Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Robert Doisneau

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Ya tenemos en marcha nuestra última propuesta del año 2018 ... en menos de 200 palabras...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de Diciembre

Relatos

342. BEAGLE, de Arce 2

Me observaba con total interés, ninguno de mis movimientos se le escapaba, estaba pendiente de todos y cada uno de mis músculos, que le delataran alguna señal por mi parte para ponerse en acción. Esperaba ver si se impacientaba, pero su aplomo era total, y no podía distraerlo con ninguna maniobra alternativa, nada de mí se le escapaba. Su mirada denotaba una obstinación digna de un buen cazador, totalmente dedicado a la espera de una distracción de su presa, para hacerse con ella. El bosque espera.

341. PRIMAVERA, de Musgosu

Aquella mañana primaveral, una docena de mariposas revoloteaba en una danza magistral sobre aquel bosque, con suaves movimientos, al son de una armoniosa melodía de cánticos perfumados de lavanda. Apolos, Limoneras, Sofías, Ortigueras… todas en bello conjunto recibían a la primavera con sus ropajes más bellos y coloridos. Los diversos árboles que habitaban en aquel alegre paraje las contemplaban impasibles mientras una suave brisa mecía sus verdes hojas. Un batallón de hormigas trepaba por uno de los troncos, en hilera, bien organizadas, cada una sabiendo que tarea le correspondía. Las abejas volaban de flor en flor, catando el dulce néctar que las ofrecían. Un par de ardillas correteaba por entre la maleza en divertido cortejo. Aquel bosque rebosaba vida, nada perturbaba esa paz y alegría. Había una mezcla de explosión y júbilo, y aunque pronto llegará el otoño, y las mariposas desaparezcan, y los árboles queden desnudos a la merced del tiempo, el ciclo comenzará de nuevo y otras verdes hojas cubrirán su piel, y habrá otras mariposas… Debemos aprovechar cada segundo, cada ilusión. Todo es tan efímero como esta cálida primavera en la que la vida comienza, acaba y prosigue… Sin pausa…

340. RECUERDO, de Canarina

Recuerdo el bosquecillo de pinos cerca de la escuela.
La maestra nos llevaba allí algunas tardes. Unas veces hacíamos cabañas con ramas y pinocha. Otras, nos escondíamos entre las rocas que se entremezclaban con los árboles. Cuando hacía algo de viento, los pinos ululaban y nos recorría un estremecimiento, como si nos anunciaran una ausencia o un misterio por resolver.
Recogíamos cortezas para hacerles incisiones y piñas para pintarlas. El olor de aquel pequeño pinar se quedaba con nosotros hasta la noche, mientras la luna volvía a iluminar las raíces retorcidas que escapaban por el risco.
En primavera, las jaras nos regalaban sus pétalos rosas y los escobones pequeñísimas flores blancas, alrededor de las que aleteaban las abejas. Entre tronco y tronco hacíamos carreras con los escarabajos, negrísimos. Las hormigas, rotas sus filas, corrían sin rumbo.
Una mañana vimos unas máquinas que pasaban hacia el pinar.
Nunca volvimos. Ahora hay un edificio de viviendas con macetas en las ventanas y flores de plástico brillando al sol.

339. UN PASEO POR EL BOSQUE, de Ardilla 5

El enterrador echó la última palada de tierra sobre el ataúd del abuelo, pero él estaba allí, a mi lado, invitandome como siempre a dar un paseo por el bosque en Otoño. Yo no podía negarme y dejándolos a todos me fuí tras sus pasos.
Al entrar una alfombra de hojas multicolores nos daba la bienvenida, con nuestros pasos cadenciosos parecían volar hacia lugares mas tranquilos, caminabamos sin prisa observándolo todo.
Según nos adentrabamos en la espesura un ejército de árboles caducifolios en su atonía otoñal le brindaban a nuestra retina una sincronía cromática desde el amarillo pasando por toda una gama de rojos, pardos y ocres.
El abuelo con su sabiduría me iba relatando el nombre de cada uno: roble, tilo, chopo, haya, arce olmo. El colorido era exultante.
La leve brisa que nos acompañaba hacía que de sus ramas se soltase alguna que otra esencia de color engrosando la alfombra ya existente.
Un rayo de sol taciturno calentaba nuestros pasos alentandonos a seguir hasta el final.
Cuando regresé al cementerio, sobre la tumba del abuelo ya solitario, un conjunto armónico de hojas muertas bailaban sobre su superficie al ritmo de la brisa

338. SIN MIRAR ATRÁS, de Duendecilla

Pronto llegaría la hora. Unos minutos más y sería libre. Se iría de aquella casa a la que nunca había pertenecido y donde nunca la habían querido. Con la mochila donde llevaba todas sus pertenencias colgada de un hombro, comenzó a bajar las escaleras justo cuando el reloj del salón empezó a sonar. Doce golpes de sonido que la sacarían por fin de la miseria y el abandono sufrido durante años. Cruzó el salón y sólo se detuvo a la altura de la puerta principal para echar un vistazo fugaz a la casa. Definitivamente no iba a echar nada de menos. Una vez cerró la puerta, echó a correr con todas sus fuerzas, se escondería en el bosque. Cuando ya se había adentrado lo suficiente y los árboles la rodearon, empezó a sentirse segura. Lo había hecho. Se había ido. Después de tantos años ignorada y maltratada con desprecio ahora podía dejarlo todo atrás. Buscó un lugar a cubierto. Había un árbol con una rama gruesa y baja, él la protegería. Se acurrucó apoyada en la mochila y fue la primera noche que se durmió con una sonrisa en la boca.

337. LOS VERSOS DEL ÁRBOL, de Duendecilla

No era un día de esos de pasear. El cielo gris y aquel viento húmedo sólo querían decir una cosa, iba a llover. Caminaba por el sendero de tierra roja que se adentraba en el bosque. Cuando llegó a la altura del riachuelo, giró a la izquierda. Por ese lado del bosque estaba lleno de árboles desnudos, con las ramas mirando al cielo como suplicando una manta para el frío. El sendero se desdibujaba cubierto por miles de hojas que creaban un manto amarillo y rojizo. Y allí estaba, lo había encontrado. A escasos metros había un árbol cuyas hojas no se habían caído y que lucía en todo su esplendor. Al acercarse a contemplarlo de cerca, vio que tenía un hueco pequeño donde seguramente vivía algún animal del bosque. Sin pensarlo dos veces, metió la mano y para su sorpresa encontró un papel medio arrugado. Lo estiró y al ver que estaba escrito se sentó a leerlo:
Bebo de tu aliento cada mañana y sigo teniendo sed.
Como de tu alma cada noche y sigo teniendo hambre.
Vivo de tu esencia a cada instante y sigo sintiéndome morir.
Sueño con tu gran cuerpo y sigo sin poder dormir.

336. EL TIGRE, de El Cuervo

El bosque es mío. Lo recorro majestuoso y dominante como un rey recorre su reino.  La nieve lo cubre todo. En invierno la vida parece suspenderse, el bosque se aquieta, se silencia, como si sus habitantes lo hubieran abandonado. Rujo mostrando mis blancos colmillos y todas las criaturas me reconocen, las que duermen se estremecen en sus guaridas y las que velan se apresuran a buscar cobijo. Me lanzo a correr por el placer de correr y mis poderosos músculos apartan la nieve a mi paso. Corro a través del bosque como si persiguiera una presa hasta que mi corazón se desboca y mis pulmones parecieran que fueran a estallar. Entonces me derrumbo sobre la nieve resollando, me revuelco y acicalo mi espeso y lustroso pelaje; después de descansar sacio mi sed en las heladas aguas del arroyo. En invierno anochece muy pronto en la taiga. Anhelo la primavera, aunque sé que no escucharé los bramidos ardorosos de las hembras, hace muchas primaveras dejaron de escucharse en el bosque. A veces sueño que me encuentro con otro tigre y luchamos, cuando despierto rujo hasta enronquecer, pero nadie atiende mi reto. Soy el último tigre en la taiga.

335. EL FUEGO, de El Cuervo

El bosque es mío. Qué magnífico se ve bajo el resplandor de mis llamas. Al principio sólo era una chispa que casualmente saltó de la carretera a un rastrojo reseco de la cuneta. Cerca estuve de desaparecer, pero un soplo de viento hizo avivarme y prender en los hierbajos. Tímidamente ardí sin llama, chamusqué la marchita hierba de la cuneta, pero los pinos estaban detrás de la zanja, muy lejos de mi alcance. Quemada toda la hierba me consumía fatalmente cuando el viento volvió a soplar y divisé una rama de pino caída que cruzaba la zanja hasta su tronco. «Sopla, amigo viento, sopla» deseé, y el viento me llevó hasta la rama cuyas agujas secas prendieron como yesca. La resina hizo que el pino fuera una tea para mi ardor y mis llamas se extendieran rápidamente por todo el bosque que me acogió en su seno como el cauce al río.  Ya nada me podría aplacar, qué vanos esfuerzos el de los hombres ¿Todavía no han aprendido que nadie detiene mi ímpetu? El bosque es mío y yo soy suyo, arderemos juntos hasta que nos consumamos. Llega la noche, qué hermoso brilla el bosque en la oscuridad.

334. LOS NÚMEROS, de El Cuervo

El bosque es nuestro. Inconsciente y aparentemente caótico, su albedrío está sujeto a nuestras leyes. En realidad, impera tanta disciplina como en un ejército y sus árboles están tan ordenados como soldados en formación. Qué ilusión de libertad, qué espejismo de caos… Su crecimiento y el crecimiento de cada uno de sus árboles están íntimamente determinados por la constante de Napier.  Las abejas que lo polinizan cumplen precisamente la sucesión de Fibonacci.  La Ley de Ludwig predispone la disposición de los pétalos de sus flores. La relación entre el grosor de sus ramas y el tronco de un pino cumple la razón aurea, así como la distribución de la hojas en los tallos, la distancia entre las espirales de sus piñas o la espiras de la concha espiralada del caracol con lo corroe.  Como una confabulación cósmica el secreto de los números determina fatalmente el bosque, su funcionamiento es mecánico como un reloj. Tan inconsciente como el bosque es el leñador que lo tala con su hacha, no sabe que él también está prefijado y que un número determina su destino.

333. BOSQUE SECRETO, de Amanita Muscaria 2

En esta  tarde otoñal, cálida y plomiza, me adentro de nuevo en mi bosque secreto. Cierro los ojos lentamente y comienzo a caminar sobre la hojarasca que entona una ronca melodía, siento como me acaricia la brisa que proviene del mar no muy lejano, escucho el dulce gorgojeo  de algún pajarillo despistado y en pocos segundos pierdo la noción de la realidad. Descubro poco a poco mi libertad interior, esa que sólo unos pocos sabemos encontrar porque aún tenemos sueños e ilusiones. Al instante un aroma amacerado de jazmín hace que despierte de esta ensoñación y me veo rodeada de naturaleza, en tonos ocres propios de esta estación y aunque algunos árboles carezcan de abrigo, me siento arropada por todo lo que me rodea, que me cautiva y hace que me sienta única. Una tímida ardilla de pelaje cobrizo me observa sin temor desde su guarida con algunas nueces entre sus patas, para desaparecer hacia el interior seguidamente. Inspiro fuertemente hasta que el fresco aire otoñal penetra en mis pulmones exhalándolo lentamente, sin prisa, el tiempo carece de sentido en este mágico paraje desconocido para muchos, aquellos que un día dejaron de soñar…

332. TRES AVISOS, de Diente de León

Un día que estaba pastoreando las vacas, Horacio decidió refugiarse del ardiente sol en el soto vecino, para descansar mientras pasaban las horas. Estaba bajo la gruesa y rastrera rama de un castaño centenario cuando escuchó la voz:
— ¡Horaciooo…!
Abrió los ojos, levantó la cabeza, pero no vio a nadie.
— Figuraciones mías —se dijo.
Momentos después, cuando ya le estaba cogiendo el sueño, oyó de nuevo aquella suave llamada, grave para una mujer, aguda para hombre, así la definía él cada vez que contaba la historia, siempre entre escalofríos.
— ¡Horaciooo….!
Se levantó, enfadado, dispuesto a apedrear al bromista empeñado en molestarle. Acechó por todas partes, detrás de los castaños próximos, en las ramas que tenía sobre su cabeza… Nada.
De nuevo pensó que tenían que ser imaginaciones suyas e intentó por tercera vez abrazar el sueño. Tampoco pudo conseguirlo.
— ¡Horacioooo….!
Se irguió de un brinco y corrió hasta el centro del prado. Temblaba. Buscó el sol. Con el repentino estruendo, las vacas se asustaron al mismo tiempo que él. El árbol bajo el que estaba se había abierto por la mitad: una parte quedó en pie, la otra cayó sobre el sitio donde él no pudo echar la siesta.

331. LA DAMA DEL BOSQUE, de Driada 2

El Sol empezaba a inclinarse sobre el hemisferio septentrional. En las elevadas colinas, el frondoso bosque olvidaba la gama de colores verdes del pasado verano.
            De la profunda y obscura agua del lago del bosque, emergió una dama de vaporoso vestido y grácil figura. Elevó sus brazos hacia arriba y ordenó a invisibles águilas que desplegasen en el cielo blancas sábanas. El bosque perdió luz, y los pájaros moradores dejaron de cantar. Bajó los brazos lentamente, y cuando estaban a la altura de los hombros, los abrió, como si de un abanico se tratara, hasta dejarlos colocados en forma de cruz. Una brisa de montaña se desplazó entre las ramas de los robles, las hayas, los castaños y los nogales, transformando los pigmentos verdes en tintes de oro, cobre y rubí. El suelo quedó cubierto por una alfombra ámbar que borró los caminos. La señora de la espesura se elevó hasta acariciar las algodonosas nubes. De inmediato, una lluvia fina comenzó a descender. El agua y la hojarasca se fundieron en un néctar que el terreno bebió.
            Un nuevo ciclo comenzaba a nacer, la dama del bosque, o la naturaleza, otra vez lo había hecho posible.