96. El verbo torcido
Todos venimos con un pan, excepto los hijos del carbonero, que llegan al mundo con una gallina bajo el brazo. De ahí que en su casa la alegría dure más que en las nuestras, donde el hambre aprieta en cuanto se nos acaba el último mendrugo. Hemos perdido ya la cuenta de los chiquillos que su mujer ha parido, y es que, pasada la cuarentena, vuelta la mula al trigo y otra vez ese olor a caldo recién hecho que se derrama por las ventanas.
Por eso las mozas del pueblo lo esperan en el camino escondidas tras los matorrales. Creen que su semilla encierra un corral. Le chiflan y, con las enaguas en alto, tratan de seducirlo empujadas por el estómago más que por el deseo. Pero él hace como que no las oye. No logra sacudirse de la cabeza lo que nació de los amores casuales con la lavandera. Sobre todo aquel ñiqui-ñiqui desacompasado, húmedo, que salía de la boca del crío. O lo que quiera Dios que fuera aquello.

