89. La decisión correcta
Había decidido marcharme, aunque una parte de mí estaba dispuesta a quedarse.
Así que me armé de valor, hice la maleta, dejé una nota y salí de allí con la certeza de estar tomando la decisión correcta. Antes de llegar al portal, ya dudaba.
Así que para arreglar las cosas solo se me ocurrió preparar la cena, abrir una botella de vino, sacar dos copas y esperar a que volviese. Funcionó. Aquella noche volvimos a ser dos adolescentes.
Con el tiempo cambié de trabajo y me volví a enamorar. Lo hice de una chica que leía a Murakami y jugaba al ajedrez. Permití que ella durmiese en el lado izquierdo de la cama y aprendí a no dejar los zapatos en medio del salón.
Con el tiempo me acostumbré a dormir en el lado izquierdo de la cama, quitamos el gotelé de las paredes y nos jugamos a las cartas el nombre de nuestros hijos.
Muchos años después, nos cruzamos en la calle. Permanecimos unos segundos mirándonos extrañados, esperando a que el otro hablase primero. Pero no nos atrevimos y cada uno siguió su camino.
Durante el resto de la tarde los dos nos estuvimos preguntamos lo mismo.


Decidir entre blanco o negro es muy sencillo, el problema comienza con lo que suele ser habitual: que haya muchos tonos de gris, ys que abrazar algo implica sienpre renunciar a otra cosa. Él y ella se preguntaron tiempo después qué habría pasado si hubieran seguido juntos, pero no les queda otra que vivir con esa incertidumbre.
Un abrazo y suerte, Ernesto
Ernesto, al leer tu relato me he acordado de esas historias de realidades paralelas, en las que una misma persona vive todas las vidas posibles, dependiendo de las decisiones que haya ido tomando.
Quizás tu protagonista ha continuado con ese amor en otra dimensión.
Un abrazo y suerte.