Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

… a la espera de una nueva foto… 

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Relatos

199. SUBIR Y BAJAR, de Enebro

Subir y subir escaleras ; eso es lo que hacía Alberto sin saber muy bien nunca a qué realidad le llevarían, a pesar de que ya las había subido miles de veces. Y luego bajarlas.
Cada vez que iniciaba la ascensión, una especie de congoja se apoderaba del interior de su garganta y si trataba de hablar, el nudo era tan grande que no era capaz de emitir un sonido reconocible.
Los diferentes periodos del día o las variaciones que cada estación conllevaban no lograban modificar esa conducta timorata. Y ni hablar de ascensores, que le hacían perder aún más el juicio.
Sus manos acometían esa sucesión de peldaños desde primera hora, sudorosas, dentro de unos delicados guantes blancos. Mientras, sus ojos iban entrecerrándose a causa de la incipiente luz que se colaba por las ventanas que le perseguían en su inclinado avance, y apenas podían ver la frondosidad del bosque vecino.
Y siempre el mismo final: “¡Toc, toc. Servicio de habitaciones, Señor. Le traigo su desayuno!”.
Por muchos años que llevara trabajando en aquel hotel  rural, su timidez para con los clientes era un rasgo que ya todos admitían como parte de su personalidad.

198. CUENTO DE LLUVIA, de Enebro

Una gotita de agua viajaba en el seno de una gran nube negra junto a otras innumerables gotas y gotitas. Ella aún era muy pequeña, pero ya soñaba con caer pronto y si era posible, sobre un majestuoso bosque, rodeado de impresionantes montañas, igual que hizo antaño una vieja gota que conoció en la charca en la que nació.
Un relámpago seco y un trueno fueron el pistoletazo de salida y millones de gotas comenzaron a precipitarse desde la nube.
La pequeña gota, ufana, sentía una emoción muy grande y ansiaba ver cumplido su sueño de ser parte de un hermoso bosque…
Antes de finalizar su existencia como gota y poder integrarse en el ciclo de la vida de un espacio arbolado, una traicionera ráfaga de aire empujó a la gotita sobre la cara de un niño. Y coincidió allí con otra hermana gota, parida por un ojo del infante. Ambas resbalaron juntas hasta que un pañuelo las convirtió en simple humedad.
La gotita nunca imaginó que su desgracia y la alegría de un niño por haber llegado a su lugar de vacaciones se unirían de esa manera.

197. SOLO EN EL BOSQUE, de Enebro


Se oyen pasos cerca del arroyo y retumban con estruendo. Caminar solo por este bosque no fue una buena idea y mucho menos romperse la pierna. El dolor ha paralizado mis ansias de conseguir llegar a algún sitio para poder pedir ayuda y la hiriente humedad se cuelga de mi ánimo como un yunque macizo, conminándome a adoptar una postura de postración penosa.

De qué sirve un “smartphone” cuando ya no tengo batería para marcar el 112… Los pasos se aproximan hacia mí cada vez más.
¿Gritar para pedir ayuda? Sí, sería lo lógico. Pero quién sabe si en lugar de ayuda encuentro mi fin. Desconozco al propietario de esos pasos y ello me inquieta sobre manera. La maravilla que me envuelve sería un bonito marco para descansar eternamente, pero no sé si estoy preparado.
Los pasos se paran ante mí y una sombra difusa los acompaña. Me tienden la mano y me ayudan a incorporarme. Es mi Coraje. Me acompaña hasta mi alojamiento rural mitigando con sus caricias el dolor.
Al final sólo era un pequeño esguince y puedo finalizar felizmente mis días de descanso en la Naturaleza, con un nuevo amigo al que nunca creí que podría conocer.

196. QUE AL OÍDO ES MUCHO MEJOR, de Cuervobalboa

Los de uniforme de piel también somos raíces, no solo los árboles, esta es nuestra jungla, nunca salimos; y a pesar de SABER que es nuestro único lugar, la matamos lentamente como buen asesino, así como me enseño Jack el Destripador.
Quién diría que los pulmones del mundo son los árboles…, parece que es un mito urbano, pero es un hecho irrefutable; son la representación de los sabios en La  Tierra, son la tan deseada experiencia, el espejo del tiempo corriendo sin piedad y con él el miedo desapareciendo, las arrugas que muestran que hubo un pasado, tantas cicatrices, -devoradoras de futuro-, y una vez más no nos interesa, nos olvidamos, así como cuando miras una foto con tu “onda”, cargadito de sueños y con ganas de comerte el mundo pedacito a pedacito… pero, miras el presente y te acuerdas que te vio el veneno y eres el hombre de traje que odia los trajes y se come petróleo a cucharadas gigantes, te convertiste en ese otro que crearon para ti y te abandonaste.
Y, en esta madrugada con tanto silencio, caminando directo hacia el alba,  me paralizo al ver tanto verde Máma Tierra.  -Ha sido sintética-.

195. LEJOS DE LA BATALLA, de Zorro Gris

Atravesó el umbral de la puerta del hostal, observó los primeros rayos de sol en el horizonte y, chapoteando sobre las lágrimas de la noche anterior, emprendió su camino hacia el bosque. Acostumbraba a pasear bajo ese entramado de pinos y abedules siempre que le era posible; de alguna forma, la arboleda le infundía un soplo de aire fresco lejos de la batalla diaria. A sus pies, cientos de huellas huérfanas. El sendero parecía sitiado por un ejército de pezuñas de corceles en pleno desfile ante el altar de la naturaleza. Su mirada pesaba como un grillete prensado al pie de un reo en la cárcel, al tiempo que sus pulmones se inundaban de la fragancia de saberse libre de la esclavitud del trabajo. Realmente, su alma no necesitaba mayor equipaje que el proporcionado por esos parajes. Horas después, bajo un cielo pintado de rojizo sublime, regresó al hostal y, con voz de satisfacción, dijo: “Tras sentir el incombustible latido del bosque y ayudar en su vuelo a un gorrión malherido, he fraguado la lanza del destino de un alma afligida. Creo que es hora de volver a casa”.

194. EL BOSQUE, de Pájaro Pinto

Oyó la sentencia.

Mientras los carceleros la llevaban a su celda pensó en el bosque.
El ritual siempre era el mismo. Llegaba al riachuelo y se quitaba el vestido. El agua limpiaba su cuerpo mientras hablaba y jugaba con la corriente. Tumbada en la orilla se secaba con los rayos de sol y luego recolectaba lavanda para frotarse cuello y manos, tomillo y espliego para quemar en el fuego, castañas y moras silvestres para celebrar el encuentro con la vida.
El día se iba entre los árboles, las flores y el sendero que llevaba al claro donde en torno a las llamas bailaba, cantaba y reía dando gracias a las hadas del bosque por tanta riqueza, por tanta belleza puesta en un mismo lugar para ser sentida y amada.
Oyó la sentencia.
 Muerte en la hoguera por delito de brujería. Entonces, pidió como último deseo que el verdugo recogiera las cenizas de su cuerpo quemado y las dejara volar por la que siempre había sido su casa. El bosque.

193. LA LEYENDA DEL SENDERO DEL AGUA, de Pink Panzer Yorch

Cuenta una vieja leyenda que, en lo más profundo del bosque, se encontraban dos de sus más bellos árboles que se amaban con sus ramas rozándose a diario… Pero un día, a pesar de que la dulce savia del amor nunca había dejado de alimentarlos, uno de ellos sintió que todo había cambiado, que su amor no era correspondido hasta el punto de desear con todas sus fuerzas que fuera el hacha del leñador quien le librara de aquella angustia y sufrimiento…

   Aquel árbol, un gigante consumido por los celos y el desamor, enfermó sin remedio hasta que el guardián del bosque, al comienzo de un frío invierno decidió derribarlo, cumpliendo así su deseo.
   Desde entonces, el bosque llora cada noche el dolor de su ausencia y sus lágrimas, que desde sus hojas caen a la tierra, se unen en arroyos de cristal para darle la vida y nombre al Sendero de Agua que llevará el rumor de su leyenda, desde el monte hasta nuestro valle.

192. TOMILLO, de Tomillo 2

¿Que si tengo tomillo para echarle a la salsa de la carne? ¿Tú por quién me tomas? Claro que tengo tomillo; tomillo de la sierra de mi pueblo. Tomillo de ese que huele de verdad y que sabe a tomillo, a campo, a sierra, a monte, a bosque. Tomillo de ese que no se parece en nada al tomillo que venden en bote en cualquier supermercado.
¿Qué vas a querer que preparemos para el postre? ¿Eso que tanto nos gusta? Por mí bien, perfecto. Quiero abrazarte hasta que me duelan los brazos. No hay nada más dulce que abrazarnos hasta que nos cansamos.

191. MONTE CORONA, de Yedra 2

He corrido más de doce kilómetros, pero no puedo terminar sin asomarme  al mirador de  la Ermita de San Esteban  y ver la puesta de sol en el mar desde allí.
Se esconde despacio y el agua cambia sus azules por rojos y naranjas, dejándose acariciar por los rayos  sin pudor alguno, la imagen va  adentrándose en mi espíritu, sosegándolo, aliviando los pesares que me acompañan desde hace meses.  Tan metido estoy en las brumas de mi alma, que no me di cuenta que la noche,  ha cubierto el Monte Corona por entero.
No pasa nada, me digo,  no hay más que seguir el sendero.
Algo he debido de hacer mal, y no soy capaz de encontrar la salida. No tengo miedo, presiento que  las sequollas, los robles, las hayas…  me protegen. Pero si tengo frío.
Una pequeña luz me sobresalta., es una llama, como de candil, se mueve indicándome que la siga. No veo a nadie, tan solo la llama y un aroma a flores. La sigo y en poco tiempo, justo cuando comienzan las luces del alba, reconozco el camino de salida.
Desde la entrada, tiritando aún, sonrío a la llama que se extingue:” Gracias Anjana.”

190. LAS ENSEÑANZAS DEL BOSQUE, de Cárabo

       Considero un auténtico privilegio los frecuentes viajes a la aldea de mis abuelos. Gracias a la singularidad del paisaje, compruebo en primera persona cómo el aire puro domina a la contaminación; cómo el estrés cede paso al sosiego; cómo el bullicio se transforma en silencio, a veces roto por los inocentes mugidos, cacareos y trinos. Me reconforta olvidar por un instante la obligación diaria de permanecer aferrado a las nuevas tecnologías y perderme en un bosque cercano para compartir experiencias con un solitario búho.
         -“Buenas tardes, Herodoto “– le saludo educado, convencido de que puede interpretar mis palabras aunque yo no sepa ulular. Le apodo así en recuerdo a un amigo periodista que firma sus crónicas utilizando ese pseudónimo, porque siempre atento a las conversaciones y escenas que acontecen a su alrededor, el entrañable búho sería capaz de relatar fielmente la idiosincrasia del entorno y sus gentes. Sin embargo, ya no sucederá. En mi última visita al bosque, encontré vacío el hueco de la encina centenaria donde moraba.
         -“Mucha suerte en tu emocionante aventura, Herodoto”-, exclamé apenado junto a la rambla de agua que fechas antes sobrevoló, sigiloso, en busca de otras historias con las que enriquecer su ilimitada sabiduría.

189. MIRADAS PERDIDAS, de Eco

A primera hora de la mañana de aquel día de septiembre, después de desayunar, salió de la casa donde esos días se alojaba para intentar pensar con calma en todos los silencios que últimamente le brindaba su esposa, cuando él le preguntaba sobre su estado de indiferencia conyugal, sobre las miradas perdidas que le dedicaba, las caricias invisibles y los sentimientos ausentes que tenía hacia él, hallando el eco de su propia voz como respuesta.
Cerró la puerta del hostal, y  sin mirar apenas hacia donde se dirigían sus pies,  fue caminando con el corazón acelerado y pasos que demarcaban soledad, sin apenas ganas de darlos. No reparó en el camino que había iniciado, se fue adentrando en aquel bosque de hayas, inundado por un lado, de una alfombra inmensa de hojas, marrones y de amarillos intensos y también por una niebla cada vez más densa. De pronto paró, vio a su izquierda un tronco de un árbol, invadido por un cojín de hiedra; se sentó encima de él y cerró los ojos. Después de unos minutos los volvió a abrir y descubrió que ese bosque estaba más vivo que él y que necesitaba comenzar de cero para ser feliz.

188. POKOMU, de Tronco 2

Era un ciempiés. Se llamaba PoKomu. Le encantaba pasear por el bosque. Su madre le advertía:
–Ten cuidado, hijo, eres demasiado confiado.
–Mami, es que me encanta saludar a todo lo que me encuentro en mi camino: animales, rocas, plantas y como tengo tantas manos-patitas, pues ¡tengo muchos amiguitos!
Un día se hizo un ovillo sobre sí mismo y rodaba por una pendiente, chocando entre piedras y ramas, gritaba y gritaba: ¡Ole y ole!
Tanto alboroto, llamó la atención de un petirrojo, llamado Roi. Este se acercó y le dijo:
–Sube a mi espalda. Agárrate a mis plumas.
–Mami, me reñirá.
–Tranqui.
Roi elevó su vuelo y planeando casi tocaron las nubes, rozaron las copas de los árboles y desde allí arriba los dos veían todo el bosque, los riachuelos, las montañas a lo lejos…
Una vez en el suelo, su amigo se alejó batiendo sus alas. PoKomu estaba trastornado. Pasó su madre y le preguntó:
– ¿Qué te ocurre hijo?
– ¡He visto el bosque desde el cielo! Es precioso, mami. Gracias por haberme traído a este mundo.
– ¡Qué imaginación tienes… hijo! Te voy a dar… cien, quinientos, mil abrazos con mis manos-patitas.
Y una lagrimita cayó a la tierra.