¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Ahora que las risas y las ganas han emigrado a otro lugar más soleado, el polvo se acumula sobre los muebles, prepotente; a ratos, o a siglos, no lo sé, suena el teléfono inquisidor e hiriente. Los minutos, las horas y los días andan colgados de las saetas del reloj, golpeando el silencio, y tejen una brillante telaraña para atrapar luces inexistentes. Porque todo está oscuro. Yo soy el firmamento, negro, inmensamente llano, tristemente deshabitado. La luna se fue en busca de miel al paraiso y las estrellas se fueron apagando tibiamente. Bueno, no sé, quizás queden estrellas, esas tres chispas juguetonas que apagan y encienden mi valor, riendo a carcajadas. Si, yo soy el firmamento y ellas son mis estrellas: Miedo, Dolor y Muerte. Pronto las horas caerán de los relojes, el silencio se quedará agrietado y las estrellas dejarán de jugar al escondite
Desde el gran ventanal, la mujer de manos crispadas, miraba el sol morir en el límite rojo del horizonte marino. No le quedaban fuerzas para sostenerse en la espera. Algunas luces próximas a la costa, la distraían. Recordaba a Manuel Palomino, ese hombre maduro, tan gentil, tan educado, tan ensimismado con su profesión de práctico en el mar. Ningún buque de carga, menos un crucero turístico, podría amarrar si Manuel no daba las indicaciones necesarias para entrar al puerto, en esa inmensa bahía turquesa que deslumbraba con las ballenas en octubre. Hacía muchos meses que él había partido dejando una promesa en oídos de ella. En ese momento, la noche avanzaba oscura cuando de pronto, una luz potente iluminó el cielo. Semejando borbotones rojos, azules, dorados, surgidos de la negrura, tres luces hechas una, cruzaron el éter ahogándose en un mar dormido. “Buen anuncio, Magdalena” dijo su madre y le dio la bendición de las buenas noches.
Los diarios de la mañana siguiente distribuirían la noticia de un hecho nunca visto: Tres estrellas fugaces habían caído en medio de la bahía. También, darían la bienvenida al práctico del puerto, quien recuperado de una larga enfermedad, regresaba del exterior.
Era extraña. Mientras todos comentábamos el último éxito musical o la peli de moda, ella permanecía apartada garabateando en su bloc. Al principio nos intrigaba su contenido, especulábamos sobre qué habría en él; pronto perdimos interés, cualquier cosa absurda, seguramente un diario en el que plasmar su soledad: cosas de “rara”; así era como llamábamos a la nueva en el instituto.
El viento que precede a la tormenta arreció y el bloc de La Rara voló hacia mí. Con un movimiento rápido lo rescaté. Un dibujo de gran calidad quedó expuesto ante mis ojos: un cielo oscuro en el que brillaban tres estrellas, la más grande y luminosa llevaba mi nombre, las otras dos el de mis amigas. Al pie, en una diminuta isla, una chica encogida sobre sí misma rodeaba con sus brazos sus rodillas, la admiración vestía su rostro. Miraba las tres estrellas.
Antonia chilla desesperada, sus gritos y resoplidos, atraviesan las impolutas paredes blancas del recinto.
Entre sudores y bufidos, Pedro agarra fuertemente a su esposa. Ella le oprime la mano y él aguanta como puede, rezando a todos los santos que no le rompa ningún hueso.
Es la primera vez que pasa por algo así y lo que experimenta es algo indescriptible.
Llevan horas con ella y Pedro a su lado, blanco como la leche, quiere que todo acabe ya.
Cuando el silencio se hace oír y todo se calma, Pedro corre a ver a sus tres estrellas, mira a su esposa, cansada por el esfuerzo, se sonríen y besa a sus tres luces que desde ese momento sabe que iluminarán su vida.
Se acerca a su esposa, que tiene las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y el corazón latiendo a mil por hora. Pedro, le acaricia el pelo mientras lo hace le susurra al oído un TE QUIERO.
–Y ahora, ¿cuál de las tres seguimos? –preguntó Gaspar, que era el más espabilado.
–Bueno, como somos tres, lo más práctico será que cada uno siga una, de ese modo uno de nosotros llegará al portal adecuado –explicó Melchor, que tenía estudios.
Baltasar, que las mataba callando, no dijo nada. Acostumbrado a ser siempre el último, esta vez partió el primero, siguiendo la que más brillaba, que a la postre le condujo hasta aquel pesebre que después se haría tan famoso.
–¿Cómo ha ido todo, José? –le preguntó al padre cuando lo tuvo frente a él.
–Trillizos –respondió desencajado el carpintero–. No nos lo esperábamos… Creo que voy a demandarlo, esto no figuraba en el contrato.
–Vaya, pues solamente traigo un regalo, ¿cómo está la madre?
–Descansando; ya sabes… cesárea.
http://pequenastretas.
Sin entrañas, ese era el nombre impuesto, el que le impusieron el día en qué nació, ¿Y por qué? Un motivo sin importancia… su madre, la que le dio a luz, murió al nacer él.
¿Qué culpa tenía o tuvo él?… ¡Toda! Papá se lo dijo; «Hijo, estaba escrito en las estrellas». Tres, tan solo tres estrellas, (su papá era astrónomo) y él fue el que lo vio todo escrito en ellas. Tenía que ser así; un catorce de abril, a las nueve de la noche, sería engendrado, un ser sin sentimiento, alma, ni entraña, que, nacería la noche de reyes, justo al aparecer en el cielo las tres estrellas, y se convertiría en un ente de horror, espanto y muerte…
Nunca quiso hacerlo, ― nunca quiso hacerlo― pero no tuvo otra opción… su papá se lo pedía cada noche… al acostarse, se acercaba al vientre de mamá y se lo pedía… muy suave, «Mientras, ella, dormía» ― come, hijo, come… ―. Y yo… comía.
Hasta que nueves meses más tarde… nací, y, ya no había más que comer… Bueno, sí, solo que dejé que mi papá me bautizara y después… también me lo comí… «Me había quedado con hambre…».
Una, dos, tres estrellas…
cuatro, cinco, seis estrellas…
seis millones de estrellas amarillas
caminaron hacia el exterminio.
«No envidies a las estrellas. Ahí, donde las ves, siempre luciendo tan brillantes y orgullosas… no saben que llevan mucho tiempo apagadas… muertas«, aquellas palabras maternales encienden en la mente del forastero la mecha de un mal presagio, pero se encamina, protegido por un hado metálico jovial y novel palpitando bajo su chaleco, hacia una calle flanqueada por dos sombras.
El episodio es fugaz y violento, como una tormenta. Pero esta vez luz y sonido alternan sus papeles. El eco de la muerte rasga el silencio y da paso a tres haces de luz cegadora que estallan con precisión certera: el hombre que lleva una opaca y raída estrella en el pecho deja caer su mano, antes cargada de plomo; el fugitivo que intenta apagar la luz que se escapa a borbotones de su corazón se rinde al descanso eterno sobre la tierra rojiza; el forastero, con su inexperta autoridad de metal convertida en inesperada condecoración otorgada por la parca, aún agonizando en su bolsillo, agota su última exhalación para increpar, orgulloso, al firmamento: «Miradme, estrellas, he brillado antes de…, antes de…».
Era una magnífica noche estrellada.
Aparcó el coche cerca del acantilado, sacó un pesado bulto del maletero y lo arrastró como pudo hasta el borde del mismo. Lo empujó con todas sus fuerzas, pero se resistía a caer, por fin, en un último esfuerzo en el que casi pierde el equilibrio, logró deshacerse de lo que tanto le había hecho sufrir a lo largo de toda su vida.
Sintió el golpetazo en el agua, después de chocar varias veces con las rocas prominentes y vio como se hundía en las profundidades de las aguas, formando un turbulento remolino.
Aparentemente no la había visto nadie. En el firmamento, tres estrellas que brillaban como soles la observaban.
Por primera vez en su vida se sintió libre. Puso el coche en marcha y respiró profundamente, quizás con un poco de nostalgia…
Todos los sueños y esfuerzos de su vida habían desaparecido para siempre engullidos por la negrura del océano, pero ya no tendría que ir de puerta en puerta buscando un editor para sus novelas.
No sé cómo. En la galaxia de no sé dónde y en los tiempos de no sé cuándo…
Existieron en ese indeterminado universo .Tres estrellas. Cada una con su propio planeta, cada una con su propia raza:
Dos de ellas, creíanse con inteligencia superior a sus vecinas, por lo que siempre estaban en disputa, quedando siempre al margen del conflicto la tercera.
Tras años de complicada situación, los jefes de estas naciones, pensaron quizá o sin pensar (en sus pueblos) advirtieron, en la guerra su solución.
Y frotándose las manos…pulsaron “el rojo botón”.
…La guerra se fue complicando y los señores, empezaron a jugar peligrosamente con la atomicidad.
Estos nuevos armamentos (en laboratorios creados),guiados por manos indecisas: hicieron volar los planetas y personas que asombradas nada sabían de lo que pasaba…
Extinguidos ya los bandos de conflicto, esa tercera nación (que al margen se encontraba) entrevió huecos en su evolución.
Y así, quien menos capacitado se creía pudo contemplar su ascensión, sin dejar de preguntarse… ¿Qué es del más inteligente animal?
. . .
Y desde aquí mi ventana, al contemplar ese orión.
¿Parémonos a pensar, si la guerra será el apaño? ¿o si la solución… estará en las estrellas de su cinturón?
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









