Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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98. Tras la tormenta, tu rabia

El rugido repetitivo se acerca y la tormenta no amaina. José hunde los pies en la nieve con cada paso. Arrastra un trineo con un bebé y una adolescente. El pequeño duerme tras horas de llanto; la adolescente se sujeta al trineo para seguir deslizando con vida, el dolor de la pierna fracturada se intensifica con cada bache. Cubierta con un abrigo de mujer, heredado y demasiado grande para evitar que penetren el viento y la nieve.

José los observa de reojo y hunde sus pies una vez más.
—El GPS…
La voz de la chica se ahoga en un zumbido ensordecedor aproximándose.
Desde que encontraron a la adolescente, las cuerdas han arado la piel de José, dejándola en carne viva. No ha sido su mayor herida desde entonces.
José hunde sus pies; avanza.
El frío sólido le golpea, un estruendo rítmico les sobrevuela. José alza la mirada y, antes de desplomarse en la nieve, sonríe.

La tormenta amaina.

El helicóptero aterriza. Dos soldados bajan del artefacto, corren, alzan el trineo y lo suben a la bodega.
—Base; GPS correcto. Rescatada la princesa. Volvemos.

Llora el bebé caído junto al cuerpo de su padre, mientras el rugido repetitivo se aleja.

3 Responses

  1. Gema Herráez

    Solo se me ocurre decir con rabia que siempre ha habido clases. ¡Lamentable!
    A parte del análisis sociológico, el relato tiene una cadencia y una visualidad que a mí casi me ha hecho sentir el frío de la nieve.
    Un saludo

  2. Qué impresentables llevándose princesa y trineo… pero el que la llevaba que se joda.
    El abrigo de mujer heredado podría ser de la mujer de José, quizá ha muerto justo antes («No ha sido su mayor herida desde entonces») – aunque no me queda claro por qué «desde entonces», por qué depende de que apareciera la adolescente en la historia.
    Muy bien conseguida la ambientación del frío y el helicóptero.
    Una pena que las realezas no entiendan de solidaridad ni con los que los salvan.
    Un saludo,
    Carme.

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