60. GRAN FINAL (Belén Sáenz)
Finalmente había llegado el día en que se iba a acabar el mundo, que unos proclamaban del Juicio Final y otros tildaban de la Extinción Merecida. No nos había pillado por sorpresa. Un ejemplo: desde principios de año, si comprabas un calendario la última fecha estaba marcada en rojo ―ya que se declaró festivo― y los subsiguientes huecos y páginas en blanco. Hasta ayer mismo se emitieron programas divulgativos sobre la efeméride y en las revistas podías encontrar todo tipo de consultorios y consejos. Yo tenía decidido ponerme un vestido verde esmeralda que tenía reservado en mi armario porque es lo que más favorece bajo la luz del crepúsculo. Nadie lloraba ni se lamentaba. No nos despedíamos de nuestros seres queridos, y no encontrábamos sentido en saldar deudas ni disipar rencores. Fuimos saliendo de nuestras casas poco antes de la hora señalada; la serenidad y el silencio reinaban en las calles y los parques porque hasta los niños comprendían que era absurdo apurar el vaso hasta la última gota. Atardecía. Por ser el último ocaso, sería el espectáculo más bello que habíamos visto jamás. Todos los habitantes de la Tierra lo habíamos imaginado así, nos dijeron los agentes del Gobierno.


Ante el último atardecer no hay incertidumbre, solo la de admirar lo que está a punto dejar de suceder. Ante la certeza de una destrucción total y sin alternativa, solo queda la aceptación.
Un abrazo y suerte, Belén.
La verdad es que el fin del mundo (muy acertado lo de Extinción Merecida) hay que tomárselo con calma, aunque esos agentes del gobierno que salen al final me dan mala espina.
Lo mejor de todo, que se declare festivo, pero no el día, mejor la semana entera.
Un abrazo y suerte.