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Juntó los platos que habían quedado sucios sobre la mesa,las copas a medio terminar,sobras de carne asada y ensaladas.Intactos esperaban el helado y los turrones.
Repasó mentalmente una a una las palabras dichas,casi que se podían contar con los dedos.
Pesaron más los silencios.Las miradas descorteses y los gestos de indiferencia fueron tajos en la piel.¡Cómo dolían!
Sabía que no se merecía eso…
Había planeado la noche de fin de año acariciando los detalles y las posibilidades.
Su comida preferida,la decoración nueva,la música que era parte de la historia compartida,la bolsa con el regalo de Navidad que él ni sacó del envoltorio.
No recordaba en qué momento, la sonrisa irónica que su exmarido le dirigió, terminó de convencerla de que era la única decisión posible.
Ahora, tras las campanadas de año nuevo,insisitía en limpiar el rastro de sangre del mantel.
Y en la sala, increíblemente pulcra,el cráneo abierto del hombre era el acto final de una dolorosa y agónica relación.
Hoy es 31 de diciembre y la humedad campa a sus anchas por toda la ciudad. Cientos de paraguas se abren al cielo llenando los puentes de distintos colores. Yo prefiero mojarme, me gusta que el fino chirimiri roce mi rostro dejando pequeñas gotas de lluvia sobre mi pelo.
Las felicitaciones, piropos y menús de cena se mezclan en mis oídos. Sonrío a los buenos propósitos que seguramente nunca se cumplirán. Y lo único que me entristece son los viejos sueños sin cumplir que se desprenden de los abrigos de la gente. De camino a casa recojo unos cuantos en mi bolsa de pájaros…, todo se merece una segunda oportunidad.
Tras las campanadas, aprovechando el alboroto de los brindis y abrazos, dejo que salgan de su escondite depositándose entre aquellos a los que amo. Es sorprendente ver cómo proyectos en los que nunca pensaron se acomodan sobre ellos; pero me gusta la apariencia que les otorgan los ideales que aún no saben que poseen.
Será divertido ver a mi padre lanzarse en paracaídas, o que mi madre aprenda japonés…, aunque lo mejor, sin duda, es ver a mi abuelo rebuscar entre las pinturas de sus nietos…, ojalá decida aprender a pintar.
Prefirió tomárselas en la suite del hotel que había reservado, frente a la tele, una, dos, al ritmo de las campanadas, tres, con la tranquilidad que requería el momento, cuatro, mientras repasaba los aciertos, cinco, y los errores, seis, y recordaba su infancia de uvas acumuladas, inmasticables, en su boca, siete, los años felices, ocho, las navidades pasadas, nueve, y pensaba en su mujer, diez, en sus hijos, once, hasta tragarse la última, justo a tiempo, doce, en ese mismo instante en el que el reloj se quedaba mudo y la sala de fiestas del hotel explotaba de júbilo. A la mañana siguiente, cuando la señora de la limpieza entró en la habitación, la televisión seguía encendida, y el bote de pastillas, vacío, en el suelo.
Cuando terminan de sonar las campanadas, todos en mi familia aplaudimos y nos besamos deseándonos lo mejor para el año que comienza. Ya no es lo mismo desde que falta mamá, pero algunas cosas siguen siendo igual y me temo, que ya no cambiarán nunca. Mis cuñados fingen algo de cariño y se dan la mano sin apenas mirarse. Luis, mi hijo, me promete que el próximo trimestre estudiará y que no me preocupe, que recuperará las cinco que le han quedado. Mi hermana aprovecha la ocasión para escabullirse de la habitación con mi marido. Hace tiempo que lo sé, pero ya no me importa. El abuelo me besa emocionado y me dice que a ver si me caso, que ya va siendo hora. Luego se gira y se tropieza con mis sobrinos, que andan gritando enloquecidos por el salón.
Cuando todos se marchan, me gusta servirme un whisky y quedarme dormida en el sofá, para soñar con aquella nochevieja en que mi padre rompió el cristal de la ventana al abrir la botella de cava, en aquel tiempo en que nevaba siempre en Navidad y se dejaban escapar los corchos de las manos.
Tras la última campanada terminó con las uvas y después de brindar con champán frente al espejo comentó en alto en la soledad de su cuarto de baño:
Año nuevo ,vida nueva, estoy decidido, saldré del armario. Dejaré de fingir cuando la beso, cuando me pregunta si la quiero, si en algún momento tendremos hijos, si estaré a su lado en los malos momentos, si soy feliz entre sus brazos ,si,si,si…..
Estoy cansado de no ser yo, de ser ese que ella quiere que sea, y al que trata de cambiar, pero es imposible, estoy enamorado de un hombre y esa es la única realidad . Tengo derecho a ser feliz.
Hunde las púas del tenedor en el roscón de Reyes, corta un pedazo y se lo lleva a la boca. La institutriz lo observa, satisfecha de los progresos del pequeño que ha sabido incluso defenderse con los cubiertos del pescado. De pronto, sus dientecitos tropiezan con algo. El niño se saca de la boca un rey de porcelana embadurnado de cabello de ángel y enseña la sorpresa oculta en el roscón a la familia. Los tíos de Grecia aplauden. La madre coge la figurita, la limpia con la servilleta y se la devuelve con una sonrisa. El padre, con solemnidad impostada y reverencia incluida, ciñe la corona de cartón en la cabeza del pequeño. Todos ríen la ocurrencia. También sus hermanas y los primos. En realidad, todos lo hacen menos el hermano mayor. A él el asunto no le ha hecho ni pizca de gracia.
El trasiego en la cocina era de órdago, se les echaba el tiempo encima y no tenían siquiera los entremeses preparados.
Eso siempre daba pie, a que ella soltara el consabido.
¡Por qué me complicas la vida invitando a los amigos, si me dejas tirada en la cocina, con todo por hacer!
Pero esta vez no iba a ser así, él se puso el delantal, regalo del día del padre, ¿Tendría algún sentido oculto?
Y se puso a preparar unos montaditos de queso gorgonzola, con tomatitos aliñados con aceite de oliva virgen, pizquitas de orégano y albahaca, y trocito de boquerón envinagrado coronando.
Cuando estaba por el tercero, empezaron a oír el timbre, los invitados empezaban a presentarse.
¿Pero a qué hora les dijiste?
Con cara de pasmo, me limite a contestar.
Como siempre, a las nueve y media.
Está la mesa puesta, has sacado los vinos, hay sillas para todos, cortaste el pan, pusiste las velas y los pétalos.
Sí, eso ya está todo preparado.
Contempló, meneando la cabeza en plan negativo, como se disponía a preparar el cuarto montadito.
Pero si al paso que vas, cenaremos…
¡Tras las campanadas del año nuevo!
El apagón diluyó los gestos que adobaban mi magra conversación con la nueva cocinera sobre los preparativos de la cena. En la penumbra de cuarto creciente, desapareció la tensión de su parte y de la mía. Sabía que provenía de algún país africano, así que no me sorprendieron sus movimientos de pantera joven en la oscuridad. Palpó la encimera en busca de las codornices al tiempo que yo exclamaba desolada: “¡eléctricos!”, refiriéndome al horno y a la placa. El envoltorio de plástico crujía, se le enredaba en los dedos, y nos echamos a reír. Contagiada por su determinación, guié sus manos hasta el cajón de las especias. Las olía con cautela y las que le satisfacían hacían aflorar sus blanquísimos dientes; entonces las masajeaba ritualmente sobre la albardilla que cubría las aves. Siguiendo el ritmo de su canto susurrado, puse la cazuela en el camping gas, encendí velas y descorché el cava. El primer trago nos cosquilleó la garganta y, entrechocando las copas, decidimos sin palabras no atender a los golpes de los invitados que ya llamaban a la puerta.
Habían hecho un cálculo de lo que podría costar una buena cena para toda la familia: tres kilos de cigalas, dos de almejas para hacer a la marinera y un pavo relleno de buen tamaño, aparte de los turrones, dulces variados y un par de botellas de cava, para abrir más que nada por oír el sonido del corcho al saltar. Y que no faltasen los mazapanes con formas de animales para mamá. No era una cantidad desorbitada, pero sí hacía una bonita cifra.
Después de dar cuenta de la tortilla y las natillas, celebraron el ritual de las campanadas. Solo la abuela se quedó sin terminar las uvas a tiempo. Los adultos brindaron con vino de cartón y los chicos con gaseosa. Los muchachos pensaban que la cena tan cutre era un rollo, pero les brillaban los ojos al ver a sus padres tan felices. Todo parecía muy especial.
En algún lugar donde no se celebraba la nochevieja, tres chiquillos comenzaban a salir adelante.
Se trajeron a los niños a pasar las siguientes navidades. Ya sabían leer y escribir, estaban bien nutridos y aseados y tenían un sabor exquisito en manos de una buena cocinera.
Los nervios me tensaban el cuerpo y una emoción intensa me invadía, venía las campanadas de año nuevo y tras ellas un montón de sueños que agazapados que aparecían como si salieran de una chistera de un prestidigitador haciendo trucos de magia.
Intenté atraparlos pero se escapaban y se escurrían entre mis dedos.
Mis ojos escudriñaban los rostros ajenos intentando bucear en ellos hasta llegar a sus sentimientos. Un sueño por aquí, otro por allá esperando que en el transcurso venidero se hagan realidad.
Una copa alzada, unas palabras llenas de buenos augurios, burbujas que alegremente chisporrotean y el sabor inconfundible de la navidad.
Sin embargo una nota discordante de tristeza sobrevuela alrededor nuestro, que será? la falta de los que se han ido y no están, de los que no vendrán ya nunca más?, el desamor que se instaló y no parece que partirá? el dolor que se cobija, a veces, en algún recoveco de nuestra alma y no se vá?. Unos instantes así y por fín la magia llega y una inmensa alegría se va convirtiendo en realidad.
Otro año más y ojalá vengan y vengan muchos más.
Feliz Navidad
Hacerse vegana. En eso pensaba Rocío cuando la última uva con su respectiva campanada, dejaba paso al nuevo año. Primero, liberaría de su armario todo aquello que antes de ser cosa, tenía vida: bolsos, botas, abrigos… incluido el que le regaló Pedro la Navidad pasada. Estaba segura, que al resentido bolsillo de Estrella, su amiga más antagonista del grupo, y que llevaba un año en paro, le iba a encantar su determinación.
En la habitación, Estrella, mirándose al espejo, lo manosea con lascivia y pregunta que si a Pedro le parecerá bien… “ni se lo he dicho” le contesta Rocío quitándole importancia. Emocionada se va con su abrigo y con todo lo que le ha dado su amiga.
Hoy, ambas, dormirán a pierna suelta.
Por la noche suben al dormitorio. Rocio advierte sobre la cama un fular negro con rosas amarillas:
“¡Anda, mira, Estrella ha olvidado su pañuelo! ”, casi al mismo tiempo Pedro exclama:
“¿Qué hace aquí el pañuelo de Estrella?”
Perpleja, hace un recuento de toda la piel que le ha regalado a su amiga, mirando a su marido se pregunta, cuánto tiempo hará que él lleva regalándole la suya.
La multitud festiva se amontonaba en la plaza a la espera de las campanadas de fin de año. Llegado el momento, el reloj del ayuntamiento tuvo un fallo informático impredecible. Los ceros y unos del código binario bailotearon entre sí (eran unos dígitos bastante díscolos adquiridos en un bazar asiático, y además, estaban ya un poco ebrios) y, aunque nadie lo notó, los doce badajazos electrónicos sonaron de adelante a atrás. A contrapelo. Y un tanto afónicos. Así, mientras grandes y pequeños se atiborraban los mofletes con uvas, los relojes retrocedieron doce segundos; el suicida recuperó el aliento y el color, pataleando bajo el olivo; la jovencita en el pajar volvió a ser virgen; y el revólver con una sola bala regresó a las manos de K, el siguiente en la ruleta, quien con lívido temblor se encañonaba de nuevo la sien y, quizá menos resuelto, quizá abrumado por un pálido recuerdo, una memoria innombrable de otra vida, no lograba reunir el valor suficiente para apretar el gatillo.
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