Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
0
8
horas
1
0
minutos
1
4
Segundos
0
5
Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

79. Profesión: Descubridor

¡Soltad ancla de babor! Gritó el capitán tras el aviso de «tierra a la vista». Todas las miradas se dirigieron al frente y ahí estaba, una isla pequeña, la más pequeña del mundo conocido. Una vez más la pericia de nuestro caudillo había conseguido el milagro de acercarnos sanos y salvos a destino. Cada vez eran más costosas estas travesías, se nos hacían eternos los meses en alta mar, qué duros estos destierros que se repetirían de por vida.

La embarcación siempre quedaba alejada de la costa y los hombres desembarcaban en pequeños botes con la idea de preservarla de cualquier ataque, a bordo quedaba un destacamento de vigilantes. Mi labor no era necesaria en tierra, permanecía en mi cocina y se reducía el trabajo a los vigías, pero siempre miraba angustiado la playa, la tierra, la naturaleza que de mí se alejaba. En esos momentos dedicaba mis horas al rezo, rezaba sin cesar con la convicción de que sería la única manera de permanecer en mis cabales, me aterraba perder la cabeza. Imaginad cómo me quedé al conocer, por el único superviviente que consiguió llegar al barco, el nombre del lugar: La Isla de las Cabezas Cortadas.

78. Una portería inexpugnable

Doña Remedios estaba siempre al pie del cañón, utilizaba una escoba como arma disuasoria, de la cual no se libraba nadie, algún vecino incluido.
Solía estar poco dentro de la garita de la portería, siempre estaba arriba y abajo, atenta a todo aquel que entraba e invitaba a salir, si el objeto de su visita, le parecía poco claro.
Era el terror de los jóvenes repartidores, esos que se presentaban con los auriculares puestos y no sabían para quién era lo que traían.
Más de uno había salido a escobazos por no enterarse o por pisar el suelo recién fregado, cosa que hacía cada día a primera hora invariablemente.
Solía repetir, como un estribillo o coletilla, mientras barría la acera, delante del portalón de entrada a la casa ¡Ay qué larga es esta vida!
Con la que todos suponíamos, era una lamentación por su esfuerzo continuado en mantener un paso limpio donde era prácticamente imposible.
Nadie la veía en la soledad de su cuarto en las golfas, leyendo pergaminos antiquísimos y tomando una pócima, hacía más de un siglo.

77. La salida

Solo esperar la salida le tranquiliza. Mi madre se lo explicaba así a mis profesores, a los familiares y a los amigos que visitábamos. Desde muy pronto asumió que nunca me escucharía hablar y, mucho antes, ya sabía que yo era especial, o así lo decía ella. Los médicos me diagnosticaron diversos trastornos de difícil pronunciación y más complicado tratamiento. Básicamente, no se podía hacer nada.

Mamá no les hizo mucho caso o, mejor dicho, ninguno. Me llevó al colegio, al cine, a las comidas familiares o, los jueves, a tomar café con pastas de chocolate a casa de la vecina. En cada lugar, yo elegía cuidadosamente una silla enfocada hacia la puerta. A veces no era fácil y eso me ponía muy nervioso. Ella, paciente, daba las explicaciones oportunas.

Cuando se fue, todo cambió. Ya no salgo, pero tengo una butaca muy cómoda justo frente a la puerta de esta habitación. Por ella entran las enfermeras, el celador que trae la comida, los sábados la tía Lupe y hoy, de nuevo, mamá.  La luz blanca me ha cegado y he cerrado los ojos.

75. Pesadilla Número 43 (María Ordóñez)

 

La hondonada es verde y profunda, partida por una franja blanquecina.

¿Será cal o son cenizas de aquel infame fuego? ¿O de otros fuegos? No lo sé.

Mi corazón se oprime. Llega gente gimiendo, despacito, sin ruido.
Son muchos y su dolor crece, sube al cielo y se extiende hasta muy lejos.
Me tapo los oídos pero ahí sigue ese lamento largo y triste.

Qué oscuro está todo y huele a muerte. Agudizo la vista. Extrañas sombras se aproximan. Apenas se arrastran. Son cuerpos mutilados, rostros descarnados, esqueletos humeantes que van desprendiendo cenizas. Emergen de tierra que se quiebra a golpe de pico y pala. Tras ellos madres abatidas, padres desolados, familias destrozadas, multitudes agraviadas. El ruido ahora ensordece. Es llanto seco, gritos, súplica de voces estertóreas que se repiten sin descanso.

Volteo.
Gente ciega y sorda por todos lados. Tratan de huir indiferentes, pero resbalan en la sangre derramada. Se incorporan, siguen adelante, se inventan una vida donde no pasa nada. No pueden y no quieren ver ni oír a aquellos que vienen. Pero trepan y caen, trepan y caen. No hay escapatoria.

Mientras, yo siento que muero porque no muero, porque yo sí los oigo y los veo.

 

76. BABEL

ARQUETIPO, Julio /TAB/ Me causa dolor tan fiero /TAB/ 2013 /TAB/ Madrid /TAB/ Autoedición /TAB/ 83 páginas /TAB/ 30 cm /TAB/ ISBN 13-393-6755-7 /TAB/ /TAB/ /TAB/ /ENTER/

Y así lo hice. Catalogué un autor imaginario, un libro imposible, una obra inventada que nacía de la desidia del momento, del aburrimiento infinito y de aquellas cuatro paredes entre las que se agotaban mis horas.

Nadie debería reparar en este registro.

Sin embargo los dioses quisieron vengarse. La broma perfecta se completó días después. Un correo electrónico de la dirección felicitaba al centro por ser el único de nuestro entorno que poseía toda la obra de Julio Arquetipo. Un vínculo llevaba a una crítica magnífica. La reseña aparecía en la publicación neoyorquina “Poets and Writers”, una revista muy especializada que llega a todo el mundo gracias a Internet.

Quedé atónito. Eso no podía ser real. Era imposible porque todo había nacido en los oscuros recovecos de una mente agotada, la mía. Quería salir corriendo pero no pude.

Sólo quedaba prepararme para el sacrificio.

El tiempo pasó. Hoy hablar de este escritor es hacerlo de una obra maldita, de premios importantísimos rechazados y de un personaje que jamás se ha conseguido fotografiar.

75. Pesadilla Número 43 (María Ordóñez)

 

La hondonada es verde y profunda, partida por una franja blanquecina. ¿Será cal o son cenizas de aquel infame fuego? ¿O de otros fuegos? No lo sé.

Mi corazón se oprime. Viene gente gimiendo, despacito, sin ruido. Son muchos y su dolor crece, sube al cielo y se extiende hasta muy lejos. Me tapo los oídos pero ahí sigue ese lamento largo y triste.

Qué oscuro está todo y huele a muerte. Agudizo la vista. Extrañas sombras se aproximan. Apenas se arrastran. Son cuerpos mutilados, rostros descarnados, esqueletos humeantes que van desprendiendo cenizas. Emergen de tierra que se quiebra a golpe de pico y pala. Tras ellos madres abatidas, padres desolados, familias destrozadas, multitudes agraviadas. El ruido ahora ensordece. Es llanto seco, gritos, súplica de voces estertóreas que se repiten sin descanso.

Volteo. Gente ciega y sorda por todos lados. Tratan de huir indiferentes, pero resbalan en la sangre derramada. Se incorporan, siguen adelante, se inventan una vida donde no pasa nada. No pueden y no quieren ver ni oír a aquellos que vienen. Pero trepan y caen, trepan y caen. No hay escapatoria. Mientras, yo siento que muero porque no muero, porque yo sí los oigo y los veo.

 

 

 

 

74. Gente de pena, por Javier Ximens

En invierno, todas las tardes el mismo dilema con las limosnas, si comprar un chusco de pan y algo de engaño o picón para el brasero.

Por las mañanas subo a Madrid siguiendo las retahílas de mulas con carros que llevan el pan desde Vallecas. Si tengo suerte —y no me lo quitan antes los mayores—, un bache o tropiezo deja caer una hogaza que se rompe en mil pedazos y guardo algunos en mis bolsillos. Otros días, si no he podido pegar ojo por el frío, llevo un capacho para intentar recoger la carbonilla que pierde el pequeño tren que sube a los cuarteles de Atocha.

Al atardecer, en la puerta de la chabola, enciendo el brasero con trozos de madera y papel. Mientras se prende el carbón, hablo con los vecinos que se acercan a buscar mendrugos en cama de galgos. Luego, arrebujado con las faldas de la mesa camilla, me caliento el cuerpo y me entretengo con una radio.

Sin embargo, días como hoy que tengo tanto frío y el hambre me causa dolor tan fiero, lamento no haber muerto en el vientre de mi madre, allí, tibio y alimentado.

73. ¡AY, QUÉ LARGA ES ESTA LUCHA! (Salvador Esteve)

Él sabía que su alma aún permanecía en la tierra, vagando, algo la retenía. Ella le había vencido en muchas ocasiones pero esta vez sería diferente. Envió a sus demonios en busca del cuerpo de la Santa, sus reliquias eran veneradas en diferentes partes del mundo.  No dudaron en corromper pensamientos y devorar vidas con tal de conseguirlas.   Un pie, la mano, un dedo, el corazón y otros restos diseminados por toda la cristiandad  fueron entregados al maligno.  Sabía que su alma acudiría; esperó…

Teresa, etérea, respondió a la llamada, pero no lo hizo sola; su plan, elaborado meticulosamente durante siglos, se había cumplido.  Miles, millones de almas la acompañaban, almas de personas cuya fuerza residía en su integridad en vida y resolución en espíritu.  Juntas, rodearon a Lucifer y el cerco se fue cerrando.  Era tal el magnetismo que irradiaban que se sintió prisionero.  Esta cárcel, estos hierros, fueron demasiado fuertes para él.  El alarido se escuchó en todos los confines del mundo, el mal tembló y la tentación desapareció.

 

Teresa y su ejército cruzaron por fin la luz.  Sabía que él volvería, pero confiaba en que la humanidad sabría aprovechar la tregua del Oscuro.

 

 

72. Primavera

Ya tiene su pizca de canela, como a él le gusta, y yo este rayo de sol que será todo para mí mañana. Una última guinda —sonrosada, que si no la escupe—, y para mí la brisa que renueva el aire de esta prisión. Ni siquiera le pondré matarratas en lugar de harina, porque sería demasiado esfuerzo. Este comensal tan odioso y este último miedo valdrán la pena, porque ya casi es primavera. Mañana dejaré atrás esta cárcel, estos hierros, porque mañana es ocho de marzo.

70. Ciudad Sincorazón

«¡Bienvenido a Ciudad Sincorazón, el lugar donde los sentimientos no existen!
Libérese de esta cárcel, estos hierros que la implacable sociedad ha forjado para hacerle esclavo de sí mismo, de su debilidad, de su aprehensión. Olvídese del amor, ese sentimiento sobrestimado, metamórfico, perecedero y cruel, que apenas se disfruta y que deriva en sufrimiento, celos y angustia. ¿Qué es eso de la alegría? Un par de carcajadas al año no mitigan la llaga interior que provoca el penar incesante, el estar expuesto continuamente a las inclemencias del corazón. ¿La pasión, la emoción, la esperanza? Velos fatuos, disfraces para ocultar el miedo, píldoras inanes en comparación con lo dañino que nace de la entraña, del interior.
Y si todavia no está convencido, piense en lo que evita, sacúdase el miedo, el remordimiento, la culpa, la autocompasión, la tristeza, sí, la tristeza, la incertidumbre y la ira.
Y sobre todo, despídase del dolor, de ese cáncer que lo llena todo, que aparece casi de la nada, que vive con usted, dentro de usted, hasta el fin de sus días.»

Terminó de leer el cartel, y entró en la ciudad.

69. El dilema

Somos vuestros anhelos. Dirigimos vuestras vidas. Somos la zanahoria del asno. Somos vuestros deseos,  corroemos el alma si nos alejamos y sin embargo damos sentido a la línea que se pierde en el horizonte. Nuestra ausencia muestra ojos vacíos, erráticos andares y cadavéricas miradas.

Somos vuestras ambiciones. Confundimos vuestro propósito y adormecemos vuestra esencia. Somos las pretensiones que ceban vuestra vanidad. Os atiborramos de vosotros mismos y enturbiamos el camino. Nuestra ausencia calma el corazón, amplía el horizonte y aclara la senda. Todas nosotras formamos parte de la encrucijada en que el alma está metida.

Os toca a vosotros la elección. Podéis apasionaros o  serenaros. Podéis meteros en un pozo o pasear con un traje de princesa,  devorar instantes o  ametrallar a vuestros hermanos,  acariciar el agua del arroyo o sólo esperar la salida.

 

Nuestras publicaciones