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Marie observaba a Antoine. Le había visto enmudecer paulatinamente y al mismo ritmo aumentar las arrugas que enmarcaban su frente. Tras tantos años vividos a su lado conocía cada centímetro de su piel y cada sentimiento de su corazón por ello sabía que le ocurría esto cada vez que entregaba un encargo.
No importaba si era una hermosa reja o una simple sartén. Todas las piezas salidas de sus manos, que tenían una inconfundible calidad y delicadeza, eran para él como hijos paridos de sus entrañas.
Los hijos que ella no había podido darle.
Sus manos tan rudas y grandes, dulcificaban y daban vida a los metales.
Si por algún revés del destino él tuviera que elegir entre ella y la fragua, Marie sentía una punzada en su corazón al saber la respuesta. Punzada que se convertía en puñalada certera, cada vez que le veía acariciar el resultado de su último encargo.
Una obra de colosal dimensión y bellísimo conjunto. Doce magníficos cañones, que el mismo Napoleón vendría a recoger.
Pero ¿podría él entregarlos?
Supo la respuesta la madrugada del día señalado. Vio partir al Emperador Napoleón I, al Primer Cuerpo de Caballería, a los doce cañones y… a Antoine.
No es posible -masculla-
Resuenan zancadas de botas con alza. Un chasquido lumbar lo frena ante el espejo.
Descubre su cráneo. Flequillo mellado y grupos de calvas formando islas en un mapa de cuero viejo.
Ahoga un grito de horror. La misma sensación de aquel día, al sentir la piel de Josefina, hecha pellejo, bajo el escote Imperio.
– ¿Ha llegado ya? – brama.
– Los caminos están embarrados, Excelencia.
La mano en el pecho busca sosiego. No palpa amor, sólo amargura.
Amarga pólvora pudriéndose en los cañones oxidados por la lluvia. Amargos estómagos de tropas, trituradores de conservas, cada vez más vacíos y suplicantes. Amarga intendencia, cara y difícil de mantener. Amarga política -que sabe-, derribará su pedestal.
Acecha el enemigo. Con esta imagen no puede dar orden de fuego.
Wellington avanza. El emperador de la Galia, debe aparecer ante su ejército dominando al caballo más brioso y coronado por el tricornio, que el sombrerero de París no ha podido entregarle.
Así justifica la derrota en Bélgica, el documento ¿apócrifo? encontrado en un taller de Francia, junto al sombrero de Napoleón.
Depositados entre la herrumbre del patio, la zarina Alexandrovna (campana rusa que mantiene que el sabor a pólvora de su sonido inspiró a Tchaikovski el final de la Obertura 1812) encela al siempre sonriente almirante Nelson (ancla del Victoria, buque insignia en Trafalgar) con sus amores con el emperador Napoleón (cañón que resultó herido en Waterloo y que ahora está desvencijado en el almacén de desguaces).
—Tras la batalla trajeron a casa del maestro campanero los restos de los cañones muertos, entre ellos venía herido uno de mi edad, quebrado y triste, al que pusieron a mi lado en la fragua. Yo llevaba años aguardando un badajo para ser trasladada a una catedral rusa, pero los tiempos andaban revueltos. El maestro, a quien no se le habían pasado por alto mis coqueteos con mi héroe, un día se lo llevó y me lo trajo transformado en un hermoso badajo que introdujo en mi interior.
—Olvídese de esa relación oxidada e iniciemos un romance pulido, déjeme ser su campanero y que le arranque talanes de placer, ¡huyamos en mi navío! —le poetiza Nelson con voz húmeda. Alexandrovna se pone un poco ocre.
Luego, enmudecen al ver acercarse batas azules con sopletes.
Ya desde niña, Sabina se sintió un punto suspensivo.
Estación de paso, sintió el primer cañonazo al comprobar que, en el colegio, los chicos jamás se detienen a hablar con las feas.
Y, cuando alguno lo hacía, era para vomitar crueldad.
Por eso, hizo un ovillo con su corazón y su mente y salió a la lluvia.
Entonces se hizo amiga de los animales.
Y el tiempo pasó.
Y murio crisálida y nació mariposa.
Es curioso, de pronto, fue punto y aparte.
Y los hombres frenaban al verla, pero ella regaló su alma, hecha de flores y rocío, a un hijo del campo.
Una mañana, años después, mientras recogía nísperos y setas, sintió otro cañonazo que le gritaba «vas a ser madre».
Y dio a luz una luciérnaga que iluminó su vida.
Hoy, ahora, con el paso del tiempo, tiene la absoluta certeza de que será plenamente feliz cuando llegue su punto final.
(Quizá hay vidas que no son fascinantes. Las personas que las protagonizan, sí).
RELATO FUERA DE CONCURSO
En el Museo del Recuerdo, sito en el Ayuntamiento de Falling Heads, arrumbado en un extremo de la sala, de cara a la pared, se encuentra un pequeño cañón.
— Está arrestado.
Me giré.
— Observe la placa del lateral. Un anciano me señalaba con el dedo el lugar exacto. La placa, oxidada, rezaba: TRAIDOR.
El anciano me hizo una seña para que me sentara en un banco junto a él.
— William Lancaster, una noche, arrastró este cañón cerca de las trincheras enemigas. Lo cargó y lo disparó. A los pies de Trevor Stoner, tal como William quería, cayó una bola metálica que se abrió sin estrépito. Una vez pasado el estupor, un oficial la recogió. En su interior portaba una nota dirigida a Trevor, que el oficial rasgó con rabia. William fue arrestado y juzgado. El cañón acusado de traición y olvidado en un almacén.
— ¿Qué fue de aquella nota?
El anciano me mostró un papel amarillento. — Trevor, mi abuelo, recogió los pedazos y la recompuso tiempo después. Yo la encontré hace unos años en un viejo buró.
Me emocionó pensar que ni el tiempo ni los arrestos habían logrado borrar una hermosa declaración de amor.
A Berta le encantaba el pan. Desde muy pequeña reclamaba ese humilde alimento al sentarse a la mesa. Le gustaba todo, pero siempre con pan, y con el que le sobraba modelaba hábilmente pequeños animalillos, autos, cañones y cuantos objetos se le ocurrían.
Pero, un día, algo debió de cambiar porque, sin motivo aparente, empezó a perder peso y a ganar tristeza. Dejó de vestirse de colores y hasta de reír. Finalmente, dejó de mirarse al espejo.
Cuando se desmayó una mañana, sus padres la ingresaron, alarmados por su extrema delgadez bajo las holgadas ropas. Al volver a casa, tras un mes de hospital, con una estricta disciplina alimentaria y varios frascos de píldoras, la familia respiró aliviada. Sólo habían sido trastornos de la edad y Bertita ya estaba curada.
Pero cuando, a las dos semanas, la encontraron muerta sobre su cama, con todos aquellos tarros de pastillas vacíos, supieron que se habían equivocado. Su hija se había marchado y ya no volvería.
Sobre su almohada había una pequeña figura, hecha con delgadísimos cilindros de miga de pan cuidadosamente ensamblados. Se quedaron horrorizados al acercarse y comprobar lo que aquella escultura representaba.
Era un esqueleto perfecto.
Estaba hasta la coronilla de ese crío. Ya no soportaba más sus mañas y sus caprichos. Se pasaba la vida dando el tostón, pidiendo cosas, llorando, demandando atención. Era insufrible. Esa tarde estaba acabando con toda su paciencia.
—¡Aita, quiero un perrito! ¡Quiero un perritoooooo! —Llevaba dos horas berreando sin parar.
Ya no podía más. Decidió terminar con esa historia de una vez por todas. Cogió la escopeta y apoyó la culata firmemente contra el hombro derecho. Sabía que el impacto del retroceso le iba a hacer daño, pero más daño le hacía oír los gritos del puñetero niño. Apuntó y disparó. ¡Mierda! El cañón de la escopeta debía de estar mal calibrado, porque erró el tiro. El chaval ni siquiera se enteró del disparo, seguía a lo suyo. ¡Quiero un perritoooooo!
Con los nervios de punta, recargó, apuntó —esta vez no fallaría, pensó— y acertó de pleno en el objetivo. —Buena puntería —le sonrió el encargado de la caseta al entregarle el peluche.
—¡Ya está! —le dijo a su mujer—. ¡A ver si se calla de una santa vez!
—Aitaaaaaaa, ¡¡quiero una jirafaaaaaaaaaaaa!!
El médico dijo que necesitaría diez sesiones de electroshocks. Ya sé que todo vuelve. Hasta las hombreras. Pero si te encierran en una institución mental con un nombre tan aséptico como Centro de Reposo Higgs&Straub, una espera eso. Reposo. No diez sacudidas eléctricas.
Vale. Estaba rara. Lo de las lentejas, por ejemplo. En mi sano juicio, jamás las hubiera hecho sin chorizo. Y había más. Lo de cambiarme al detergente de marca blanca. Lo de hablar con el contestador. Lo de apuntar con el cañón de una Smith&Wesson al peluquero. Aunque todo tiene una explicación. Me encanta escuchar esa voz metálica diciendo: el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.
Ahora, tras un mes en la Higgs&Straub, estoy curada.
O no.
Al llegar a casa, me he abrazado a mi pequeña que me esperaba en el portal. Cuánto te he añorado, chiquitina. “Yo también, Señora Lola”, me ha respondido. Entonces me he dado cuenta de que es la niña del primero. Y ya no sé si tengo hijos. Así que, para salir de dudas, le he preguntado si las lentejas se hacen con o sin chorizo.
Ella se ha echado a llorar.
Yo también.
Entre semana, se acerca al polígono a ver si cae alguna fémina cañón ofreciéndole cocaína a cambio de sexo. A veces, solo consigue un francés; pero, cuando las invita a cristal, se lo rifan por hacerle un completo. Así, cometiendo actos impuros, consume las noches.
Durante el día no deja de blasfemar mientras piensa cómo robar para chutarse. Y es que no hay quien le contrate y menos en esas entrevistas en que se pasa más tiempo mirándole el escote a la de recursos humanos que defendiendo su currículum. Ahora los festivos trabaja de mimo, disfrazado de mono, pero solo se fotografía con las madres que le ponen cachondo.
Si se queda sin pasta para droga, visita a sus padres. Ellos se niegan a darle un solo céntimo; entonces aparecen los insultos y el saqueo hasta que sale a la calle a desquitarse. Hoy le ha dado por ir a misa, confesarse y levantar falsos testimonios. De hecho, cuando le ha dicho al párroco que tenga fe, que la pistola es de juguete y que el cañón que aprieta su sien es inofensivo, mentía; en realidad, abomina los diez mandamientos y, por eso, viene dispuesto a completar el decálogo.
Cristina tuvo su primera y única desilusión de amor, cuando se enamoró del cartero que la comunicaba con el mundo; quien al verla sola, comenzó a cortejarla vendiéndose como un hombre serio, apropiado para formar familia. Llevaban un buen noviazgo hasta que una mujer iracunda, arrastrando dos niños aferrados a las flores de su falda, tocó a su puerta, se plantó con aire de matona y la llamó puta, recomendándole agenciarse sus hombres sin robárselos a otras hembras.
Ese día recordó a su madre, quien alguna vez le dijo: «si te rompen el corazón recoge los pedazos, echa tus lágrimas en una olla; haz sopa con ellos, te la tomas y tu alma estará lista para reconocer al próximo sinvergüenza».
Ella no hizo el caldo, pero sí limpió y engrasó el cañón de una escopeta; que utilizaba para matar ratones y alejar a los cuervos del conuco. La envolvió en una sábana, prendió un fuego en la cocina, con el que calcinó la casa y bajó al pueblo llevando el arma bajo el brazo, la imagen de los pequeños en su retina y una pregunta en la cabeza: «¿hay allí un orfanato?»
Él iba a volver. Eso dijo. Recogió la risa de los domingos por la mañana bajo las sábanas, las caricias que nos hizo el sol de febrero al asomarnos al balcón, y alguna de mis lágrimas; y con la mochila sin cerrar salió como las sombras, estirándose hasta confundirse con la noche. Vinieron tres impostores vestidos con su piel. Uno, frío como un charco de leche de una botella rota, recién sacada de la nevera, a los quince días justos. Otro más lo intentó a los dos meses revolviendo, con guantes de látex, en los recuerdos que cocimos a fuego lento. El tercero, que juraba quererme aún al cabo de un año, llevaba en los ojos un brillo apático que le desmentía. Pero él, mi hombre, no volvió. Me hice vieja esperando su vuelta.
Esta mañana me pareció volver a verle, jugaba en el parque con un niño y un cañoncito. Disparaban margaritas a una mujer embarazada. Con el mundo detenido en ese hijo que nunca tuvimos, mi vista se posó en un gorrión joven que repasaba los cañones de sus plumas recién salidas para empezar a volar.
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