Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

45. A CAÑONAZOS

A cañonazos. Así es como ella, sin querer, entraba en los sitios. Era una mujer con un cuerpo tan perfecto que, sin intención manifiesta, provocaba. Lo mejor, su silueta. Lo impagable, su mirada y su porte. Quien la codiciara tendría que vencer ese saber estar, ese toreo de salón que sólo una mente privilegiada interpreta y representa ante la aceptación, o no, de esa mirada felina que te observa para decirte “ven”.

Ella sólo elegía a quien la seducía. Succionaba el saber hacer de su pretendiente, su mente y su sonrisa, su arte de seducción. Ese era el precio que tendría que pagar por llevarse una migaja de ese monumento andante que estaba cañón, muy cañón. Sólo los artilleros profesionales sabían el valor de esa pieza.

El secreto que escondía sólo lo mostraba en la intimidad en forma de secretas palabras. Modulaba su voz y susurraba como nadie. Entonces de cañón se convertía en Diosa. Dejaba sin aliento y sin palabras. Sólo hablaba ella porque el elegido, no podía más que callar y escuchar, dejarse embelesar por la voz de esa mujer. -Siempre nos quedará París- decía con una seductora sonrisa al despedirse. Y aquél pensaba…-esto no puede estar pasando-.

44. IMPRESIÓN

Despreocupada y feliz, posaba recostada sobre la barandilla, delante, todos los cañones apuntaban hacia su cuerpo, detrás, impetuoso, el mar.
Su boca insinuando un beso y sus ojos, como una tea, incendiando el cuerpo de su fotógrafo particular.
Aunque posaba, parecía relajada, natural. Su pierna derecha levemente adelantada respecto a la izquierda, una mano en su bolsillo y la otra sujetando su pelo; su cabeza, ligeramente inclinada hacia un lado.

La trayectoria curva de la bala y la onda luminosa del flash impactaron al unísono sobre su rostro.
La cámara inmortalizó el momento en que se desbarató el beso de sus labios para cubrirse repentinamente de rojo escarlata.

Sabía que vendría y la esperé, le excitaba venir a este lugar, dijo mientras entregaba sus muñecas a los grilletes, se sentía Agustina de Aragón en mitad de la bahía. Era una zorra.
Ojala todos los cañones hubiesen vomitado su furia contra ella el día que decidió dejarme, merecía algo fastuoso y no esta vulgar pistola.

43. El cañón número veintisiete

Verde… rojo… negro. Verde de hierba de mayo, uniformes otrora de rojo impecable y negro de muerte. Muerte ciega y concentrada, muerte vomitada por una locura humana, mezcla de delirio y genialidad sin conciencia. Negro de metal, no frío, no, ardiente tras jornadas interminables como sembrador de caos.
André arma maquinalmente su cañón con la carga justa de detonante una vez más y el ciclo inmisericorde se pone en marcha de nuevo. No piensa, solo obedece. Derrumbado y sordo hace semanas y con los ojos llorosos por las bocanadas liberadoras de digestión infernal. Eructos que siegan vidas y miembros.
El cañón número veintisiete demostraba su buena fundición, aguantó varias cargas con exceso de pólvora, sólo pequeñas grietas, invisibles a ojos de la locura que agitaba a sus manipuladores, evidenciaban que su resistencia se estaba minando. André no se inmutó cuando tras una andanada con especial precisión, cargó sañudamente y tras manipular sus compañeros la munición y la mecha, no se retira. Último aliento junto a su verdugo, su liberador.
El cañón reventó como una manzana, liberando gusanos negros de metralla. Los ojos sin vida de André descansan por fin del verde, del rojo y del negro de su cañón.

42. Pide un deseo (Juan Antonio Vázquez)

Juan, perdedor, fracasado de la vida y putero de condición, dejó caer sobre la cuna del bebé el aguardiente que contenía el vaso que se aferraba a su mano; aunque borracho como iba, de facto, a la mañana siguiente fue incapaz de recordarlo.

El pequeño salió raro: su madre dejó de besarlo con tres años por esa cerdosa barba con la que también pinchaba a tíos, primos y hermanos; y, en la guardería, le riñeron sin descanso por esa manía de arrojar al resto de párvulos desde una bancada al arenal, donde otros alumnos más normales se prodigaban entre cubos y neumáticos.

El psicólogo prescribió dieran al chaval algo que le distrajera de obsesiones enfermizas, y Juan, desafortunado, marrado hasta la extenuación y de enjundia peregrina, bregado a hostias por la Guardia Civil y envarado como transmutaba cuando algún señor con bigote ordenaba algo, le compró un cañón.

¿El niño? Entusiasmado. Le tricotó un collar rojo chillón, le puso nombre y jugó con él hasta que se hizo mayor. Fue entonces, cansado de que lo señalaran con el dedo, cuando lo cargó de pólvora, se introdujo dentro, y lo disparó.

Mira para arriba; alguna noche podrás verlo cruzar el cielo.

41. Dionisio y el cañón

Cuentan que hace una veintena de años, en la víspera de la Fiesta del Santo Patrón, Dionisio, un jardinero del Ayuntamiento, cogió tal cogorza que se quedó dormido en el ánima del cañón del paseo marítimo. Al día siguiente nadie se percató, y en las salvas que se hacen a la llegada del Santo, vieron salir disparado al empleado hacia el centro de la bahía. No fueron capaces de recuperar su cadáver.
Meses después, el alcalde inauguró una estatua del malogrado funcionario ataviado con sus utensilios de limpieza, justo al lado del cañón. Curiosamente, y todos los años desde entonces, la estatua desaparece la mañana del día del Santo, sin que se sepa quién y cómo lo hace, despertando las inquietudes de los más supersticiosos del pueblo y atrayendo turistas y suedocientíficos que han tratado en vano de grabar, ver o escuchar el momento en que se produce tan extraño suceso.
Lo suplanto esta noche, aunque aún quedan dos días, para no levantar sospechas y seguir con la tradición. Hace tiempo que el Ayuntamiento me contrató como estatua. Es por eso que libro siempre el día del Santo Patrón.

40. Una idea brillante

Bum… Los cañonazos alumbraban la noche frente a las atentas miradas del vecindario. Bum, bum, bum… Parecía la de San Quintín, Waterloo o Pearl Harbor, vaya usted a saber. Bum, bum… Los chiquillos correteaban en la plaza recogiendo los cohetes quemados que aterrizaban por todas partes… Cuando todos esperaban la traca final para marchar a sus casas, alguien gritó que había fuego en el monte. Llama a los bomberos, apremiaron unos al concejal de cultura, fiestas y celebraciones varias. No, es mejor a los de medioambiente, urgieron otros al de parques, jardines y monte bajo. A quién se le habrá ocurrido la brillante idea, preguntaron todos al alcalde, que no sabía si ir, venir o estarse quieto. Al que asó la manteca propusieron unos clientes del Grill El Atracón, que habían salido un momento a disfrutar del evento. La inquieta mujer del electricista opinó que, fuera quien fuese, debía tener los plomos fundidos; y que no llegaba a dos dedos de frente aseguró el maestro, quien dijo saberlo de buena tinta. Gracias a que fue el pajar del Pepón lo que ardió, que si no va toda la corporación al calabozo por autorizar semejante despropósito pirotécnico en plena canícula estival.

39. Waterloo

Estaba exhausta, jamás pensó que aquel documento le hubiera sustraído tantos momentos. Hastiada pero feliz, al fin y al cabo había terminado un proyecto que para ella suponía un desafío.

Ahora sus recuerdos deambulaban en el pasado, reconstruyendo cómo empezó aquella intensa hazaña sin respaldo alguno. No podía dejar de pensar en la frase que le acribilló su madre – Nena, no pierdas tiempo en eso -. Impactantes palabras que estallaron en su interior con la violencia acústica propia de los cañones en las batallas. Aquel cruel sonido viajaba directo a su mente sin apenas poder ser absorbido por su corazón. Pero ella no se rindió, y viajó más allá de la persistencia, exprimiendo la sensatez  de horas y noches para llevar a término su adeudo moral.

Era el momento de presentar aquel magnífico trabajo, se levantó y entregó a su madre el autodefinido de la revista semanal. -La palabra que me faltaba era Waterloo mamá-.

38. Batería de montaña

Nadie se tomó la molestia de informar al comandante Malfatti del cese de hostilidades. Su batería de montaña continuó bombardeando monótonamente las líneas enemigas. Durante un tiempo, las andanadas de artillería siguieron levantando inofensivas nubes de roca y nieve. No sabía Malfatti que el tratado de paz había establecido que aquellos picos nevados que bombardeaba pertenecían ahora a su país.

Cuando los cañones se quedaron sin munición que los alimentara, el comandante Malfatti ordenó entregar fusiles a los artilleros. Tenían que prepararse para rechazar el inevitable ataque enemigo.

Todavía esperan.

37. CRUCE DE ALIANZAS (Mª Belén Mateos)

 

No fueron los últimos cañonazos los que me despertaron de la tregua. Soy consciente de ello.

Escondida entre las sábanas musitaba plegarias para que volvieras, ya no solo con tu vida, sino también con la promesa de no abandonarme por una guerra que cada día me consumía y que ni siquiera era la mía.

La mezcla de colores, rojos y azules, creaban un color púrpura que segregaba un tono óxido a nuestra relación, un espectro invisible en el arco iris de nuestros encuentros cromáticos y ardientes, siempre bajo los estallidos de bombas y explosiones de fogosidad y frenesí. Tú descargabas pasión en mi firme piel y yo recibía el vigoroso plomo de tu disparo sin aliento.

Pero eran tus ausencias las que me fusilaban y ejecutaban cada noche en tu partida hacia  la contienda.
Nunca entendí tu abandono, tu deserción a mi tierra. Dicen que una bandera blanca te volvió a cautivar, que perdonó tu traición y te  llevó a su bando. Dicen que ahora luces una medalla de fidelidad a su insignia y a tu aliado en la guerra.

La melodía de Waterloo aún gira sin sentido en el tocadiscos de mi celda.

36. la colina

Llovía, el grupo de hombres y mujeres igualaba fuerza y empeño.  Usando toda su energía empujaban un bulto ¡era tan pesado!  El diluvio no ayudaba y su macizo cuerpo se  enterraba en el lodo.  -Más brío- gritaba el que llevaba la espada, -no llegaremos a tiempo, tú levántate, no puedes caer ahora, ustedes, busquen ramas para que no se hunda.   Y los más viejos se metían, temerarios, bajo la panza, colocando las ramas que las mujeres juntaban del suelo, agradeciendo al vendaval que las había arrancado de cuajo.  Pensaron que no lo lograrían, pero un grito gutural emanó de sus gargantas cuando tomaron la altura.  Habían llegado primero, ya nadie podría contra ellos.  Se alistaron, solo faltaba el contingente enemigo. ¿Qué harían cuando divisaran en la cima al cañón enhiesto pronto para eliminarlos?  Seguramente se rendirían.  Saborearon la victoria.   Y esperaron esa  noche, y la otra,  y la otra.  Dejó de llover, el cielo mostraba su esplendor.  A lo lejos vieron un hombre que se arrastraba. –Atentos- dijo el que mandaba. –Es de los nuestros- se oyó – está muy malherido.

-¿Dijo algo?  – Está muerto.  – ¿Dijo algo?- insistió.  – ¡Diga, hombre!

…-Colina equivocada.

35. La batalla (Esther Cuesta)

La habitación del abuelo es muy extraña. Tiene las paredes llenas de pinturas con cañones y se pasa los días, sentado en su sillón, contemplándolas. A mí me dan miedo, él más que los cuadros; no habla ni me mira cuando me atrevo a jugar cerca, sólo observa los morteros. Dice mamá que el abuelo y su primo salieron del pueblo siendo muy jóvenes, casi unos niños, para ir a la guerra. Eran como hermanos y nada más llegar, los enviaron a un barco en el frente y les nombraron artilleros. El abuelo regresó pero su primo no; murió en la primera andanada. Hoy se ha puesto muy malito y me he acercado a su cama. Creo que me ha visto por primera vez y con lágrimas en los ojos, señalando a la pared, ha balbuceado —le mandé esconderse,.. “Detrás del cañón”, le dije, “detrás del cañón”, no sabíamos… retroceso— Y se ha dormido.

No se lo qué ha querido contarme pero dice mamá que por fin ha descansado.

34. El legado (towanda)

Abuelo siempre olía a pólvora. Sentado en su sillón orejero, consumía largas jornadas mimando las figuras que componían la maqueta de su batalla. Contiendas de pinceles, cepillos, lijas y esmaltes para otorgar identidad a centenares de aguerridos soldados y a decenas de cañones de diferentes libras. Calzaba botas militares y dirigía los despliegues de tropas desde su viejo catalejo.

Anochecía cuando avisó a abuela para mostrarle el último cañón. Ella bisbiseó algún cariñoso reproche, maldiciendo el poco tiempo que le dedicaba. Él, avergonzado, la sentó en su regazo y susurrándole hermosas palabras de amor, a las que no acostumbraba, se quedó dormido. Fue su manera de decirle adiós.

Con el tiempo, descubrí detalles sorprendentes en sus figuritas de plomo. Un mismo rostro repetido, una y otra vez, en la cara de cada soldado: el de abuela. Y en correajes, casacas, bocamangas o escarapelas, un testamento de poesía cincelado en minúsculas letras que hizo feliz a su enamorada hasta que nos dejó.

Los domingos son una fiesta cuando vienen mis nietos. Tomo posesión del sillón del abuelo, me calzo sus botas y, a través del catalejo, les narro batallas de amor y plomo, y todo recupera ese añorado olor a pólvora.

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