Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

55. HASTA EN EL ÚLTIMO INSTANTE (GABRIEL BEVILAQUA)

—Ay, qué larga es esta vida.
—¡No, no, no! Pensá que la protagonista siente el peso de cada uno de los años que le restan por vivir —demanda el director.
—¡Ay, qué larga es esta vida!
—Ok. Vamos mejorando; ahora acompañá la frase con el gesto de llevarte una mano a la frente.
—¡Ay, qué larga es esta vida!
—Ok. Pero decime: ¿vos nunca oíste aquello de que los ojos hablan?
A la mujer, de los nervios, se le nubla la vista.
—¡Así! —grita el director—. Eso es lo que quiero.
—¡Ay, qué larga es esta vida!
—Ok. Pero también podrías…
—Ya no aguanto más —susurra la actriz, y, mientras piensa que aún le restan ciento cuatro líneas del monólogo con que inicia la obra, se dirige hacia la banqueta donde ha dejado sus cosas.
—… inclinar ligeramente el cuello hacia atrás —alcanza a requerir el hombre antes de que la mujer le clave su viejo paraguas en el pecho.
Poco después la actriz dice: «Gracias a la lluvia», y el director, con su último aliento, juzga que: «Aunque esta improvisada línea no estuvo del todo mal, lo cierto es que le faltó mucho más júbilo en la entonación».

54. La obstinación de la memoria

El paso de los días no hace sino reforzar la certeza de tu recuerdo en mi memoria. Por la noche, al cerrar mis párpados, surges de entre brumas y contornos como escurridiza, como etérea; pero pronto te vuelves contundente, nítida, cierta. Por eso me afano en nimiedades, por eso me desgasto en ires y venires fatuos buscando extenuarme para no soñarte. Pero nada resulta: al final del día el esfuerzo en lugar de cansancio me da bríos que se traducen en insomnio, e imagino letras para escribir tu nombre, colores para pintar tu rostro. Entonces sonrío y me lamento porque es cuando más desearía—y no—poder liberarte de está cárcel, estos hierros que se aferran en mantenerte presa en mí.

53. No sé quién soy

Aquellos días, ¡odiaba tanto a Ana! Fui feliz cuando Víctor la asesinó. Primero cambiando su aspecto, después el envenenamiento lento con hormonas y en la operación, la remató.

— Lo había conseguido— grité al mundo en mi ingenuidad, pero al poco tiempo me di cuenta del gran error cometido. Al mirarse ante el espejo, Víctor añoraba lo que ya no tenía y le asqueaba el atributo recién implantado. ¡Ay, qué larga es esta vida!, si después de vivir tanto tiempo atrapado en un cuerpo, tampoco el nuevo satisface. Para más complicación, aquel apéndice maldito comenzó a rechazarlo.

No puedo más, madre, debo poner fin a este sufrimiento. Cuando leas esta nota, perdónanos a los dos.

52. LA MISIVA

    Mi señor , aquí estoy desprovista de toda riqueza para seguiros a vos, se que el abandono de mi cuerpo ante vuestros halagos me traerá malas consecuencias, pero con solo sentir vuestro aliento es suficiente para hacerme sufrir de amor.

     Mi aya me dijo de niña que los hombres como vos no eráis trigo limpio y que no debía acercarme ,ni para percibir el calor que emanase de vuestro cuerpo lleno de lujuria y de pecado.

     Solo esperar la salida  de este laberinto de pasiones para encontrarme con vos es lo que me mantiene viva día tras día. Dicen que sois un tarambana y un mujeriego, pero esos ojos con los que me miráis me dicen lo contrario  y solo a ellos les creo.

     Mi cuerpo empapado en sudor frío desespera ante vuestra gallardía cuando pasáis a mi lado, sin percataros de este fuego que devora mi interior,de ahí que os escriba estas letras para que obréis según los dictados de vuestro corazón.

51. Diminuta utopía

Cautiva, sobre mi pedestal, de mí desdicha por tenerte y no alcanzarte. Aguardo, me extingo, durante la espera despiadada y cotidiana, que me consume sepultada e invisible bajo las notas musicales de la impotencia. Cautiva ante la eternidad del tiempo a menudo demasiado momentáneo, aquel que desde su primer segundo fue capaz de agrandar los latidos de mi corazón minúsculo.

 

Danzo al encuentro del mediodía, para que se disipen mis nieves, mis fríos, mi invierno. Y en la media noche, imagino que por fin vuelas libre, mientras convierto mis fouette en tournant en mil soplos de vida mágicos que atraigan tu atención, que me aproximen hasta ti. En la certeza de que no lo conseguiré, pues no es más que la paranoia en que el alma está metida.

 

Preso tú del tiempo, presa yo de ti, y de ese cu-cú que ansío se diluya cercano a la retahíla de notas tristes vomitadas desde mi carillón. ¡Que se detengan las horas, pues quiero mirarte y que me mires!

Sólo de ese modo, podrá mi confusión eterna soportar el borde filoso con que nos intimidan las horas. Sólo entonces, ya frente a frente, comprenderás que estoy a tu alcance, propicia para tu vuelo.

50. LA REFITOLERA – Inés Z.

Ella no era consciente, pero su presencia ponía un poco de luz en el refectorio de San Nicolás. Y es que Teresa hacía algo más que limpiar, también desempolvaba los sentidos de los viejos curas desahuciados de aquel convento. Muchos eran los que alargaban la sobremesa intentando captar de Teresa un soplo de vida, aunque la mujer solo reparaba en uno de ellos: aquel que hace años saco el hambre de sus tripas.

Para el padre Pisón eran duros esos destierros, esa cárcel, esos hierros a los que sus huesudos dedos se agarraban esperando poder abrir la cancela. Él quería vivir. Sin importar que fueran dos días o dos meses. Necesitaba seguir sintiendo a Dios en cada palabra, cada gesto que dedicaba a sus semejantes. Por eso sus ojos se iluminan al escuchar la oferta de Teresa.

Ambos organizan su fuga un viernes. El padre sale por la ventana que da al huerto y corre entre las lechugas hasta llegar al coche. Cuando ocupa su asiento, mira a la mujer que la providencia ha puesto en su camino; algo en ella le resulta familiar. Teresa entiende su olvido y no le importa. Los favores se devuelven si el destino lo permite.

49. EL CAZADOR

Escucho la voz grave de una mujer escondida tras una carpa circense. Percibo mis recuerdos quebrándome el alma. La voz grave canta un poema que remueve mis entrañas.

¡Ay, qué larga es esta vida!

Soy un cazador de almas atormentadas, rotas. Desposeídas de toda humanidad y bondad. Las busco. Las cazo y las destierro al lugar que pertenecen, al cálido averno.

¡Qué duros estos destierros,

esta cárcel,

estos hierros en que el alma está metida!

En ocasiones me pregunto: ¿Qué han hecho ellos que no haya hecho yo? ¿Qué alma está más rota y desposeída de humanidad? Y miro las heridas abiertas que recorren mi cuerpo. Autolesiones que querían hacer desaparecer el dolor y que también observo en sus cuerpos arrastrados por mis cadenas.

Sólo esperar la salida

La voz grave deja de cantar al reconocerme. Al saber que ha llegado su final. Su tormento en este lugar. Y, me pregunto si alguna vez podré conseguir lo mismo, acabar con este dolor que se amasa lentamente en mi alma.

Me causa dolor tan fiero

Que muero porque no muero

Y sueño con otro cazador que me arroje al infierno y me libere de este inmenso dolor que es la vida.

48. Madrugada, carretera, lluvia, los pequeños… (Rosy Val)

Son las diez de la mañana y sale con Golfo a la calle. Saluda a la gente, sonriendo. Tras quince minutos, vuelve a casa.
Cuelga la correa y la sonrisa en el perchero. Se pone sus deprimidas zapatillas, se ciñe a su bata de condena. Se amarra el pelo en una cola. Va en busca de él, empuja su silla de ruedas. Rebusca en su ánimo y saca una nube para cada ojo. En la cocina, se sirve un café, negro, cargado, sin alegría, y un bol de crujientes lamentos, los mastica de uno en uno:

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
¡Quisiera morirme… pero no puedo!

Las cuatro de la tarde, desata su pelo, descuelga la correa del perro, se coloca la sonrisa…

47. PERDIDA EN EL ESPACIO

Conecté bien la cápsula de reparaciones a la nave, estoy segura. Sólo Peter, desde dentro, pudo presionar el botón de desconexión. Ahora que lo pienso le tocaba a él tomar las mediciones pero me hizo sentir culpable y terminé saliendo yo. Cuando nos conocimos en la unidad de entrenamiento algo helador recorrió mi cuerpo pero era tan amable y me ayudó tanto a superar las pruebas para conseguir ser una de las dos tripulantes de Alfa90 que nunca volví a pensar en ese escalofrío.

Me quedan provisiones para unos treinta días luego seré basura espacial. Treinta días para admirar lo que tantos años he estudiado. ¿En qué alma está metida tanta maldad? Me seleccionó entre todos los aspirantes, su mente fría supo ver mi debilidad. Yo me sentía tan segura a su lado hasta que comuniqué mis teorías a la base. Vio que no soy una mosquita muerta y apretó el botón. Pobre Peter no sabe que según mi teoría acabará desintegrado en miles de partículas. Espero que ninguna llegue a tocarme. Sólo me queda esperar la salida y seguir admirando esta inmensidad.

 

 

46. ¡Ay, qué injusta es esta vida!

Mi padre es delgado, pequeñito y malo como Lucifer. Un enero, no habiendo clareado el día, plantó en el jardín un enano rojo para que se encargara de nuestra educación.

Supimos que estábamos perdidos.

El horripilante engendro nos observaba cada vez que salíamos o entrabamos a la casa con una sonrisa endiablada en la boca.

Todos los días, antes de irnos al colegio, el enano colocaba en fila, de mayor a menor, a mis cinco hermanos y les hacía tragar abrasadores ajíes: uno abierto y largo como destierro a los dos mayores, medio a los dos siguientes y un cuarto al pequeño. Ellos moqueaban y gimoteaban a causa del picor tan fiero.

Él reivindicaba que estos «arranca-lágrimas» les fortalecía la hombría y se las hacía duras como fierros. Después, se alejaba satisfecho por haber cumplido un día más con su tarea educativa.

Mis hermanas y yo no veíamos la hora de librarnos de esta cárcel, estos hierros en que nuestras almas estaban metidas, mas era uno de los pocos momentos en que nos alegrábamos de ser hembras en esa familia de tan picante virilidad. Vivíamos enajenadas tramando cómo acabar con ese colorado demonio y, de paso, con mi sañudo padre.

 

45. «Lex talionis» (Antiguo testamento). Petra Acero

Hans von Barlech espera no necesitar un policía, un médico o un rabino. Sabe que sería demasiado complicado para el primero, demasiado tarde para el segundo y demasiado vergonzoso para el tercero.

Abre la cartera mientras recita su habitual monólogo: “¡Qué duros estos destierros, en que el alma está metida!” (silencio). “¡Ay, qué larga es esta vida!” (silencio, luego apenas un murmullo)… “Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero”. Saca la fotografía que le acompaña en estos viajes y le echa un último vistazo. En ella aparecen siete niños puestos en fila.

—No abras los ojos —retumba el eco aflautado en su memoria judía.

—Saúl, ¿nos van a matar? —le pregunta Raquel.

—No, tonta. Mamá dice que solo matan a los viejos —repite, desde hace más de cincuenta años, a su hermana muerta.

Luego seis disparos y risas.

Hans von Barlech no quiere olvidar todavía: “Esta cárcel, estos hierros… Que muero porque no morí con ellos.”

Hans von Barlech voló ayer a Méjico. Mañana, después de disparar sobre el último nazi que mató a seis niños judíos, regresará a España, a sus estudios de teología, y… volverá a llamarse Saúl.

 

 

44. A sol y a sombra (Juana Mª Igarreta)

Carlos siempre me tuvo como un mero capricho de los días soleados. Yo, harta de que mi dedicación fuese tan solo valorada como una suerte de intermitencia, me propuse hacerle saber que mi compañía es fiel e incondicional. Que siempre estoy ahí; no solo en los días luminosos cuajados de momentos brillantes en los que la alegría embarga nuestros sentidos; también cuando la tristeza y el desánimo nos envuelven con su baile huracanado y nos acuchilla el frío. Ahora soy experta en cruzar el umbral de cualquier puerta. Se acabaron las tediosas esperas en el portal de su casa, a la salida del trabajo, del cine, de la biblioteca… Reconozco que sin él no habría llegado nunca hasta aquí.

Ayer, cuando Carlos y su amiguita se fundieron en un largo beso, la ingrávida acompañante de ella y yo, como siempre mimetizando sus gestos, hicimos lo mismo. Pero ellos se fueron y nosotros aquí seguimos, todavía con nuestras bocas selladas y nuestros etéreos cuerpos unidos. Yo, que tantas veces maldije mi suerte exclamando “¡ay, qué larga es esta vida!”, ahora, desde la recién estrenada certeza de ser yo misma, me desdigo afirmando que la vida es un suspiro.

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