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Las moscas vuelan desde la boca de la madre. Una mujer se desnuda de espaldas al hombre de camisa con gemelos de oro. Cae otra bomba en los escombros, las ratas salen chillando de las cuevas, dos se muerden mientras un niño en harapos se duele el terror con un murmullo sin lloros. El barco navega cargado con contenedores de fusiles. Las cotizaciones se estancan, la ciudad resiste, el petróleo baja, el broker lee la llamada y teclea las órdenes de venta. Se acaricia los grandes pechos que disimulan en su exuberancia las cicatrices de la cirugía, folla con sapiencia, luego se viste de encajes y junto al cliente toma el taxi que les lleva al centro, amanece en Levante cuando acaban la cena. El polvo de las paredes machacadas forma nubes en la brisa de la mañana, la Muerte descansa, guarda silencio, en aquél sótano sólo se escucha el rumor de las larvas nuevas, el niño no respira, yace con la cara pegada a la de su madre. En el puerto, el capitán da la orden de atraque.
Cuando se despierta, adora contemplar a Roberto durmiendo en la cama. Pero hoy no ha sido así. Su traje no colgaba del perchero. Quizá madrugara. Canturrea hacia la ducha. Tampoco está su albornoz. Se sorprende. El agua brota fría. Suena el móvil. Coge una toalla y avanza descalza. Cuelgan. Número oculto. Bufa. Decide telefonearle. Busca en la agenda. No hay “robertos”. Maldice; no recuerda el número.
En el clóset, una caja de pastillas intacta. Sonríe. Extraña el gel de afeitado, su loción, la gomina. Tiembla. Acude al dormitorio. Abre el guardarropa. Faltan camisas, el abrigo, pantalones… una maleta. Corre al salón. No encuentra los discos de vinilo. Anda y desanda el pasillo aturdida. Decide no ir a trabajar. Ovillada sobre las baldosas enciende un pitillo. Lo había dejado. Su lengua lametea los rosados queloides de sus muñecas. Le alivia. Repara en el álbum de fotos del verano: ella paseando. Ella tomando un helado. Ella riendo… Ella sola. La angustia se hace densa en su cuello. Marca el teléfono de su madre. Le dice que Roberto se ha ido y que alguien lo ha borrado de todas sus fotografías.
Al otro lado, una mujer cubre su boca y llora. Han regresado.
Me llamo Aníbal. Ángel es mi hermano siamés, dos cabezas, dos cerebros, pero un mismo cuerpo y una vida; la suya. Ángel es de rostro bello, refinado e inteligente, yo tengo el rostro desfigurado, monstruosamente desfigurado, de lejos parecemos un gallardo bucanero con un loro al hombro.
Abandoné los estudios, pero no me libré de acudir a clases, ya que mi hermano acabó sacándose el título de Bellas Artes. Recientemente, se ha casado con una preciosa rubia. La convivencia es complicada, sobre todo cuando hacen el amor; para mí es solo sexo.
Por la mañana, al mirarnos al espejo, la parte de mi hermano refleja determinación y seguridad, mi parte la he pintado de negro, como mi existencia. Solo la imaginación me convierte en protagonista de otras vidas deseadas.
Desde hace unos días, Ángel vierte una pequeña cantidad de veneno en mi comida cuando me cree distraído. No me importa, pronto dejaré de ver esa sonrisa exultante e insultante, anhelo que mi alma se separe y volar por fin libre.
Supongo que la única preocupación de mi hermano es cómo le extirparán al monstruo una vez fiambre, aunque se le ha escapado un pequeño detalle: compartimos estómago.
Germán ya lleva un tiempo viviendo en esta ciudad y no se acostumbra; encuentra los habitantes del lugar un tanto peculiares.
Su tortura comienza pronto por la mañana cuando sale para ir al colegio; al bajar las escaleras se tropieza con la vecina del cuarto, un horror de mujer. Luego en el autobús escolar se sienta en el fondo, se pone los cascos del iPod y cierra los ojos para no ver a los viajeros.
En la clase es un suplicio; todos los alumnos le miran raro. La profesora de ciencias intenta ser simpática y a veces se acerca a él, lo cual le aterroriza pues despide un olor tan desagradable que le repugna.
Por fin se acaban las clases y regresa a su casa, su refugio.
Cuando llega en el portal, otro obstáculo, la portera; no puede haber ser más feo. Ella sin darse cuenta de la repulsión que provoca le tiende un sobre:
—El cartero ha dejado esta carta para vosotros, pone Familia Monster.
Mucho me temo que vienen a rescatarme. Oigo, cada vez más intenso, el rumor de los cascos de sus cabalgaduras, el sol se refleja en las cimeras de los yelmos y, sobre la polvareda cenicienta, se agitan los pendones blanquiazules. No lo conseguirán. Aunque sus lanzas atraviesen mis escamas, aunque cieguen con piedras la boca de mi gruta, aunque me aten y exhiban como a un monstruo de feria: podrán arrebatarme a mi princesa, mas yo seré por siempre prisionero de sus tímidos ojos de avellana.
Rafa se movía de un lado a otro de la cama con la frente repleta de sudor. Eran las cuatro de la madrugada,cuando entre pesadillas se le escapó un grito de auxilio.Su madre acudió preocupada y quiso saber qué le ocurría. Carraspeando, le contó que tenía miedo de los monstruos que dormían bajo su cama y le visitaban en sueños. Su madre lo tranquilizó diciéndole que los verdaderos monstruos visten con traje y corbata y no se llevan a los niños sino a sus ilusiones y, por supuesto, no viven debajo de la cama sino en los bancos. El chico se mostró aun más atemorizado pero su madre le dijo que esos hombres eran solo marionetas del verdadero monstruo, el dinero.
Perros monstruosos corren por las laderas que quedan a ambos lados de la casa de Marta. Mira por la ventana cómo se acercan. Empieza entonces a recoger sus fotografías y escritos. Sus padres están guardando las joyas y el dinero. Entonces encuentra un viejo relato sobre un asesino que entierra a sus víctimas en huecos de las aceras. Él trabaja reparando líneas subterráneas de teléfono y con el uniforme y la excusa de la noche hace los cortes en los adoquines y las hendiduras en el cemento. Luego saca los cuerpos de su furgoneta y vuelve a verter nuevo cemento y a colocar adoquines recién comprados y no deja rastro. Al final del relato él acaba muriendo asfixiado en uno de sus propios agujeros junto al cadáver de la mujer más hermosa que ha conocido. Marta sonríe y sigue buscando relatos mientras los perros devoran ya su comida.
En la instantánea, el monstruo cubre su cara con un pasamontañas. No esconde su deformidad, sino los rasgos armónicos de su belleza. Sin embargo, si te acercas lo suficiente, podrás distinguir la fiera agazapada detrás de sus ojos negros.
Está de pie, con las piernas abiertas y una daga en su mano derecha, desafiante. El escenario es desértico y amarillo bajo un sol que carga sobre las espaldas.
Delante de él, un hombre arrodillado mira hacia la cámara con las pupilas dilatadas.
Había una vez una tetera silbando notas agudas de ebullición. Incipientes bucles de vapor dibujaron los primeros trazos de recuerdos con olor a jazmín. La ventana abierta parecía una veleta cuando el viento la golpeaba. El vaho formaba una niebla espesa que escalaba, como raíces, los tejados y las paredes. Los trastes de la cocina aspiraban los vapores mientras bebían de un sorbo la nostalgia. Un hombre estaba sentado frente a una taza, mientras elaboraba bocetos con trazos de soledad. Imaginó un pincel y empezó a iluminar la superficie de las paredes. Dibujó a una mujer con trenzas largas y negras. Pinto un balcón para mirar la noche eterna incendiada con farolas, con su perfecta mezcla de luces y oscuridades. No podían faltar un mago, un sombrero y un conejo llevando una sortija. En un platón estaban las galletas hechas con el susurro de las confidencias. Entonces la mujer, imaginaria, enrojeció con la propuesta. El hombre jugaba con la mirada. No se atrevía a verla. Contenía la respiración dentro de las paredes de sus sueños. Ella tomó sus manos sudorosas y se desvaneció en el viento helado. Al verse al espejo su monstruoso aspecto lo regresó de vuelta a la realidad.
Sara despertó de un sueño, tras muchos años de soñarlo.
Su piel se tornaba blanquecina y blanda. Una capa de suntuosa grasa aumentaba el centro de su cuerpo, proporcionándole un colchón alrededor de sus desgastados órganos. Y a medida que esta aumentaba iba perdiendo células, minerales y agua.
Comenzaba a disipar centímetros de vertical que se mudaban a la horizontalidad de su cuerpo.
Su desequilibrio le daba muestras de la inestabilidad de su vida y en cada caída se levantaba y seguía en su somnolencia.
Su espalda encorvada era un problema. Iba de la cabeza a los pies buscando acomodo en la soledad presente en la que se encontraba.
Se desperezó, meditó unos minutos para serenarse y se levantó.
Sacudió las sábanas que adornaban los espejos y volvió a la realidad de su cuerpo. Quizás la escarcha de la edad la estaba convirtiendo en un monstruo, pero como heroína del ciclo de la vida, se enfrentaba cada día a esos sueños y los vencía tras su reflejo.
Se preparó un desayuno bajo en grasa y prendió, tras un suspiro, un cigarrillo de tregua con el tiempo.
Sabía que alguna vez me tenía que pasar y parece que ha llegado esa vez, llevo días intentando escribir pero la inspiración no me acaba de llegar en forma de originales ideas para poder relatar en esta monstruosa propuesta.
La imaginación me trae vampiros, ¿pero para que escribir sobre ellos? sí ya está él, grande donde los haya, el terrorífico «Drácula». Cambio de idea y pienso en hombres lobos e irremediablemente a la cabeza me vienen ellos, los personajes de la incombustible saga «Crépusculo». Decido escribir sobre lo monstruoso que a veces puede llegar a ser el poder, y sin querer se me presenta la figura de «Lady Macbeth».
Tiburones, ogros, fantasmas, seres de otros mundos y un sin fin de monstruos ya novelados me aconsejan que por esta ocasión guarde mi pluma y mis folios en blanco para esperar a que la inspiración me llegue en bicicleta.
A aquel fraile, natural del noble pueblo de Logrosán, se le helaron las rogativas al tiempo que un tremendo reflejo cremastérico le puso al borde de una criptorquidia.
Un inmenso plenilunio en nadir, proyectaba unas grotescas sombras bamboleantes que surgían del mar. Crujidos, como de bisagras herrumbrosas, acompañaban a aquella fantasmagórica “santa campaña”. Al freire se le antojaban criaturas infernales, como púlpitos andantes blandiendo látigos a diestra y siniestra.
No sin tropiezos, más fruto de pánico que de impericia, se llegó a alertar a sus compañeros, conminándoles a protegerse de aquellos diablos. Paralizados, se apelotonaron en el fondo de la oquedad que los aselaba.
El capitán obligado por la pérdida de una de las naves los había dejado allí, en aquella soledad pelada por vientos y tormentas de la inhóspita costa de la Patagonia, con la promesa de regresar cuanto antes a por ellos.
Al cabo de dos meses la nave de rescate solo encontró los famélicos cadáveres de sus compañeros, acurrucados en el fondo de aquel refugio.
De mañana, el guetaiarra padre Arguiñano, ofreció a sus compañeros un desayuno muy marinero. Las sabrosas y rojizas “perlas” estaban cocinadas en el cabezón de un changurro de medio metro de diámetro.
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