52. EL CALOR DE LA LECTURA
Ya no encuentra formas en las nubes como antaño, cuando no dejaba pasar una sin emparejarla con algo o alguien. Parece que los años han secado su imaginación, pues ahora solo percibe la cruda realidad, y donde quiera que dirija la mirada, le invade la tristeza. Recuerda aquellos tiempos en los que todo lo entusiasmaba y se sabía entretener solo, cuando soñaba despierto y pintaba un futuro colorido sin esfuerzo.
Sin ocupación alguna, con fuerzas mermadas y escasas habilidades sociales, descubrió un método para escapar de ese frío baño de realidad que ahogaba su soledad: ir a la biblioteca. Allí, rodeado de jóvenes que estudiaban para forjarse un futuro, tomaba un libro y, en un ambiente de silencio y concentración —y, no menos importante, cómodo y cálido— se sumergía en la lectura, aislándose de su entorno.
Cuando se adentraba en una historia, se dejaba acunar por una imaginación vicaria que lo transportaba a otros mundos, haciéndole olvidar su triste existencia. Quedaba tan absorto que el aviso de cierre siempre lo sobresaltaba, y le costaba entender su entorno al volver de otras civilizaciones, otras épocas u otros ambientes.

