91. La última cena
El camarero esboza una sonrisa enigmática y me invita a sentarme. Mi trasero se amolda a la silla como si me hubiera estado esperando desde siempre.
—Confío en que no le importe, la sorpresa es fundamental —susurra mientras me coloca un antifaz.
Distingo aromas trufados, terrosos, salinos, cítricos. Y salivo. Agarro el cubierto y el placer absoluto estalla en mi paladar. Saboreo los matices de la felicidad. Desaparece el miedo, el dolor, la incertidumbre; la cuchara es lo único que importa. Y, con el bocado final aún sublimando mi boca, intuyo el pálpito de una desazón, el molesto cosquilleo del implacable vacío.

