27. Sobre el agua flota una flor (Elena Bethencourt)
A veces, las imágenes que se graban en la retina no son solo recuerdos: son —como su raíz léxica sugiere— máquinas de imaginar. Lo sé porque, cuando mi madre llora, parece que esa imagen se le desprende de los ojos y dibuja otra realidad.
Las lágrimas le resbalan por las mejillas y forman arroyuelos que corren por su cintura y desembocan en un río que atraviesa bosques, campos y pueblos. En sus riberas crecen helechos, pinos y secuoyas que dan cobijo a ruiseñores que cantan “Al pasar la barca, me dijo el barquero”.
En la barca, siempre con el mismo peto verde y blusa rosa, va mi hermana, que mira embelesada la danza de las mariposas sobre verdolagas amarillas.
Mi madre la contempla unos minutos. Como la ve entretenida, aprovecha para bajar de nuevo por la orilla de su río imaginario. Mientras avanza, construye diques y presas, abre zanjas laterales, coloca compuertas… Por último, drena las acequias para asegurarse de que, esta vez, el agua no llena el estanque de riego de mi abuelo Ramón.
No advierte, sin embargo, que —en cada uno de sus intentos desesperados— desvía el cauce hacia el barranco donde, desde aquel día, me encuentro yo.

