92. El viaje de Aquiles
Un día a Aquiles le entró el antojo de emprender un viaje sin mapas ni brújulas.
En el camino el talón empezó a bailarle en un desorden desbocado, por más que al nacer su madre le hubiera ungido los pies con agua de ambrosía para evitar estos trastornos.
Años después, en un callejón troyano, lo encontró un arqueólogo.
Vestía el hábito de los traspapelados, de los que no encuentran nunca el camino de regreso.

