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El hombrecillo, a falta de repuesto, lleva un chaleco raído por los muchos años de uso. Aunque ya son incontables los intentos, siente el mismo cosquilleo en el estómago que la primera vez. Con las luces del alba y arropado por la soledad matutina, antes de que los demás se desperecen, da los últimos retoques. Abrillanta la caña, desempolva el bocal y comprueba todos los mecanismos. El elefante se le acerca curioso y el payaso Augusto con el maquillaje triste avisa al resto de los artistas. En pocos instantes, con todo a punto, se introducirá y, a la señal de tres, saldrá catapultado del cañón, con algo de suerte lejos, hasta una nueva carpa. Si todo sale bien, aterrizará en la red que habrán tendido para que la bella acróbata, que él busca desde aquel verano en que se amaron, se deje caer, después de conseguir un triple salto mortal. Esta vez el hombre bala no fallará. Perfilará una parábola perfecta y ella le esperará sentada en el trapecio.
Entre las brumas de la semiinconsciencia, Martin evocó el rostro de su madre. Le pareció escuchar de sus labios la frase que repetía cuando era niño: “Tú no te acobardas ni aunque te apunten con noventa y dos cañones”
Dos kapos le arrastraban sujetándolo por las axilas hacia la horca, dejando sobre el pavimento un reguero de manchas rojas. Tenía las piernas rotas, los ojos ocultos bajo los párpados amoratados y la boca como un hormiguero sanguinolento.
Meses atrás, él y otros prisioneros se habían propuesto sabotear las bombas que fabricaban para el enemigo, colocando mal sus piezas u orinando en los giróscopos. Era la única forma de resistencia que podían permitirse dentro del campo de trabajo, la única manera de colaborar con los soldados que luchaban en el frente.
Anegado por el dolor, sintió como una liberación el tacto áspero de la soga rodeando su cuello y en los últimos estertores, su mente voló lejos, hasta el camino de tilos que conducía a su casa.
Cuando entré en la santabárbara, estaba apoyada en el brocal metiendo el escobillón embadurnado de sebo por la boca para limpiar el ánima, sus brazos desnudos, brillantes por la grasa que le resbalaba hasta la camisa remangada, empapando la tela y marcando sus pezones, dejando ver su tatuaje con mi nombre. La mancha en su nariz hizo que se me pusiera como la verga mayor. Se dio la vuelta y como la encanta el trinquete, se subió la cureña hasta la cintura y nos pusimos a holgar entre las gualderas.
Le puse el cascabel a la culata, mientras que con sus manos grasientas me dirigía hacia su tulipa, yo no tenía nada que envidiar a los espeques de cubierta y entre mis ganas y las suyas y el chapoteo del barco y del sebo, hubo una explosión sorda que fluyó hacia la sentina.
Será por la abstinencia, pero en la mar, siempre tengo otro proyectil en la recámara y no precisamente de pólvora mojada, así que la propuse otro ejercicio de tiro, pero ahora de avantcarga, así que mientras se amorraba al mástil, yo atacaba su línea de flotación, terminando en un pique de proa y un cuarto de derrota.
El sudor del miedo se diferencia por el olor. Huele a angustia. Intentaba aguantar la respiración bajo la cama, tan solo pensaba en no ser descubierto. Escuché pisadas aproximándose hasta que vi sus botas negras llenas de barro. El cuerpo me temblaba, el aire se hizo hiriente y la vista se nublaba por momentos.
Con el pie izquierdo golpeó los cañones que tenía alineados en el suelo junto a los soldados en el campo de batalla con las tropas. En esos momentos no me importó que destrozara tantas horas de juego. De pronto el corazón se me paró. Sus ojos penetraron en los míos que lloraron de temor atravesando el alma. Tiró de mi y me sacó del escondite.
¿Dónde está Napoleón? Preguntó mi hermano enfadado, con ese tono que sólo utiliza en ocasiones especialmente ofensivas. Mis labios sellados aguantaron su patada. Aliviado respiré hondo tras el portazo que dio al salir. Levantándome dolorido comprobé que aún seguía bajo mi almohada la conquista de la tarde. Esa noche Napoleón dormiría en mi campamento.
Cada año, por la feria de San Quintín, aparecía Mr. Pill con su chistera y su cañón mágico. Todo el pueblo esperaba expectante el momento en el que, subido a su carromato, lanzaba un elocuente discurso sobre las verdades del mundo, porque, después, venía lo mejor: de la oscura boca de su antigualla brotaban tesoros inesperados: caramelos, palomas, peladillas… incluso una vez, monedas para todos. Después, invariablemente, guiñaba un ojo a Miranda, la hija del campanero, saludaba y se marchaba por donde había venido, sin que nadie supiera quién era en realidad ni recordara cuándo llegó por primera vez. Solo presentíamos que, a fuerza de desear sus regalos, sus palabras calaban en nuestros corazones haciéndonos mejores.
Aquel otoño adivinamos que algo sucedía en cuanto apareció; los vivos colores de su carreta estaban desteñidos, su chistera ajada y torcida. Con voz quebrada, nos desoló hablándonos del amor y el desamor. Después, contra su costumbre, se dirigió a Miranda y la besó en los labios. Boquiabiertos, le vimos introducirse en su cañón y salir disparado hacia el cielo dejando un rastro de pétalos con perfume a resignación.
Esa misma tarde, ella aceptó casarse con Matías, pero por la noche, murió de desilusión.
Cansada de esperar al marido y al hijo, la Reina se levantó de la mesa y fue a buscarlos por el castillo.
—¡Doriiistires! ¡Pepiiindio! ¡Que se enfría la sopa!
Recorrió pasadizos y aposentos, lamentándose de los desconchones y humedades en las paredes; bajó a las mazmorras tapándose la nariz, y subió las escaleras con cuidado de no tocar la barandilla agrietada.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Pepindio se ha fundido la colección de monedas en juergas. Esta mañana llegó haciendo eses y se cayó al foso, así que le he ordenado fregar los cañones. Si no quiere casarse, algo útil tendrá que hacer.
—¡Estoy harto de tanto frotar!
—Hijo, por una vez tu padre tiene razón; deberías encontrar una princesa adinerada que nos saque de esta ruina.
—Vaaale… Pero la elijo yo.
—¡Con lo escogido que eres! Que si la que se pinchó el dedo con la rueca es un muermo, que si la del guisante bajo el colchón una tiquismiquis…
—En la taberna he oído hablar de la Princesa del Pueblo. Es de un reino muy lejano: Hispania o algo así.
—Toma —se entusiasmó el Rey—: papel, tintero y pluma. Escríbele una carta. Pero sin faltas de ortografía, ¿eh?
El día de mi funeral, la ciudad se engalanó para despedirme, los soldados me escoltaron por sus calles y la nobleza me acompañó en mi último paseo. Mi familia me veló en palacio, en cuyo jardín se dispusieron 28 cañones, uno por cada año de mi vida, desde los cuales se lanzaron siete salvas, una por cada estado que incorporé al Imperio que heredé de mi padre, el Gran Emperador.
Pero tuve que morir para darme cuenta, que lo importante en la vida, no son los homenajes, no son los palacios, no son las salvas lanzadas por los cañones y tampoco lo son los imperios. Tuve que verme en ese ataúd de fino roble, rodeado de mis hijos y mi amada esposa, para darme cuenta que lo realmente importante en esta vida son las cosas más insignificantes, unos buenos días de tu mujer amada, la sonrisa de tus hijos o el te quiero de tu madre.
Lo que te hace feliz no es conquistar reinos, no es tener el mejor ejército, no es ser el más poderoso del mundo, sino los pequeños detalles, esos detalles que me perdí por intentar ser mejor emperador que mi propio padre.
La escopeta había sido de su abuelo, contaba al sobrino mientras caminaban. El gatillo tenía la particularidad de que, por un defecto de fábrica, al estampido del disparo le precediera un chasquido que advertía a la víctima.
–Por puro instinto, se giran, y mueren mirando el alma negra del cañón.
Basilio no quería que su hermana le echara de su casa una vez más, no tenía donde ir, e intentaba ganar su confianza atendiendo al sobrino, Fabián. Fracasó con el fútbol, y ahora confiaba en aficionarle a la caza. Le compró unas botas de campo, una gorra de tiras fluorescentes, y se inscribieron en una montería de jabalí.
Al chaval le agotaba andar sin destino por el monte. Basilio, prudente aunque excitado por la batida, le mandó que rodease unos jarales hasta un abrevadero donde debía esperarle. Fabián no encontró la fuente, pero tropezó con un ciruelo que decidió recolectar. Hasta escuchar el ruido indefinido de la espesura. Jamás había visto un jabalí pero le aterraba encontrarse a solas con uno. Llenó de ciruelas la gorra y se parapetó tras un murete de piedras. Cuando asomó, apenas consiguió ver un destello, pero en el silencio distinguió, nítidamente, un chasquido metálico.
Bartolo, estaba hasta la coronilla de las quejas de Felipa. Tanto suspiro, tanto “me vas a matar” “me quiero morir” “ay, qué larga es esta vida que me ha tocao vivir”. Así un día sí y otro también.
Una mañana que Felipa andaba con fiebre, Bartolo se levantó más amable que de costumbre y le preparó el desayuno.
–Toma este tazón de sopas con leche y achicoria, Tordilla, y no te levantes de la cama en toda la mañana.
Felipa no se levantó ninguna mañana más. Cayó fulminada. Según Bartolo de unas fiebres maltas.
La paz y la tranquilidad empezaron a reinar en la pequeña casa hasta que un día una sombra se dejó ver por las habitaciones.
Al principio, el hombre no hizo mucho caso, pero después la convivencia fue insoportable.
Los suspiros, las quejas de la Felipa volvieron y esta vez el retintín aunque diferente de cuando estaba viva, era igual de irritante.
–Si crees que de mí te has librao, estas pero que muy equivocado, pájaro de mal agüero. Esto va a durar la tira, que muero porque no muero.
Los contemplo tras los barrotes: solos, en parejas, en grupos. Me atrae la algarabía de sus sonidos Me divierte como gesticulan, pasean, se exhiben.
Pero no puedo evitar sentir tristeza cuando los observo. Lamento que mientras yo vivo feliz rodeado de cuerdas y arbustos con los que poder jugar y donde tengo las frutas raíces y hojas frescas que necesito, esos seres de pelajes extraños que caminan erguidos, que emiten sonidos que no entiendo, y que forman parte de mi vida estén prisioneros tras los hierros de una gran jaula.
Bajo la luz del baño, por enésima vez, Teresa mira su reflejo. Vuelve a cepillarse el pelo, retoca el labial, comprueba que la ropa le combina. Pero por más que compruebe, por más que cepille y retoque, sus ojos hacen foco en la boca. “¡Alambre de púas! ¿Quién te va a querer besar?”. Reprime las lágrimas, y con gran esfuerzo, se sacude la crueldad de sus compañeras de clase. “Esta cárcel, estos hierros no van a durar para siempre”, repite mientras palpa la estampita en el bolsillo, forzando una metálica sonrisa ante el espejo. Inspira profundamente y en el mismo bolsillo, bien pegado a la estampa, coloca el labial. Ahora sí. Ahora sí está lista para irse.
Qué duros estos destierros, amigo Alonso, qué duros y qué injustos. No me mires con ese afán reprobatorio por debajo de la boina ceñida, que te conozco, que son muchos años de cuitas. Si en el fondo somos todavía esos chavales ingenuos y zascandiles de antaño, por mucho que digan los médicos. Esos lo que tienen es solo interés en atarnos en corto asustándonos con nombres rimbombantes de enfermedades y pastillas de almidón coloreado. Pero los muchachos paran cuando me acerco, temerosos de golpearme, me dicen «pase abuelo, pase» y yo me hago el remolón, pero no entienden que quiero jugar con ellos. ¿Te acuerdas, Alonso, de aquella vez que ganamos la liga de la región frente al equipo del pueblo de al lado jugando con nueve? Ay, Alonso, qué tiempos aquellos y qué tiempos estos de duros destierros. Yo solo quisiera marcar un último gol.
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