62. HÉROE DESCONOCIDO
El charco marrón entra por debajo de la puerta. Fuera, los coches se deslizan sobre una masa oscura. Detrás, un muro de barro y cañas se acerca, arrasando todo a su paso.
Entro deprisa y atranco la puerta. Veo crecer la ola antes de que reviente las ventanas. Escalo los muebles del salón, pero me alcanza.
Y comprendo que voy a morir.
El vómito, áspero y terroso, me despierta. Todo está oscuro, pero los intermitentes de la montaña de coches sobre la que me encuentro parpadean.
Entonces, recuerdo.
Recuerdo la masa marrón engulléndome, y bucear a tientas, intentando encontrar la salida. Recuerdo una mano que toma la mía con fuerza, y estira de ella hasta sacarme a la superficie. Recuerdo los bandazos, y los golpes, y la muerte respirando a mi lado.
Recuerdo cómo, a pesar de esa mano, pensé en rendirme.
Le miro a los ojos. A esos ojos que siempre estuvieron llenos de hambre atrasada, de desdicha y de miedo, pero en los que ahora brilla el coraje. El mismo con el que se enfrentó al océano. El mismo con el que me ha salvado la vida, aun a riesgo de perder la suya.


Muy bien reflejada la terrible sensación de angustia en medio de una inundación, el pánico que da la muerte tirando de ti hacia el fondo, ahogándote… Creo que hasta estiré un poco el cuello intentando mantener la cabeza a flote. Menos mal que el final no puede ser más positivo y reconfortante.
Hace falta valor para escamotear a la muerte prematura su visita en una situación límite, con la naturaleza desatada, pero más aún para arriesgar la propia vida por salvar la de una persona desconocida, por ser persona, eso ya es más que suficiente.
Un abrazo y suerte, Rosalía