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Yo solía decir, en mi convicción más plena, que no había uva más sabrosa que la de Cafayate. Eso fue antes de la maduración de la pintura de Lina.
Mi amiga pinta unos cuadros realistas exquisitos. En la pared más importante de nuestra casa tenemos una muestra de ello. Son unas tinajas de barro que nacieron a mi pedido. Toda la composición es de colores tierras a excepción de un racimo esmeraldino que ella agregó por su cuenta. La luz de esa pintura siempre me hechizó y suelo contemplarla por tiempos prolongados.
Fue en marzo, noté que las uvas pintadas habían adquirido volumen, brillo y fragancia. Sin pensar estiré la mano, tomé una y la llevé a la boca. Después fue una segunda. Más tarde ya no sé. Permanecí enajenada por la delicia de sensaciones que se producía en mi paladar mientras saboreaba sin apuro. Al mismo tiempo, sorprendida, me encontraba que otras uvas ocupaban el lugar de las que yo comía.
“Dulces como uva de marzo”, como establece el dicho popular, y más, el valle de Cafayate y un torrontés en cada una.
-“No emplees toda la mano, Lucía. Apenas pálpala con tus tres dedos. No tires de ella bruscamente. Vas dándole la vuelta lentamente y poquito a poco con el dedo gordo, el índice y el del medio hasta que el pezón vaya cediendo. Entonces se desgajará de la rama como fruta madura” –
Lucía había aprendido, desde su niñez, a coger las ciruelas del árbol delicadamente, casi acariciándolas. –“Sin despezonar”- cómo decía su abuela -“No hay que arrancarles el rabillo, ni tampoco debes quitarles el polvillo fino que las cubre. Una fruta manoseada y despezonada no es fruta fácil de vender al intermediario y tampoco es muy agradable para ponerla en el frutero a la mesa”-
Ahora, frente al viejo y retorcido ciruelo negro, enmarañado de zarzales silvestres y que se alongaba a la vera del barranco, Lucía vuelve a sentir la necesidad de volver a recoger la fruta, experimentando la misma pulsión que, desde siempre, le había llegado a modo de ráfagas momentáneas como si de un mensaje exotérico se tratara. Por más que quisiera negarlo en su interior, Lucía seguía alineada con la naturaleza.
No era aún el tiempo. No. Observaba desde aquel recuadro enmarcado por las lilas sus sencillas formas, como las pequeñas bolitas verdes que luego se abrirían en centenares de afrodisíacas flores, cuya aroma envolvía la promesa de su balanceo.
¡Cuántos días acudió a su atalaya para ver el proceso milagroso ante sus ojos! Aquellas largas líneas rectas que se alargaban en su sombra sobre el camino de tierra húmedo o seco, cubierto de hojas o de pétalos o de volutas de polvo diseñadas por el viento, se fueron transformando en arabescos, desde la suave curva de sus pasos pequeños, hasta las voluptuosas olas de la seda dibujando los trazos de su dorado equilibrio rompiendo el silencio con el murmullo del roce del rítmico movimiento en el aire de sus perfumados cabellos.
Fue sólo una niña, que pasó el primer día como un blanco velero en la lejanía, ahora, como fruto maduro, en plena lozanía, le ofrece sus labios. Ahora es el momento. También para el amor ha llegado el día.
Se sentía como fruta madura: almibarada y jugosa.
El aroma que desprendía, y que creyó serviría de reclamo, parecía no ser suficiente para ser admirada por quien anhelaba. De cuando en cuando él le dedicaba una mirada esquiva. Nada más.
La competencia en aquel espacio aumentaba mientras sus esperanzas se esfumaban. -¿Qué será de mí?- solía preguntarse cuando una compañera nueva era incorporada a aquel grupo variopinto.
La que ayer fuese la más bonita, al sentirse ignorada -aparentemente él no reparaba en ella- reaccionaba arrugándose. El tiempo no pasa en balde para nadie y perder la lozanía le dolía profundamente.
Su fin estaba próximo e intuía que tenía las horas contadas. Aunque procuraba no perder la esperanza, su momento parecía no llegar nunca. Sin embargo, hoy, cuando ya se daba por perdida, él la ha mirado a través del cristal de una manera distinta: con ganas, con deseo. Tras separarla cuidadosamente del resto, la ha tomado entre sus manos y, al acercarla a sus labios, ha percibido cómo se estremecían los huesecillos de ésa que siempre estuvo ahí, esperándole. Ella, agradecida y acuosa, – ¡al fin juntos!- ha pensado-, en ese íntimo contacto, se ha derretido en su boca.
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Un engrudo de venas latientes estaba tan ciego que no tuvo tiempo ni de saber que una luz lo estaba apuntando. No forcejeó cuando una púa gigantesca destrozó su pierna derecha y luego unas pinzas se la llevaron. Afortunadamente, aún no había desarrollado la conciencia. Tampoco hizo nada cuando más púas y demás enemigos rasparon su guarida uterina. No movió ni uno de sus inacabados dedos mientras se notaba desaparecer a cachos.
De pronto podía ver. Estaba sobrevolando un cuarto lleno de personas serias. Era inmaterial. Observó que su anterior cuerpo descansaba en una cubeta, hecho pedazos, sobre el que reventaban burbujas sanguinolentas. Antes había sido aquella cosa, entendió. Cuando dirigió la mirada hacia la mujer que desfallecía con las piernas abiertas, gritó:
—¡Mami!
De inmediato voló hacia sus pechos, deliciosos como frutas maduras, y succionó el izquierdo con sus labios fantasmales.
—Doctor —oyó que tartamudeaba aquella mujer—, lo noto. Mi bebé. Se está amamantando de mi pecho izquierdo.
El muerto observó que el hombre con sangre hasta los codos miraba a su compañero, vestido con bata como él. Vio que aquel hombre tan serio le alzaba una ceja a su compañero.
—Señorita, ahora no me venga con arrepentimientos.
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No, mi historia no empieza en un frondoso bosque en el que sus árboles están plenos de frutos, tampoco es otoño ni se respira un aire limpio que rejuvenece los pulmones.
El decorado de mi historia es otro: Una habitación, por llamarla de alguna manera, cerrada, sin ventanas, con una tenue luz que emana de una lámpara vieja, pequeña, un colchón no demasiado usado y un váter claramente instalado para la ocasión. El aire está viciado y en sus paredes retumba el miedo que invade mis pensamientos. Puntualmente recibo tres visitas espaciadas en períodos de tiempo que me sirven para dividir el día en tres etapas, mañana, cuando recibo un vaso de leche y cuatro galletas, mediodía donde el suculento bocado consiste o en una irreconocible mezcla de verduras con pollo hervido o arroz con otra parte del mismo pollo. Por la noche una clara e insípida sopa completa el menú, todo ello servido en vajilla de plástico para que no me autolesione. Pero es igual, perdí el apetito desde que comprendí que la solución a este encierro caerá como fruta madura. El gobierno no cederá y ellos ofrecerán mi sacrificio para deleite de sus adeptos.
Antes de abrir mis ojos por primera vez, sintiendo la caricia del sol, o el rocío de la mañana, podía distinguir el día de la noche.
No sabía donde estaba. Aunque estaba resguardada. Cuando pude ver, supe que era parte de una flor, que vivía en ella.
En ese momento era muy pequeña, apenas más grande que un puntito. Llegaron las lluvias y empecé a crecer. Todo cambió a mí alrededor. Cambié de piel y me deshice de los pétalos que me cubrían.
Apenas podía reconocerme, mi color cambió, empecé a ponerme verde. No me acostumbraba aún a mi nuevo aspecto, cuando volvía a cambiar. Me aparecieron pecas y me ruboricé. Despedía un aroma dulce al atardecer. En las mañanas me visitaban las abejas. Las aves me sobrevolaban.
Supe que era el fin, cuando una mano áspera, me sopesó y me arrancó de tajo mientras me acercaba a su rostro y dijo:- esta, ya está madura-.
La estancia es pequeña. Hay una mujer recostada sobre un sillón frailero, un espejo y una mesa camilla adornada con una cesta de fruta madura. “Mantenga esa posición y fije la vista en el espejo”, -reitera el pintor. Ella, sentada en la silla, observa su cara. No se reconoce. Sus ojos de niebla apenas distinguen la imagen, como si solo fuera el retrato latente de un daguerrotipo revelado con insuficiente luz. Intenta dibujar una sonrisa en ese espejo mohoso, pero el reflejo no se deja engañar. El artista esboza en el lienzo una línea, recta y dispersa. Es el único trazo con el que adorna su semblante. Orgulloso de su obra, recoge sus pertrechos y abandona la sala. La mujer sigue perdida en su mirada. Una soledad prepotente cerca su anatomía, como si la bolsa amniótica de la vida se hubiera roto hecha añicos. Hace semanas que espera. Siempre tuvo un sexto sentido para las cosas de la vida. Sus ojos regresan al espejo pero la imagen se desvanece. Ovillada en mil hebras de memoria su cuerpo resbala extinto en la silla: sus ojos negros, sus ropas negras y su negra existencia. Regresa el pintor y recoge su guadaña.
Cuentan que cuando sopla el viento de otoño, desde el mar se oye la voz. Es entonces cuando las mujeres del lugar atan con cadenas y candados a sus hombres. Tan vehemente es el canto, que todos los varones que se encuentran cerca de su influjo se vuelven locos de pasión. Ciegos y sordos a todo lo que no sea el llanto herido de ella, se lanzan sin pensar al mar. Pocos subsisten en las frías aguas, angustiados por encontrarla son incapaces de volver a tierra.
Él acudió atraído por las historias que hablaban de la mujer envuelta en llantos de ausencia. Por mucho que preguntó nadie supo decirle donde encontrarla, por eso esperó sentado en la playa, la paciencia era su única compañía.
Dice la leyenda que ahora es él quien llama y cuenta a todo aquel que quiera escuchar su diálogo insensato, que la está buscando, que la esperará mientras conserve la vida. Sabe que en algún momento ella volverá, con el fruto maduro que engendró en su vientre.
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