76. Neblina
Desperté despacio, somnoliento, intentando acomodar la vista a la luz que entraba sin permiso por la ventana del salón. Me había vuelto a quedar dormido en el sofá.
Sobre la mesa auxiliar descansaba un retrato enmarcado. En la foto, mi cara sonriente posaba junto a una mujer a la que no conocía. Nos flanqueaban dos niños preciosos que me abrazaban con un cariño enorme. Busqué en mi memoria algún rasgo, un nombre, un aniversario, no sé… pero solo encontré una densa maraña de niebla. No reconocía a nadie. Ni siquiera estaba seguro de que el hombre de la imagen fuera yo.
En ese instante, la llave giró en la cerradura de la puerta. Escuché risas infantiles y el murmullo cálido de una voz que me llamaba desde el recibidor.
Me quedé inmóvil, paralizado por el terror de no saber a quiénes estaba a punto de recibir.
Hoy, en la habitación del geriátrico, no hago más que recordar ese momento, mientras me dejo abrazar en silencio por tres desconocidos.


Ay qué penita, Alberto. Mi padre acabó así y es terrorífico pensar en que a cualquiera de nosotros nos puede ocurrir lo mismo. A saber cómo terminaremos. En fin, seamos optimistas, que si no, no podríamos seguir adelante.
Abrazote.
Muy triste, Ana María, tienes razón. Vamos a centrarnos en los buenos momentos, como estos que pasamos en nuestra querida página enteciana. Un abrazo, y hasta muy pronto.
Qué miedo da esa neblina, Alberto. Y pensar que a todos nos puede alcanzar, más todavía. Un relato duro y tierno.
Un abrazo.
Esperemos que no nos alcance, María. Mientras tanto, disfrutemos de esta pasión que nos une, la de la tecla y la pluma. Te escucho muy pronto. ¡Un abrazo!
Estupenda narración que describe desgarradora y a la vez poéticamente lo que significa la pérdida de la memoria, sin la que nos quedamos sin identidad, perdidos sin ningún anclaje. En esos casos los abrazos son terapéuticos.
Un abrazo
Muchas gracias por tu comentario, Gema. Qué sería de nosotros sin los abrazos, y más en estas situaciones. Aprovecho para enviarte uno de vuelta.
Solemos mirar desde fuera esa terrible enfermedad que deja sin memoria, ponerse en el lugar de quien la sufre no es fácil, como no lo puede ser convertirse en un extraño para sí mismo, y que hasta los más allegados también lo sean.
Espero que nunca se me olvide leerte.
Un abrazo y suerte, Alberto
Yo también espero que nunca se me olvide lo que agradezco tus comentarios, Ángel. Un abrazo de vuelta y suerte para ti también.
¿Habrá incertidumbre mayor o peor que no saber quién eres ni reconocer a los tuyos? No lo creo.
Pues si no es la mayor o la peor, poco le faltará. Espero que no tengamos que vivirla. Gracias por comentar, Edita. ¡Un abrazo!
Oh, qué pena, Alberto, no imagino una incertidumbre más terrorífica. Pensaba que se iba a ir por derroteros fantásticos, así que el shock ha sido más fuerte.
Un abrazo y suerte.
Muchas gracias por tu comentario, Rosalía. Espero verte pronto y recuperada del shock. Un abrazo y suerte para ti también.
Encoge el corazón.
Conozco por experiencia la crueldad de esa neblina y el dolor inmenso cuando envuelve a un ser querido y te lo va quitando poco a poco.
Enhorabuena por contarlo así de bienn
Saludos