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En Cádiz, los cañones no mueren. Como veteranos de guerra, encontraron su retiro protegiendo las esquinas del maltrato de los carros.
Los que atormentan a Eladio flanqueaban la casa del indiano. Entregaba allí diariamente el pedido de ultramarinos, que recogía una cubana llegada con el último barco tabaquero.
Eladio se anunció:
– ¡Chicucooo…!
Una voz dulzona manó del fondo del patio:
– Chicuco, entra.
Acudió indeciso al penumbroso almacén y la encontró rulando sobre su muslo desnudo un cigarro.
– Mi mamá los liaba así…
Eladio la miraba atónito.
– ¿De dónde viniste tú, niño?
– Del norte -balbuceó.
– ¿Y qué edad tienes?
– Catorce.
– Yo, diecisiete -añadió tras meditarlo.
Después le contó que robaba cigarros al patrón para irse a Sevilla.
– Si encontrara quien me los colocase… -susurró ofreciéndole el que fumaba.
El habano jugueteó de boca en boca, y Eladio, embriagado, acabó perdido entre sus muslos, duros, negros, brillantes de sudor.
La cubana fue descubierta pronto, el chicuco llegó a regentar la tienda, y los cañones siguieron flanqueando la casa del indiano. A veces, a pleno sol, se ve a don Eladio con su puro apoyado en uno de ellos, negro, brillante, candente… Solo reanuda la marcha cuando siente el metal abrasándole la mano.
Todos en la Organización sabían que aquella humilde MUJER de campo había sido una infalible MUJER bala utilizada para matar: disfrazada de MUJER fatal, eliminaba la presa que le señalaban. La reclutaron cuando era una MUJER de la vida para convertirla en la MUJER florero de los capos, abusando de ella cuando y como querían, bajo amenazas. Cansada de ser MUJER objeto, empleó sus armas de MUJER para obtener poder y respeto. Lo consiguió con el paso de los años demostrando ser una MUJER coraje, pero ahora, perseguida y acorralada por la justicia, se encuentra abandonada por aquellos que en su día la consideraron la MUJER cañón de la Organización.
Es cierto que nunca ha sido MUJER de suerte, Donna Cannone.
Ella, que solo desea que la quieran como MUJER, MUJER a secas.
Cuando el inspector Turing regresó a Waterloo aquella tarde de marzo, las calles olían a chocolate y leña, pero el cielo estaba nublado y el invierno se mantenía imbatible.
Refugiado en las solapas de su vieja gabardina, atravesó la solitaria Plaza del Cañón y se dirigió, apresurado, al lugar de la tragedia. Mandó retirar el sello de la puerta y entró cauteloso en la alcoba donde las dos mujeres, pálidas y serenas, yacían, cogidas de la mano, sobre una cama limpia y estrecha.
En la mesita reposaban las cajas de barbitúricos y la botella de ginebra que aplastaba, implacable, una carta para el juez. Algunos discos y libros apoyados en hilera se enfrentaban, descaradamente, al voto manifiesto de pobreza y, aunque no se apreciaba signo alguno de atropello ni violencia, todo en aquel insignificante y austero apartamento, estaba ordenado con desesperación, con temor a que la verdad se desvaneciera.
Antes de partir, se asomó a la ventana que miraba hacia la Colina del León y, mientras sonaban furiosas las campanas de la torre del Convento de Fichermont, en las cuerdas del tendal, dos túnicas de novicia se enredaban con el viento y trataban, en vano, de volar hasta las nubes.
El aullido de la bocina anunciando el apagón le obligó a concluir la lectura de su poeta predilecto. Enseguida asimiló que mañana no podría. Cabal, rumió cómo el futuro no existía, tampoco las clases, ni sus alumnos.
Antes de entornar los ojos se le escapó una sonrisa, mientras auscultaba con detenimiento sonidos malintencionados, provocados por los soldados desde el cuerpo de guardia. El tintineo férreo con las baquetas, rebañándole el alma a los cañones de los fusiles, y el clic metálico de los percutores, reproducidos una vez tras otra contra sus tímpanos, apenas si turbaron al maestro.
Entre sombras, a velocidad de vértigo, repasó aquella relación escueta de nombres que atesoraba en su memoria. Hacía tiempo que había perdido interés por caer en el error. El poeta, los dos banderilleros, y el suyo, ocupaban un lugar preferente de la lista.
Abrazado a la oscuridad, sereno, estrechó contra su pecho el manoseado cuaderno de poesía, e imaginándoselo atemorizado al otro lado del muro, sólo lamentó no haber podido disfrutarlo cara a cara con él, antes de recitar de memoria un verso aprendido para la ocasión:
-Con la frente en el suelo
y el pensamiento arriba
iba yo andando, andando…
Asesinos,ladrones,caníbales, barcos con centenares de cañones a cada banda, volcanes furiosos, crueles abismos y demás peligros acechaban tras las paredes de su hogar, o eso era lo que le había contado su anciana madre todos los días antes de que muriese de un derrame cerebral, eso sí, causado por su longevidad, de todas formas decidió creerla y seguir su ejemplo. Amuralló todas las paredes de la choza donde vivía y su miedo crecía día a día, de tal forma que ya no era sólo al desconocido exterior sino al interior también, lo que provocó que poco a poco se deshiciese de sus escasas pertenencias, olvidando una. Pasaron los años encerrado en aquella pequeña choza, pero, eso sí, con todo tipo de confor, y su miedo se multiplicó con ellos, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, sus oídos al silencio y su alma a la soledad. Un día se acordó de su última pertenencia, un cuchillo de hojalata con pequeñas gemas incrustadas que antaño perteneció a su madre y antes de esta a su abuelo, lo desenterró del suelo donde estaba olvidado y se lo clavó en el pecho.
Entre tantos miedos olvidó lo importante, el miedo a sí mismo.
CAZA
El jeep se ha detenido tras cruzar el puente del desfiladero que vigilamos. Sus cuatro ocupantes descienden del vehículo y consultan el GPS al desplegar un mapa. Quizá no haya otra oportunidad como esta. Desde que empezó la guerra no hemos tenido ocasión de disparar ni un solo tiro. El silencio de mis hombres me pide una respuesta. Asiento. Al instante, tres de los soldados caen abatidos.
TROFEO
El cuarto miembro del grupo está en nuestro cuartel, frente a nosotros. Todos quieren ver cómo es y le ordeno en su idioma que se desnude, con un tono de amenaza que no necesita ninguna explicación. Cierra los ojos. Se quita hasta la última prenda. Tiene el cabello dorado y la piel más blanca que haya visto nunca. Le digo que ponga las manos sobre la cabeza, que se dé la vuelta, despacio, y celebramos la exhibición entre risas, gritos obscenos y sus lágrimas de rabia e impotencia.
PRESA
Por mi jerarquía voy a ser el primero en disfrutar de su piel. Desde la habitación que hemos preparado oigo a los demás establecer los turnos diarios. Confío en que logren una buena organización. La guerra, bendita guerra, puede ser muy larga.
-Tú échale nomás compa- dice Chui, el camionero. -Falta que’l güey no llegue- resopla el cargador. -¿Cómo no, pues? ¡Cómo no!- Canturrea Chui empujando las estatuillas de la Virgen de Guadalupe rellenas de cocaína, que anocheciendo, pasará por la frontera del río Bravo.
–Segurito que llega, compa. Ya parece que va’dejar el negocito. ¿Cuántos cristianos tendrá rezando a nuestras Lupitas? Gringo suertudo, compa. Hasta dicen que ya se hizo su casota pa’lao del santuario- carcajea con estruendo el hombre, terminando de acomodar el cargamento.
El río brama agitado y oscuro mientras el camión se acerca a la garita. –Sus documentos mister- pide el oficial de aduanas mirando directamente a los ojos del camionero. – ¡Ya me llevó la chingá!- piensa Chui, al ver que el oficial no es el que calladito, franquea a sus virgencitas. Con las manos sudorosas saca los documentos pasando rápidamente al riesgoso plan B.
Al poco rato, ya del “otro lado”, marca su celular y temblando aún, casi grita: -¡Nos’taba el pinche gringo, compa! No’staba… -¿¿¿Qué???- le contestan. -¡¡¡No la chin…!!!-. -Pero ¡pasé compa! ¡Claro que pasé! Como decía mi general presidente Álvaro Obregón: No hay quien resista un cañonazo de cincuenta mil verdes, güey.-
Por la lengua de asfalto que comunica a la ciudad amurallada, y siguiendo el zigzagueo de las calles empedradas, un enorme camión ha transportado varios cañones que un grupo de operarios ha ubicado sobre cada una de las troneras del baluarte. Se basaron en los planos de un cañón original del siglo XVIII para obtener estas réplicas de resina y piedra artificial. Y han quedado resultones, le han limpiado la cara a la historia, pero nada tienen que ver con los genuinos de hierro, grabados con el escudo del rey de la época y con más de una tonelada de peso. Estos parches inexactos y chapuceros que apuntan a un horizonte difuso, han conseguido dinamizar la zona de turistas y, por las noches, cuando nadie vigila el bastión, parejitas de enamorados como Jessica y Joshua arañan sus nombres dentro de un corazón tan frágil como la goma que cubre este falso tubo de artillería.
Al destacamento de vanguardia, acababa de llegar aquella nueva y moderna batería, de 150 mm. y fabricación occidental, que facilitaría la toma del próximo objetivo, una pequeña aldea que se encontraba al otro lado de la colina que tenían enfrente. En lo alto de la misma ya se habían situado los oteadores, que informaban a la compañía de las coordenadas precisas de los edificios más relevantes que divisaban, la mezquita y la madraza. La lógica militar inducía a pensar que en uno se habrían acuartelado las tropas enemigas y en el otro se habrían puesto a resguardo los civiles -ancianos, mujeres y niños-, pero no había indicios de quién en cada cuál. Rachid al Zawahiri, brigada artillero, con plano cartográfico, cartabón, escuadra y compás, efectuaba cálculos trigonométricos para acertar con el par de disparos previstos. Inclinado sobre su mesa de campaña, no alcanzaba a escuchar las llamadas a la oración del muecín desde el minarete, ni las canciones infantiles desde la escuela, sin embargo, de un aparato de música, en el barracón del regimiento, sí le llegaba la voz entre carrasposa y aguardentosa de Dylan. Con su escaso inglés, Rachid pudo adivinar que cantaba algo sobre vientos, amigos y respuestas.
A sus 93 años, don Ignacio Antoñanzas de la Bañeza tiene la cabeza sobre los hombros y se enorgullece de leer, página a página, todos los boletines de la Real Academia de la Lengua. Sentado en su butaca, con sus diminutas gafas sobre la nariz, pasa las horas muertas. Su nuera suele acercarse para ver si respira.
El día que incorporaron aquellos vocablos “populares” en el diccionario, don Ignacio no pudo evitar dar un respingo. No pensaba utilizar ninguna, ni dejar que nadie las pronunciase en su presencia, por más permitidas que estuvieran. Siempre fue un purista y le dolió especialmente cuando, tiempo después, eliminaron algunos acentos. Él, “el Temido”, que a la segunda falta de ortografía dejaba de leer los exámenes, no podía entenderlo.
Pero la noticia de hoy es la gota que colma el vaso. Estudian internacionalizar el castellano y, para ello, eliminar la ñ. Don Ignacio no lo ha podido aguantar. Ha lanzado al suelo el boletín y su nuera le ha encontrado pisoteándolo, con toda la furia que queda en sus ancianos huesos, mientras gritaba.
– ¡Coño Iñaki! ¡Hay que pararles los pies! ¡A mí los cañones de Espronceda! ¡Asaltemos la academia!
Miro a través del cristal; me da miedo abrir la ventana. Un sol furioso amenaza con abrasar a los escasos viandantes que se atreven a pisar el asfalto derretido. Valientes. No saldré de casa hoy. Tampoco.
–
Este maldito viento anuncia el final del verano. Golpea mi ventana y atrae a alguna hoja perdida, huérfana, sin vida. La miro y me identifico. Pero yo, al menos, tengo un sitio donde cobijarme. Soy un egoísta.
–
No entiendo por qué le gusta la lluvia a algunas personas. Las veo correr desde mi ventana, empapados a pesar de portar una ridícula sombrilla de tela. Luego se quejarán de epidemias de gripe y esas cosas. Mejor me quedo en casa.
–
Aún no entiendo lo que me ha pasado. Estaba yo mirando por mi ventana cuando ha sonado un cañonazo. Mi corazón ha retumbado como si fuera a salirse del cuerpo. Luego ha sonado otro, y otro, y otro más. Creí que me volvía loco, la cabeza me iba a estallar. No he tenido más remedio que abrir la ventana…
–
La gente me mira aterrorizada. Ya no nos separa ningún cristal. Los cañonazos dejan paso a las sirenas.
Enfila su velero hacia la bocana del puerto, después de inspeccionar cuidadosamente la ciudad isleña que se despliega ante él. El atardecer derrama sobre la tierra una luz poderosa que delinea con exactitud los objetos y le permite ver con claridad. Cambió su rumbo hacia tierra porque la isla recibía sin cañones, que dudan a priori de quien se acerca. Y él quería una isla hospitalaria, donde el sonido del mar no deje escuchar el pasado que acompaña a cada ser, donde el sol dore la piel para que no queden huellas de las marcas imborrables, donde nunca lleguen las órdenes de captura. Quería un lugar justo, que dé cobijo al hombre.
(frases en cursiva de Kipling)
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