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Cosas que te dije: que deberías venir a por tus libros. Que me apunté a Pilates en el gimnasio de Ana. Que este año el recibo del IBI deberíamos pagarlo a medias. Que he dejado de fumar. Y las pastillas para dormir. Que, por fin, como querías, todas las bombillas de la casa son de bajo consumo. Que tu hermana me ha contado lo de Julia.
Cosas que no te dije: que rompí algunos libros. Pero los repuse. Que me acosté con mi monitor de Pilates. Solo una vez. Y que, aunque no estuvo mal, no he vuelto por allí. Que me da igual lo del IBI. Que he firmado los papeles. Que aún fumo y que, como ves, no he podido quitarme esa absurda manía de mentirte. Que sin las pastillas las noches son largas. Y oscuras. Porque no hago nada. Solo esperar la salida del sol para iluminar esta casa vacía (sabes que no soporto la luz fría de esas bombillas, tan económicas, tan antialérgicas, tan de quirófano). Que ya sabía lo de Julia, porque tu madre también me llama. Aunque yo solo quiero que me llames tú.
Para decirte mil cosas.
Para callarme otras mil.
Tic-tac, tic-tac… Clavado en un eje metálico, como una mariposa disecada en el ombligo del mundo, agonizo en mi destierro. Se apagan las luces del carrusel y, una vez más, comienza mi eternidad. Son las doce de la noche. Tic-tac, tic-tac… El universo tiene forma circular, y yo me empeño en fabricar sueños y tiempo, en esta cárcel, estos hierros que me asfixian, me consumen, me desgarran.
Se acerca la soledad de la una. La oscuridad con las dos y las tres. Las cuatro y las cinco con el insomnio. La fatiga y el hartazgo a las seis y las siete, y el ritmo cansino de todas las horas del mundo con sus medias y sus cuartos. Tic-tac, tic-tac…
Son las once. Las once, cuando noto su presencia. Se acerca, tira de la cadena que acelera mi péndulo y las saetas de mis brazos se levantan ufanas como agujas imantadas. Me acelero. Tictactictactictac… se encienden nuevamente las luces. Tictactictactictac… busco el calor de su mirada antes de que vuelva la sombra de las horas. Se sienta en la taquilla, se le escapa un suspiro frío, vacío y seco. Me mira indolente, y comienza a vender fragmentos de mi tiempo.
Estoy cansado de vagar por estos pasillos que no llevan a ningún sitio. Los he recorrido una y otra vez. ¡Maldito sea quien ordenó construirlos! ¡Maldito sea quien los construyó! Encerrarme aquí fue un castigo atroz. No soy culpable de nada. Sólo de haber nacido. Otros son los culpables: mi madre, que yació con un toro; mi padrastro, que ambicionaba gobernar Creta; Poseidón, que me condenó a comer carne humana. No merezco un castigo tan cruel. Este castigo. Estoy harto de recorrer estos pasillos. Hace mucho tiempo que no veo la luz del sol. Busco la salida, que debe estar por algún lado. He interrogado a otros prisioneros. Algunos estaban tan asustados que no supieron decirme nada. Otros se encontraban tan perdidos como yo. Uno me dijo que podría hallar la salida si seguía siempre los pasillos de la derecha. ¿Por qué no los de la izquierda?, le pregunté antes de arrancarle la cabeza. En cualquier caso, no he conseguido llegar a ningún sitio. Esta maldita construcción parece infinita. Sólo esperar la salida me hace seguir viviendo. Cualquier salida.
-¡Ay, que larga es esta vida! – pensaba la mosca mientras, sin un aleteo, dejaba que la enorme manaza humana se acercara a ella a cámara lenta y….¡plas!
Querida Milagros:
Te escribo la presente para que te olvides de mí. No te merezco; debes aspirar a algo mejor.
Sé que te causará sorpresa encontrar esta carta bajo la almohada, después de llamarme mil veces sin éxito, tal vez llorando, quizás rabiosa. Perdóname por haberte hecho sufrir una vez más: esta situación me causa dolor tan fiero como cruel, por lo que he dudado hasta el último momento sobre la conveniencia de escribir esta nota.
¿Habría sido mejor que desapareciera sin dejar rastro? ¿Qué habrías pensado cuando la tarjeta no te funcionase, porque no queda un solo céntimo en el banco? ¿Y si vinieran a echarte del piso una vez subastado? ¿Te gustaría enterarte por ahí que la vecina me va a dar el hijo que tú no pudiste? ¿No es mejor que te avise?
Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te quiero. Siento mucho que se haya desmoronado nuestro castillo interior, pero yo ya no moraba en él. Quería explicártelo, aunque fuera por escrito, por si te sirve de consuelo. Soy tan indigno de ti que no podía hacerlo mirándote a los ojos.
Siempre tuyo,
Ernesto
Es aquella sensación que te domina , te devora y que aparece y desaparece como un hechizo. Aunque no lo creas es tratable, pero cuando te atiza es imparable. Hay remedios mejores o peores, pero nunca desaparece completamente. Te congela y te desnuda frente a la gente para exasperarte y enfurecerte, enojarte y derrotarte. No tiene piedad con ningún mortal, ni se transmite como alguna enfermedad. Es contagioso, pero nunca lo esperas. Te corta el aliento y te hace tropezar. Como verás no es una bestia, lo que me ahora me acorrala y me desarma; mas son mis dedos, como ves, mi mejor arma. ¿Qué hago contigo cuando eres así de cansino? Lo intento, no me tumbo y me inclino, me siento y escribo. Aunque juegues conmigo, eres amigo y enemigo, lo sé, lo admito, aunque me frustre en mi desatino mas no eres ningún mito, eres tan real como que respiro. ¡Ay, qué larga es esta vida cuando apareces! ¡Maldito eres cansancio!
Nardito era menudo, inquieto, lo que se dice un puro nervio. Corría como un rayo, y siempre jugaba al balón con los pies desnudos porque era el único de la banda que no tenía zapatos ni para los domingos. Abrigado apenas con una chaqueta liviana, cargaba cada madrugada con su haz de periódicos y, apostado a la entrada de la estación, gritaba y gritaba hasta quedarse sin voz: “Aviso, ha salido El Aviso…”. De regreso a casa, se paraba en Almacenes La Gaviota y, pegada la nariz en el escaparate, soñaba que eran suyas aquellas botas marrones que siempre estaban expuestas.
Un atardecer oscuro, jugando en la Plaza Vieja, la pelota desinflada huyó por la carretera. Nardito, raudo, salió tras ella, pero, antes de que la atrapara, un sidecar alocado desbarató la escena, y nuestra niñez quedó tendida sobre la frialdad de la acera. Todavía me causa dolor tan fiero recordarlo. Galindo y yo nos abrazamos. Luego él desató su bota izquierda y yo mi bota derecha y se las pusimos con cuidado.
Al día siguiente, la madre, de luto riguroso y con un fardo de amargura bajo el brazo, voceaba dolorida por las calles: “Aviso, ha salido El Aviso…”.
Se conocieron anoche, en la fiesta de jubilación, y hoy se levantaron en el piso de él aireando sus vidas y recogiendo los bártulos. Empezaron ordenando los cacharros de cocina; después limpiaron el baño y, cuando pasaron al dormitorio, hicieron su maleta con lo imprescindible, que era todo. Terminaron guardando los cuadros, títulos y certificaciones que decoraban las paredes del salón. En la casa de ella no había loza que fregar ni ropa que recoger, pero las cajoneras escondían más folios, subrayadores y pósit amarillos, rosas y azules que flores tenía el campo. Y al enfrentar las baldas que les sonreían bajo el peso de libros y archivadores, a él se le escapó un uf, qué grande es esta casa, y a ella un ay, qué larga es esta vida, y a los dos un qué caray, si podía vivirse dos veces, y qué bueno, ¿no?, y que viva la esperanza de vida esa, y que viva, viva, viva… Se hicieron unos selfis, mandaron unos whatsapp a sus hijos diciendo que se ausentarían una temporadita, y se echaron a la calle con el corazón henchido, las manos entrelazadas y las ideas locas.
Nunca pensé que una frase tan sencilla, de tan sólo tres palabras, fuera a provocarme tal torrente de lágrimas.
—Montañas de pan—, repetía un anciano republicano español superviviente del campo de exterminio nazi de Mauthausen. Esas tres palabras habían sido su única obsesión dentro del infierno.
Con tristeza, aunque sin rencor ya, hablaba del horrible frío, del trabajo inhumano pero, sobre todo, del hambre sin bordes que atenazaba continuamente su estómago como una garra atroz. Para conservar la esperanza, olvidó los manjares que más le gustaban antes de llegar a aquel campo y decidió pensar en un alimento posible, básico y humilde. Y eligió el pan.
Desde entonces, cada día soñaba con montañas de barras, y cada noche se juraba a sí mismo que, si escapaba vivo de allí, serían lo primero que comería. Hasta hartarse.
Concentró sus mermadas fuerzas en sólo esperar la salida y pudo cumplir su sueño porque sobrevivió al horror para contarlo.
Yo tardé mucho rato en dejar de llorar.
Afuera nieva. El paisaje se ha convertido en una estampa que hace mucho no contemplaba. Sin embargo, permanezco dentro de esta cárcel en que el alma está metida, rodeada de cuatro paredes sin ventanas, sin posibilidad de admirar el invierno en todo su esplendor.
Mientras tanto, el paso de los minutos discurre lento y pesado como losas de mármol entre tanto silencio. Se instala la apatía, la negligencia, el desinterés, en definitiva el previsible hundimiento. Al aburrimiento se le suma la impotencia, la ignorancia y la inconsciencia y el resultado es completar las horas inventando relatos y escribiendo cuentos que cuelgo en webs y en blogs que me llevan a otra dimensión.
Entre tanta desidia esparcida la vida se desintegra cual suela cuarteada por el tiempo desperdiciado y decido dar la vuelta a la tortilla antes de que se queme. Con gran fortuna encuentro esa faceta literata y positiva que me salva de un agónico mutismo.
Cuando salgo de la prisión bajo libertad condicionada, llego a mi hogar cargada con docenas de lágrimas condensadas en el cerebro y el mecanismo de retención de mi cuerpo reacciona relajándose al contraste de la calefacción y lloro desconsolada al igual que las ventanas.
Tengo miedo. Apenas le reconozco.
Primero fueron los corazones y sesos de la casquería: le traía de vaca, de cerdo, de cordero, de caballo… Había montado un alambique y requisado todos los tarros vacíos que yo tenía en la despensa para envasar mermeladas. Creo que no logró destilar nada interesante, porque su frustración flotaba en el comedor como una nube negra, que solo se disipó cuando comenzaron sus charlas con el párroco y las visitas a la biblioteca. Un día llegó exultante: dijo que ya no necesitaba más despojos de animales.
Pero entonces vino lo peor: compró una enorme balanza de precisión, salía solo hasta bien entrada la noche y empezaron a desaparecer los indigentes del barrio. Esta vez la oscuridad se extendió por casi toda la casa; por lo visto la culpa la tenían 21 gramos de diferencia y un tal MacDougall.
Desde que frecuenta ese templo zen, el aire ha recuperado su transparencia. Parece que ahora se ha empeñado en que el alma está metida en la mirada, no sabe con certeza si anclada a la retina o disuelta en el humor vítreo. O al menos eso murmura mientras afila una legra y observa sonriente mis pupilas dilatadas.
Yacía sobre la camilla y nosotros seguíamos atentos las explicaciones del forense.
Le quitó el sombrero, le abrió el cráneo y una aurora boreal ascendió desde el interior de su cabeza hasta el techo del aula. Nos acercamos para admirar la delicadeza con la que el profesor le levantaba los párpados. Sus ojos mostraron un paisaje helado en la retina derecha y la imagen de una bella mujer desnuda en la izquierda.
Siguió cortando y separando para dejar el pecho al descubierto. Allí un reloj parado ocupaba el lugar en el que había latido un corazón.
Examinamos los restos atrapados bajo sus uñas: espinas, fragmentos de cristal… Era evidente que, en sus últimos momentos, se había aferrado a una situación dolorosa.
¿Causa de la muerte? Me arriesgué y respondí que era un caso de muerte por asfixia a causa de la zozobra en que el alma está metida cuando comprende que ha perdido la esencia que daba sentido a su existencia.
Entonces el viajero se levantó, recogió su sombrero y me lo colocó en la cabeza. Ve a buscarla —me pidió— y suplícale que me perdone.
Le pregunté el nombre de su amada. Libertad —suspiró. Y volvió a la camilla.
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