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En esta oscuridad en la que habito, solo puedo dedicarme a recordar. Rememoro el tiempo en que solo era capaz de susurrar siempre las mismas palabras: ¡ay, qué larga es esta vida! Era mi mantra, un suspiro hondo que me ahogaba el alma y me impedía ver el sol que me daba calor, la lluvia que alimentaba la tierra o el amor de los míos que me envolvía en una crisálida de cariño. Estaba ciego, era incapaz de disfrutar y solo sabía quejarme, de mi mala suerte en el trabajo, de mi falta de expectativas, de mi mujer, de mis hijos… Ahora que vivo en esta negrura he aprendido a valorar todas esas cosas, pero ya no puedo demostrar que he cambiado. Lo único que tengo aquí es tiempo, mucho, tanto que a veces vuelve mi antiguo yo a recordarme que resido bajo dos palmos de tierra. Pero no le dejo ganar, no, he practicado eso de ver la botella medio llena y me estoy convirtiendo en un optimista, al menos no me han incinerado.
Quiera Dios que renazca y tome buena posesión de mi andadura.
Quiera Dios que comprenda que amar no es pesar,
que el amor por sí mismo es gozo, no cruz.
que no hay esta cárcel, estos hierros, ni piedras ni deudos,
que no hay mal mayor que el temor.
Que vivir no es morir,
que el que nace siempre vive
y el que muere revive,
que en el confín eterno donde todo mora y todo parte
El que Ve y Sabe, Crece
y en el camino que tuerce y muere
de la fuente de agua infinita y sabia,
que otorga el poder de lo eterno,
Bebe.
Quiera Dios que nazca y muera,
Y vaya y vuelva
Y deje y regrese.
Quiera Dios que al fin todos comprendan
que vivir no es morir,
que la cárcel no es el cuerpo,
que la belleza de la vida es volar libre
y comprender que cada instante es abundante y perfecto.
Que bajo el cielo duermo, habito y me alimento
Y al fin, cuando la vida no da más de sí,
vuelvo
y luego regreso
y vuelo
y sueño
y amo
y todo es eterno
Amo
porque todo es Eterno.
Al salir de la misión, el guerrero MBo me dice algo en su lengua, parecen muchas palabras o tal vez pocas pero largas. Al pasar Henríquez, que sabe todos los idiomas, le hago una seña para que venga y me ayude.
MBo repite, todo suena exactamente igual que antes. Henríquez va traduciendo:
-Dice que entiende el bello poema que ha leído el misionero. Esa mujer desprecia la vida y quiere morir. Dice que él también conoce cómo usar esas mismas palabras.
-Luego cuenta que su mujer acaba de morir al dar a luz y el niño también. Todo con grandes padecimientos. Él la acarició hasta el final mientras ella decía: muero y no sé por qué muero.
-Dice que él mismo quiso matar al curandero cuando vio los hierros que había usado en el parto, pero que otros de la aldea se lo impidieron: no lo hagas, te desterrarán o irás a la cárcel.
-Por lo visto, su mujer no ansiaba morirse, sino más bien ver crecer a sus hijos.
-Dice que él también siente como si unas fieras lo estuvieran devorando.
-Y nos muestra esa tela ensangrentada por si nosotros sabemos decirle dónde el alma está metida.
Circunspecto, el Inquisidor Bernardo de Cienfuegos prosigue con el interrogatorio.
¿Y dice vuesa merced que nunca llegó a conocerla?
-No, mi señor.
En opinión de este tribunal hay algo diabólico en ella ajeno a este mundo.
-Ni esta cárcel, ni estos hierros, jamás podrán acallar estas manos guiadas por la Divina Providencia-, afirmó el acusado.
¡Insolente, no pongáis el nombre de Dios en vuestra boca!
-Me llamáis insolente porque desconocéis el camino de la perfección y la pureza. Yo lo encontré en una sola palabra y lo transformé en piedra inmortal.
Jugáis con el fuego purificador de la Santa Inquisición. ¡Blasfemáis!
El momento es tenso y el verdugo gira la polea que atenaza sus extremidades. El dolor es supremo, inmenso.
¿Estáis seguro de no haberla conocido, de no mantener tratos con ella ajenos al control de nuestra Santa Madre Iglesia? ¿Abjuráis?
-Nooooo…mi señor, ¿acaso uno puede renegar del amor?
Aquella noche Gian Lorenzo Bernini no pudo conciliar el sueño. El sofocante calor romano, la humedad del Tíber. Nuevamente hojeó el libro de la Santa de Ávila y en el margen de una hoja comenzó a trazar un pequeño boceto al que llamaría “el éxtasis de Santa Teresa”.
… veintiuno… veintidós… veintitrés… veinticuatro… veinticinco… El foco vuelve a la pared norte. El cálculo de Goslin era correcto. Dejaré pasar un par de veces y correré hasta el esquinazo de la torre donde se aposta el relevo nocturno. Aburridos, improbable que presten atención. Aún así, este mono gris oscuro se confunde lo suficiente con el suelo para los somnolientos ojos de los centinelas. Muchas cajetillas de rubio me ha costado. Lo peor será la alcantarilla. Ahí sí me la juego. Veinticinco segundos. Correr de puntillas, levantar la tapa sin hacer ruido, descender, colocar la tapa. Parece sencillo pero el tiempo es escaso y no me deben oír. Salvar la alcantarilla o volver al infierno, al borrado del alma… Lo conseguiré. Voy a conseguirlo, voy a conseguirlo. Voy a salir. A follar con mi mujer y a beber whisky por primera vez. A olvidar las rutinas de esta cárcel, estos hierros cuya estridencia al chocar tras el toque de queda tanto me ha irritado, las tulipas iluminadas simultáneamente a lo largo del pasillo para despertarnos de golpe, la sorda tensión del comedor, la presión de las mafias, las humillaciones de estos hijos de puta… Uno… dos… tres… cuatro…
Los gatos tienen siete vidas. Pues yo comparto la misma maldición. ¿Don? ¡No señor! Siete vidas, significan siete comienzos con sus siete finales. El precio que pagas por cada renacer es la muerte que se lleva parte del alma. La nueva vida, cruel e implacable verdugo, destierra a los confines inalcanzables de la memoria lo bueno de la anterior. ¡Que duros estos destierros! logros, caras, sentimientos, vagan en la niebla del exilio sin poder cruzar la frontera del presente. La última, sosa y descolorida vida, agarrada al cachito de espíritu que te queda, titila débilmente…
¡No quiero titilar, quiero arder! ¡No quiero siete vidas! Quiero una única, plena, con el alma y los recuerdos intactos. Quero equivocarme y aprender de mis errores, quiero caerme para volver a levantarme, quiero amar una sola vez y no intentarlo siete. Quiero cansarme y poder decir: “¡Ay, qué larga es esta vida!” Y quiero tener una única muerte, que libere un espirito entero, cargado de vivencias y emociones inolvidables.
¡Qué bueno sería tener solo comienzos!…desgraciadamente cada comienzo supone un fin. Los gatos tienen siete vidas. Pues yo comparto la misma maldición.
Louis trabajó sin descanso hasta poner a punto el invento. Anhelante, apostado frente a la puerta con su cinematógrafo, le quedaba solo esperar la salida de los obreros de la fábrica: los operarios, el guarda, las oficinistas… Y entre estas, por última vez, fugaz, refulgía Thérèse.
Después llegaron días de luces y sombras encerrado en su laboratorio en los que proyectó sin pausa las ondas de su vestido, la oscilación de sus brazos al andar, el momento justo en que se giraba hacia la cámara… Y en ese preciso instante, la atrapaba. Y por un tiempo indefinible, Thérèse le miraba solo a él.
Cuando asumió el rechazo, decidió que su tributo sería compartirla con el mundo del que ella renegaba, y que eso no podría ser sino en la «Ville Lumière».
Ante el deslumbrado público parisino, temió que en su devoción hubiera un atisbo de venganza, porque Thérèse no quiso casarse con él; prefirió hacerlo con su dios y habitar en una cámara oscura, enclaustrada. Para entonces, Louis ya la había convertido en eternos haces de luz en movimiento, y su amor, en una nueva forma de arte encarnado en cuerpo de mujer.
«Deus, in adiutorium meum indente. Domine, ad adiuvandum me festina…» Con el rezo de vísperas, se rompe la penumbra al prendido de candelas y hachones en hacheros de madera rebosantes de cera reseca. Su centelleo crea juegos de inquietantes sombras en los muros, trepando hasta las bóvedas. El perdurable olor a incienso, el humo de la cera, los ecos de la plegaria; crean un singular ambiente. Se incrementa al llegar los silencios. Silencios, que a través de las celosías, hace audible el almuédano convocando a la oración.
Prosigue nuestro rezo: » Magnificat ánima mea Dominum…» Esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida, no proclaman la grandeza del Señor. Mi alma evoca los versos reiterados por Joshua, de su Torá, de nuestra Biblia: «¡ Mi amada es para mí, yo soy para mi amado… Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! «
Terminando el rezo, vuelvo a oír el chirrido de los goznes del portón. Joshua, el médico judío, ha terminado la cura de la madre Micaela. Se va solo. » Et ne nos indúcas in tentationem, sed libera nos a malo. Amén.» Permanezco en mi cenobio, que muero porque no muero. Con mi Dios, Yahvé y Alá.
Caía apacible la tarde, y yo caminaba sin prisas. Bullía en mis bolsillos el dinero de la nómina recién cobrada. Las voces de una discusión me sorprendieron y me dejé llevar por ellas hasta la estación del ferrocarril. Atravesé su vestíbulo y vi que un hombre de mediana edad, muy sonriente, una mujer y unos niños, se me aproximaban.
Él andaba con prisas, como sin tiempo que perder. Su elevada estatura se inclinaba hacia delante y atrás, desequilibrándolo. Tropezó junto a mí. Como pude puse mis fuerzas y reflejos en marcha, y poco a poco lo esquivé.
Cuando la mujer gritó a mi lado –Samuel- él la miró. Su voz seducía, me giré para verla y dejaron de interesarme los demás.
Era guapa, menuda, de color, y se movía excesivamente. Parecía celebrar algo. Ni la esperaba tan cerca, ni creí que albergara tanta dulzura hacia aquél hombrón que luchaba por estabilizarse.
Ella comenzó a sonreírme inesperadamente, y a abrazarse a él y a mí a la vez. Así estuvimos hasta que les retiré los brazos, cogieron a los niños y echaron a correr.
Mientras se alejaban escuché como decían: -Ya está. Nos queda solo esperar la salida del tren-.
A Tere, le pusieron el nombre por la santa. De familia muy católica y muy apostólica – romana no, que eran de un pueblo cerca de Ávila- Tere salió mujer de su casa honrada, decente, buena madre y buena esposa. Y muy devota, eso también. Pero tuvo mala suerte con Juan. Cada vez que él llegaba de la tasca, aquello era una cruz. Él la llamaba “su santa” pero le daba muy mala vida.
Hace un año, harta de aguantar, Tere cogió a sus hijos y le dejó. Ahora se gana la vida en la capital fregando portales mientras se acuerda de aquello de Teresa de Jesús de “qué duros estos destierros” pero también piensa que si la santa decía que Dios estaba entre los pucheros, también estaría entre las fregonas. Saca para ella y para los niños y va tirando…
Juan no ha dejado de buscarla, y como preguntando se llega a Roma, llegó primero a Ávila.
Antes de ayer, agachada fregando una escalera, le entró una cuchillada en el costado, como un dardo.
Oye palabras lejanas: gravedad, coma… pero Tere, lo único que siente es la mano de sus hijos y que aquello debe ser, por fin, el cielo.
Esta cárcel, estos hierros que me separan de ti, no son de este mundo. Pertenecen al cual del que yo procedo; un lugar que muere y mata, a la vez. Porque cuando este universo desaparezca, solapado por dos cubiertas, y se esfume de entre tus dedos, tendré que ir con él. Cuando pongas fin a la historia, dejaré de ser persona para volver a ser ese personaje que espera —agazapado entre palabras, líneas y párrafos— un nuevo renacer. Pero ya nadie, jamás, volverá a verme como tú me has imaginado. Ni siquiera tú mismo. Aunque vuelvas, encontrarás en mí a otro, lo sé. Siempre pasa, y pasará. Pero no te apures, ese es mi oficio. Aún así, duele saber lo que me espera pues, no sabes bien, qué duros son estos destierros.
Desde que nací, vivo con un lobo dentro de mí, un depredador que no soy yo.
O quizás no sea un lobo, quizás sea algo peor, porque a un lobo se le conoce y lo que me está matando es desconocido. O eso dicen los facultativos.
Y uno se acaba cansando de esta condena que padecemos una persona de cada millón de habitantes. Esa una soy yo, y ese millón, vosotros.
¿Acaso no es injusto?
Pero no, no busco justicia. No quiero encontrar culpables.
Busco la libertad. Odio vivir en esta cárcel, estos hierros me oprimen en exceso y necesito respirar.
Y si uno no respira, acaba muriendo.
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