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Ayer la vi, sentada en un banco, sola viendo pasar el mundo a su alrededor… su mirada clavada en un punto equidistante entre las tres estrellas que formaban su propia constelación. Ella tan solo ella, sabía que era única en su especie, se dejaba mirar, y sin embargo no se dejaba tocar, ese privilegio lo tenía yo… su piel pura y limpia, mis manos intentando aprender y dibujar su figura, sus curvas y sus volúmenes… nosotras y tan solo nosotras sabíamos que éramos únicas en nuestra especie. Nuestras bocas empezaban a anhelar ese calor que se escapa de cada aliento que emitíamos, nuestros ojos, ese brillo por donde se escapaba el deseo y nuestras manos, ese tacto que enloquece a todo artista…
Ayer la vi, sentada en un banco, sola viendo pasar el mundo a su alrededor… mi boca quería decir un “hola, cuánto tiempo…”, pero mi saliva se secó y mis pasos decidieron seguir caminando a pesar de que mis rodillas temblaran y mis ojos lloraran de que ya no pudiera tocarla… de que tan solo la pudiera ver.
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Cada noche de guardia en nuestro faro, sigo respirando el aire de la mar. Esta mañana he recordado que hace dos años que te marchaste. Tu puesto lo ocupa Salcedo, pero tu memoria todavía brilla con fuerza. Me dá ánimos tu recuerdo. Esta semana terminaron de pintar el faro, como siempre a rayas blancas y azules. Por fin han arreglado el camino de acceso, ya no hay tantos baches, así que no se nos llena de barro el coche. Aunque últimamente, no te lo creerás, vengo en bicicleta.
El jueves tengo otra vez guardia y a los barcos les seguirá sirviendo de estrella el faro. Para ti siempre fue imprescindible la señalización marítima y se me ha pegado el vivir anhelando hacer funcionar este faro para que otros sigan navegando. Me enseñaste con tu ejemplo a ser también otra estrella, porque como tú decías: “Al faro no se viene a mirar una máquina, sino a ser estrella para el mundo”. Al anochecer, en la guardia, me tomaré el café pensando en estas tres estrellas: el faro para dar luz a los barcos, tu ilusión que me sigue animando y la oportunidad de continuar iluminando desde la costa.
La luna es muy hermosa esta noche. Derrama sus rayos plateados a través de la ventana abierta, iluminando tres estrellas suspendidas sobre la cuna. Los astros tintinan en una danza de sombras celestes adornando la colcha bordada. Deslizo las yemas sonrosadas de mis dedos sobre ella, y recorro lentamente las letras realzadas en hilo dorado; letras que acompañarán una vida.
Hoy nace Claudia, y detrás de nuestra casa, iluminado por la luna, nacerá su unicornio. Permanecerán juntos tres días mientras sus almas se impriman; será su protector, la amará sin medida, sin juicios.
Mi marido está nervioso. Cavila sin descanso una explicación para nuestros vecinos. Me acerco intentando tranquilizarle. Le cuento que he creado un lugar perfecto para el mítico animal. Le aseguro convencida que nadie lo verá.
Pero él no me escucha. Recorre la cocina con grandes zancadas maldiciendo:
– ¡Nunca debí casarme contigo! ¡Bruja!
Su mano y su voz se han alzado al tiempo…, pero no me ha tocado… Un destello veloz ha traspasado su pecho, fulminándole.
Su alianza gira a mis pies mientras sus cenizas vuelan por la estancia, dejándolo todo enlutado y triste.
– Te aseguré que nadie le vería- susurro recogiendo el anillo-. Tú siempre ignoraste al mío.
Me dijeron que nació con tres estrellas
y que fueron luminarias en el cielo de su vida.
Sí, tres estrellas que cortejan en su nombre
la ternura, la esperanza y los susurros.
En sus ojos, azul cielo,
se veían los reflejos de los mares
y los vientos, las gaviotas,
los cascadas en los ríos,
la pasión en los amores,
los aromas de vergeles bien cuidados…
Y, quien en ellos se mirara
comprobara la limpieza de quereres,
lo sincero en sus abrazos
y una hilera de ternuras
que prendaran en las sedas del cariño
con la fuerza de la sangre
que manara en una fuente
de brillantes escarlatas…
y frenesíes.
Se verían los luceros infinitos en lo opaco de su iris…
¿Y yo pretendo encontrar tres estrellas en octubre?
¿Bastaría que luciera la esperanza?
¿Bastaría como estela una caricia en nuestro rostro?
¿Bastarían el silencio de esa noche
si tejiera un fugaz baile ?
¿Bastaría este lucero en lo oscuro de otras vidas
que si miran no ven nada?
Dime tú que estás leyendo,
¿este ser será la estrella
que ensombrezca el universo?…
La señora de la noche posee un largo manto cuajado de estrellas. Pasea las noches sin luna por el firmamento, vigilando que toda la bóveda celeste esté en su lugar: sol, planetas y otros astros. Ella es la soberana. Solo tres estrellas, las más bellas, coronan la diadema de luz que recoge sus largos cabellos.
Son las más brillantes en las noches oscuras, las que nos iluminan y consuelan cuando pensamos que ya no podemos más, las que nos levantan cuando nos caemos, las que nos arropan cuando nos sentimos solos. A ellas dirigimos nuestros sueños y esperanzas.
La señora del Alba desaparece con su lucero al llegar las primeras luces del día, y con ella, nuestras penas y desvelos.
Se fijó en los cuerpos famélicos de los niños y en las moscas que revoloteaban a su alrededor igual que un furibundo enjambre de abejas. Observó sus semblantes consumidos, reducidos a huesos y piel. Sonreían a la cámara, mientras sus madres aguardaban en silencio, corroídas por la impotencia de ver morir a diario a sus hijos. Eran incapaces de alimentarlos y desde hacia días ya solo faltaba que la muerte se instalase en la aldea. A lo lejos, se fijó en la constelación de estrellas que refulgían en la oscuridad como luciérnagas en la noche en aquel lugar apartado de África y del que Dios parecía haberse olvidado. Leyó el eslógan en la pantalla del televisor: Cada segundo mueren tres niños en el Tercer Mundo. Cuando terminó el anuncio, se levantó del sofá, abrió la nevera y se sirvió una cerveza bien fría. Menuda mierda, se dijo. Al descanso su equipo de fútbol perdía tres a uno.
Mira por la ventana y sólo ve la niebla que le rodea. A lo lejos adivina el perfil de la montaña y piensa que sería bonito que el día fuese más luminoso y pudiese salir a dar un paseo.
Le gustan mucho los días luminosos. Cuando sale el sol se despreocupa y disfruta de los pequeños y grandes sucesos que acontecen en el limitado mundo que conforman el corredor de la muerte y las celdas anexas. Su último día está cercano, así que aprovecha a tope el mínimo recorrido vital que aún le queda por delante.
Sin embargo, los días de niebla la melancolía le aprisiona el pecho y la soledad se transforma en su única compañía. Es en esos días cuando reflexiona y recapacita.
«…nunca debería haber apagado la luz de aquellas tres estrellas«.
Su mujer le seguiría amando y podrían llevar a los trillizos a dar ese paseo por la montaña.
Los 8 relatos que encontraréis más abajo y con esta ilustración (es Ginette Gilard en plena investigación) corresponden a los 8 textos que presentamos sobre una «cita a ciegas» en la quedada de Santander el pasado sábado.
Ella comenzó a escribir cuando se quedó sola. Él, siempre había sentido ese afán de fabular. Sus viejos cuadernos del colegio, combinaron dibujos de ovnis con problemas de matemáticas, soldados medievales con sujetos y predicados.
Se encontraron en la red. Comenzaron a frecuentar los mismos espacios que recogen pequeñas historias, y entre otros tantos cuentistas, permanecían emboscados en sus alias: ella era Galadriel, la dama blanca de los elfos. Él, Sigfrido, el héroe de los Nibelungos.
Se leían. Disfrutaban cada uno con los cuentos del otro, en el remanso placentero de su intimidad. Se perseguían por los blogs con los que colaboraban.
Quedaron finalistas en un concurso de microrelatos y allí, en el local del Ayuntamiento en donde se celebraba la lectura y entrega de premios, pusieron rostro a su mutuo reconocimiento. Los flases del fotógrafo del periódico local, recogieron el abrazo de los ganadores para consumo, junto al café de la mañana, de los lectores de las páginas culturales.
Ella pensó cuando leía la noticia al día siguiente, que la foto no hacía justicia a su hijo, que no había sabido recoger esa sonrisa que iluminaba su rostro. La misma de cuando era niño.
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
Para facilitarme la reincorporación al bufete me buscaron un caso sencillo: la defensa del heredero de una cadena de comida rápida, detenido en una pelea. Preparé una cita con él y me fui para la comisaría. Mientras rellenaba unos formularios, el funcionario insistía en mandar callar a una joven que mostraba un llanto ahogado, grave y cansino. Estaba medio tumbada, ocupando dos asientos, en una pequeña sala de espera.
-¿Qué le pasa? –pregunté.
– Ha intentado matar a su marido y a su hijo de 3 años. De momento los ha mandado al hospital. Está esperando a que le asignen un abogado de oficio.
Mientras esperaba, vi que la mujer tenía una mano vendada hasta el codo, y puntos de sutura en el mentón y sobre una ceja. Sólo podía imaginarme escenarios desesperados. Aquello reabría en mi interior el duelo y la tortura de la enfermedad que terminó con mi hijo Manuel, el vértigo desolador del posterior hundimiento de mi matrimonio. Entendí que había suficientes señales para hacerlo.
Entré al cuarto y me senté junto a ella.
-Tranquila, tranquila, sigue llorando. Me llamo Paloma Casado y voy a ser tu abogada. ¿Cómo te llamas?
Apenas pudo pronunciarlo.
-Me llamo Libertad.
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
Los cristales de la ventana sabían de mis esperas, de mis dedos pegajosos ,cuando Lucía me traía a escondidas caramelos y me anunciaba un nuevo encuentro, para luego peinar mi pelo, asearme mientras me hacia cosquillas, y arreglar mi cama.
Las ventanas eran como periscopios de submarinos, por los que veía llegar a quien sería en esa ocasión mi cita a ciegas. Siempre fue así. Entraban hasta los jardines del edificio, bajaban de los coches y no volvía a saber de ellos hasta pasadas unas horas. Pero yo ya había visto sus caras, sus ojos asustados, sus manos temblorosas aferradas a otras adultas. Durante ese tiempo en el que perdía su rastro, imaginaba como serian: tímidos, silenciosos, divertidos… La inquietud y la curiosidad se me enganchaban al corazón y mataba los nervios y la impaciencia con los dulces de Lucía.
Algunos estuvieron conmigo durante meses, otros unas semanas y los menos unos días. Todos ellos se quedaron en mí y dejaron su huella. ¿Cómo olvidar a esos niños que durante aquellos años infantiles, en los que aprendí a vivir y a ganar a la muerte, fueron mis compañeros en la habitación de un hospital?
Relato de la quedada «Cita a ciegas» en Santander
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