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Ella te atrapa como el fuego. En su presencia te sientes atraído por su luz y su calidez, a su alrededor la vida pasa en un instante, contando las historias vividas durante el día. Su simple presencia actúa de bálsamo contra las heridas del día a día tanto las físicas como las espirituales, su fuego habita cerca del que nos da fuerzas para vivir, los dos juntos en dosis apropiadas me han traído hasta aquí.
Todos necesitamos la dosis justa de estos dos fuegos para desarrollarnos como personas.
El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz largo amarillo y aquél por una punta azul y la otra rojo. Fue con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran rojo, naranja, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina con sus colores. Sus lápices –sobre todo aquel de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que lo abrasó.
Es su aniversario, quince años juntos. Bailan en el salón mirándose a los ojos, yo les veo desde el pasillo. Fijo la mirada en las llamas de la chimenea. El fuego ilumina el rostro de mama, ¡Qué guapa está! Veo como papá, de reojo, también mira el fuego. Hubiera preferido que él, como siempre, hubiese llegado antes que yo para recoger el correo, yo no hubiera tenido la ocasión de despegar los sellos de las cartas: aquellos sellos que a veces llegaban, pasaban siempre desde las manos de mi padre a mi colección. La chimenea sigue encendida. Crujen agitadas las ascuas, se queman las flores, los bellos paisajes, las imágenes pintadas en esas estampillas. Mi madre ríe, me gusta su risa, quiero que siga riendo. Atizo el fuego, continúa quemando. Miro a mi padre, y ante su sorpresa, le muestro una mirada fría y el último sello que no se salvará de la quema: lo conservo desde hace años, era mi favorito. Si yo hubiera sabido… Lo arrojo al fuego y las llamas se elevan, el sello se abrasa junto a los te quieros postales que no son de mamá. Ella sigue riendo.
Salto desde lo alto del volcán sobrevolando los ríos incandescentes de lava, rozando con mis alas el magma dorado, haciendo rugir al viento. Me poso sobre un árbol de llamas anaranjadas; mis garras hacen que se desprendan algunas chispas de sus ramas. Miro al horizonte y veo que las nubes de plasma candentes se aproximan a buena velocidad. Están cargadas de electricidad; miles de rayos trepan hacia el sol más cercano rodeándolo y haciéndolo descender aún más hacia el planeta. Chorros de hierro fundido emergen de las profundidades regando al bosque de arboles de llamas azules. Se acerca el otoño y pronto perderán sus hojas convirtiéndolas en vapor de azufre. La recolección de la cosecha debe dar comienzo cuando las nubes de plasma consigan arrancar fluido al sol. Después, en pocos días, el planeta entrará en una fase de letargo, convirtiendo el plasma en vapor de lluvia; apagando las cortezas de los arboles; transformando los lagos de lava en rocas. Apenas quedará vegetación en llamas y toda quedará convertida en costra humeante cuyos gases interactuarán con la atmosfera bajando drásticamente la temperatura. Saco la espiral de vidrio fundido y soplo fuertemente mi aliento ardiente. La cosecha debe comenzar.
Escribió un mensaje, tomó el paquete y salió de la casa sin hacer ruido para no despertar a sus padres y hermanos que dormían apaciblemente.
Amín había reflexionado muchas veces sobre aquel trabajo que le habían prometido, había sufrido noches enteras sin dormir y sus ojeras no habían pasado desapercibidas para su madre, pero él las había justificado achacándolas al trabajo duro que realizaba en el puerto: cargar paquetes demasiado pesados para su espalda casi infantil. Pero aquel paquete era especial. No pesaba mucho en sus manos, pero sí en su conciencia ¿Qué sería de su familia?
No lo hacía por la recompensa, sino por lo que, estaba seguro, su obligación. Por su pueblo sojuzgado, por obediencia a su Dios, a sus jefes, a sus fe.
Después de escribir el mensaje para su madre, tomó el paquete, lo abrió, sacó una especie de chaleco lleno de cartuchos, se lo abrochó fuertemente a su escuálido cuerpo, se colocó encima un anorak a pesar del calor del mes de julio, salió de la casa y se dirigió al mercado que empezaba a llenarse de gente con carritos de la compra…
No aprendo, soy humano, tropiezo no una sino mil veces en la misma piedra. He vuelto a comer cuscús picante con setas y otros platos especiados. Siento verdadera debilidad por la comida hindú, es casi una atracción enfermiza.
Por mi garganta desciende un fuego abrasador que me quema las entrañas, que me roe por dentro y me obliga a permanecer en posición fetal o semisentado para calmar mi dolor y mi ansia. Un flujo de demonios variopintos corretea desde mi boca hasta bien entrado el intestino sin pausa aparente.
Llevo días alimentándome de omeprazoles sin notar mejoría alguna. El especialista refiere que paciencia, que Roma no se construyó en un día.
Arde la calle y el sol entra rabioso por la ventana del salón, es mediodía en el barrio de los Tendales de Sevilla y yo me asomo entre los rayos en busca de una breve brisa siquiera, ahora me cuesta abrir los ojos con tanta luz y entonces la veo pasar con su vestido de lunares y su pelo recogido. –Sufro por tu belleza serena- le digo, casi a gritos.
Cuando mira hacia arriba y me ve sonríe, sonríe mucho mas de lo que he visto sonreír en toda mi vida y empiezo a sentir un cosquilleo en los pies y para no caer giro agarrandome al butacón y con cara de enamorado primerizo y porque soy muy feliz les suelto a mis padres, que me miran entre asombrados y divertidos, -mama, papa, voy a ser poeta-
Primero fuiste una imaginación celestial. Sólo eso. Tus palabras se me clavaron como esquirlas. Y caí a tus pies como arena. Y muero desde entonces.
Después me llegó tu envoltura con la primera fotografía. Una anatomía magnética. Un trozo menos de oscuridad. Ése que devora tu espalda. Los cimientos perfectos para erigir mi hogar.
Más tarde sentí vértigo con el vaivén de tus articulaciones. Y con ese grito que me pintó un poco tu garganta. Tu desesperación.
Hace poco que te oí en una voz más calma. Hace poco que se me eriza la piel.
Estoy a horas de unirte a la caligrafía. A esos garabatos inquilinos de tus dedos.
Pero ahora descubro que me faltan piezas. Para completarte. Justo ahora. Que tengo esta miseria tan viva. Tan viva y abrasante. Como fuego.
Necesito, entonces, colocarte una piel. Un aroma, mil susurros, un sabor. Sueños y silencios. Un calibre a tu cuello. Y memoria a mis manos. Y un ritmo cardíaco a tu pecho. Para así poder ser dueña de algo. Finalmente.
Y armarte. Y desarmarte. Y amarte. Sin des. Una y otra vez. Las veces que sea necesario para que te que quedes conmigo.
Por las noches, cuando las personas duermen y los juguetes hablan, Gisela, la bailarina de cera, se derrite con el recitativo pasional de Alberto, el cantor de PVC con ropas de príncipe. Ambos, como en el ballet de Adam, están condenados a amarse disparatadamente.
Gisela ha pasado toda la tarde haciendo piruetas obligadas por los juegos de los niños. Esta noche mágica , olvidada en el salón y desconsolada por el amor insoportable de su personaje, baila el soñado “grand assemblé” hasta el borde de la chimenea donde ejecuta un “grand jeté” inmortal que la lanza al corazón de la hoguera.
Alberto, el príncipe inmovilizado por el abismo de la habitación, aúlla su aria de muerte, como el fuego que devora a Gisela.
Le obligaron a ponerse el último. Subió un poco la cabeza y vio que la cola se perdía en la lejanía. Sin querer, empezó a imaginar que aquella fila era una sarta de cuentas de colores de un collar infinito. Una larga cadena de preciosos eslabones dorados. Una hilera de olivos de su tierra amada. Una línea discontinua de una carretera que desembocaba en la playa. Una bandada de pájaros que volaba hacia el sur. Una ristra de conchas marinas unidas por un hilo de plata. Una retahíla de palabras que formaban un poema, y se olvidó, completamente, de que sólo eran una recua de reses que caminaba hacia el matadero. Y al fondo, los hornos crematorios.
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