DEPARTAMENTO DE OMISIONES
Me recibieron con una sola frase: “Ese es tu despacho”.
No supe rechazar aquel trabajo; me dijeron que era fácil, solo debía revisar los expedientes de coraje no ejercido e implementar la sanción correspondiente.
Se trataba de momentos breves, escuetas escenas; sin embargo, cada carpeta pesaba como si contuviera toda una vida.
Ojeé los primeros. Un hombre que no había defendido a otro en el metro, pena, ser ridiculizado cada día en la calle; una mujer que no se había enfadado con la infidelidad de su esposo, pena, vivir con él el resto de vida; un joven que no supo reaccionar a los insultos de su jefe, soportar por siempre los insultos de superiores, y a medida que los leía sentía que no era tan sencillo, que no sabía si iba a aguantar. Seguí revisando hasta que llegué a uno que llevaba mi nombre y recordé cuando mi cuñado me dijo que dejara de soñar con ser músico y me pusiera a trabajar en algo serio.
Con miedo pasé la siguiente hoja para ver mi sanción: trabajar en el departamento de omisiones eternamente.
La supervisora se levantó, dio un golpe seco con un sello y dijo:
—Siguiente caso.

