56. Soy el Desorden
¿Cuántas veces su padre militar franquista le había dicho que debía estudiar Derecho y casarse con una niña rica…? ¿Cuántas veces su madre del Opus le había aconsejado volver a la religión y apuntarse a la Obra…? ¿Cuántas veces sus píos amigos le habían animado a apuntarse a hacer acción social a Cáritas, con esas hipócritas damas y caballeros burgueses que estaban ahí para limpiarse la conciencia? Sus padres eran gente bien y no podían permitir que su hijo no lo fuera…
Todos, demasiado insistentes. Su entorno al completo le estaba presionando para que fuera como ellos, para que todo estuviera en Orden. Pero él era el Desorden per se. Pero era pura coherencia con su propia forma de pensar: auténtico.
Se levantó temprano ese Sábado Santo con pesada jaqueca. Había estando dándole vueltas toda la noche y decidió nunca más volver a misa, nunca más plantearse estudiar Derecho y nunca más volver a ver a su pacata novia.
Abrió el armario y en el fondo: una cazadora, pantalón de cuero negro y botas militares. Observó las habitaciones, hizo con el dedo el“¡Que os den!” y cerró de golpe esa puerta opresiva que, nunca en su vida volvió a abrir.


O unirse al orden establecido y hasta impuesto, o buscar el propio, el auténtico, para el que se está predestinado. Dicho así parece una decisión sencilla, pero seguro que no lo fue para tu protagonista. Eso si, a lo hecho, pecho. El gesto con el dedo es más importante que un simple movimiento, simboliza un cambio de rumbo total, nada menos.
Un abrazo y suerte, Iñaki