Abuelita… ¡Qué imaginación tan fantástica tienes!
Cada noche, la abuela abría un grueso libro de tapas gastadas cuyas páginas, escritas a mano, escondían historias fantásticas. Los nietos, ya acostados, aguardaban expectantes. Ella deslizaba los dedos por el papel como si siguiera las palabras y decía:
—Había una vez…
Y las historias fluían: reyes bondadosos, lobos feroces, niñas valientes y pueblos escondidos que guardaban secretos. Cada noche era distinta, aunque el libro fuera siempre el mismo, y cada noche los niños se dormían plácidos en mundos oníricos.
Crecieron escuchando aquellos cuentos hasta que, con el tiempo, repararon en un detalle: la abuela no leía; quizá nunca lo había hecho. Le preguntaron a su madre y ella les confirmó la verdad: la abuela no sabía leer. Aquello los desconcertó, pues no entendían por qué tomaba el libro si podía contar las historias sin él.
Entonces, la madre les reveló un secreto: todos esos relatos se los había contado la abuela. Por eso, en cuanto aprendió a escribir, decidió plasmarlos en un cuaderno en blanco, convirtiéndolo en un diario fantástico.
La abuela, orgullosa de su hija, seguía sosteniendo aquel libro cada noche para «leer» sus maravillosos cuentos. Era un puente perfecto entre lo escrito, lo contado y lo soñado.

