86. Ni ellos mismos se lo creen (María Rojas)
En el Salón de Reinos, boquiabierto se queda el enano ante las espléndidas pinturas.
Zurbarán, complaciente, lo deja estar y él se deja ir en una contrahecha melancolía. Siente envidia del aedo de cuerpo bien proporcionado y elástica musculatura.
Luego, ante un “avisillo” de chorizo y un chorrete de vino, ríen a carcajadas el pintor y el enano al recordar la absurdidad de los Habsburgo de creer que pertenecen al mundo del todopoderoso Homero.

