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La jornada transcurría con normalidad. Habían actuado, entre otros, los trapecistas, un tragasables, dos contorsionistas, el domador con sus leones y tigres, dos magos orientales y un forzudo, que era capaz de arrastrar un camión con los dientes. Desde su pequeña oficina, el director organizaba el espectáculo e indicaba a la orquesta cuando tenía que introducir a cada personaje.
Por fin llegó el momento más esperado, en un extremo de la carpa apareció, empujado por dos ayudantes, el gran cañón. En pocos minutos se oyó una potente explosión y al momento todo quedó en silencio en el circo. En la pista central los payasos y dos ayudantes se miraban incrédulos con sus caras y la ropa cubiertas por un fino polvo gris, que también flotaba en el aire, cayendo lentamente sobre los espectadores, las azafatas, los vendedores y los músicos, que habían dejado de tocar.
Sólo el encargado de prender la mecha conocía la última voluntad del hombre bala, que había sido incinerado la mañana anterior.
Le tiré a dar, encañoné su figura y la mandé a la sepultura. No se dejaba caer, endiablada como posesa, tenía la virtud de descolocarme, de hacerme naufragar hasta sin agua, de tocarme las narices sin dedos, de hacer palidecer mis testículos sin rozarme y de volverme cuerdo en un minusculo instante.
El primer intento fue baldío, el segundo murió de parada cardioneuronal. Al fin la había dejado entre adoquines, adosada a su propio desierto, ese que enfilaba sobre mi cabeza.
Atrás te quedas, mala pecora, ni un pensamiento tendrá tu genésis, ni una caída tu responsabilidad, ni un tumulto tu presencia. Mi locura será el engendro de haberte perdido de vista
Setenta años después se repetía la misma escena, aunque las coordenadas temporales se situaban ahora en el siglo XXI, y las geográficas, en el castigado Irak.
En “Los Cañones de Navarone”, Gregory Peck, David Niven o Anthony Quinn eran asediados en una isla del Mar Egeo por las implacables tropas alemanas, en su misión por acallar las baterías nazis, que inexorablemente, hundían los barcos aliados.
Ahora la acorralada era la ciudad de Tikrit, y sus liberadores, una pareja de hermanos, Mohamed y Alí, y sus respectivas esposas, Fátima y Aamaal.
Escondidos tras de su aspecto de fieles sunitas, los jóvenes trataban de enfrentarse a los desalmados combatientes del DAESH, quienes querían imponer sus bárbaras leyes en su amado Irak.
La historia se repetía, pero ahora los matrimonios captados por la CIA, permanecían en la castigada Tikrit, haciendo creer a los terroristas del Estado Islámico de Irak y el Levante, que iban a convertirse en mártires.
Pretendían así conseguir la confianza de los terroristas y acceder al emplazamiento de los misiles que cada día destruían su hermoso país.
Finalmente, tras poner en grave peligro sus vidas, consiguieron con su valiosa información, liberar Tikrit del dominio y la barbarie yihadista.
La calva del profesor de dibujo era la diana perfecta para lanzar sobre ella trozos de papel mojados con saliva. Las pequeñas bolas se quedaban pegadas e iban resbalando hasta el cuello antes de que el escuálido profesor se diera, pausadamente, la vuelta. Así ganábamos tiempo para guardar nuestros cañones debajo de la mesa. .- ¿Quién ha sido?.- Preguntaba, sabiendo que no iba a tener respuesta. 40 ojos grandes le observaban, ocultando risas e imaginando el momento del siguiente cañonazo. Sólo lanzábamos nuestra munición sobre ese hombre enjuto que nos tenía un miedo letal. Pronto le dispararíamos las balas de papel directamente a la cara. Su miedo nos resultaba, entonces, enormemente atractivo. Al profesor lo atropelló un coche a la salida del Instituto. Fue una gran pérdida. No pudimos volver a usar toda nuestra munición.
Al alba comienzan a bullir nerviosas las aguas del Tigris, como presagia la estela polvorienta del rey sabio. El bramido de la ignorancia araña la muralla de Nínive, leona del antiguo reino, y resquebraja cruelmente el adobe que da cuerpo al zigurat. Como escarabajos perniciosos, levantando polvo de siglos, han llegado excavadoras y marionetas del integrismo. Al oír el rugido de espanto de los toros alados de cabeza humana, Asurbanipal detiene su paseo en los jardines colgantes y agita sus rizos encolerizado. Filas incontables de arqueros descienden de los bajorrelieves y mueren de metralla. Los ríos de sangre alborotan los huesos del arqueólogo británico, enterrado bajo la palmera que él mismo eligió, y convocan a las almas del valeroso regimiento de la Reina Victoria, que disponen prontamente sus cañones contra los atacantes. Hombres, huesos, mitos y espíritus se encuentran y se miran cara a cara a través de la historia. Es entonces cuando la fiera herida lanza su zarpazo. Los fanáticos barbudos caen postrados a sus pies y huyen odiando su propio odio. Llega la tarde y el silencio, que amansan las limpias aguas donde la leona lame sus llagas. Sabe que ha ganado una batalla, pero no la guerra.
El mirlo se posa en la boca del cañón y rasga el opresivo silencio con su aflautado canto. Desde ese lugar privilegiado otea, indiferente, el campo de batalla. Solo le interesa marcar su territorio e iniciar el cortejo para conquistar a su futura compañera.
En el horizonte, un festín de colores amarillos, anaranjados y rojizos destierra a la gélida luz de la luna, y los miles de bultos plateados van definiéndose en cuerpos desmembrados, en anónimos soldados con posturas grotescas, como títeres a los que se ha dejado caer cortándoles los hilos, en caballos con las extremidades rígidas y múltiples bayonetazos.
Desde las paredes rocosas, los buitres agudizan la vista en busca de alimento para sus exigentes polluelos. A medida que avanza la mañana, el círculo de aves carroñeras que sobrevuela la planicie va agrandándose.
Mientras, a muchos kilómetros de allí, preparan otro gran banquete para celebrar la victoria, y la historia va haciendo un hueco de honor al joven general, al que inmortalizará como uno de los grandes genios militares de todos los tiempos.
Cuando le hice notar al director que los cañones tienen alma, me miró condescendiente. “No me refiero al hueco de la caña”, le aclaré, “sino a un principio dinámico, a un espíritu como el suyo o el mío.” Y aunque su mirada se tornó inquisitiva, esa noche me permitió dormir en el interior del cañón. A la mañana siguiente me negué a salir y le comuniqué mi deseo de pasar el resto de mi vida en el alma de Berta. Durante semanas intentó disuadirme, pero todo cambió en cuanto los medios se hicieron eco de las hazañas del mejor hombre bala del mundo. Ahora apenas si saco la cabeza por el bocal para asistir al homenaje de pueblos y ciudades, preocupado únicamente por que se cumplan mis indicaciones sobre la potencia de los cartuchos de pólvora. Me complace sentirlos bajo mis plantas y adivinar cómo ceban la carga, saberme envuelto en el alma de Berta y salir despedido entre ovaciones de admiración. Voy preparando así el número definitivo: la entrega amorosa de mi cuerpo, hecho jirones de estrella fugaz, hojas de palma resplandeciente.
Fue todo un escándalo. A mi compañero de gabinete le acusaron de expolio ¡Y la denuncia la había interpuesto el gobierno belga! Angustiado repetía que la pieza de artillería de ocho libras había aparecido en las obras de construcción de una piscina en la casa de sus padres.
Nadie le creyó, aunque yo sabía que era cierto.
Cándido fue contratado hace tres meses en el Centro después de un apasionante año de investigación para una novísima universidad castellana. Pudo disfrutar en profundidad de los “Archives Nationales” en Fonteneblau, del “Musée National Napoleónico” en Château Malmaison o del pequeño “Musée Wellington” en Waterloo.
Cordial e infatigable, en el día a día era minucioso en la búsqueda y exquisito en el tratamiento del dato. Siempre encontraba el documento preciso. Parecía un hombre en continuo estado de gracia.
Pero había algo más.
En muchas ocasiones pude observar como aparecían entre sus dedos, sin control y de la nada, pliegos y legajos. Y que mientras el miraba su cuaderno de notas las referencias emergían solas en el papel de forma inexplicable.
Hoy, antes de dejarnos, Cándido Martínez corregía sus datos: los cañones que mandaba el Teniente General Thomas Picton eran 92 y no 91.
Ya no escucha el general más que la desbandada de sus tropas; no ve más que el pillaje de los pueblos que dejan atrás; no huele sino la pólvora mojada de su exánime artillería; se palpa la casaca impoluta y nota que ni siquiera está manchada de sangre. Su boca le trae el amargo despertar de un sueño desmoronado.
—Bonjour, mon général —le dice una voz desconocida con acento extranjero, y es entonces cuando piensa que no habría debido dejarse llamar majesté.
Su convicción le impide aceptar que aquella alianza vencedora vaya a traerle al continente nada mejor que su imperio, pero su razón lo lleva a reconocer la derrota en buena lid.
—¿Cree que ha sido por una causa justa —acaba dirigiéndose a su carcelero— o me equivoqué pensando que la razón estaba de mi lado? ¿Acaso los que vengan van a ser mejores que yo?
No recibe respuesta alguna y, como sus callados cañones, se repliega y se deja arrastrar al exilio.
Saluda una vez más al público antes de dejarse engullir por la boca del cañón. FiuuuFiuuu. El proyectil humano, embutido en un disfraz de superhéroe desconocido, se santigua entonces con devoción porque nadie puede verle. Tachánnnn. Un payaso de cara triste acciona el dispositivo. El lanzamiento se realiza con éxito. Humo de pólvora que huele a chamusquina. OOhhhh, se escucha a coro en las gradas. Atraviesa con precisión el aro de fuego simulado que sostiene un segundo payaso, éste de cara alegre. Aterriza en la red, de culo, en una increíble voltereta final. PlasPlasPlas. Un tercer payaso, el serio, lo despide con honores. El toque de trompeta, imprescindible. TuTuRuTuuu. De vuelta a su caravana el señor Buenpartido, hombre bala para los niños, se desnuda muy lentamente. Posa una mirada furtiva sobre uno de los póster que decoran el remolque, La batalla de Waterloo. Creo que ha llegado la hora de rendirme, le dice al espejo mientras pone su dentadura en un vaso con agua. Un Napoleón circunspecto, rodeado de cadáveres y a lomos de su caballo, parece haber tomado la misma decisión.
Su estruendo invade los cielos y sangra los martillos internos de los oídos. Los pájaros surgen espantados de sus escondites mientras el hombre se envuelve sobre si mismo. El humo cruza horizontalmente el cielo y surge verticalmente de las entrañas de la tierra. Las piedras saltan. Los edificios caen. La humanidad muere.
Son recuerdos. Imágenes que ella conserva cuando lo acaricia y recibe su frialdad pétrea en la palma de su mano. Sus ojos grises observan la ciudad reconstruida. Llorada. Resucitada. Mira intentando descubrirla de nuevo. Aspira no ver la sangre derramada. Las heridas abiertas. Las calles muertas y los auxilios que no fueron escuchados. Anhela ver la vida que ahora la recorre. Las risas que corretean por sus parques. Los besos de vida que silencian rostros y recogen cuerpos.
Su mano recorre la caña de piedra que apunta a la capital. Su cuerpo se aproxima al bocal. El lugar del que surgieron todos sus recuerdos. Mira a la nueva ciudad desde el interior del cañón. Por primera vez en años, se siente poderosa. Casi pólvora. Decide expulsar sus demonios, su dolor con la esperanza que alguien los escuche. Con la idea de apagar sus lágrimas. Y GRITA:
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