Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Víctor Lax. 

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Ya tenemos en marcha nuestra octava propuesta del concurso de relatos en blanco y negro... en menos de 200 palabras...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
18 de Noviembre

Relatos

222. EL BOSQUE ENCANTADO, de Brisa

Los aldeanos que vivían en sus alrededores  por este nombre lo conocían. Era su joya más sublime, su perla más hermosa, nada podía compararse con la grandeza de su bosque, era un regalo de Dios y como tal lo respetaban y lo mimaban, su bien más preciado. Tanto les daba; les ofrecía relax y armonía para sus sentidos, bienestar para su cuerpo, paz para su espíritu… Tenían conciencia de que era el pulmón que oxigenaba todo lo que había en su entorno, en él todo era una maravilla, desde el ser más pequeño que allí habitaba, hasta el árbol más centenario, estaban unidos como eslabones en la cadena de la vida. Cuándo el viento hacia vibrar las copas de los árboles, se oían en él  las  más bellas melodías, unidas al susurro de las aguas cristalinas que corrían por sus arroyos. Todo lo que allí acontecía era de gran magnitud y grandiosidad. Lo querían  como su tesoro más preciado. Él compensaba con creces todos sus esfuerzos, todos estaban  unidos gracias a esa dedicación de amor que hacia él tenían. Por esto sin lugar a dudas era para  ellos su bosque encantado. Válganos esto de ejemplo.

221. AL BORDE DEL CAMINO, de El Lobo Feroz

Navegando por procelosos e ignotos mares arribó al sitio. Al borde del camino, en la maraña de aquella tupida red, no percibió que quizá el sendero ocultara alguna trampa o tal vez le introduciría a un bosque encantado. Era necesario penetrar a fondo aquel frondoso y lujurioso follaje para vivirlo y escucharlo; para disfrutar de la armonía más maravillosa. El trino de los mirlos, de los ruiseñores más exquisitos a dúo con las oropéndolas, los grillos más incansables con su cric-cric monocorde, la fragancia de sus sotos y sobre todo ella, el Hada Blanca de los sueños inacabados. Siempre rodeada de un halo que la ocultaba y precedida por una corte de ninfas y elfos saltarines. Sería llamado a ser el roble bajo cuya copa la magia buscaría refugio. Cautivo de aquel hechizo, creyóse de verdad sus sueños, hasta que un día la dama blanca despreció su cobijo y desapareció; el bosque se marchitó y las ramas y hojas del viejo roble, se consumieron. Cuando pasado un tiempo al Hada llegaron los atribulados ruegos del lobo, quiso regar las raíces del árbol con sus lágrimas y devolverle la vida. Solo percibió el triste lamento de los moradores del atribulado bosque.

220. EL BOSQUE Y MI ESTRELLA, de Raiz 2

Todos marcharon, yo decidí quedarme al lado de tía Engracia y de sus caldos caseros que alimentaban hasta a los muertos. Restauré la casa junto al bosque y permanecí allí junto a mi soledad observando como el pueblo iba quedándose apagado.
Decidí alojar a los senderistas que se aventuraban por los caminos umbríos del bosque y los alimentaba con los caldos y recetas de mi tía Engracia.
Poco a poco la fama de mi buena comida casera y de mi familiaridad con los turistas se fue extendiendo por el mundo.
Hoy, desde mi ventana, observo el bosque, agradecido. Escucho el griterío de los niños en el estanque, asustando a los patos y recuerdo la soledad de años atrás.
El pueblo ha vuelto a renacer; somos más de cuarenta vecinos y otros, como yo, se aventuraron a reconstruir las casas de sus abuelos para albergar turistas.
Sonrío ofreciéndole al bosque mi estrella Michelín. Él, desde su silencio amigable, me ayudó y me enseñó a vivir entre árboles. Sin el bosque este sueño nunca se hubiera cumplido.

219. LOS ÚLTIMOS ÁRBOLES, de Paisaje

Donde habitaban verdes bosques, donde nacía el oxígeno que daba la vida, hoy mueren los últimos árboles. Sus hojas serán las últimas en caer y sus esqueléticos troncos dibujarán el nuevo paisaje.
Nadie hizo caso del calentamiento global que padecía La Tierra. Se avisó, sí, pero se atribuyó a algo natural y cíclico o a obsesión de ecologistas.
La realidad fue más cruel de lo que casi nadie imaginó. Sólo un escritor de relatos explicó algo parecido en su obra “los últimos árboles”. Visionario o víctima de una terrible casualidad, la cuestión fue que plasmó que la atmósfera del planeta había quedado infectada con la reentrada del Apolo 11 en 1969. Y así fue.  Por entonces no se detectó, no había tecnología para ello. Sin embargo, cincuenta años después se detectaron restos de extraños microorganismos impregnados en el fuselaje de lo que quedaba de nave. Microorganismos que pasaron a formar parte de la atmósfera del planeta desde entonces, mutando y reproduciéndose sin control mientras iban alterándola lentamente y produciendo el cambio que finalmente convertirá al planeta Tierra en cementerio Tierra.
“Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad… hacia atrás”, debió concluir aquel astronauta.

218. SUSURRO DE AGUA, de Encina

Era una tarde de verano de mucho calor y cansados de sudar, mis primos y hermanos decidimos irnos al arroyo que corre en el pequeño bosque, cercano a la casa de verano, ya la sola idea de sus verdes árboles y su susurrante agua nos hacia apurar el paso.
Al llegar nos metimos en el agua saltando y salpicándonos.
Yo pronto salí del agua y me fui a recorrer los alrededores, me gusta ver las plantas como se entremezclan  entre si y como parecen competir los árboles para alcanzar el sol.
Por ahí andaba cuando descubrí un ejército de hormigas que transportaban, en fila india, trocitos de hojas o ramitas, unas iban cargadas otras venían sin nada, me entretuve un largo rato siguiendo su camino, pero cuando los demás me preguntaron que hacia, volví pronto junto a ellos, no quise decirles lo del camino de hormigas para que no arruinaran el magnifico trabajo que ellas hacían.
Al caer la tarde el paisaje se volvio extraño, ya que por entre los árboles, pasaban los rayos de sol, inundandolo todo de mil colores como si de un calidoscopio se tratara.

217. EL MAGO Y EL CAMINO, de Hoja de Luz

Un mago vaga solo por un monte de palabras que nacen una y otra vez sobre el mismo camino.
El mago mira a su alrededor y solo ve palomas ciegas, plumas que viajan en el viento y caen presurosas en un mar de hojas secas.
Con sus manos abre el aire haciendo la señal del crepúsculo sobre su pecho.
Lleva en sus manos un reloj de arena multiplicado por millones y una pequeña pero filosa espada.
Todos los días uno de sus tantos relojes de arena se acaba, entonces el mago con precisión corta el hilo que lo sujeta a su mano, el reloj cae haciéndose pedazos.
El viento recoge uno por unos los restos. El mago besa sus manos y nace otro reloj completamente diferente al anterior. Sigue su marcha incesante. Mas tarde una luz se enciende y el mago se pone otra vez de pie, repite su nombre tres veces y sigue, recogiendo colores, miradas, juegos y miles, millones de cosas de los árboles.
El mago guarda en su morral todo lo que puede y sigue despacio. Mientras un pájaro desde lo alto lo llama por su nombre para que siga:
“…memoria, memoria…”

216. PUEBLO, de Caperucitaferoz

Pueblo no existe, al menos en los mapas al uso. Sólo se encuentra en la imaginación de cada uno y al lado de un bosque. Es allí donde Caperucita vive y  se  ha hecho mayor. Ahora ella es la abuelita y el lobo feroz ,aunque no lo diga el cuento, dejó  una descendencia de lobeznos buenos que guardan las casas de Pueblo.
Los niños nunca se pierden , el bosque les señala el camino de regreso: no con miguitas de pan,  sino con hojas secas en otoño y en el resto de las estaciones, es el Pajarito Pinzón quien les sirve de guía. Los habitantes guardan bien el secreto: el bosque sólo es para los niños y sus animales.
Pulgarcito, un día que se sentía triste, quiso decir al mundo donde estaba Pueblo y su bosque. Los animales sorprendidos, enviaron a  las arañas que  tejieron una tela a modo de mordaza y también a los mosquitos y hormigas que invadieron  todo su cuerpo. Se rindió ante la evidencia y muy arrepentido, ahora es el guarda y defiende el bosque, ese que todos llevamos dentro y nadie sabe donde está.

215. ¡TODO LISTO! , de Azor

Prismáticos, podómetro, pulsómetro… Mete el trípode pequeño para la cámara de fotos. No sé si cabrá en la mochila. Ya llevo las camisetas térmicas, la roja y la negra, los pantalones desmontables beige que pegan con todo, el chubasquero y las botas impermeables. Coge el sombrero de paja que te regaló tu hermana, que nunca se sabe y como le dé por hacer sol… Y la brújula, que acuérdate lo que nos pasó la última vez.
¿Se ha enfriado ya la tortilla de patatas? Guárdala tú que estoy buscando el chocolate con almendras. Que no se te olviden las barritas energéticas para media mañana. Ah.. y los sobaos que compramos ayer en la panadería, que nos los tomamos de postre.
El navegador último modelo tardó en encontrar el área recreativa de donde salían las atractivas rutas del parque natural. En el parking, encontraron un hueco entre dos coches donde emplazar la mesa plegable y las hamacas. Sacaron la cesta de picnic de veinte piezas recién comprada en las rebajas y parapetados tras sus gafas de sol antirreflectantes, se dispusieron a disfrutar de aquel esplendido día en la montaña.

214. SINTONÍA EN LIBERTAD, de Azor

Sumaba pasos acolchados sobre las hojas desahuciadas durante el otoño. Hacia ninguna parte. Únicamente, le acompañaba el sonido de sus pisadas construyendo la callada sintonía de aquel lugar, y sólo al detenerse y acompasar a la pausa su agitada respiración, fue consciente del resto de escondidos componentes de aquella orquesta al aire libre.
Pero no quería parar. De momento, no quería. Cada metro paseado a la umbría de los árboles, le alejaba miles de kilómetros de su vida prisionera,  proyectando luz a sus pensamientos. Cuanto más se empinaba la cuesta, más atrás quedaba el cansancio que invadía, a ritmo del estridente despertador, su mente cada amanecer diario. Camino de la cima, sus ojos abiertos apenas pestañeaban; pero no dejaba de soñar.
Tras alcanzar el mirador supo que ya había llegado a ninguna parte. Desde allí pudo contemplar el más acá. En la inmensidad de su mirada miope fijó la vista hasta distinguir un intenso brillo. El reflejo del cristal de su pequeño utilitario. El mismo que otro sábado más le había permitido viajar a la libertad.

213. IMÁGENES FRAGMENTADAS, de Olmo

 Cuando el jadeo cesó, el aliento que desprendía el ardor de su cuerpo
se enredaba en la niebla que se arrastraba por el suelo al alba. El
sudor se embrollaba con el rocío empujando riachuelos… y ramas y hojas
vestían estampadas su piel desnuda.
Todo el cuerpo le dolía. Pies y rodillas tatuadas, como si de estigmas
se trataran.
No recordaba con claridad la noche pasada, sólo se despeñaban de su
recuerdo imágenes fragmentadas.
La excitación en el aire espoleando su pituitaria…
  La brisa reverberando el llamado sordo de la antigua pasión…
     La mirada deslumbrada por el deseo…
        Su cuerpo excitado vagando desnudo por trochas y veredas…
           Las manos ansiosas atrapando el aire en cada nuevo intento…
              El sabor primitivo del bosque en la pelvis…
                 El sexo henchido como un dragón de fuego…
                    La furia desatada del trueno destellando sobre el lecho…
                       La esencia renovada esparciéndose en un grito reiterado…
Y después la oscuridad, el silencio, el reposo, el sueño… El tiempo de imaginar el deshielo… de desabotonar el sol del gris cielo… de irisar sonrisas sin que cese el juego… Y de nuevo vuelta a empezar con el forcejeo, con el deseo, con esta primavera que hurta mi sosiego.

212. AMOR EN EL BOSQUE, de Arena

Aquel sendero de arena conducía hasta la gruesa fila de eucaliptos para dar paso a los  pinos, bajo cuyo follaje, la frescura reinaba. Antes de llegar a la playa había que recorrer unos quinientos metros de bosque en línea recta para ver el mar azul. Apurada, Elena trastabilló en la raíz saliente de una rara enredadera que se enrollaba en el tronco de un árbol. Cayo de bruces y no pudo levantarse, el dolor la atornillaba a la tierra húmeda. Pasó un buen rato hasta que un joven de barba colorada, con aspecto de extranjero, quien a la sazón caminaba por entre los esbeltos y verdes ejemplares, llegó en su auxilio. Dejó su mochila y la ayudó a incorporarse, pero la joven no podía caminar. Tuvo que alzarla y llevarla entre sus brazos hasta la ruta.  Mientras caminaba sin hablar, ella casi inconsciente, pudo sentir el palpitar apurado de su corazón. Cerró los ojos por un instante y al abrirlos, el techo blanco de la sala del hospital la desorientó. Sentado a su lado estaba el pelirrojo que la miraba enternecido. El encuentro en el bosque había signado sus destinos. De ahora en más, siempre estarían juntos.

211. EL JARDÍN MÁGICO DE MI IMAGINACIÓN, de Claro

El jardín mágico de mi imaginación es un pequeño bosque formado en la más oscura de mis épocas. Tiene en su entrada un enorme laberinto infranqueable para mis pesadillas, lleno de arbustos en sus lados que esconden el misterio de su belleza. Cuando consigues alcanzar la salida de aquel angosto entramado puedes vislumbrar un paraíso de sensaciones en el que tus sentidos se intensificarán con olor a azahar o el sonido que producen las aves al cantar. Con tus pupilas ensalzadas en el paisaje con el más brillante de los cenit, descubres como los rosales y los lirios te conducen por un camino hasta un pequeño bosque de abetos en donde reposa la más placentera de las sombras en donde dejar a tu cuerpo relajarse y perderse en la grandeza de aquel páramo. Por último cuando llega la noche, aquel esplendor se ve encumbrado por un reflejo platino que se cierne desde lo alto de un pequeño lago que delimita el fin. Y volviendo tu vista atrás puedes descubrir que aquel jardín es incluso más bello y mágico por la noche. Por ello cuando te sientas solo o asustado, cierra los ojos y recuerda esto que te he contado.