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Sonará la última campanada. Luego vendrán los fuegos artificiales, cohetes y serpentinas, los pájaros volando asustados y entonces saldrá del portal. Esta vez, imagino, llevará un vestido rojo de fiesta, tacones y el pelo recogido. Se subirá a un taxi, a uno cualquiera, y recorrerá la noche de fiesta en fiesta. Se encontrará con las amigas, con los compañeros de la universidad. Bailará batchatas y cumbias, y sobre el hombro de ese chico especial sonreirá como ha esperado durante el año que así ocurriera. Al final de la noche, ya casi entrada la madrugada, tomará un taxi que en ese momento pasa junto a ella.
_ ¿A dónde señorita?
Desde hace tres años hago la misma pregunta, cómo si yo no supiera cuál es su destino. Y siempre, sin saber quién soy, contesta medio adormilada.
_ A la calle Amatista número siete.
Pongo en marcha el coche y un año más prosigo mi carrera hasta el lugar indicado, sabiendo que hasta la próxima nochevieja no volveré a tenerla cerca. La miro por el espejo retrovisor con el deseo de que algún día conteste.
_ A casa papá.
Era la noche, la última del año; La mesa repleta, abundante bebida, música y risas.
Ella estaba exultante, con ese brillo en su mirada provocadora que lo excitaba. La sorprendería, tras el brindis abriría el estuche que celosamente guarda en su bolsillo y le pediría unir sus vidas para siempre.
A un par de cuadras él había bebido en demasía, estaba feliz, sería papá. Con la primera campanada extrajo su arma y disparó al aire. El proyectil no sabe de amor, en loca carrera retornó a la tierra.
El anillo rodó de su mano. La sonrisa se transformo en mueca, su mirada cambió, él la sostuvo hasta depositarla suavemente en el piso.
Tras la última campanada lo envolvió el dolor de la soledad…
A un par de cuadras, ajeno al drama tras guardar el arma, brindaba feliz.
Observó sus manos y solo vio trabajo. Sus dedos, duros como su tierra natal, se mostraban reacios a reflejar ternura, ni siquiera cuando cambiaban el fusil por el suave tacto de la piel de su mujer. Más parecidos a la lija que al tafetán, tampoco invitaban a prodigarse en caricias.
Por lógica y sentido común.
Ese mismo sentido común que le llevó a idear una bolsita que protegiera de las inclemencias del tiempo a los racimos de su tardía cosecha de uvas, tan absurdamente apreciada por los madrileños desde que, unos veinte años antes, tal vez más, adoptaran la ridícula costumbre de tomar uvas en Nochevieja, acompasada por las campanadas que anunciaban el nuevo año. Gracias a esas bolsitas, las uvas crecían fuertes, jugosas y grandes. Tanto, que vendió toda su producción en un santiamén, a un precio jamás soñado. Tanto, que en pocos años todo Novelda copió su sistema, y el pueblo reverdeció lujos y olvidó miserias hasta que la maldita guerra les devolvió la tristeza.
Ahora, en la navidad de 1938, la cosecha aguardaba tiempos mejores, mientras su mujer preparaba puré de lentejas y zumo de uvas para recibir un año que, ojalá, siguiera ofreciéndole trabajo.
Puedes –o podrías– pasar de los que tienes a tu alrededor esta noche. Después de tanta parafernalia, de días de quiero y no puedo, de aguantar recomendaciones que no has pedido y chistes sin gracia. Decir que no te encuentras muy allá e irte a tu cuarto a leer. O mejor, puedes –o podrías– dar besos y abrazos de cortesía por doquier tras la última de las campanadas, impostar esa sonrisa en la que ya eres todo un experto y, sin que nadie a tu alrededor fuera capaz de advertirlo, bajar al garaje, arrancar el coche y salir a dar una vuelta. O mejor aún, puedes –o podrías– dirigirte hacia la autopista de salida de la ciudad. Parar en una estación de servicio y llenar el depósito; beber algo caliente. Enviar un mensaje aséptico pero tranquilizador a tu mujer que diga: ‘divertíos, he salido, estaré bien’ y, acto seguido, arrojar el móvil a la papelera más cercana. Entonces puedes –o podrías– cruzar el país, parando lo justo para comer algo de vez en cuando, sin dejar de solazarte con lo que estás haciendo. Ahora, piensas. Escuchas el tira y afloja de los cuartos. El carrillón que baja. La primera campanada.
Llega el momento más especial. Brindamos por los que ya no están. Y a mi Luisa se le salta una lagrimilla.
Y eso que esta vez han venido todos. Está Rafael, el mayor, con su hijo y su nueva pareja. Que ahora lo llaman así, Luisa. Y Lucía con su marido, el arquitecto, y sus niños, que no han aguantado ni un segundo tras las uvas y corretean en derredor de la mesa con carrillos de hámster. También ha venido Luis, el pequeño, que aunque durante la cena ha estado reservado, tras el brindis parece que ya le llegó la alegría a la cara. Estamos todos, como estuvimos.
Disfrutaremos del momento hasta que a eso de las tres o las cuatro se acabe la conversación, y cada cual se vaya a acostar. Y mañana cogerán los coches y se irán, porque están hechos a la ciudad, y no aguantan mucho tiempo en el pueblo.
La casa se quedará vacía. Y nosotros esperaremos que regresen el año que viene. Y si, por fin, les da por venderla pues, resignados, brindaremos en la próxima cena de Nochevieja con una nueva familia; ahora que ya estábamos acostumbrados a esta.
Me preocupa que mi identidad virtual comience a desplazar a la auténtica: tiendo a considerar amigos a quienes no son más que simples contactos y dedico demasiado tiempo a un gran escaparate en el que todos buscan ser escuchados, pero nadie desea escuchar. Por ello, es mi propósito para el nuevo año abandonar las redes sociales, no sin antes despedirme de todos los que habéis seguido fielmente mi blog durante los últimos años.
Terminó de revisar el texto y, antes de dar al botón de publicar y de compartirlo en Facebook, Twitter y Google +, se apresuró a añadir:
Sé que no me va a resultar fácil, os mantendré puntualmente informados de mis progresos.
Muy Señor mío:
Os informo que cuando suene la última campanada habré colgado mis alas. Dejaré, pues, a mis suicidas y a los nuevos emprendedores ejercer su libre albedrío como más les plazca. Quedará a vuestro criterio decidir si buscarme un sustituto. Yo dejaría la plaza libre por pura curiosidad, porque os puedo decir que es mero hastío lo que me ha llevado a este punto. Pensé que el nuevo milenio aportaría ideas interesantes a los propósitos humanos, pero nada más lejos; ya me aburrí de ser la sensatez de conciencias insulsas. Así que, esta vez, Raúl no escuchará mi voz animándolo a subir en la bici estática, ni convenceré a María de que este año acabará su eterna novela; tampoco sostendré los pies de Alberto, que cada uno de enero decide tirarse por el tajo de Ronda. Deseo fervientemente que alcen el vuelo solos; unos caerán en picado, me consta, pero otros olvidarán las banalidades y crecerán. Yo, por mi parte, anhelo encontrarme con todos esos placeres terrenales que mi anterior naturaleza me negó. Os ruego encarecidamente no me detengáis, o me veré obligado a trabajar para la competencia.
Con sus peores propósitos, se despide atentamente,
Gabriel.
Diez minutos para el fin. Tiembla. Aparta el mando a distancia y se sienta en su sofá. Coge una libreta y un bolígrafo.
Nueve minutos. Piensa. Comienza a escribir: “Conocer a una buena mujer”, “Dedicarle más tiempo a los míos”…
Tres minutos. Suspira. Deja el bolígrafo. Lee todo lo escrito.
Dos minutos. Llora. Repasa desesperado todo lo que siempre quiso hacer y nunca hizo. Idiota.
Un minuto. Grita. Se rasga la cara, se golpea, se insulta. Idiota, idiota, idiota.
Cero.
Un minuto.
Dos minutos. Nada.
Tres minutos. Grita. El júbilo llega a sus oídos desde el exterior. Idiota, idiota, idiota.
Cuatro minutos. Llora. Todo ha sido una falsa alarma. Idiota.
Seis minutos. Suspira. Se sienta aliviado en su sofá. Lee todo lo escrito.
Ocho minutos. Piensa. “Qué tonterías: Conocer a una buena mujer, dedicarle más tiempo a los míos…»
Nueve minutos. Tiembla. Hace algo de frío. Busca una manta y se acomoda. Aparta la libreta y el bolígrafo.
Diez minutos. Coge el mando a distancia.
Al fin, lo que importa cuándo empieza un nuevo año es el amor que te hace superar la sensación de volver a arrancar cuándo tu corazón ya no puede seguir bombeando sangre. ¿Y qué es el amor?. Una controversia al odio, dicen muchos, un disfraz del mismo, dicen otros. Y luego existe el ser resignado, del que me cuento entre los pocos, que cree que es una diversa mezcla de éstas opiniones. Y éste tipo de persona también cree que al fin y al cabo da lo mismo hacer del amor un experimento científico, que no merece la pena descubrir todos sus secretos y hacerle perder su magia. Cuándo suena la campana, algún tipo de magia actúa también sobre nosotros, una que nos hace vivir el momento con una comprensión más profunda y detallista, que no crea velos entre nosotros y lo que vemos. Éste breve período, por lo menos a mí, te hace reflexionar, y entonces entiendes lo sólo que estás, y te revuelves en tu propia melancolía.
En Soderling, al norte de Noruega, siempre nieva el 31 de diciembre. Sus calles, sus casas, la iglesia y la abadía de aspecto medieval parecen entonces, más que nunca, un pueblo de cuento de hadas, como si este fuese el escenario soñado donde esperar la entrada del año nuevo.
Los monjes del monasterio se encargan ese día de descolgar la campana de bronce que utilizan a diario y sustituirla por otra dorada que custodian desde 1348. Cuenta la leyenda que fue fundida con el oro que entregaban los peregrinos para poder ocultarse en esta localidad, la única libre de la epidemia de peste negra que devastó todo un continente; y que sus repiques durante la despedida del año, transparentes y efímeros, son tan parecidos a la voz de Dios, que es el único sonido capaz de hacer confundir al destino.
Por eso, la campana de Soderling congrega esa noche a los que se han encontrado demasiado tarde la vida que deseaban haber tenido. Quien ha estado allí dice que el aire se carga de tristeza y melancolía, y que, tras las campanadas, los infelices aguardan el milagro, obstinados, entre la nieve, el silencio y la esperanza.
Arropado con su andrajoso abrigo, Santiago mira desde la calle las inmensas ventanas de la mansión. Lleva muchos inviernos repitiendo el ritual: observando dentro, imaginando el calor de la chimenea, el aroma a caoba del comedor donde servirán una fastuosa cena antes de las doce. Después vendrán las uvas, y, en seguida, alguien morirá. A Santiago no le sorprende que los DuPont sigan arriesgándose en el juego enfermizo que el viejo Elías DuPont iniciara tras desaparecer luego de su accidente aéreo. Sellado con el inconfundible anillo del patriarca, el testamento estipula que la fortuna entera será para el último sobreviviente de la familia. Sin embargo, el mismo documento también señala que, año con año, cada treinta y uno de diciembre, alguno de los aspirantes debe morir. Dan la primera campanada. En el comedor todos sonríen exultantes y nerviosos. Santiago se gira sobre sus pasos. Las bayas revientan pletóricas en las bocas de los comensales. Santiago camina alejándose de aquel lugar, su cara lleva un dejo amargo. Alguno de los frutos está envenenado, la herencia es enorme, pero la avaricia lo es aún más. Santiago se pierde en el frío de la noche, su peculiar sortija brilla con un mórbido fulgor.
Juntó los platos que habían quedado sucios sobre la mesa,las copas a medio terminar,sobras de carne asada y ensaladas.Intactos esperaban el helado y los turrones.
Repasó mentalmente una a una las palabras dichas,casi que se podían contar con los dedos.
Pesaron más los silencios.Las miradas descorteses y los gestos de indiferencia fueron tajos en la piel.¡Cómo dolían!
Sabía que no se merecía eso…
Había planeado la noche de fin de año acariciando los detalles y las posibilidades.
Su comida preferida,la decoración nueva,la música que era parte de la historia compartida,la bolsa con el regalo de Navidad que él ni sacó del envoltorio.
No recordaba en qué momento, la sonrisa irónica que su exmarido le dirigió, terminó de convencerla de que era la única decisión posible.
Ahora, tras las campanadas de año nuevo,insisitía en limpiar el rastro de sangre del mantel.
Y en la sala, increíblemente pulcra,el cráneo abierto del hombre era el acto final de una dolorosa y agónica relación.
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