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PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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Como ya comentamos, y os han contado los otros miembros del jurado, ha sido un mes muy trabado, y en donde hemos tenido apuestas muy distintas por relatos de muchos tipos. Los relatos que han pasado el primer corte han sido 16, y por eso, la suma de mencionados y seleccionados es la más alta de nuestra pequeña historia.
Estos han sido los relatos elegidos por el jurado en el mes de agosto:
AGO47. HISTORIA APÓCRIFA, de Nicoleta Ionescu AGO58. SONIDOS INTERIORES, de Mar Horno García
Hoy hemos dado por concluida la tarea de seleccionar los relatos finalistas del mes de agosto. No sé si suele resultar tan ardua, yo puedo dar fe de que en esta ocasión sí lo ha sido. La previsión era, por hallarnos en época de vacaciones, que el número de relatos descendiese respecto a meses anteriores, pero ha sido justo lo contrario. Una demostración más de que esta iniciativa no cesa de divulgarse. El riesgo sería que creciese sólo en cantidad, pero por fortuna no es así: una vez más, había muchos relatos buenos, lo cual ha dificultado enormemente nuestra labor, hasta tal punto que el número de finalistas ha sido de cinco. Suerte que tanto Paloma como yo (los dos “novatos”) en todo momento hemos contado con el asesoramiento de María Cobo y JAMS, los dos miembros “veteranos”, a quienes deseo expresar mi agradecimiento por su ayuda y su compañía en la distancia.
Ha sido, en fin, una experiencia muy gratificante, que espero poder repetir en el futuro si se me ofreciese la oportunidad. Conocer las cosas –cualesquiera- “desde el otro lado”, resulta siempre provechoso; y meterte, más que sea de modo transitorio, en piel ajena, te ayuda a comprender mejor a los demás.
Enhorabuena a quienes habéis participado este mes, sin excepción alguna.
JOAQUIM VALLS
No puedo ser como tú quieres que sea. Soy pájaro libre a quien pretendes enjaular. Si me encierras dejaré de cantar. Si me retienes poco a poco moriré…
Es mejor que vaya y vuelva a cantar a tu ventana cuando menos te lo esperes, a ponerte risas en la cara y darte besos en el pelo. Déjame que te quiera como soy, no como tú pretendes que sea. Suelta mis cadenas y que pueda bailar y llevarte a recorrer el mundo conmigo. Y mientras… Y mientras… yo no quiero que me esperes, quiero que sigas viviendo con todo lo que has aprendido sobre tu valía, con los rayos del sol, los mares, las nubes acogedoras, en la cabaña que te construí o en el barco velero que por ti creé. Así nacerán todos los retoños que salido como fruta madura de nuestro interior y que ya saben volar.
Somos ricos en frutos pero tú los has olvidado en tu afán imparable de tenerme a tu lado y así lograrás lo que jamás pudiste imaginar. Que el león se coma a la oveja a quien nunca debió perdonar la vida, con la que nunca debió soñar y menos aún amar.
Siempre fui árbol errante en busca de nuevas tierras, incapaz de echar raíces en ninguna parte.
Cobijé entre mis ramas tiernos amores, pero yo no me entregué por miedo a perder.
Grabados en mi piel, llevo para siempre sus nombres, como recuerdo de lo que pudo ser y nunca será.
Solo por estar a tu lado hundí mis raíces profundamente en este suelo. Donde, durante largo tiempo tu existencia fue mi único sustento y alimento. Para ofrecerte la fruta más madura de mi amor, todo en mí se marchitó olvidándome de vivir y tú, después de probar su dulce sabor, la arrojaste lejos de ti como si fuera un veneno en tu boca.
Aquella noche tu risa cruel espantó a los pájaros que no volvieron nunca más para alegrarme con sus cantos.
Con tu huida trajiste el invierno frío a este oscuro valle que se ha convertido en mi triste prisión, donde ya no llega ni siquiera la luz del sol.
Ahora solo espero a que el rayo libertador se apiade de mi tronco hueco, para ser cenizas al viento y volar muy lejos del dolor.
Smith, como cada mañana, coloca el vinilo sobre el gramófono y lo deja tocar. «Era su favorito», dice para sí cerrando los ojos con la esperanza de recordar, de olvidar, de entender. “…y sorbí la miel de la ambrosía de la uva madura de tu boca…”, recita una voz en el viejo bolero mientras que el acompañamiento de las guitarras trepa por los muros, baja por las cortinas e inunda con sus notas los resquicios de la casa entera; pero Smith parece no darse cuenta de la música porque su mente ya está en otro lugar, en otro tiempo, en aquel último otoño que compartieron juntos. Nunca entendió por qué, en plena madurez, cuando se le veía más feliz, más plena, Nora decidió quitarse la vida. No hubo adioses ni reclamos; no hubo a quién culpar ni notas aclaratorias. Luego de aquel acto incomprensible Smith se alejó de familia, amigos, de su mundo entero para limitarse a colocar, una y otra vez, la aguja sobre el disco en cuyos boleros intuye que encontrará algún porqué, alguna vislumbre sobre aquel suceso que le destrozó el alma.
Personas a las que deseo volver a encontrar, lugares a los que quiero regresar. Ese es el resumen de mi visita al Sendero del Agua, y mi estancia en el Molino de Bonaco.
Llegamos al Molino para disfrutar del premio de la primera convocatoria de este entrañable concurso, con un equipaje lleno de buenas expectativas que se vieron superadas con creces. Vino a recibirnos Rosa, la propietaria, y su calidez igualaba a la que yo había imaginado para mi Anjana. Luego, al conocer a sus hijas, pudimos comprobar que la amabilidad formaba parte de su herencia genética.
El lugar no puede ser más hermoso y tranquilo. Sus cuatro preciosas viviendas, que forman una especie de aldea de cuento, aparecen diseminadas en un extenso jardín de árboles de variadas especies y atravesado por el río. Es tal la calma allí existente, que se puede escuchar el rumor de la caída de una hoja.
Esa tarde, compartimos café y conversación sobre cuentos y proyectos con Jams y Mary (amiga y representante del Molino en el jurado del concurso), que vinieron para saludarnos.
Al día siguiente devolvimos la visita para conocer El Sendero.
Ubicada frente a la sierra del Escudo, la casona de piedra restaurada con mimo por sus dueños, en dónde cohabitan los apartamentos rurales con su vivienda particular, se asoma a un panorama de extraordinaria belleza. Al fondo, la montaña se nos mostraba cubierta con una txapela de nubes oscuras que contrastaba con el verde del paisaje.
Hospitalarios y afectuosos, Jams y su mujer, Curra, nos contaron la historia de su aventura, nos mostraron orgullosos sus famosos arándanos, sus seis variedades de manzanos, sus todavía enclenques nogales…y nos condujeron al lugar que da nombre a la extensa finca: El sendero del agua.
Bordeando el arroyo, el camino frondoso recreado por Jams, ofrece un paseo mágico. Allí residen seres mitológicos escondidos entre el paisaje, un pequeño tejo que concede los deseos a los visitantes que lo adornan con un lazo, y el sonido perenne del agua. Todos ellos, confabulados con sus dueños, consiguen trasladarnos al interior de leyendas antiguas creadas por pueblos que habitaron parajes semejantes.
Más tarde, compartiendo sidra marca de la casa y una charla como si nos conociéramos de toda la vida, llegó la noche sin apenas darnos cuenta.
Escudo se llama el río y también: amistad, esfuerzo, hospitalidad…y tantas otras cosas que comparten El Molino de Bonaco y El Sendero del Agua.
Gracias por dos días inolvidables.
Paloma Casado.
El final de mis cuentos infantiles me lanzaba a los brazos de Morfeo con una promesa de felicidad eterna. Lo que menos me gustaba eran las perdices que acompañaban la dicha prometida, llegado el momento las cambiaría por mis alimentos favoritos: uvas, fresas, cerezas…
El tiempo pasó y en mi mesa no hay fruta ni perdices; la llenan latas de cerveza y ceniceros repletos de colillas. A mi lado ronca el último príncipe que me rescató en un antro oscuro y lúgubre la otra noche, la habitación de la pensión que compartimos no se parece a los palacios de mis cuentos y ya no tengo aspecto de princesa; los excesos de mi vida nocturna han ajado mi piel, y las escasas visitas del dios del sueño han colocado profundas sombras debajo de mis ojos.
Algunas noches antes de tomarme las pastillas, la niña que aún habita en mi interior me lanza pedacitos de recuerdos, mi paladar se llena durante un instante leve como un parpadeo, de un sabor dulce e intenso, como de fruta madura.
Los rayos del sol atravesaban las delicadas cortinas de su alcoba, que se mecían por la suave brisa en una hermosa danza, creando un ambiente templado y delicioso.
Ella sentía su cálido aliento recorriéndole suavemente la espalda, estremeciendo todos los poros de su piel como si de una lenta caricia se tratase. Su respiración tranquila, y relajada estaba acompasada por los latidos de aquel corazón enamorado, creando una melodía tranquila, reconfortante y llena de paz.
Sus brazos protectores la rodeaban con un leve roce, los mismos brazos que horas antes recorrían su cuerpo deleitándose con cada una de sus curvas, con cada poro de su piel, esos brazos, que recolectaron todo el infinito amor que ella era capaz de brindarle, y que ahora velaban sus sueños.
Poco a poco, fue abriendo sus ojos y aquellos sentimientos, sensaciones y recuerdos, fueron cayendo como la fruta madura, languideciendo, arrugándose, perdiendo todo su jugo y toda su frescura, comprimiéndose para concentrar la esencia de su verdadero amor en su maltrecho corazón, donde ocupaba el espacio reservado para los sentimientos puros, convirtiéndose así, en esencia de vida, de una vida soñada, de la cual, seguiría nutriéndose durante todos los días de su vida.
Ella despachaba en una frutería.
Él regentaba una modesta pastelería.
Ella… exótica, mirada ardiente, gesto felino.
Él… serio, atractivo clásico, ademán tranquilo.
Ella limpiaba una manzana, acariciando el contorno de su piel.
Él ansió ser esa fruta en manos de aquella diosa de ojos de miel.
Ella le envió un apasionado e imaginario beso.
Él lo recibió con la ilusión de que no sólo fuera eso.
Ella soñó con él.
Él fantaseó con ella…
.. Ella le ofrecía su boca,
frambuesa madura y carnosa.
Él se deleitaba en sus labios,
granada dulce y jugosa…
Ella se despertó extasiada.
Él se levantó excitado.
Ella tenía una sensación agridulce del placer no degustado.
Él quería probar aquel fruto exótico y apasionado.
Ella esperaba verle.
Él vio que le esperaba.
Ella le preguntó qué se le ofrecía.
Él respondió entregándole una nota que decía:
“¿Cenamos?”.
Ella escribió debajo:
“Espérame después del trabajo”.
Ella destilaba belleza, era la guinda del pastel.
Él nunca había visto un postre como aquel.
Ella se adentró en una misteriosa gruta sin dilación.
Él se dispuso a gozar de aquella fruta con pasión.
Ella es ahora la estrella de la carta.
Él la ha convertido en una deliciosa… tarta.
Somos un puñado de células que se reproducen, se multiplican, crecen, se desarrollan y se convierten en seres humanos con distintas apariencias. En determinados casos, esas mismas células se duplican produciendo humanos idénticos: el mismo color de ojos, la misma tonalidad de cabello, los mismos andares y, en contadas ocasiones, las mismas huellas dactilares.
Muchos días, al mirarme al espejo, me acuerdo de mi hermano. Recuerdo nuestra infancia y sus travesuras, de las que me hacían responsable; de sus fechorías, por las que yo pagué con su condena.
Sentado cerca del mar, miro el horizonte inmóvil, azul, inmenso, luminoso y me acuerdo de él. Le recuerdo en el momento en que mis huellas – las suyas – fueron halladas en el escenario del crimen, el instante en que cayó en su propio infierno. Veo a través de sus ojos el infinito del tiempo, de su tiempo, carente de horizonte, de futuro y, por fin, saboreo con intensidad la sapiencia de la naturaleza.
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