Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

55. REFLEJO

 

 

Absorta en mis pensamientos, caminando por esta senda que tantas veces había recorrido desde mi viudedad, un día, después de varios meses compadeciéndome, decidí dar un giro a mi vida a través de paseos,  salían gratis y me reconfortaban, por lo que se fueron alargando en el tiempo y se convirtió en esta rutina. De eso hace ya cinco años.

Ayer, la  tarde era gris, pero yo llevaba mi pequeño chubasquero y no  temía nada, así que con paso firme salí, a la media hora empezó una pequeña lluvia, aceleré el paso, buscando  refugio  y al levantar la vista hacia los huecos de la montaña, donde se suponía que nada más que habría lagartijas,  vi  esa extraña figura, miré a mi alrededor y vi que estaba completamente sola, perdida entre agua, relámpagos y truenos. La figura era monstruosa, negra, con ojos saltones, pezuñas en vez de manos, llena de pelos largos y enmarañados, venía hacía mí, según avanzaba la veía crecer, mis nerviosismo aumentó, no andaba, parecía volar y allí estaba frente a mí. Me desmallé.

Al despertar, vi que estaba en la puerta de la cueva, hacia sol y estaba feliz. No había rastro de esa extraña figura.

54. Noticiario

El recorrido de la cámara bajó sobre las pequeñas mesas y se centró en el detalle de unos dibujos: unos seres peludos, cabezones, con muchos ojos o con muchos dientes. Era un aula de educación infantil. Tenían mucho colorido, sobre todo se veía rojo, y también azul y negro. Un poco más allá enfocó unas gotas rojas y unas batas manchadas, y el zoom dejó ver que también estaban rasgadas y rotas. No le permitieron grabar más, era demasiado impactante. Acabó la secuencia con un fundido sobre la pizarra donde con demasiado acierto estaba escrito el tema del día: «Monstruos».

53. METÁFORA DE UN DEMONIO

No pude precisar por dónde entró la criatura que me atacó, mientras dormitaba en un sofá del salón, pero sus garras frías, aprisionando mi cuello, me alertaron del peligro. Instintivamente me levanté dando brincos; tirando puños y patadas, como un karateca.  Quien me amenazaba era un monstruo invisible, pero podía percibir su intención de engullirme. Nos enfrascamos en una lucha feroz hasta que, con gran esfuerzo y mostrando habilidades de contorsionista, pude deshacerme de su horrible contacto: ¡vencí a la bestia!

Intentando identificar al horrendo ente, miré alrededor y sólo pude ver, en el piso, a una lagartija, único testigo del duro combate: se veía tan asustada como yo y corrió a esconderse entre los hijuelos, fuera del tiesto, de una Mala madre. Aún con el corazón pugnando por salirse de mi pecho, me arrellané en el asiento y prendí el televisor, justo en el instante que Godzilla destruía una ciudad del Japón.

52. CACHIMBA

Los pequeños monstruos llegaron de madrugada. Caminaban con los ojos cerrados, a regañadientes, asidos a mis manos. Arrastraban los pies y el polvo del sendero que cruzaba los parterres del jardín se entrometía entre sus dedos descalzos. Habían dejado de lloriquear momentos antes y, por primera vez, los vimos sonreir. Cachimba ladró extrañamente al descubrirlos y en las pupilas de los hermanos un destello brilló fugaz en la noche sin luna.

Los acostamos sin que quisieran cenar ni tomar nada caliente. En la litera, el chico arriba. Al darles los besos de buenas noches percibí el frío de sus pieles y la rigidez de sus rostros. No me extrañé. En Rusia no habían tenido el cariño de nadie.

Las noticias de la mañana alertan de las muertes inexplicables de una pareja de arquitectos jóvenes que acababan de llegar de un largo viaje. Dos años en Rusia para poder salir finalmente del país con sus nuevos hijos adoptivos. Ya se sabe: la burocracia del este.

Los hermanos, en el sofà de la institución que se ha hecho cargo de ellos, ante el televiso,, rien y se abrazan como si estuvieran viendo dibujos animados.

Cachimba yace, exánime, en el parterre grande.

51. El Actor

— ¿Y dice que es actor, con ese físico?

— Verá usted. Al principio resultaba abominable a los ojos del gentío. Con esta cabeza cuadrada, los tornillos del cuello, las costuras y estos andares, que tampoco ayudan. Cierto que mi físico es diferente y que mis hechuras dificultan el movimiento de este cuerpo, pero amigo mío, no todo iban a ser desventajas. Estando un día de cara a la pared en unos baños públicos, un caballero me observó con descaro. Le dije que dejase de mirar mi pajarito.

— Pues parece una anaconda —respondió—. Era director de películas eróticas gays y me propuso una prueba. Imagínese qué diría mi madre, si la tuviese, pero como no la tengo acepté. Y aquí estoy.

— Si usted lo dice…

— ¿No me cree? ¿Quiere verlo?

— ¡No por Dios! Acabo de cenar

— Pues si quiere le gimo, que eso también es importante para este género.

— ¡Ande, ande!

50. Maniquíes

Mi afición a la taxidermia llegó por contagio en una casa que parecía el arca de Noé. Recuerdo especialmente la felicidad de madre cuando nos traían ardillas.

––¡Cuidado con los perdigones! ––nos decía mientras comíamos el arroz. Bueno… para qué contaros cuando entraban cárabos, milanos, zorros o abubillas.

Y allí, en la penumbra del taller, rodeado de cuchillos, alambres, bórax, ojos desparramados por la mesa y cabezas de animales atravesando la pared, me transmitió padre su pasión. Tendríais que haber visto su elegancia con el bisturí, su deleite curtiendo las pieles, la precisión para oprimir el pecho de las lechuzas vivas y pararles el corazón sin estropear las plumas. Luego modelaba sus nuevos cuerpos con viruta y bramante; los cosía y pintaba hasta darles una expresión mística, mientras ellas retorcían su espíritu sobre las cepas de parra. Una expresión que nunca pudo conseguir con el mármol o los lienzos, en sus años de juventud y de bohemia; y es que padre siempre fue un artista.

Desde hace tiempo, llevo el taller en solitario y me consta que, tanto padre como madre, estarán orgullosos de mí. Lo sé. Lo noto en sus ojos de vidrio que me observan desde la vitrina.

49. Taxidermia

Federico era taxidermista. Y un soñador. Fabricaba con su arte lo que la naturaleza nunca consiguió darle a su imaginación desenfrenada. Cuando cumplía con sus acostumbrados encargos de disecar zorros con palomas en la boca o cabezas de ciervo, se refugiaba en su trastienda  y daba rienda suelta a su creatividad. Entonces, tapizaba con suaves plumas cuerpecillos de lagarto, unía alas de águila a troncos de sedosas liebres, adornaba con colas de pez la cabeza de osos hormigueros o empedraba la piel de faisanes desplumados con ojos de rana.  Consiguió reunir un museo privado de monstruos veraces y creíbles que hubieran engañado a cualquiera. Un día, revisando sus trampas en el bosque, observó dentro de una de las jaulas a una extraña criatura moribunda. Era una ninfa acuática de extremidades palmeadas. Decepcionado por tan fea combinación estética, carente de gracia y armonía, la remató con su bastón y la tiró al río. Luego bajó silbando la colina mientras pensaba ensimismado en lo mucho que le gustaban las manos de su prima Rosa y el agraciado rostro de su vecina Esther.

48. DIARIO DE FRITZL (Rafa Olivares)

26 de abril de 2015

Siete. Los años que hoy se cumplen desde que todo acabó. Y el número de hijos que tuvimos. Y de nietos que me diste, claro. Pero sé que aún me recuerdas. Como yo a ti. Sabes que nunca conocerás un amor como el que yo te entregué, un amor que pocos mortales son capaces de sentir y, ni siquiera, de imaginar. Tú lo sabes, como yo sé que, en lo más profundo de tu ser, debes estar anhelando, tanto como yo, otros veinticuatro años de felicidad en nuestro nido de pasión. Aquel zulo en Amstetten.

47. Cante oscuro

¡Maestro! ¡Bailarín! —gritaba desde la primera fila un grupo de mujeres enloquecidas. A veces, arrebatadas, osaban acercarse al artista y le prestaban su pañuelo para que se limpiara el sudor. Luego lo escondían y lo custodiaban con fervor, como si fuera una reliquia.
La niña Carmela, envuelta en su burbuja de silencio, contemplaba con resentimiento como su único dios danzaba frente a aquellas payas poseídas por su duende. Los tacones resonaban como martillos en el entarimado, y la cara se le tornaba solemne y dolorida. Después la guitarra enmudecía, y el cantaor, a palo seco, entonaba por martinete.  Al final de los lamentos, entraba Carmelilla, la Rota que, ceremoniosa y pausada, arrastraba por el suelo su estima y su preciosa bata de cola.
El ayudante de tramoya, un joven rubio y apocado, presenciaba cada tarde la otra función entre bambalinas: por aquellos luceros que mataban, él también mataría. ¡Apártate, niña Carmela!—gritó desde la cámara negra. Y una fragua andaluza se desplomó sobre las piernas de Antoñito de Medina. Cuando la niña, desgarrada, alzó la vista, vio unos ojos encendidos. Eran los ojos del monstruo, el mismo monstruo que veía cuando ella, carcomida de celos, se miraba al espejo.

46. VOCES (Amparo Martínez Alonso)

Mi hermano pequeño era un forofo de los monstruos. Siempre la misma cantinela: “El monstruo de mi habitación me contó que…”, “Cuando salimos al recreo, el monstruo del cole tropezó y…”, “Laurita dice que los monstruos son verdes, pero…”. No hablaba de otra cosa hasta que murió. Ahora, por las noches, cuando viene a mi habitación, me cuenta cosas de los vivos. ¡Ya está curado!

Mamá lo malcriaba riéndole las gracias, diciendo que tenía mucha imaginación. Papá le llamaba tocapelotas, mi pequeño tocapelotas, y le revolvía el pelo, y compartía travesuras subiéndolo a sus hombros y exclamando como un loco: “Eres el más alto de los monstruos, ¡el rey de todos los monstruos!”.

Ahora, mamá mueve la cabeza, reparte la sopa y espera a que se enfríe, luego se levanta y vacía su plato en el fregadero. Desde que murió mi hermano, mamá no come y papá no habla. Sé que buscan monstruos por los rincones, en los armarios o detrás de las cortinas, igual que hacía mi hermano.

Por eso, cada noche, cuando habla de los vivos, me pide que ayude a papá y a mamá. Que les salve de sus monstruos, como hice con él.

45. RENDIDA ADMIRACIÓN (BELÉN SÁENZ)

Éramos muchísimos, ¿sabes? Varias horas en la cola bajo el sol seco del Retiro. El bolígrafo con el capuchón puesto. Nadie en la caseta tras la pila de libros. Intentábamos no manchar nuestros ejemplares con el sudor de las manos y recitábamos versos que se nos habían tatuado en el corazón. Sonriendo con los ojos. Encendidos de emoción.

Entonces traen un taburete alto, de esos que hay en los bares, y en él se encarama un enano deforme. ¡Lo presentan como Roberto Cálamo! Pues no. Esas sienes tiñosas, innobles, nunca engendrarían letras tan elevadas. Sus dedos abotargados eran indignos de trazar aquellas rimas universales. Y qué repulsiva joroba. Nuestro idolatrado poeta no podía ser ese monstruo, ese engendro malparido.

Me alcé de puntillas para mirar a quienes me precedían; me volví para cruzar una mirada con los que estaban a mi espalda. Comprendí que éramos todos y éramos uno. El murmullo de decepción pronto se volvió un rugido de bestia, de fiera acorralada. Y qué más da quién lanzó el primer salivazo, quién dio la última patada. Le arrastramos hasta la estatua del ángel caído y allí arrojamos sus despojos. Ahora los periódicos dicen que somos nosotros los monstruos.

44. DALE RAMÓN (CARLES QUÍLEZ)

Ramón, el utillero del club de fútbol del colegio del pueblo, nunca conoció a su padre, pero heredó de él una mano con media docena de dedos. La joroba que deformaba su espalda, en cambio, fue fruto de la fatalidad.

Sus malformaciones habían empezado a roer su espíritu desde pequeño, pero nunca había permitido que los demás se percataran de ello, y, por eso, siempre andaba canturreando alguna antigua canción de los payasos de la tele.

El contacto con los niños del equipo le llenaba de gozo y era la mejor terapia para su aflicción; y si los chiquillos perdían un partido, intentaba consolarles haciéndoles aquellas muecas tan divertidas que hacían que se partieran de risa…

Cuando le sacaron una tarjeta roja a su jugador preferido, un destello iluminó los ojos de Ramón. Viendo que el chaval se encaraba al árbitro, salió del banquillo y lo sacó a rastras del terreno de juego, llevándoselo al vestuario.

– Bien hecho, “monstruo”– oyó que le decía el entrenador, mientras entraban en las duchas.

El sonido del agua amortiguó la canción y una mueca desconocida asomó en su rostro. Esta vez, sin embargo, no hubo risas. Sólo seis marcas alargadas en una piel sonrosada.

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