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La primera vez que me miré, vi un cuerpo cosido a trozos. Piernas torcidas, brazos apenas y un botón negro de único ojo, aunque nunca me importó porque me decía “mi bebé” cuando me acunaba. Mi niña estaba sucia como el sótano en el que vivíamos y era tan fea como yo, pero me hablaba mucho. Una noche conocí, en una nana apenas susurrada, cómo rompió la vieja sábana y fue sacando guata del colchón para rellenarme, cómo se arrancó el botón de su camisola para ponérmelo en la frente. Otro día muy triste, me explicó que nació distinta y que durante algún tiempo vivió con sus padres en la parte de arriba. Pero a veces, ni siquiera yo la consolaba y entonces se golpeaba contra la pared —bum, bum, bum—y lloraba gritando; su cabeza estaba siempre llena de chichones.
Ella me escondía al sentir el sonido de la llave girar, pero aquella tarde me asomé a mirar. “Bastante con un monstruo”, fue lo último que oí antes del crepitar de la tela.
Cuando despertó los monstruos seguían allí, ocupando ministerios, ayuntamientos, direcciones generales, parlamentos, senados, ducados y hasta reinados. Creyó que se habían ido. O mejor dicho, que con su empuje y el de muchos otros los habían echado, pero el mundo seguía como siempre: los Orcos seguían gobernándolo todo. Entonces comprendió que solo había sido un bello sueño en una calurosa noche de verano.
Fátima embaló con sumo cuidado la última de las piezas que partirían esa misma mañana rumbo al norte, a un lugar alejado de conflictos y miserias, donde las personas conviven como hormigas laboriosas, sin molestarse, siguiendo su rumbo, sin reparar en lo que hace la vecina, porque saben que todas trabajan por igual, todas deben cumplir su misión, de la misma manera que su aburrida existencia garantiza el futuro para toda la comunidad, independientemente de su raza, sexo, religión o color de antenas.
Observó con horror la destrucción del museo de Nínive, pero luego siguió durmiendo, porque le pillaba muy lejos; lamentó con angustia la masacre del museo del Bardo, en Túnez, pero esa noche nada le quitó el sueño; recibió con estupefacción la noticia de la toma de Palmira, aunque decidió que –cambiando de canal de televisión– caería antes en brazos de Morfeo.
Con lágrimas de rabia y desesperación, cerró las puertas del museo. El burka la ayudó a ocultar su desconsuelo y a recibir la nueva era sumida en un anonimato salvador.
Todas las viviendas deberían tener una morgue. Igual que disponen de cuarto de baño en el que asearse, cocina donde transformar los productos en alimentos, comedor para reunirse y dormitorios en los cuales descansar, tendrían que tener habilitada una estancia en la que depositar todas las desavenencias profesionales, familiares y personales, todos aquellos monstruos que nos amargan la vida. Al regresar del trabajo entrar directo en ella y dejar allí las voces del jefe, los insultos a los empleados, el cabreo con los políticos, el aliento alcohólico, las infidelidades. Al salir de casa arrinconar los sofocos con las facturas y las calificaciones de los hijos, los desamores, las mentiras, las declaraciones de la renta. Un aposento que nos haría la vida más feliz. Se lo propuse a mi familia, en plan experimental coloqué una urna en el vestíbulo y al entrar o salir tirábamos los problemas, los disgustos, las discusiones. Por la noche, cuando bajaba la basura, también la vaciaba. Entre los restos aparecían la botella, el mal humor, los gritos, mis puñetazos. Una noche fueron mi mujer y mis hijos los encargados de esta labor, me sorprendió verme dentro de la urna y que no la retornaran a casa.
Siempre me repito lo mismo ¡No tengo miedo! No lo tengo.
Pero son tan variados los monstruos que creamos para ponernos límites o para intimidarnos que ya desde la infancia nos atemorizan con ellos.
Pero vamos que yo ¡No tengo miedo! No lo tengo.
La madre prepara un guiso con la tensión que no requiere. Parapetada en la cocina, procura que sus lágrimas no caigan en la olla para no amargar la comida. Sabe que su marido llegará en breve y cada día lleva peor el ambiente asfixiante del que un día fue su dulce hogar.
El hijo, en primera línea del frente, desparramado sobre el sofá, sabe que su padre vendrá en breve y maneja un videojuego con más tensión de la necesaria, no canaliza bien los nervios para distinguir ficción y realidad. Su ímpetu adolescente se ahoga entre esas cuatro paredes, incapaz de asumir la «mala suerte» de haber nacido en una familia que no eligió.
El padre entra en casa en ese instante, malhumorado, hastiado, y agacha la cabeza ahora que no debe disimular cierta normalidad. Toma aire mientras recorre el pasillo, pasa por la cocina para comprobar que su mujer sigue allí y se dirige al comedor. Nada más asomarse, el que fuera su hijo deseado le espeta:
– ¡Bueno, viejo! ¿Me vas a dar la pasta para irme de fiesta, o qué?
El rey de los monstruos es un perfecto humano.
Antes de marcharse de cacería, su padre le previno: «No le abras la puerta a nadie». Quizás por eso su nuevo amigo se escurrió por la chimenea y se refugió en el oscuro hueco de la escalera. Los verdes ojos levantaron un luminoso resquicio, entre telarañas y cachivaches, y le hicieron saber al niño sus exigencias: dos parpadeos para sí; un parpadeo, no.
─Entonces… ¿quieres comida? ─le preguntó. (Dos parpadeos).
La alacena, llena de conservas y cecina, satisfizo el hambre de ambos. En el transcurso de la semana, el creciente apetito de su huésped se trocó en bramidos de dolor. Desesperado por una mejoría, el niño persistió en la nueva dieta: plato de caldo con gotas de sangre fresca al pie de las gradas. Ni siquiera estiraba la garra membranosa para atraer el alimento favorito de antaño. El brillo fosforescente casi se extinguía. Luego de un alarido más violento que los anteriores, los ojos refulgieron con mayor fuerza debajo de la escalera.
─ ¿Ya te sientes mejor de la barriguita? (Dos parpadeos).
─Ahora sí: ¿quieres salir a jugar conmigo?
En respuesta, una multitud de pequeños ojos se encendía y apagaba conforme avanzaba hacia el sonriente niño.
– Papá, por favor llévame a ver los monstruos. Gritaba desaforadamente. Te lo he pedido un millón de veces y aún te resistes.
Mi padre accedió a llevarme al zoológico inanimado de Mora de Rubielos. Estaban disecados casi todos los especímenes encontrados, tras el Tsunami, que asoló España en 2022.
Un millar de seres, consiguieron salvarse en Teruel, incluido mi padre.
Algunos monstruos, eran de cera, otros de pvc rígido sobre fotos halladas en los USB encontrados, hace 35 años, en los archivos de las televisiones de aquella época, otros disecados sobre los cuerpos muertos hallados.
Lo que más me gustó, fue un tal Jorge Javier Vázquez de chaqueta verde y pantalón rojo, una horrenda espécimen, llamada princesa del pueblo, fea hasta decir basta, en el rótulo ponía de curriculum, haber protagonizado Gran Hermano.
Una estatua de una gorda y acalorada valenciana, junto a unos corruptos y otro ejemplar de político de aquellos años, que según esbozaba el letrero, llegó a presidente del gobierno, con camisa blanca, coleta y vaqueros, llamado Pablo Iglesias.
Salí de aquel antro y juré y perjuré, nunca más volver. Gracias a Dios, aquel Tsunami, tachó a los monstruos de nuestro planeta.
Siempre he presumido de tener un gusto exquisito con las mujeres, sobre todo con las más jóvenes.
La carne madura se me hace bola.
Alcé la voz y, desde la última fila de la Asamblea Planetaria Bianual, dije a todos los asistentes:
─“Os ruego que reflexionéis sobre el negro futuro que nos aguarda. Hoy, más que nunca, la vanidad de la minoría que posee las riquezas de la Tierra está destruyendo las precarias economías del planeta, y los que sufrimos sus injusticias hemos dejado ya de hacernos preguntas.
Han salpicado de manchas la limpia página de los principios de la ética, y hasta la estética se ha convertido en un borrón. Nos han robado todas las alternativas y lo obvio se ha convertido en una utopía.
Pero yo pregunto a los poderosos: ¿Quién os comprará mañana los productos de vuestra rapiña? ¿No seréis vosotros, tal vez, el próximo y único objetivo de la ira de un ejército de hambrientos? ¿No tenéis nada que decir ante tanto dolor? ¡Hablad, monstruos cobardes!”─.
─“Es lo que hay”─, contestó uno de ellos, parapetado detrás de los presidentes de gobierno, mientras hacía una discreta seña a las fuerzas de seguridad.
Abandoné la Asamblea huyendo por el alcantarillado, como de costumbre. Y, aun en compañía de ratas creo que, en las actuales circunstancias, quizá debería quedarme a vivir aquí abajo.
Aunque en casa se empeñaron en ocultármelo, pronto supe que soy un monstruo. Desde que los descubrí al otro lado, siempre los observo. Sueño con hacer deberes como ellos, con dormir sin frío, con llorar por algo, sonreír por nada. Cómo desearía que el escondite fuera solo un juego, no una condena.
Todos los niños saben que existimos. Todos. Y conocen de sobras dónde nos ocultamos. Pero nunca se asoman solos. Siempre se esperan a que haya algún adulto con ellos para hacerlo. Hasta se dejan convencer, por esa noche, de que tan solo nos están imaginando. Y un día crecen y dejan de creer para siempre en nosotros, rompiendo así cualquier posibilidad de comunicarnos. Si no lo creo, no lo veo. Así es para ellos.
De todas formas, yo no pierdo la esperanza de que alguna vez un niño se atreva, antes de que lleguen sus padres, a mirar bajo la cama, en el armario, tras la puerta o en ese rincón oscuro, y me descubra al fin. Si eso ocurriera, me hallará preparado para tirar con fuerza de su mano, de su pierna, de su ropa, y saliendo de mi escondite haré que, entonces, le toque a él.
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