79. El cuento de la lechera
Me puse a imaginar mi propio huerto y mi granja de leche ecológica. Fuera estrés. No a la contaminación. Adiós al asfalto y a los malditos atascos; al obligado consumismo de centro comercial; al absurdo postureo en el garito de moda y a las infumables películas chinas en versión original. Dispuesta a luchar por un destino donde hallase la autenticidad que habita entre vigas de madera y piedra encalada soporté que los mosquitos convirtieran mi cuerpo en hervidero de picores y ampollas. Soporté los callos de mis manos y el humo de la leña que convirtió mis poros en puntos negros de ceniza y hollín. Soporté los excrementos de ratones y el polvo de las termitas que amargaba el café. Soporté el zumbido de las moscas en la siesta, las arañas y el escozor de pulgas entre mis sábanas vacías.
Lo aguanté todo, excepto la cabezonería de esas desagradecidas ubres secas.


Una lechera moderna, pero “algo quisquillosa”. Esta mujer no estaba bien en ningún sitio. No hay lugar perfecto. Aunque si le falta el sustento, eso ya es otro tema. Tendrá que apagar su imaginación y ser más práctica.
La mala suerte también existe.
La vida en el campo de vacas, estiércol y moscas, es solo bucólica para el que la imagina distinta o la ve desde lejos, os lo puedo asegurar.
Tener planes a corto y medio plazo, una hoja de ruta, es positivo y hasta necesario, pero dar por hecho que una realidad va a ser mejor que otra, es minusvalorar los condicionantes, aquello de «el demonio está en los detalles», dar demasiado peso a los deseos en detrimento de los hechos antes de que ocurran.
Un abrazo y suerte, Elena
Me hace gracia que ella misma rompe el cántaro en su sueño porque al final sus vacas no dan leche. Un cuento de la lechera muy peculiar. ¿O quizás si lo hizo realidad y le salió mal? No me queda claro si lo imagina o llega a realizarlo. Así tiene más sentido. Digo yo que puestos a imaginar hubiera triunfado y esas ubres habrían sido productivas.
Un abrazo
Siempre queremos lo que no tenemos, y además la vida rural no es tan idílica como la imaginamos. A mi me gusta vivir en la ciudad, pero no ir al centro comercial o al garito de moda. Y también me gusta el campo, pero no criar vacas y gallinas, o que se me coman los mosquitos.
Esta lechera 3.0 tenía claro lo que quería, pero se ha dado de bruces con la realidad, como en la versión original.
Un abrazo y suerte.