Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

82. Descendientes

La solitaria pieza de artillería retiene el aliento sobre la colina, mientras el oficial, huesudo y envarado, se atusa los bigotes calculando la distancia. El viento se enamora de su casaca raída, que parece competir con el portador en aparentar edad. Da una orden a un soldado regordete y sudoroso, y este, como un autómata, se afana en recargar, a la vez que salmodia una oración a esa boca desdentada y negra. El superior susurra una chispa en el oído del cañón, que da un respingo de placer. El orgásmico proyectil sale a toda velocidad. El sonido vence, y los pájaros se retiran en desbandada gritando las mismas palabras de todos los días. El infante, abatido, introduce la esponja humedecida, que refresca el interior del ánima y apaga los posibles rescoldos.

Ya conoce su expresión sin ni siquiera mirarlo.

-¿Es qué no lo ve, capitán? Solo son molinos.

81. NOCHE DE MAYO

NOCHE DE MAYO

A mi izquierda, veía mi reciente pasado: la fila que hasta aquí me había arrastrado, compuesta por desolados parroquianos y que se perdía en la oscuridad de la noche primaveral bajo un murmullo de lamentos.

A mi derecha, mi futuro: los cuerpos de varios hombres  yacían inertes sobre regueros de sangre.

El panorama era desolador. Yo,  con blanca e impoluta camisa, ante un farol que  iluminaba la escena, mi cuerpo y mi alma…   levanté mis brazos al cielo, ofreciendo mi rabia  ante ocho cañones de fusiles, tras los que se escondían unos rostros anónimos, quizá cobardes, quizás avergonzados hombres que, exhortados mediante órdenes en francés, esperaban la señal de disparar.

De pronto oí una voz que en tono jovial,  me llamaba…

¡Eh tú, madrileño de la camisa blanca… ¿qué haces ahí muchacho? –me decía mientras se acercaba a mí-.

¡Era Paco! Sí…  Francisco de Goya que, pincel en mano y tras un caballete, me había reconocido.

En ese mismo momento una susurrante voz me decía:

“Señor ya es la hora de cerrar”. Era  una vigilante del Museo de El Prado que cogiéndome por el brazo, me acompañó amablemente hasta la salida.

 

IsidroMoreno

80. PERDIDO EN EL PARAISO (Estíbaliz Dilla)

Del cañón nº1 al cañón nº2 distan no más de cincuenta metros, y en ese escaso trayecto para mis botas de soldado he pisado más de sesenta y dos cuerpos, amontonados en posiciones extrañas, descoyuntados, ensangrentados, sin un aliento de vida que pueda confirmar que alguno aún pueda sentir mi liviana existencia cuando lo aplasto en mi avanzar. Al llegar a la trinchera donde se afana en dar órdenes acertadas el capitán de nuestra compañía, le muestro con energía el mensaje que yo estaba encargado de entregar.

Del cañón nº2 al cañón nº1 de regreso en mi cadavérico recorrido, tras haber esperado diez minutos a que nuestro superior me confiara una respuesta, dejo de contar hombres que ya han traspasado fronteras y duermen esta noche en el paraíso, y me concentro en imaginar tu rostro, con esa sonrisa que me cura todos los males, para cerciorarme de que yo también estoy en mi propio edén, ya sea aquí en la tierra con los casi muertos o allí arriba con las almas que ya descansan.

79. La primera vez.

La primera vez que mis compañeros de armas y yo, escuchamos ese estruendo, pensamos que el cielo se abría por encima de nosotros. Pero no era el cielo lo que se nos caía encima, si nó un infierno de fuego y muerte que los sarracenos nos mandaban desde las murallas para detener nuestro avance en el sitio de Sevilla.

Todos nosotros nos persignábamos, besábamos la empuñadura de nuestra espada y continuábamos avanzando hacia aquellas oscuras bocas que escupían fuego y metralla. Pasamos del terror del primer estruendo, a cerrar filas y continuar con nuestro trabajo, que no era, ni es otro, que la guerra. Cualquier barbarie se normaliza con rapidez en el campo de batalla querido amigo.

¡Salud!

78. HAZAÑAS BÉLICAS

Los cañones los colocaba siempre en retaguardia, como mi padre me había enseñado. Y es que él sabía de eso, que había servido de artillero. Luego venían los carros de combate, los jeeps y los camiones con pertrechos. Los soldados avanzaban amparados tras los tanques. Eran cientos, de tamaño no superior al centímetro, y coloreados según fueran americanos, japoneses o alemanes. Esa tarde la batalla era la de Montecasino y había construido la abadía a base de cajas de cerillas para las paredes y cromos de cartulina como techo. Una vez colocadas las tropas de ambos bandos, comenzaba el tiroteo: cerbatana de arroz para la fusilería y garbanzos como munición de los cañones. La aviación –había también aviones– no se andaba con chiquitas y dejaba caer piezas de plomo sobre las fortificaciones. Así, ora actuando con un bando, ora con otro, podían pasar varias horas sin sentir. Pero esta mañana, los soldados tuvieron que arreglarse solos, porque tenían que operarme de las anginas. Cuando volví, nada estaba en su lugar. Aún siento, alguna noches de insomnio, la rabia de no poder saber quién ganó la batalla. Y no me vale lo que pongan los libros de historia.

77. Fortunato (un hombre con suerte) Virtudes Torres

 

Fortunato Buendía Alegre, nació feo y patizambo. Creció con los dientes rotos por una coz de Mistela, la mula.

Era cerrado de mollera y en el colegio aprendió poco…, muy poco… ¡Nada!

Cuando pasaba alguna desgracia, siempre andaba cerca, eso le dio fama de gafe. Tenía pocos amigos y amigas ni una.

Intentó suicidarse. Probó con pastillas, antes, leyó el prospecto y pensó que tenían demasiadas contraindicaciones. Se preparó un  coctel con amoníaco pero el olor no le permitió tomar un trago.

Se tiró desde una ventana, justo en el momento que aparcaba un tractor cargado de alpacas de paja. Tomó la escopeta de dos cañones de su padre, la cargó y apretó el gatillo. La cabeza de jabalí trofeo de caza de su progenitor cayó al suelo rompiéndosele un colmillo.

El padre lo mandó al campo con las ovejas. Allí observó el vuelo de los pájaros, estudió las formas de las nubes, conoció cuándo el viento traía lluvia.

Aprendió a predecir el tiempo con las “cabañuelas” y la gente empezó a pedirle consejos sobre cuándo sembrar, o recoger la cosecha.

En el campo, entre los animales, en plena naturaleza, Fortunato Buendía Alegre logró ser feliz.

76. CONTIENDA DE SENTIMIENTOS

Oigo el rugido de la contienda de mis sentimientos que luchan sin tregua para ganar la batalla.

El olor a pólvora que despide tu corazón me quema y me abruma.

Nunca dejas de combatir con tu silencio porque si lo hicieras con tus palabras no existiría esta guerra que desde hace tanto tiempo nos impide seguir adelante y buscar nuevos caminos.

Tus armas son como cuchillos afilados que rasgan mis sentimientos y no responden a los cañonazos de amor y ternura que te lanzo desde hace tanto tiempo.

Quizás   deba luchar en otro frente,  donde el sol se ponga todos los días, y que al mirar al cielo no vea permanentemente nubarrones  sino halos de luz dorada, ojala mi coraza te derrumbe y desaparezcas para perderte en algún otro lugar del mundo.

Amar es mi manera de vivir y así seguiré haciéndolo por muchas batallas que tenga que librar.

75. Historias paralelas

Napoleón orientó los tres cañones con precisión matemática hacia el cuadro de infantería y disparó. La primera bala separó la pierna derecha de George que iba a casarse el próximo verano, la mano derecha de Henry, padre y deshollinador de su Graciosa Majestad, antes de estallar con toda su metralla y cegar a John, escritor novel, Trevor, rastreador en Winchester y Howard, jardinero. La segunda bala botó en la tierra y como una pelota pasó por las cabezas de cuatro hombres, estibadores de Portsmouth, a los que decapitó antes de perderse en la nada. La tercera bala pasó entre los huecos de los infantes para estrellarse contra un coracero de la Royal Guard, excelente cuidador de caballos de Wellington, que se movía con su unidad. La infantería prosiguió sin demora y en cierto orden su camino hacia el objetivo. No querían mirar atrás. Robert, Morgan y Sinclair miraban a su sargento, esperando compartir con él y todos sus compañeros un buen rancho al anochecer tras la victoria. Ya tendrían tiempo de recordar a los caídos. Napoleón volvió a dirigir sus bocas de fuego hacia el cuadro, dispuesto a hacer más historias como Wellington con André, René, Jacques o Francoise….

74. SIN MUNICIÓN (Jes Lavado)

Tras años de asedio, no queda nada que arrojar al enemigo a las puertas. Se acabó el aceite hirviendo, las ballestas languidecen y los cañones bostezan oxidados. Ya no se ven gatos ni perros por las calles y la población deambula famélica. El Estado Mayor ha enviado los planos para fabricar un arma nueva. Nuestra última esperanza, al parecer. Yo soy el encargado de construir esa artillería definitiva, altamente confidencial. Tan secreta que ni siquiera parece un arma. He debido acolchar el interior del tubo de plomo y perfumar la pólvora con talco; colocar globos en la boca del cañón y glasear el enorme artefacto con azúcar y galleta molida, seguramente por razones de camuflaje. Pronto llegará la munición especial. Me pregunto qué clase de balas me traerán, pues apenas queda metal que fundir. Pero dicen que no me preocupe, que han descubierto una fuente inagotable. Ya casi está. Remato los últimos detalles mientras silbo una animada marcha militar, in crescendo, para concentrarme y acallar así los molestos gimoteos, esos llantos infantiles que, desde hace un rato, llegan desde el almacén de proyectiles, amortiguados por gritos desesperados de mujeres, que (desconozco el motivo) entran como cuchillos por la ventana.

73. ASÍ DE SENCILLO

Aquellas palabras tan claras y diáfanas “ no te quiero”, salidas del cañón de su boca como proyectiles inyectados en rencor , la despertaron a la realidad, ya no hacía falta fingir más.

Se le había acabado la munición al cerrar por completo todo posible acceso al diálogo, sus labios se sellaron pero no con un beso, sino con un adiós .

72. IMPOSIBLE MORIR DOS VECES (Concha García Ros)

Esta vez sí. Ni el arsénico con su desagradable sabor ni esa soga tan áspera, tampoco aquella cuchilla oxidada. El cañón apuntando fuerte a mi sien y la cuenta atrás. Tres, dos, uno, ¡ya!

¿Ya? Qué decepción. Aquí sigo vagando aburrido por toda la eternidad y, para colmo, no lo notas.

71. Tiempo atrás

Cerca de la verja de entrada a la finca quedó un cañón, mohoso e invadido por el verdín, sitio favorito de descanso de las gaviotas en sus rutas hacia el Norte.
Dentro de los almacenes otros noventa y nueve cañones, idénticos al de afuera, de tubo largo y patas cortas, quedaron como excedente de la última guerra que mucho tiempo atrás se libró en el Mundo.

A veces pasa algún caminante por los senderos que bordean la finca, donde aún se mantiene en pie la fábrica de armas, ruinosa y desvencijada, con las ventanas melladas, la pintura desconchada, como un fantasma de un pasado tenebroso. Aceleran el paso cuando creen escuchar el eco de los motores de la fábrica en movimiento.
Los niños del lugar que sólo han conocido la paz, intrigados, preguntan a sus mayores por el significado del cañón. A todos les encantaría salirse del sendero para descubrir lo que hay dentro del viejo edificio.
Los adultos se estremecen, rememorando terribles imágenes e historias de muerte, odio y destrucción vividas por sus antepasados.

Mientras, la curiosidad y la inocencia de los niños siguen intentando adivinar qué fantásticos tesoros se ocultan ahí dentro.

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