52. EL CALOR DE LA LECTURA
Ya no encuentra formas en las nubes como antaño, cuando no dejaba pasar una sin emparejarla con algo o alguien. Parece que los años han secado su imaginación, pues ahora solo percibe la cruda realidad, y donde quiera que dirija la mirada, le invade la tristeza. Recuerda aquellos tiempos en los que todo lo entusiasmaba y se sabía entretener solo, cuando soñaba despierto y pintaba un futuro colorido sin esfuerzo.
Sin ocupación alguna, con fuerzas mermadas y escasas habilidades sociales, descubrió un método para escapar de ese frío baño de realidad que ahogaba su soledad: ir a la biblioteca. Allí, rodeado de jóvenes que estudiaban para forjarse un futuro, tomaba un libro y, en un ambiente de silencio y concentración —y, no menos importante, cómodo y cálido— se sumergía en la lectura, aislándose de su entorno.
Cuando se adentraba en una historia, se dejaba acunar por una imaginación vicaria que lo transportaba a otros mundos, haciéndole olvidar su triste existencia. Quedaba tan absorto que el aviso de cierre siempre lo sobresaltaba, y le costaba entender su entorno al volver de otras civilizaciones, otras épocas u otros ambientes.


Qué casualidad, Antonio. Nuestros relatos tan cerca y los dos utilizamos las nubes, tú para abrir el relato y yo para cerrarlo 🙂 Qué mejor recurso que la literatura para alejarse de la cruda realidad. Siempre ha sido y será más que necesaria. Un abrazo y suerte, Antonio.
Quizás andemos ambos por esos lares. Gracias Liliana.
No hay mejor ni mayor evasión que una buena lectura, lo que no quita para abandonar el necesario contacto de las relaciones sociales.
Un abrazo y suerte, Antonio.
Bueno, Ángel, a veces pienso que cuanto más conozco al ser humano más quiero a mis libros (porque no tengo perros).
Por suerte, hay personas como tú!
Amén, Rosalía.
Nuestro amigo no renuncia, es que no las tiene (el pobre). Gracias Ángel.
Es verdad lo que cuentas, Antonio: cuando nos sumergimos en un libro perdemos en contacto con la realidad, y cuando vuelves a ella parece que las olvidado del todo.
Es una sensación fascinante, cuesta entender que haya gente a la que no le guste leer, verdad?
Un abrazo y suerte.
Y que tras leer no te pique lo de intentar escribir. Gracias Rosalía.
La mejor manta, la mejor medicina, lo más reconfortante del mundo es la lectura cuando el frío de la realidad nos cala los huesos… Imposible no identificarse con este señor mayor que todos los días, abrigado al calor de la lectura olvida, aunque sea por un rato, su vejez, su soledad, sus escasas habilidades sociales y su mermada imaginación… Yo creo que si alguien le diera un lápiz y un papel y lápices de colores, él recuperaría su habilidad de pintar un futuro colorido sin esfuerzo… Ojalá que alguien lo note y se los dé, porque no sólo le haría bien; le haría bien a todos…
Un micro agridulce; no obstante, me gustó.
Te mando un beso grande, Antonio.
Mariángeles
Esperemos no desembocar en tan triste etapa final. Por si acaso me guardaré folios y lápices por lo que pueda pasar. Gracias Mariángeles.
El calor de la lectura (y de la biblioteca) y la imaginación vicaria (excelente expresión) trasladan al protagonista desde su triste y solitario mundo a otros placenteros. Muy bien.
El que tiene imaginación es el escritor, el lector se adentra en la historia con distintos grados de sugestión. Gracias Edita.
El maravilloso poder de la lectura. Como le pasa a tu protagonista nos sumerge en otros mundos, otras realidades y podemos refugiarnos en ella cuando la realidad se vuelve árida. Pero también nos puede ayudar a entender, aprender y a empatizar con otras realidades . En fin , el poder de la lectura.
Un abrazo
Esa varita mágica con hojas escritas es maravillosa. Gracias Gema.