51. El lenguaje de las nubes
Miles de lunas surcaron el cielo. El ser humano se adaptó para sobrevivir. Solo utilizaba el índice; el resto de los dedos se había apelmazado en una especie de muñón al que estaba adherido el móvil, como una prolongación natural de la mano. Los individuos interactuaban a través de unas gafas oscuras conectadas a la red. La complejidad del lenguaje, en cualquier idioma, se había simplificado a gruñidos. En función del estado de humor, variaban de intensidad. Cuando se reían, una ruidosa carcajada salía de sus fauces sin dientes porque solo se alimentaban a base de pastillas y comprimidos.
A pesar de todos los satélites que envolvían la Tierra, un enorme meteorito atravesó la estratosfera y fue a caer en el centro del Polo Norte. El impacto se sintió hasta el Polo Sur. La conectividad mundial se apagó. Los niños, tumbados en la playa, esperaban a que los mayores arreglasen el estropicio. Uno señaló una nube con forma de cara barbuda y dos orejotas y consiguió decir entre gruñidos: «Don Jo -sé». Risas infantiles acompañaban las primeras palabras que pronunciaban. «E-le-fan-te», dijo otro. «Mo-no», advirtió otra. Les surgió entonces una desesperada necesidad de usar ese antiguo lenguaje, versión 0.0.

