91. La última cena
El camarero esboza una sonrisa enigmática y me invita a sentarme. Mi trasero se amolda a la silla como si me hubiera estado esperando desde siempre.
—Confío en que no le importe, la sorpresa es fundamental —susurra mientras me coloca un antifaz.
Distingo aromas trufados, terrosos, salinos, cítricos. Y salivo. Agarro el cubierto y el placer absoluto estalla en mi paladar. Saboreo los matices de la felicidad. Desaparece el miedo, el dolor, la incertidumbre; la cuchara es lo único que importa. Y, con el bocado final aún sublimando mi boca, intuyo el pálpito de una desazón, el molesto cosquilleo del implacable vacío.


La incertidumbre de no saber con qué se va a encontrar este cliente. La certeza de que ha encontrado la perfección. Otra certeza más: la de que nunca volverá a hallar nada igual, que a partir de entonces todo va a parecerle mediocre. Conocer lo sublime tiene el riesgo de poner el listón demasiado alto.
Un abrazo y suerte, Elena
Gracias Ángel, esa es la razón del relato. Me preguntaba qué pasaría si en algún instante alcanzas lo perfecto sabiendo que nunca más volverás a rozarlo. ¿No es llegar a la perfección lo que nos mueve? Suerte para ti también. Besazo
Elena, me han entrado ganas de probar esos manjares. Pero claro, si luego voy a sentir esa desazón y ese vacío no sé si me merece la pena. Es un gastromicro.
Un abrazo y suerte.
Hola Rosalía, qué bueno, gastromicro. Me gusta, gracias por el maravilloso concepto. Un abrazo y suerte para ti también
Vaya! No sé si merece la pena dar la vida. En todo caso me gusta la resolución de esta última cena.
Hola Rosa, ese es el debate, la perfección o la vida. Gracias y suerte.