68. Grietas
El tartamudeo al pronunciar mi antiguo nombre, el temblor de manos al poner el parche en el ojo azul de Blanca, la voz quebrada al contestar al teléfono. Después vinieron los cinco minutos menos de gimnasia matinal, la leche sin miel, los lunes sin verduras en la cena. Su corbata torcida, nuestra ropa sin planchar. Nos asustamos con el trocito de su bigote perfecto en el lavabo, los chorreones de gomina y aquel reguero de lágrimas y pedazos del traje de los domingos que seguimos por el pasillo hasta la alcoba. Atravesado sobre la cama de matrimonio, despeinado y sin vestir para ir a misa, papá gimoteaba bajito. Al vernos, abrió los brazos. Tardamos en comprender, por falta de costumbre, lo que quería. Nos acercamos desconfiados, Blanca con su heterocromía al desnudo, yo con los labios pintados y las manoletinas rosas. Fue el primer abrazo suyo que recuerdo, la primera vez que me llamó Luisa y miró de frente a mi hermana. El primer perdón que le escuché.
En un arrebato de coraje le confesamos que nosotros también añorábamos la alegría, los disparates y las galletas que mamá nos daba a escondidas. Que, por favor, la llamase para que volviera.

