¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Al caerse mis dientes de leche los nuevos que se formaron fueron todo muelas. Ni incisivos ni caninos ni premolares. Se configuró una dentadura descomunal de treinta y dos anchas coronas que molían y machacaban cualquier cosa. A la hora de comer me llamaban “la apisonadora” porque ni cortaba ni desgarraba, solo trituraba alimentos. Era un monstruo con sonrisa de caballo, la atracción de feria de todos y el motivo por el que llenaban su boca de improperios para provocar mi llanto. Arrinconado en una esquina e incapaz de contenerme, conseguían hacerme llorar desconsoladamente, y descubrían fascinados el verdadero espectáculo que suponía presenciar como brotaban lágrimas de gelatina de mi único ojo.
Por fin parpadeas, Sabeliña. ¿Esto es una lágrima? No, no llores, tontina, pero sobre todo no trates de hablar: con tanto tubo que te metieron por la boca y la nariz podrías lastimarte. Y deja de dar manotazos al aire, ¿qué andas buscando, el timbre de la enfermera? Lo enrollé en el gotero; hasta dentro de una hora no pasará el doctor. ¿Sabes que estás muy guapa con la cabeza vendada? Solo recordarte hace un mes, tendida en la cocina con los sesos desparramados por el suelo… ¡Qué sustos me das, malvada! Con lo dura de mollera que eres, me pasmó la facilidad con que reventó el cráneo al estrellarse contra las baldosas. Nunca quisiste entender que una mujer decente no puede ir por ahí insinuándose; claro, así luego el panadero te metía un bollito de regalo en la bolsa cada vez que ibas a comprar el pan, ¿o te crees que no me daba cuenta? Es eso, piensas que soy tonto, ¿verdad? Pues entérate: en el cuartelillo los guardias se tragaron mi patraña del ladrón. ¿Qué intentas ahora, infeliz? ¿Gritar? Mira, ayer estuve afilando el cuchillo jamonero; corta bien, ¿eh? Mala pécora, ya tuviste que estropearlo todo otra vez.
Ni en la peor de sus pesadillas habría podido soñar con una criatura así. Una serie de placas translúcidas le recubrían a la perfección el cuerpo cerúleo y mórbido, encorvado hasta límites imposibles a causa del volumen de la cabeza, que ocupaba un buen tercio de su altura. Soldada al tórax y directamente encajada sobre el abdomen, destacaban en ella dos pares de antenas, uno a modo de largos flagelos y el otro como embocadura hacia unos dientes diminutos; y dos ojos desproporcionados y oscuros, sin vida, que casi se salían de sus órbitas y colgaban de sendos hilachos. Completaban el horror dos filas de patas innúmeras, cuyas coyunturas les permitían retorcerse sobre sí mismas en círculos dantescos. Cuando constató entre náuseas que el monstruo venía acompañado de un auténtico enjambre de seres idénticos, estuvo a punto de gritar. Justo en ese momento, su padre acudió en su ayuda: “Niño, no las mires tanto y prueba las gambas. Verás qué ricas.”
Arrebujados, las sábanas de seda nos envolvían, como un capullo a las crisálidas, mientras copulábamos sin descanso.
Como si no hubiera un mañana, nuestras estructuras exoesqueléticas se acoplaban produciendo un ruido armónico y una secreción filante salía de mi tubo excretor.
Mi cuerpo, cada vez más marchito, se acoplaba al suyo, intentando con mis cada vez más exangües intumescencias de los cuerpos cavernosos y esponjosos, mantenerla cerca de mí. La noche pasaba rápida y yo notaba que ella estaba cada vez más rígida, su oviscapto más cerrado y sus órganos estridulatorios comenzaban a vibrar una queja continua y amarga.
Su cutícula, suave hacía un rato, se escamaba y la queratinización provocada, erosionaba la mía, produciéndome una histólisis con descomposición corporal, que pasó de imago a pupa.
Mientras mi ciclo circadiano estaba tocando a su fin y me estaba convirtiendo en un monstruo, empezó ella a agitarse y yo, que me agarraba como podía, tenía miedo de perderla, se contorsionaba, hasta que un crujido bestial me dejó aturdido y se produjo la exuvia, me empujó hacia el suelo, se liberó de los restos, se sentó en el borde y extendió sus alas y sin mirar atrás salió de la habitación.
Toñín estaba rodeado de mármol y crucifijos pero él solo alcanzaba a ver gente muerta, fotografías enmarcadas que le miraban desde otro mundo, estatuas de imperturbables angelotes a los que creía sorprender con movimientos inesperados de sus dedos fríos, de sus pupilas blancas y lisas. Su padre le apretaba fuerte la mano (le estaba haciendo daño) mientras el féretro de su madre trompicaba en las esquinas de ladrillo como si se resistiera a entrar.
Otra vez hacia la aterradora oscuridad, pensaba el niño. Indefensos de nuevo los dos. Temblaba al imaginarse el resto de sus noches sin el socorro de ella cada madrugada, sin el abrazo agotado con el que madre e hijo se rendían al sueño. Temía la amenaza de las cortinas, pariendo volúmenes bestiales que insuflaba la brisa; o el crujido de vigas y tarima en las noches de viento, con un traquetar de molares en el propósito de triturar su cama; los maullidos desafiantes de los gatos o el quejido roto al otro lado de la pared, insisitiendo hasta llevarles al llanto, de un hilo de voz desalmada que les estremecía con palabras soeces y frases que les deseaban la muerte.
Entre sus quehaceres diarios se hallaba cuidar del cañón:
-«Luis, encárgate de que esté bien brillante para la función.»
Luis adoraba el vuelo del hombre bala. Andrés era su ídolo. Aunque era un poco jactancioso. “Has visto como vuelo?” decía a los demás con una sonrisa de superioridad. Pero tenía sobrados motivos para ello, era tan bella la parábola que dibujaba en el aire… Cuando preparaba el cañón para la función de la noche soñaba con que Andrés le enseñara cómo hacerlo, y así poder volar él un día.
Últimamente ha notado un cambio en como Andrés habla con Leonor, la preciosa malabarista: la adula, le regala flores, le hace la corte. En cambio Luis se tiene que conformar con enviarle miradas de amor desde la distancia, pues todavía no ha conseguido que se fije en él. Ayer, desde el otro lado de la lona, oyó casualmente como Leonor decía a Andrés:
-“Mañana después de la función, te espero en mi caravana.”
Eso fue superior a sus fuerzas. Hoy ha estado limpiando el cañón para que brille, y también de paso ha modificado unos grados su ángulo de lanzamiento.
Derribamos todas las paredes cuando, en realidad, solo queríamos acabar con las moscas.
El niño oye como el cañón truena una vez más. Alrededor, moscas, hedor, ruinas.
Él ajeno y tenaz, con palos y cascotes, construye su castillo: las diminutas torres, las almenas, la muralla, el puente.
Un estruendo mayor que otros. La vibración del suelo. El castillo se derrumba y el niño con el castillo.
Y entonces a través del llanto lo percibe: ante él, moscas, hedor, ruinas.
Juan el herrero, desbordado de trabajo, aseguró a su hijo y ayudante que me faltaban algunos martillazos para la entrega. A este le parecí rematado de más. “Envuelto entre paja, aseguró, se disimularan las abolladuras”. El primer oficial del taller, hombre perfeccionista donde los haya, ofreció ocuparse de mí. “Estando en mi sano juicio, apostilló, nunca ahorraría horas en este encargo”.
En esas se presentó la mujer del segundo oficial. Tras muchas explicaciones, gritando con voz de contestador, aseguró que su marido no vendría a trabajar, «le sentaron mal las gachas del almuerzo. Mira que le gusta sacar brillo a este cañón, me señalo, pero con el cuerpo así no puede. Sé que el mismísimo Napoleón lo necesita hoy para Waterloo, decid que de momento se arregle con el que tiene».
Prisas tenía yo por unirme a mi general en el campo de batalla. Pero después de escucharlos, deprimido, aboyado, y lanzado contra el suelo por la misma ráfaga de viento que azota las ascuas de la fragua hacia los ojos de estos trabajadores, cavilo cómo terminar felizmente esta jornada.
Ya lo veo. Fingiré estar destrozado, y a vivir. Bombardeara sin mí. En ocasiones, mejor no salir de casa.
Esta noche se lo pediré, le diré… que me ha llegado el momento.
Las sensuales luces en el rincón más íntimo de la habitación, rivalizaban con el champan helado. En una halagüeña caja corazón y haciendo juego con mi vestido, sus bombones favoritos. Mi sujetador y unas sugestivas braguitas, aguardaban, embriagados, con el último perfume que él me regaló. Mientras Albinoni cortejaba nuestras bocas, una celosa luna luchaba por interponerse entre los dos. Aprovechando que la pasión se ponía de mi parte, le susurré mimosa…
“Necesito sentir algo de los dos y acurrucarlo entre mis brazos”
Repentinamente… unas cegadoras luces cañonearon mis corneas. Un desafinado adagio retumbó en mis oídos. Un vulgar espumoso y un sucedáneo de chocolate caducaban… cuando su voz, como un jarro de agua fría, me espetó insolente;
“Vale, ¡cuándo empezamos a ahorrar!”
En un pueblo situado a orillas del Ganges, la pequeña Nira recorría el camino desde su casa hasta el río para asearse y lavar la ropa que su madre le entregaba.
Varios días un joven observó el mimo y alegría con el que la pequeña realizaba una labor tan tediosa.
Él era artillero, tenía a su cargo un cañón y se sentía orgulloso, sin embargo nada parecido a lo que veía en la niña.
Se acercó y le dijo un «hola pequeña» que hizo que Nira dejara su labor a la orilla y le prestara atención, con ojos llenos de curiosidad.
– ¿Por qué cantas y ríes si tu labor diaria es cansada?
– Yo soy como ese pajarillo de la rama, todos los días alimenta a sus polluelos y, cuando no tiene ocupado el pico, canta.
Ya anciano, su vida transcurría en una silla junto a la ventana, observando mudar la naturaleza al ritmo marcado por el sol. Era una paz quieta que no pedía nada, que se servía de la sabiduría y confianza de lo que siempre es, de la vida.
Feliz, por fin, comprendió las palabras sencillas que aquella pequeña le había regalado, a orillas del Ganges.
El señor del castillo gusta de cacerías, comilonas, juergas y otros vicios que le conducen a cielos tan salpicados de fuegos que parecen infiernos. En sus años de tierno infante gustaba de corretear por los jardines buscando lagartijas a las que cortar la cola, espinas a las que despojar de sus rosas y niñas de rubios tirabuzones a las que perseguir.
El tiempo pasa y nuestro excelso personaje se halla sumido en el peor de los males: el aburrimiento.
Las orgías ya no le satisfacen como antes, sus amantes han perdido destreza y la comida ya no cae bien en su estragado estómago. Ha dado dos palmadas y su bufón ha acudido presto. Le pide que le hable del juego nuevo que han traído los extranjeros.
Después hace llamar a sus cocineros, a las pérfidas incapaces de procurarle ningún goce y al joven escudero de ojos color miel y piel de seda, tan inútil como ellas; toma el arma, coloca una sola bala en el tambor haciéndolo girar y les ordena que lo coloquen sobre sus frentes por turnos y vayan disparando, el cañonazo no tarda en escucharse, haciéndole sentir por fin, la excitante sacudida de la adrenalina.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









