los pies en el suelo, la vida se detenía y se coloreaba de blanco.
Los coches se resbalan a cámara lenta por las vías como en una película antigua.
Caras de frio, rostros ateridos, guantes, gorros, bufandas y yo con ojos deslumbrantes intentaba adivinar los pensamientos de las personas con las cuales me cruzaba.
No veía ningún sueño pegar saltitos a mi alrededor , los mios, en cambio, habían salido despavoridos, pegaban brincos y hacían piruetas sobre la nieve divertidos y llenos de humor.
Sonreí aunque los corazones que podía ver a través de los rostros que se cruzaban conmigo, la mayoría, estaban llenos de desilusión y tristeza.
Qué tiempos corren!!!! En que a veces el alma está metida en una jaula y lucha con fuerzas por salir de ella.
El viento corre , barre calles, tristezas y corazones y la nieve va dejando un halo de magia sobre la ciudad.
Cuando se presiente la alborada y los pies se resisten entumecidos a posarse sobre el escarchado suelo en la fría e inexpugnable celda, los muros, custodios de la vigilia y el recogimiento, conservan el eco de un silencio tenaz y son testigos de mi pecado. A esa hora, en que el alma se aproxima a la orilla del sueño, me causa dolor tan fiero el lamento de mi conciencia que no calma el rezo, ni la mordaza de mi voluntad. No sanan los estigmas que cubren mi pecho, ni tornan en luz, las tinieblas que nacen de las movedizas paredes del pensamiento, donde han tomado refugio, diablos y monstruos de obcecada bestialidad que me atormentan.
Puedo escuchar el ruido de mis venas, sentir mi piel erizada, pese al calor y al efecto sedante de mis dedos que, noche tras noche, desde que me dejé vencer por los espectros, viajan y ruedan por mi cuerpo, como cuentas de rosario, hasta penetrar y abandonarse en los secretos de mi morada, donde consiento, el rapto de mi castidad y mi honestidad diluente, emboscada por el arbitrario y excesivo deseo que me dispensa la satisfacción de un inefable consuelo.
Sentada en el borde de la mesa mira a los alumnos que, ajenos a su, casi, impertinente mirada, garabatean con desidia el folio de examen.
Días antes, lecturas y ejercicios, de refuerzo y ampliación; gráficos y análisis de datos, esquemas y mapas conceptuales y, sin embargo, ahí están chupando la punta del bolígrafo como si fuera la piruleta de antaño.
Contra la ventana choca una rama violentamente arrancada de un árbol y el ventarrón amenazando con quedarse.
Al fondo de la clase hipidos y lágrimas. Angelito, que es frágil de cuerpo y de espíritu.
En el pasillo ella le pregunta sin querer saber, por no darle importancia, por no implicarse.
Los padres, que le recriminan, le chillan y se enfrentan por él, le dicen. Angelito se siente muy mal. Veredicto, culpable y llora más y sus ojos, dos grandes faros de color almendra, crecen en todas las direcciones, y casi no le caben en la cara.
En el interior vuelan las tizas y los aviones, pero no es el viento, las ventanas están cerradas.
¡Ay, que larga es esta vida! Suspira Angelito y los ojos de ella se agrandan, y se hacen de agua. ¡El vendaval, que hace estragos!
¡Ay, que larga es esta vida! Suspiraba su curvado cuerpo de edad tardía. Nunca se había quejado. Ni cuando su madre le obligaba lavar la ropa en un río de agua helada. Ni cuando las zagalas le tiraban guijarros a escondidas y se reían de su pálido y oleaginoso rostro. Ni siquiera cuando la desposaron con aquel mozo que más que luces tenía sombras. Y más que ternura, bruscos movimientos de rutina y desprecio.
Todo en su azarosa vida había sido teñido de dolor, un sentimiento en que el alma está metida hasta su último recuerdo. Todo en ella era solo esperar la salida de esta cárcel estos hierros que aprisionaban sus más tímidos y secretos deseos. Sus noches… su único consuelo. Los llenaba de jadeos silenciados por la almohada y contenidos en la vergüenza de ser escuchada. De caricias regaladas a su cuerpo, entre frías sábanas con aroma a remordimiento.
¡Qué duros estos destierros de saberse condenada por tales lascivos hechos! Aun recuerda aquella letanía que su madre con inquina le rezaba: me causa dolor tan fiero tu persona, que muero porque no muero. Y sin queja alguna y avergonzada, se daba la vuelta aun sonrojada por su pasatiempo.
Preso débil, fuerte encierro
Cadenas invisibles que sujetan un cuerpo
Un alma volátil que vaga por el cielo
Un cuerpo celeste que no tiene miedo.
Esquinas sombrías que miran con anhelo,
Un poco de luz que disipe sus miedos,
Que duros estos destierros
Esta cárcel, estos hierros
Árbol vigoroso que cumples condena,
Árbol ya sin hojas que se caen de pena,
Hoy he visto a mi hija
Pero ha sido en sueños
Y al despertar, sonaron mis lamentos
Rebotando por doquier entre muros de cemento
¡Maldigo a la mañana por arrebatarme este momento!
Veo una pequeña sombra
a través de un cristal
yo vendería mi alma
por poderla abrazar
Es mi niña la que vino,
La que se puso a llorar,
La que me partió en cinco
Cinco cachos nada más
Uno se queda conmigo
Otro se dispersa sin más
Los otros tres se quedan contigo
Para que los puedas guardar
Ya queda poco mi cielo
Para romper el cristal
Para mandarlo al infierno
Para poderte besar
Levanta mi vida tu mirada,
Con nuestro querer no podrán
Ni rejas, ni espadas
Nos separarán jamás
La luz se apagaría en un instante y esos enormes ojos azules se zambullirían en un universo lechoso, arropado de pestañas. ¿Qué hacer para regresar? ¿Cómo conseguir retornar y tener el privilegio de ver amanecer sus transparentes pupilas inundadas en hambriento sueño? Sólo esperar la salida le producía estupor.
Abandonado en un lecho, áspero como un sudario, inmóvil, casi inerte, imaginaba despertar una y otra vez después de sentirse observado por una extraña presencia. Exangüe, se arrastraba por nebulosas estancias deshabitadas, en busca de esos ojos que le perseguían y a la vez necesitaba. Escuchaba su llanto y sus pasos, deseaba correr y escapar de las pesadillas que asaltaban sus sueños.
Escuchó el pitido una vez más, como tantas veces antes, pero en esta ocasión pudo despertar. Respiró. Tumbado, rodeado de instrumentos y cables comenzó a recordar… Sintió frío primero, después miedo y por último soledad. Trató de hablar pero no pudo articular palabra alguna. Intentó gritar pero en su garganta enraizaba un endurecido tubo que encadenaba su voz. Quería comprender pero no lo consiguió hasta que escuchó su risa, vio el cristalino océano en su rostro y sus brazos extendidos diciendo… Papá.
―¡Ay, qué larga es esta vida!― suspiró Lucía con gesto compungido.
Manuel, que acababa de emerger de la somnolencia que lo mantenía secuestrado la mayor parte del día, sonrió. Aquel lamento, que él repetía tantas veces, en voz de ella actuó como un bálsamo contra el dolor que se le había ramificado por todo el cuerpo desde la muerte de Maruja.
Lucía se acercó para ayudarle a llevarse un vaso de agua a los labios, pero con tanta torpeza, que la mayor parte del líquido se derramó sobre la camisa. Sin embargo, una mirada de complicidad fue suficiente para revalidar el pacto de silencio con el que se protegían.
Cuando poco después la llamaron desde la cocina, ambos se habían olvidado ya del incidente y el anciano volvía a estar adormilado. Por eso, al regresar con un trozo de tarta de chocolate, ella tuvo que tirarle de la manga para que se despejase.
Manuel exageró el gesto de sorpresa, pero lo que en realidad le maravilló fue su propia carcajada cuando, sin que le preguntase el motivo de celebración, Lucía levantó cuatro dedos.
Despierto ante la puerta del castillo. En la torre barbacana, una sola ventana recata su penumbra tras una tupida celosía. Traspongo el cancel y me reciben con familiaridad escaleras y pasillos umbríos. Abro una puerta; en la oscuridad, una fila de personas aguarda su turno para mirarse en el espejo que ocupa el centro de la estancia. Se contemplan un momento y marchan disciplinadamente, unos a la derecha, otros a la izquierda. Cuando me toca el turno, el espejo se niega a devolverme imagen alguna. Quienes están tras de mí exigen que me aparte. Su apremio me causa dolor tan fiero, que rompo el azogue en mil pedazos. En el suelo, cada uno de ellos contiene, completo, mi reflejo. Recojo el fragmento que ha quedado a mis pies y me descubro en una amplia habitación del castillo, cuya luz tamiza el bello enrejado de su único vano. Me acerco, toco con mis yemas la filigrana tallada en oloroso cedro. Siento ceder la madera y mi cuerpo desplomarse en el vacío. Mientras me contemplo en el suelo, en una posición imposible, una jauría lame mi sangre exánime a los pies de la torre. Me duermo sin remedio.
Me acerqué cauteloso. Soldado tenía varias heridas. Una en el brazo derecho, que había quedado inmovilizado; ya no podría sostener nada con él. Otra herida le había destrozado el estómago; calculé que le mataría en menos de diez minutos. Cuando me vio, hizo ademán de coger el rifle con la mano izquierda. Se lo aparté de una patada. Me miró.
–Adelante, Guerrero –me dijo.
Había aceptado su destino. Me tomé mi tiempo para disparar, tratando de saborear una victoria que había tardado en llegar.
–¡Ay, qué larga es esta vida! –susurró.
Apunté a la cabeza. La bola de pintura le dejó una marca violeta en el casco.
Respondí al alumno y desconecté inmediatamente la señal holográfica que me personificaba en el aula. Tenía prisa por vestirme con la ropa de ciudadano, que sentí áspera y holgada. Recogí el cepillo de dientes y los digigramas, aprobados por el Consejo Censor, que había redactado en mis noches en vela. Luego me senté en el catre a esperar.
¡Qué duros estos destierros! Me salió cara la traslación a código UNI de la constitución ‒aún me duele la prohibición de escribir esta palabra en mayúscula‒. Sabía que las fuentes de descodificación estaban restringidas para los humanos de nivel base y los grandes simios, pero fue la denuncia de un miserable lo que me llevó a esta cárcel, estos hierros. Una alerta luminosa presagió la apertura de la compuerta del calabozo, situado en el sótano del Rectorado. Entregué los sensores de reeducación al funcionario y corrí por los pasillos rodantes hasta el campus, donde sabía que me esperaba la primavera. Dos bocanadas de aire fresco me bastaron antes de regresar a impartir mi siguiente clase, esta vez con tiza y encerado. Haciendo un guiño a los jóvenes rostros que me contemplaban expectantes, no pude por menos que recurrir al clásico “Decíamos ayer…”.
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