Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

92. EL ORFEBRE (Rafa Heredero)

Hace años, un jinete herido solicitó mi ayuda a cambio del don para poder esquivar la Muerte. Accedí a su ruego, le oculté, y los perseguidores que lo acechaban no pudieron atraparlo.

Él cumplió su promesa. Con mi oro, mis temores y el deseo nunca confesado me hizo una gargantilla, adornada con dos talismanes en forma de corazón, que abrochó sobre mi cuello. Desde entonces, para desorientar a la Muerte cada vez que me ha rondado, solo he tenido que esconder mi alma en uno de ellos y no dejarlo latir.

Pero ya me siento cansado. Por eso, al ver su sombra en el umbral de mi vivienda, no he querido calmar los latidos del amuleto en que el alma está metida, y la he saludado como a un antiguo conocido.

—Adelante, señor Orfebre.

—Así que sabes quién soy.

—Hace tiempo que lo sé, y todavía no me he perdonado haber impedido tu derrota cuando nos conocimos.

—No te aflijas, viejo. Antes o después todos me hubierais acabado llamando. Como tú, ningún hombre encontrará jamás consuelo. Aquellos ángeles que trataron de acabar conmigo tampoco querían reconocerlo.

—¿Es que nunca te vas a rendir?

—Nunca. Hasta el fin de los tiempos.

 

 

91. Esta cárcel, mi cuerpo (Asunción Buendía)

     Esta cárcel, estos hierros. No son duros los míos, apenas un poco de carne, mucha piel y leves huesos. Mi querida Teresa, compañera de desvelos. Esperabas tú encontrar la salida aún a costa de dolor tan fiero. Mas yo, sí que muero. ¿Cómo y quién me sacará de la cárcel en que se ha convertido mi cuerpo?

     Pero no muero y amanece otro día y otro día luego.

    De nuevo te leo, Teresa, tu tan sabia, tan cierta y sin embargo tan sencilla. Repito tus versos: ¡Ay que larga es la vida! ¡Qué duros estos destierros!

90. DESPERTARTE

Te miro desde aquí y quisiera hacer que te airearas. Tal cual. Literalmente. Por dentro, sobre todo por dentro, que volaras. Conseguir que fuera la brisa, y no el oxígeno, la que invadiera tus orificios. Que el viento sea y no otros el que te peine por las mañanas. Sí, sería bueno, de una vez por todas, abrir esta ventana de llave custodiada. Que abandonaras por ella esta cárcel, estos hierros, ese goteo sin final. Yo pondría ahora mismo, todo mi empeño en que entrara un huracán sin otra víctima que no seas tú, un ciclón donde el único cataclismo sea tu ausencia. Un vendaval que te lleve, con una risa loca, por encima de las azoteas. Dejando para siempre, como las conchas en la orilla, como un caracol vacío, esa cama sin habitante.

88. Helada

El otoño pasado los libros que tengo en casa perdieron en un par de semanas todas sus hojas. Pensé que no habían recibido los cuidados adecuados, que no recibieron la necesaria cantidad de luz, o que sus historias por falta de aire fresco habían acabado por pudrirse.

Durante las largas noches de los meses de invierno, he convivido con sus cadáveres, negándome a reciclarlos como algunos me aconsejaban. Hoy, el tiempo ha venido a darme la razón: limpiando el polvo he creído ver algo así como unas pequeñas yemas, unos bultitos oscuros de los que parecían querer salir algunas letras. Ahora, sólo esperar la salida de las nuevas palabras y pensar en las historias que a buen seguro pueden crecer con mis cuidados, me llena emoción; pero a la vez temo por ellas, es posible que acabe por afectarles la helada que dejaste detrás de ti, cuando te marchaste de casa.

87. La llave de oro (Jerónimo Hernández de Castro)

Sicilia fue siempre una hermosa cárcel sin barrotes. Los Capra sabían mucho de huidas cuando la abandonaron, de momentos en que solo buscar la salida es el objetivo de una familia.

Años después, en el salón más elegante de Los Ángeles, Francesco revivía un nuevo sueño en una prisión distinta. Inmóvil, sin probar bocado, en la espera acezante por lograr una estatuilla dorada. Como los grilletes de oro del presidio de Hollywood, donde los reclusos sufren condena perpetua en la persecución del triunfo, la llave que libera fugazmente a unos pocos hasta la próxima película, antes de regresar a la misma penitenciaría.

Perdidas todas las bazas, el Óscar al mejor director era su única posibilidad y, entonces, el presentador gritó apremiante su nombre: ¡Recoge tu premio Frank! El joven Capra saltó de su asiento hacia el escenario, en busca de un foco que se empeñaba en no apuntarle, para escuchar en el silencio nervioso del comedor, el apellido Lloyd, del ganador de su última opción.

Y volver. Un camino aturdido de tropiezos con esmóquines y vestidos exclusivos, de gritos susurrantes que le devolvían a su celda, ahora más angosta, hundido por el llanto de sus compañeros de mesa.

86. REDENCIÓN (Yolanda Nava)

El Fabián libera un suspiro lleno de pesadumbre: ¡ay, qué larga es esta vida! -se lamenta- entre temblores. Mariana, sin mirarlo siquiera, toma el serón y sale en busca de fruta. Mientras cierra con llave siente los ojos de la Nati traspasar la mirilla, a su regreso le habrá echado las barreduras debajo del felpudo y malos presagios por debajo de la puerta como viene haciendo desde que sabe que ahora ella ocupa su lugar. De corazón le desea una maldad muy grande.

Regresa a más de las doce con el serón vacío. Encuentra al Fabián sentado frente a la tele con la mirada náufraga en la botella, viéndolo así, tan desvalido, se arrepiente de los mamporros que le propinó anoche, no es malo, pero ese vicio suyo está acabando con los dos.

Siente el impulso de ir a la iglesia; confiesa con don Nicanor pecados de pensamiento -por lo de la Nati-, se calla lo que le hace a su marido y lo del frutero. Los tres padrenuestros de la penitencia no alivian su conciencia; no se siente redimida hasta confesarse del todo en una parroquia nueva, al otro extremo de la ciudad.

 

 

85. OTROS TIEMPOS

Lucrecia era una niña inteligente que, desde muy pequeña, sintió la llamada de Dios. Muy joven, ingresó en un noviciado. Allí fue plenamente feliz, dedicada a la oración y comenzó a escribir textos, fruto de sueños y visiones, que ella recopilaba bajo el nombre “Mis Conversaciones con Cristo”. Cuando se los enseñó a la madre superiora, ésta la envió a su celda recriminándole su falta de humildad.
Incómoda con las normas de la comunidad, Lucrecia se salió del convento y se fue a la finca de su familia, a la que dotó de una pequeña capilla. Así nació la casa fundacional de Las Hijas de la Palabra, que solo ella habitó.
Escribió al Papa y al Rey, predicó y arengó al pueblo, editó sus Conversaciones con Cristo y, tanto alboroto causó, que la ingresaron en un psiquiátrico. Allí escribió la epístola ¡Qué duros estos destierros! en el que pedía la intercesión del Santo Padre. Con el beneplácito del Papa fue liberada, tras haber recibido electroshock y los sedantes necesarios.
Vivió discretamente, escribiendo y rezando sin parar. Dicen que hasta su fallecimiento, mantuvo siempre los ojos abiertos, con fija la mirada al cielo, recitando inspirados e incomprensibles poemas.

84. RESPIRAR

RESPIRAR

Suena el timbre de la puerta.

Es el atardecer.

Abre Magdalena.

* Hola, Delfina.

* Hola, Magdalena. ¡Ay, que larga es esta vida!.

* No tanto, Delfina

(Magdalena y Delfina son hermanas: 90 y 88 años, respectivamente. Viven en el mismo portal. Una en el 2º, otra en el 6º)

* Magdalena, vengo a despedirme.

* Has estado en la peluquería, Delfina.

* Sí, quería que me cardaran el pelo.

* Bien, Delfina. Que sepas que ha sido bonito ser tu hermana. ¿Qué vas a hacer ahora?.

* Subo a casa. Me sentaré en el sofá. Y voy a dejar de respirar

* Vale, Delfina, adiós

* Adiós, Magdalena

Día siquiente por la mañana.

Suena el timbre.

Abre Magdalena.

* Hola, Delfina.

* Hola, Magdalena. ¡Ay, que larga es esta vida!

* No tanto, Delfina. ¿Cómo te fue sin respirar?.

* Un poco difícil, Magdalena; al poco rato, te entran ganas de respirar de nuevo.

* Tienes el pelo bonito de color, pero revuelto.

* ¿Me peinas, Magdalena?, que voy a la compra.

* Sí, Delfina. Pasa

PD del Autor: Este cariñoso sucedido es real. Magdalena es mi madre; Delfina, mi tía.

83. Un cruel entretenimiento

Las gradas del anfiteatro comenzaban a llenarse, el sol ya empezaba a retirarse. El espectáculo estaba previsto a la hora séptima del día y entre los asistentes se encontraban los cuestores y ediles de la ciudad.

Los leones habían sido llevados desde África para luchar con unos esclavos y cristianos, que se habían formado durante semanas y que si lograban ser vencedores, conseguirían su libertad.

La lucha empezó. Cuatro hombres morenos se enfrentaban a dos leones mientras el público aplaudía, gritaba, vociferaba y disfrutaba, todo menos una, la esposa de uno de los ediles.

Ella se acercó a la esposa de uno de los cuestores y mientras uno de los leones se lanzaba sobre uno de los luchadores, ella en voz baja con miedo a ser reprimida le dijo:

– Me causa dolor tan fiero ver esta crueldad, como fieras son esos leones. Nunca entenderé este tipo de divertimiento.

La otra domina sorprendida, se levantó y comenzó a gritar:

– «Christianus,» la esposa del edil, es «christianus».

Esta al verse descubierta, con miedo a las represalias,  se lanzó a la arena, a la espera de ser devorada por los leones y convertirse en una nueva mártir por su religión.

82. ¡Como para aburrirse!

Cuando salieron de ver “Cantando bajo la lluvia”, les esperaba el aguacero. Pero ella fue la única que aceptó tan clara invitación. Se puso a bailar y cantar sobre el asfalto mientras los conductores la esquivaban e increpaban sin saber que estaban ante un entusiasmo sin correas.

Observada por faros y ojos incrédulos, estaba como poseída por uno de esos momentos en que el alma está metida entre sinapsis neuronales obrando quiebros a la cordura.

El cine era la savia de sus fantasías, de todas sus vidas paralelas. Lo adoraba, se alimentaba de fotogramas y los almacenaba para rescatarlos en el momento preciso.

Y eso está bien, pero ese día desapacible, de empapadas ropas pegadas a la piel, le dispensó una pulmonía de gran calado.

La estancia hospitalaria fue harto larga, pero ella no lo percibió así, porque en los primeros golpes de tos expectoró a Meg, Jo, Beth y Amy, que ya no se separaron de ella hasta que se recuperó.

 

81. Náufrago de Blanca Oteiza


¡Ay, qué larga es esta vida
observándola desde mi barca! Qué duros estos destierros que se llevan mi aliento hasta el último suspiro. Navego sin rumbo fijo sobre esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida como si una prisión en medio del océano me abrazara. Las olas irrumpen en mis pensamientos y sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero que no deseo despertar del aturdimiento que me ahoga. Sigo remando en este mar de confusas ideas que muero porque no muero añorando el pasado de vergeles exuberantes rodeando mi morada. Ahora azul todo se vuelve, con una luz cegadora que me entristece y sin embargo, a la vez alegra. La vida se me antoja distinta sin su presencia ni los niños a mi lado, la vista se nubla, es la niebla que cubre el sueño.
Suena una bocina que me asusta. Despierto del trance con la mirada perdida. Escucho la voz del barraquero que me pide que baje del carrusel. El viaje ha terminado.

80. HORROR VACUI Paloma Hidalgo

Me entregaron una citación para formar parte de un jurado popular. Me puse nerviosa. No me vi capaz de asumir esa responsabilidad estando tan rota, porque que no tengo corazón, que un canalla que decía amarme se lo ha llevado lejos. Ni alma, que se me ha caído a los pies a la hora de comer, al escuchar en las noticias que una madre ha matado a sus pequeños. Y no he podido encontrarla, como siempre que sufre una conmoción fuerte, porque se desintegra, y una vez atomizada pasan meses antes de que sea imposible descubrir esos lugares en que el alma está metida. Ni conciencia, bien plegada en el cajón de los trastos inútiles desde que empecé a trabajar en la compañía de seguros.
Sin embargo, hoy, cuando no me ha temblado la voz al declararlo inocente, he llegado a la conclusión de que esos vacíos son los que me han proporcionado las condiciones ideales para hacerlo.

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