54. Afantasía
—Vamos, chico —se impacientaba el genio—, que no tenemos todo el día.
Pero él no necesitaba nada. Ahora, incluso, disponía de cama propia. Había dejado la deslomante recogida de fruta por un trabajo cómodo en el almacén. Aquí, sentado, solo debía abrillantar un montón de herrumbrosas lámparas de aceite. ¿Por qué narices tuvo que salir el gigantón de una de ellas? Y encima exigiendo no uno, sino dos.
—Ah, ya sé por qué callas —prosiguió todavía envuelto en humo—. Tendré que elegir yo mismo el primero. No hay otro remedio. Ea, concedido. Mañana pedirás el segundo y quedaré libre.
El muchacho pedaleó de vuelta al piso compartido, olvidando en su camino aquel encuentro. Durante la noche ocurrió algo extraño: soñó por primera vez. Al despertar, imaginó que vivía en una mansión. Mientras subía la cuesta sobre la bicicleta de segunda mano, su mente se inundó con lujosos deportivos. Y el salitre del mar entró en sus pulmones desbancando al olor putrefacto de los contenedores callejeros. Con la mirada hirviente, entró en el local buscando al genio hasta encontrarlo.
—Chico, ahora que ya tienes imaginación, ¿cuál es tu último deseo?
—Dejar de tenerla —respondió de inmediato.


Que buena la idea que subyace en el relato. Para que la imaginación si luego tiene que volver a su realidad. Con que poco se conforma y otros nunca están satisfechos con lo que tienen y desean más y más. Algunos no tendrían suficiente con un solo genio.
Muy realista y un poco triste reconozco.
Un abrazo
Me ha encantado el término afantasía, que desconocía. Y más aún me ha gustado el final, tan sorprendente.
Ya se sabe aquello de «no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita». Hay quien es dichoso con lo puesto y no quiere imaginar un mundo supuestamente mejor, porque ya lo tiene y no precisa deslumbrarse con otros diferentes, que al contrario, distorsionan su quietud.
Un planteamiento diferente para una historia sencilla y profunda a la vez, sorprendente en su aparente sencillez, que no lo es
Un abrazo y suerte, María.