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Una, dos, tres estrellas…
cuatro, cinco, seis estrellas…
seis millones de estrellas amarillas
caminaron hacia el exterminio.
«No envidies a las estrellas. Ahí, donde las ves, siempre luciendo tan brillantes y orgullosas… no saben que llevan mucho tiempo apagadas… muertas«, aquellas palabras maternales encienden en la mente del forastero la mecha de un mal presagio, pero se encamina, protegido por un hado metálico jovial y novel palpitando bajo su chaleco, hacia una calle flanqueada por dos sombras.
El episodio es fugaz y violento, como una tormenta. Pero esta vez luz y sonido alternan sus papeles. El eco de la muerte rasga el silencio y da paso a tres haces de luz cegadora que estallan con precisión certera: el hombre que lleva una opaca y raída estrella en el pecho deja caer su mano, antes cargada de plomo; el fugitivo que intenta apagar la luz que se escapa a borbotones de su corazón se rinde al descanso eterno sobre la tierra rojiza; el forastero, con su inexperta autoridad de metal convertida en inesperada condecoración otorgada por la parca, aún agonizando en su bolsillo, agota su última exhalación para increpar, orgulloso, al firmamento: «Miradme, estrellas, he brillado antes de…, antes de…».
Era una magnífica noche estrellada.
Aparcó el coche cerca del acantilado, sacó un pesado bulto del maletero y lo arrastró como pudo hasta el borde del mismo. Lo empujó con todas sus fuerzas, pero se resistía a caer, por fin, en un último esfuerzo en el que casi pierde el equilibrio, logró deshacerse de lo que tanto le había hecho sufrir a lo largo de toda su vida.
Sintió el golpetazo en el agua, después de chocar varias veces con las rocas prominentes y vio como se hundía en las profundidades de las aguas, formando un turbulento remolino.
Aparentemente no la había visto nadie. En el firmamento, tres estrellas que brillaban como soles la observaban.
Por primera vez en su vida se sintió libre. Puso el coche en marcha y respiró profundamente, quizás con un poco de nostalgia…
Todos los sueños y esfuerzos de su vida habían desaparecido para siempre engullidos por la negrura del océano, pero ya no tendría que ir de puerta en puerta buscando un editor para sus novelas.
No sé cómo. En la galaxia de no sé dónde y en los tiempos de no sé cuándo…
Existieron en ese indeterminado universo .Tres estrellas. Cada una con su propio planeta, cada una con su propia raza:
Dos de ellas, creíanse con inteligencia superior a sus vecinas, por lo que siempre estaban en disputa, quedando siempre al margen del conflicto la tercera.
Tras años de complicada situación, los jefes de estas naciones, pensaron quizá o sin pensar (en sus pueblos) advirtieron, en la guerra su solución.
Y frotándose las manos…pulsaron “el rojo botón”.
…La guerra se fue complicando y los señores, empezaron a jugar peligrosamente con la atomicidad.
Estos nuevos armamentos (en laboratorios creados),guiados por manos indecisas: hicieron volar los planetas y personas que asombradas nada sabían de lo que pasaba…
Extinguidos ya los bandos de conflicto, esa tercera nación (que al margen se encontraba) entrevió huecos en su evolución.
Y así, quien menos capacitado se creía pudo contemplar su ascensión, sin dejar de preguntarse… ¿Qué es del más inteligente animal?
. . .
Y desde aquí mi ventana, al contemplar ese orión.
¿Parémonos a pensar, si la guerra será el apaño? ¿o si la solución… estará en las estrellas de su cinturón?
Al recorrer la nube de mi blusa, ante tus ojos aparecieron tres estrellas. Del cielo de mi pecho las recogiste con la lengua desordenando su constelación, y así, te las llevaste a recorrer ese universo de mi ser.
Fueron entonces prendedor en mi cabello, secreto en mi oído y deseo en mi boca.
Fueron escalofrío de mi nuca, destello en mi hombro, mariposa de mi espalda…
Listón para mi cintura, demencia de mi cadera y roce de mis piernas.
Fueron flores de mis manos, chispas de mis ojos y alfombra para mis pies.
Finalmente, volvieron agotadas a su sitio tras tan extenuante excursión, al filo del escote mis tres lunares, estrellas agitadas de mi latido, casi intactas en mi piel para ir a dormir…excepto porque ahora tienen grabadas las eternas huellas dactilares del hombre al que se las obsequié.
Desde que la nueva profesora llegó al colegio, soñaba con constelaciones. La señorita Rosa tenía una trenza rubia, y tres estrellas tatuadas recorriendo su brazo izquierdo. Cuando se inclinaba para ayudarle en la tarea, la punta de la trenza le hacía cosquillas en la cara, y su nariz se llenaba de un aroma a vainilla capaz de hacerle olvidar el resto del mundo. Por la noche, abría la ventana y contemplaba el cielo antes de dormir. Quería ser astronauta para poder alcanzar esas estrellas.
Una tarde, ensimismado, se alejó hacia la zona más intransitada del río. Allí, en la orilla, escuchó los susurros y las risas de una pareja oculta entre los ramajes. Escondido tras un árbol, pudo contemplar el cuerpo desnudo de una mujer que emergía sobre su compañero. Los rayos del sol iluminaban tres estrellas en su piel.
De regreso, no quiso comer el bocadillo que le había preparado su madre, y se acostó febril en la cama. Cuando su padre llegó a casa, fue a ver cómo se encontraba. El olor a vainilla que desprendía, le produjo una náusea irreprimible.
Cerró la ventana para no ver cómo se caían del cielo, una tras otra, todas sus estrellas.
Blog = cantabriaendoslatidos
Con un fuerte golpe de maza. el juez dio por terminado el juicio. Ahora, el acusado debería esperar la sentencia. Durante esos días de incertidumbre, él, anduvo por las nubes y cuando se daba cuenta de lo que estaba sucediendo imaginaba que le declararían culpable y le pondrían una condena con la intención de hacerle más sensato, y que bajara a la tierra. Y así fue. Le expulsaron de su casa y tuvo que arreglársela solo en su nuevo destino. Una vez allí, lo primero que debía hacer era encontrar un banco para cambiar las últimas tres monedas que le quedaban.
Anduvo varias horas entre las calles de su nuevo hogar y le fue imposible encontrar un banco como el que necesitaba. Comenzó a impacientarse y pensó que en esa desesperación también estaba la penitencia. Y todo por una gamberrada angelical. ¿Cómo encontraría el un banco de buenas acciones donde cambiar sus tres estrellas? ¿Por qué se le ocurriría cortarle las alas a Gabriel para ver si le crecían de nuevo? El no sabía nada de los hombres. Pobre ángel, vivir en la tierra no iba a serle nada fácil.
Estrella es el nombre de mi madre, la mujer que admiro, la que me lo ha dado todo, y a la que tengo que agradecer que me haya convertido en la persona que soy.
La casualidad quiso que la mujer que me robó el corazón también se llame Estrella. Ella es mi amiga, mi compañera, mi mujer, el amor de mi vida. Me encanta cuando todavía se sonroja si le digo que para mí no hay mujer más bella en la tierra.
Y desde hace dos años también está Estrellita, mi niña, mi luz. Cuando la miro, inconscientemente, se me dibuja una sonrisa en la cara. El amor que siento por ella es difícil de describir, tan nuevo para mí; un amor infinito.
Ellas son las tres Estrellas que forman mi vida.
Ayer la vi, sentada en un banco, sola viendo pasar el mundo a su alrededor… su mirada clavada en un punto equidistante entre las tres estrellas que formaban su propia constelación. Ella tan solo ella, sabía que era única en su especie, se dejaba mirar, y sin embargo no se dejaba tocar, ese privilegio lo tenía yo… su piel pura y limpia, mis manos intentando aprender y dibujar su figura, sus curvas y sus volúmenes… nosotras y tan solo nosotras sabíamos que éramos únicas en nuestra especie. Nuestras bocas empezaban a anhelar ese calor que se escapa de cada aliento que emitíamos, nuestros ojos, ese brillo por donde se escapaba el deseo y nuestras manos, ese tacto que enloquece a todo artista…
Ayer la vi, sentada en un banco, sola viendo pasar el mundo a su alrededor… mi boca quería decir un “hola, cuánto tiempo…”, pero mi saliva se secó y mis pasos decidieron seguir caminando a pesar de que mis rodillas temblaran y mis ojos lloraran de que ya no pudiera tocarla… de que tan solo la pudiera ver.
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Cada noche de guardia en nuestro faro, sigo respirando el aire de la mar. Esta mañana he recordado que hace dos años que te marchaste. Tu puesto lo ocupa Salcedo, pero tu memoria todavía brilla con fuerza. Me dá ánimos tu recuerdo. Esta semana terminaron de pintar el faro, como siempre a rayas blancas y azules. Por fin han arreglado el camino de acceso, ya no hay tantos baches, así que no se nos llena de barro el coche. Aunque últimamente, no te lo creerás, vengo en bicicleta.
El jueves tengo otra vez guardia y a los barcos les seguirá sirviendo de estrella el faro. Para ti siempre fue imprescindible la señalización marítima y se me ha pegado el vivir anhelando hacer funcionar este faro para que otros sigan navegando. Me enseñaste con tu ejemplo a ser también otra estrella, porque como tú decías: “Al faro no se viene a mirar una máquina, sino a ser estrella para el mundo”. Al anochecer, en la guardia, me tomaré el café pensando en estas tres estrellas: el faro para dar luz a los barcos, tu ilusión que me sigue animando y la oportunidad de continuar iluminando desde la costa.
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