84. Cien años de luto en La Mancha (Elena Bethencourt)
Don Quijote avanza hacia los molinos con la lanza en alto, pero al arremeter, el campo se pliega y aparece en el patio blanco de Bernarda Alba.
Rocinante resopla; las aspas —que hasta hace un momento giraban— son ahora abanicos negros en manos de seis mujeres de luto.
La hija menor desvía los ojos hacia Aureliano Buendía que deja caer un pescadito de oro. La mayor aprieta los labios mientras su madre, con los golpes del bastón, provoca una lluvia de flores amarillas. Sancho intenta recogerlas, pero al tocarlas se convierten en mariposas. Revolotean y se posan sobre las paredes de cal, en el lomo del caballo y sobre los vestidos negros que —con el roce de los pétalos— se vuelven verdes.
Es entonces cuando Bernarda repara en mí, agazapada detrás del castaño que crece en medio del patio, y con voz severa me grita:
—Tú tienes la culpa del caos en Macondo. Ponte de inmediato a coser.
—¿Yo? —pregunto mientras ella golpea el suelo con la lanza que le arrebata a don Quijote.
—Sí, tú… A ver si lees los libros en orden, no tres a la vez.

