87. Dieciséis escalones
Parpadea el cursor sobre un espacio infinito sin que encuentre las palabras que merece. No soy capaz aún de escuchar su voz en mensajes antiguos, pero me reconforta verla feliz en las fotos, con esa sonrisa luminosa que usaba para tranquilizarnos aunque tuviera el alma encogida de miedo.
Permanecerá menuda, dulce y vivaracha gravitando en mi memoria, como hizo en mi existencia durante casi sesenta años. A veces enturbiándome los ojos de sal, otras como un cálido soplo de recuerdos: cada vez que un corazón de chocolate me traslade a aquellas caminatas por el Retiro, cuando el amarillo y el violeta decidan jugar con un hombre aferrado a una cometa, o siempre que, Ebony and Ivory, acaricie sonriendo un teclado.
Con su elegancia a lo Hepburn dejó un rastro inolvidable y poderoso. Hasta el final. Antes de ponerse a salvo del lado más oscuro de la vida en el que ya no podía ser ella, de decidir, valiente, doblar el último recodo, el más difícil, quiso despedirse de todos.
Hoy, una rabia estéril me desborda al añorar lo ya imposible de vivir, y me lacera, insidioso, el maldito minuto que no tuve para subir a abrazarla por última vez.
(A Nuria, siempre luz)


No hay que dejar nada sin hacer y nada sin decir. 16 esccalones puede ser un trecho enorme, más que el Everest.
«Elegancia a lo Hepburn» y «elegancia a lo Eva», que escribes divinamente, aunque dentro de la historia lata un drama.
Un avrazo y suerte, Eva
Qué triste y qué duro, Eva, cuando no nos despedimos. A veces nos falta el tiempo, la oportunidad, otras veces nos falta el coraje, o simplemente no podemos creer que ya no habrá otra oportunidad… Es igual, los adioses que no se dicen se nos quedan clavados para siempre. Estremecida me has dejado.
Mucha suerte y muchos besos.