Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
4
1
horas
0
0
minutos
5
4
Segundos
1
1
Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

10. Intrusa

La noche que papá llegó con ella subida a hombros aduciendo que era pequeña y piadosa, mamá no tuvo más remedio, no sin reticencias, que aceptarla.  A falta de espacio, acordaron alojarla en el desván.
Un sábado temprano, papá salió de la casa con premeditado sigilo. El primer rayo de sol iluminó la estancia en el instante que mamá despertó y notó el vacío que siempre había a su lado. Se levantó con un runrún impropio y sospechó que provenía de arriba. Subió con impostada prudencia y comprobó que la trampilla de acceso estaba  entreabierta. Por la rendija observó a padre amancebado con su mentira, fruto de la cual ya habían nacido tres hijas: la duda, la desconfianza y la ausencia. Mamá hizo como si nada hubiera visto. Echó dos vueltas de llave y bajó a la cocina a preparar los desayunos como si tal cosa. Al tiempo vendría el hijo, al que llamaron olvido, y todo se sobrevino.
Desde entonces no le hemos vuelto a ver. Al principio preguntábamos por él, luego dudamos si volvería y desconfiábamos que lo hiciera. Por último, nos acostumbramos a su ausencia tanto así que, a día de hoy no logramos recordar su nombre.

09. PIADOSAS (Modes)

Tras el atropello, me susurró: «Es un rasguño. Apenas me duele».

Entonces cogí su mano y sólo pude decir: «Te pondrás bien, mi amor».

Y así, bañados en lágrimas, mi marido y yo nos mentimos por primera y última vez.

08. ¿Quién soy? por Jose María Escudero Ramos

7 AM. Adrián, un hombre de 60 años llega muy alterado a su solitaria casa. Extrañamente, hoy no parece excesivamente borracho. Su pesadumbre le hace gritarse muy inquieto mientras va, quitándose la ropa, hacia su dormitorio.

¿Cómo he podido hacer esto? ¡Qué gilipollas soy, por Dios!. Como se enteren mis hijos. ¿Qué mierdas he hecho?

Lamentos y suspiros mientras se pone el pijama. Solloza cabizbajo sentado al borde de la cama.

Como se enteren mis hijos, ¿Qué van a pensar de mí? ¿Cómo me he dejado manipular así? ¿Somos tan influenciables dependiendo de con quienes nos encontremos? ¿Nos dejamos llevar tanto por los instintos más depravados de nuestros compañeros de cenas o fiestas que olvidamos nuestros propios principios?

¿Qué cojones hago con sesenta años que tengo? ¿A esto me ha llevado la codicia y el deseo? ¿A querer sentirme eternamente joven? ¡Y perverso!. Una copa de más y me dejo llevar hasta las tinieblas. ¿Dónde he escondido los valores que creía tener?

¿Acaso me construyo en base a la gran mentira que represento cada día? ¿Qué quiero ser? ¿Ejemplo de qué para el pueblo y para mis hijos? ¿Quién soy? Nada más que una gran mentira queriendo ser reconocida.

www.escuderoramos.com

07. PATICORTA ( Fernando García del Carrizo)

Me creaste tras la cena de navidad de la empresa. Al principio era pequeña, una justificación sin más, y su confianza en ti hizo que me aceptara. Seguiste alimentándome después de cada viaje de trabajo, tras esas largas noches de hotel donde compartíais cama. Cansado y sin el más mínimo remordimiento me adornabas con detalles innecesarios que despertaron sus sospechas. Me hiciste crecer más y más con excusas que se pegaban como la nieve de la pendiente por la que rodaba, aumentando mi tamaño hasta hacerme algo descomunal. Mi mala conciencia, esa de la que tú carecías, se incrementaba al mismo tiempo que me hinchaba hasta hacerme un ser grotesco. Por eso, cuando apareció la verdad de la mano de los hechos y me hicieron estallar como una frágil y gigantesca pompa de jabón, justo milésimas de segundo antes de desaparecer, sentí alivio.

6. FUTURO MANDAMÁS (Edita)

Ya tiene diecisiete años y, hasta ahora, nadie supo diagnosticar correctamente su dolencia, siendo dicha circunstancia la causante de reprimendas, castigos, expulsiones escolares e incomprensión general.  Sus propios padres se avergüenzan de él; los amigos le duran justo el tiempo que tardan en descubrir el defecto.

Pero un investigador de síndromes congénitos raros se ha interesado por el caso y acaba de ponerle nombre al trastorno: intolerancia extrema a verbalizar certezas. Miente por imperativo genético. Rubor, taquicardia, temblores o vértigo aparecen cuando se ve forzado a emitir una verdad, como en los exámenes. Aunque el especialista pronostica que lo suyo será incurable, pretende minimizar esas molestias aplicándole tratamientos experimentales que parecen eficaces. De hecho, después de una semana en terapia, ya puede pronunciar su nombre completo sin ponerse colorado, o recitar  la dirección postal exacta con apenas palpitaciones.

Lo mejor es que el doctor augura al paciente un futuro profesional brillante. Le recomienda inscribirse, de momento, en el sector juvenil de cualquier partido mientras continúa estudiando. Luego, cuando descubran su capacidad innata, se pelearán todos por él; entonces elegirá aquella formación política que más valore la mentira de autor. Y alcanzará un desarrollo personal envidiado, sin reproches ni sacrificios.

 

05. ESCALAFÓN DE SEDENTARIOS (Jesús Alfonso Redondo LavínI)

Ayuntamiento de Santander, crónica del Cantábrico de 17/7/1925:

“El ex cabo de arbitrios don Ventura Arcaute solicita ingresar en el escalafón de sedentarios. Informa Secretaría que debe accederse a ello, y así se acuerda por la Comisión”

Realmente no se trata de mentiras, pero no son un seco:” al pan pan y al vino vino”.

Yo no sé qué es o qué fue el escalafón de sedentarios, no lo he encontrado en la Wikipedia, pero suena bien. No me cabe duda de que se trata de un eufemismo como el de “pasó a mejor vida” en lugar del crudo lenguaje de se murió o se mató.

Supongo que los primeros sonidos de los hombres, tras los gruñidos de sus antecesores, fueron palabras secas que iban al grano, sin florituras, como porrazos. Los sabios griegos y sus peripatéticos, sospecho también desde su escalafón de sedentarios, las convirtieron por disfemismo en puñales y por eufemismo en cuchillos para esparcir mantequilla sobre rebanadas de pan. Incluso lo celebraron en sus nombres de pila: Eufemia la del bien hablar y Crisóstomo el del buen discurso.

Pues allí dejamos a nuestro Ventura Arcaute gozando, espero que fuera por muchos años, en su escalafón de sedentarios.

04.Tralará

Va despacio, porque le da mucha pena. Primero besa con dulzura su manita y después acaricia la mejilla sonrosada para despertarle. Él abre los ojos y protesta. No quiere ir al cole.

La madre le hace cosquillas, le dice que, como los pájaros han cantado y las nubes se han levantado, puede ponerse la camiseta de superhéroe. Que aún tiene millones de cosas que aprender, que jugará con sus compañeros en el recreo, que lo pasará chachi piruli. Y que cuando vuelva a casa con hambre de seis semanas, comerán ensalada, naranjitas y limones, como comen los señores.

El niño vuela hacia la escuela, como las liebres por el mar, escudriñando los árboles por si hay agazapado algún lanzador de piedras de los que hacen caer avellanas de los ciruelos.

Ella lo vigila, desgarrada, desde la ventana. No es bonita, ni lo quiere ser, y, aunque sepa leer, escribir y la tabla de dividir, no se casará nunca con un rey que le pague las facturas. Así que, como cada día, se dirige al monte lleno de asquerosas sardinas corredoras donde trabaja e intenta ser la más fea bajo la mirada sucia del barquero.

Va deprisa, harta de contar mentiras.

03.FIANCHETTO DE DAMA

He cursado Psicología y mi único presente es la barra de un bar. Contactan conmigo desde una página online preguntándome si domino el ajedrez. Contesto que sí. Entre nosotros, no tengo idea de este juego. Me ofrecen transmitir en las redes sociales la final del mundial de partidas rápidas entre un tal Carlssen y otro impronunciable Nepomniaschi o algo así. Intento descubrir con rapidez el infinito enjambre de las casillas y escucho partidos de fútbol para asimilar el griterío de los comentaristas. Comienza el campeonato. Voceo “Apertura Sicilianaaaa” brutaaal, “Gambito de Alfiiiiil” asombroooso, “Enroque Cortoooo” salvajeee, hasta que uno de los jugadores se rinde dando la mano al otro sin saber yo por qué. Hay una jugada maravillosa en la que las negras mueven una pieza cualquiera y yo invento como “Fianchettooo de Damaaa” que me encanta porque suena a macarrones con tomate.
Me han dado el premio Chess al mejor cronista del tablero. Ahora recibo propuesta bien pagada para emitir carreras de galgos. Rápidamente busco qué es un galgo. Empiezo el domingo.

02. EN CONSTRUCCIÓN

Caminas por la avenida vacía como quien avanza a través del esqueleto de una ballena jorobada. No se trata de un barrio arrasado por las bombas ni de las ruinas de una ciudad pretérita, sino de osamentas de edificios que no llegaron a culminarse. Las grúas taciturnas asemejan a cetáceos varados en la playa ante el espanto de los bañistas. Allá en lo alto, entre los esqueletos de hormigón, en el 7ºC con ubicación noreste y vistas a la sierra, está tu casa. O mejor dicho estuviere, porque una vez figuró en proyectos urbanísticos dibujados en planos que ya a nadie interesan.

Es lo que tiene vivir por encima de tus posibilidades, dijeron; si caen los bancos, caemos todos, advertían; o el infalible, las crisis no son, en realidad, sino oportunidades de reformularse a uno mismo.

Queda, eso sí, el nimio detalle de cómo reinventarse uno con la cuenta en números rojos, en el vientre de tanta construcción abortada; en el estómago de estas ballenas inmensas de andamios y cemento; en el corazón de aquella mentira de riqueza y prosperidad, que leyera entre las líneas de tus manos el sonriente directivo de tu caja de ahorros de confianza.

 

 

01 EL CERDO

Aurora estaba preocupada. Roberto nunca se había ausentado tanto. Acababa de colgar el teléfono a su hermana, que se había encargado de repasar otros desaires parecidos de su marido, pero a ella, tras veinte años de mentiras y medias verdades le era fácil desoír sermones e infidelidades con unas y otras. Hacía tres días que una absurda discusión había finalizado con un portazo y su huida escaleras abajo. «No pienso volver a esta puta casa», había gritado Roberto desde el descansillo. Y no había vuelto.

Cuando la culpa le provocaba la angustia y el llanto, Aurora bajaba a hablar con Maite, la charcutera del entresuelo, que siempre estaba al día de todo lo que ocurría en el bloque. Maite se limitaba a mover la cabeza negando todas las razones de preocupación de su vecina sin parar de repetirle que ella era un cielo y que él solo era basura. Le acariciaba las manos, la cara. Secaba sus lágrimas con besos. Y cuando se descubría reflejada en los ojos brillantes de Aurora, aflojaba algo su abrazo para ir a la despensa, coger dos copas, y traer un plato de finas tajadas de lomo cortaditas con el cuchillo recién afilado.

89. Honras fúnebres

Cuando murió mi madre, tenía yo barba entrecana y un bigotín desdibujado que tapaba un labio superior muy delgadito. Para huir del tumulto del velorio, rescaté la escalera de pintor que usaba mi padre en las chapuzas. Una escalera de madera cubierta de costras de pintura, del estuco blanquecino que usaba, tal vez, para reparar la pared de alguna alcoba, en la que, sospechaba mi madre, hubiera tenido un devaneo con la dueña de la casa. Rescaté, también, un cubo de plástico amarillo, dos rodajas de fuet olvidadas en un rincón de la nevera, y un par de zapatos de los que sobresalía un puñado de versos sudados y marchitos. Subí con aquel insólito equipaje hasta la cima. Allí estaba Dios, un dios bajito y narigudo vestido con un disfraz de bandolero que me invitó a sentarme a su derecha.

—No somos nadie— me dijo. Y disparó con su trabuco al centro del salón. Solo cayó el tío Benito, pero todos desaparecieron de inmediato. Coloqué los versos en el cubo, me calcé los zapatos y repartí el fuet, algo reseco, entre los dos. Regresé de un salto al suelo y asomado al ataúd, le dije: «mamá, por fin estamos solos.»

88. Vértigo (Pablo Cavero)

Desde que el lunes se estropeó el ascensor, mi vida es una montaña rusa.

 

Nunca me ha gustado subir escaleras, excepto ese día. Al regresar de la universidad, en el portal estaba mi vecina del ático con las bolsas de la compra. Me ofrecí para subirle las más pesadas.
La pelirroja con una falda corta inició el ascenso, pronto pude atisbar el final de sus muslos y a ráfagas un tanga muy sensual. En el tercer piso se torció un pie. La cargué a caballito y noté sus pechos sobre mis hombros. Mi pulso estaba muy alterado. Arriba tras las cervezas y los tequilas, me confesó la nula libido de su esposo, me susurró que yo le parecía muy atractivo, me besó con pasión y retozamos como fieras durante horas.
Como el marido estaba de viaje de trabajo hasta el viernes, dormí allí y llevamos cuatro días como animales en celo.
Y aquí estoy en mi cama en la madrugada del sábado, sin pegar ojo, devanándome los sesos, sopesando si ayudarla o no, en sus planes de envenenar sin dejar rastro a su marido y cobrar el suculento seguro de vida.

Nuestras publicaciones