69. LOS DIOSES DE NUESTROS PADRES
La multitud emitía un murmullo ensordecedor ante su puerta. Los alguaciles registraban cada rincón, buscando pruebas. Luego, se lo llevaron maniatado.
El poblado estaba conmocionado, pues aquel anciano había sido nuestro guía toda la vida, ejerciendo de sacerdote, chamán y consejero. Mis padres habían aceptado su conexión con los dioses, de quienes recibía señales e indicaciones como hicieron nuestros mayores.
Hablar con él era intimidante, pero reconfortaba. Adivinaba cuestiones íntimas y a veces anticipaba sucesos como tormentas de ranas o temblores de tierra. Cuando recibía señales especialmente nítidas, sueños premonitorios sobre amenazas catastróficas, apremiaba al jefe para convocar al poblado en asamblea.
Según supimos después, alguien le había descubierto escuchando por las ventanas. Tras seguirle un tiempo, comprobaron que trucaba sus predicciones. En su casa había anotaciones sobre todos nosotros y escritos sobre sueños. Algunos ya transmitidos, otros en elaboración.
Desconcertado ante la posibilidad de que aquel hombre fuera un fraude, recordé cuando, años atrás nació nuestro séptimo hijo y vino a casa susurrando que había soñado con él y que los augurios eran fatales. Nuestro hijo suponía una amenaza y los dioses exigían actuar rápido. Mi mujer quiso huir y yo me entregué a la fe de nuestros padres.

