82. La llamada
Una fuerza interior desconocida lo ha empujado a volver.
Ya no recuerda qué fue lo que lo impulsó, o tal vez lo que lo obligó a dejar su tierra; su memoria languidece.
Con pasos vacilantes avanza por las calles; nada le resulta familiar. Se cruza con la gente, pero sus rostros no le regalan una mirada. Intenta aferrarse a un recuerdo, y este se desliza por su mente sin dejar huella.
Sus piernas han tomado el control y lo conducen al camposanto, a los pies de una lápida; su nombre y su corta edad penetran en su cerebro como una daga. El pasado regresa: «el coche, el alcohol como copiloto, la sangre que recorre los pliegues del asfalto».
Su vida ha sido un cúmulo de desafección, una existencia errante en busca del olvido. Ahora siente que está donde debe estar; la culpa impregna cada rincón, pero es suya, le pertenece y, cansado de huir, la acoge como una liberación.


Qué tremendo debe de ser vivir con la culpa de haber matado a un menor en accidente de tráfico.
Muy bien contado, Salvador.
Suerte.
En este caso el protagonista pertenece a la culpa. Su propia culpa lo ha secuestrado y le reclama. Y él no puede hacer otra cosa que ceder. Así es la culpa nosotros la generamos y es difícil deshacerse de ella.
Un saludo
Es lógico y humano que tu protagonista sienta que pertenece más al mundo de los que se fueron que al de los vivos, la carga que arrastra no es pequeña.
Un abrazo y suerte, Salvador.