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Me sorprendieron sus ropas y que no renunciara a sus atuendos a pesar de sentirse distinto. Su turbante azul teñía su rostro con los colores del mar, anudado a su cabeza como una cobra a la rama de un baobab. Era su señal de identidad. Hicimos amistad en el segundo año de facultad, él me confesó ser un tuareg, me enseñó su alfabeto, el tifinagh, y me susurró que a diferencia de nosotros no necesitaba ser alguien, porque él, ya era. Tuareg de ojos azules, ¡el color celeste del mundo!, un personaje singular que me invitó a su país de origen.
Allí, yo era el diferente, mis vaqueros y mi gorra atraían la atención de un pueblo nómada acostumbrado a los rigores más extremos. Muy pronto aprendí que su concepción de vida y la nuestra no eran excluyentes, pero sí muy distantes: nosotros llevamos reloj, pero ellos disponen del tiempo.
Desde aquel viaje tengo una habitación sin ventanas, una alfombra de arena y mil estrellas en el techo. Al tumbarme, oigo mis latidos haciendo eco en el desierto, el tiempo se detiene y me enredo en su turbante sintiéndome libre. Ahora me emociono con cada sorbo de agua.
Después de algunos meses he vuelto de un viaje transoceánico, esperando pronto volver de nuevo a continuar mi vida aquí. En el lugar que estuve aprendí mucho y he regresado acompañado con alguien diferente a los de aquí, pero que espero no lo sea cuando este lugar aprenda de una vez que el mundo no acaba aquí.
Soy un observador, una especie de periodista. Me han enviado aquí para tratar de comprender por qué nos dejan nuestro suelo lleno de trastos inútiles, de hierros retorcidos y de basura. Los hemos observado desde allá, pero no nos determinamos aún a salir de nuestras ciudades subterráneas llenas de luz artificial, de agua en abundancia y de alimento. Sin embargo, ellos tienen lo que nosotros no tenemos: jardines, mares, aire libre y muchas cosas más. Por eso no comprendemos por qué son tan estúpidos como para matarse entre sí en lugar de disfrutar de tanta belleza. Ya tengo decidido el informe para mis jefes.
De momento, y mientras no cambien, no les revelaremos que hay vida en Marte, no sea que nos contaminen.
Aquel viaje me enseñó que ya nadie quería bailar conmigo. Lo recuerdo como si fuese ayer. Entré al vagón y aferrado a uno de tantos hierros fui testigo de la función: tres señores de bien ojeaban periódicos del día; dos escandalosas quinceañeras coqueteaban con un desgarbado pelirrojo, una quejicosa mujer presumía constantemente de sus achaques; la pareja de jóvenes enamorados sonorizaban el lugar; una chica atractiva leía su libro de tapas blancas; los dedos del muchacho trajeado recorrían su corbata impacientemente; un pequeño sector posaba sus ojos sobre la pantalla de un móvil táctil; mientras el resto del pasaje clavaba su mirada en un punto alejado del peligro
En cada parada el convoy se detenía, dando paso a una breve coreografía de movimientos rápidos, simultáneos y certeros, que permitía la entrada en escena de nuevos actores, y la baja eventual de alguno de los citados. Sin embargo yo, luciendo mi octogenaria sabiduría, lejos de la agilidad de otros tiempos, permanecía de pie, parada tras parada, aferrado a una barra vertical, como único chaleco salvavidas entre mares de indiferencia, aprovechando que ésta carecía de cualquier empatía para poder ocupar otro asiento.
Los turistas que se animan a viajar hasta el valle noroccidental del planeta Gliese, no dejan de lamentar el desastre… «Este rincón del universo se parece cada día más a cualquier metrópoli de la tierra. No vale la pena invertir una fortuna si es para ver las mismas cosas que pueden contemplarse en Londres o en París».
Al cabo de su descubrimiento, el hombre, fiel a la divisa que constituye su marca registrada, domeñó, sometió, cruzó lo foráneo con lo autóctono que le llamó la atención y luego destruyó lo demás importándole un pitoche el equilibrio cósmico y el respeto al derecho ajeno.
«Por mí, que estos mandrias del demonio no regresaran jamás», me farfulla una ingeniera ambiental de Saturno que trabaja conmigo en la reconstrucción del valle. Yo no sé qué pensar. Sin la afluencia de turistas el comité interplanetario seguramente suspendería los recursos que sustentan nuestro proyecto y, abur reparación.
«Es preferible que vengan acá a que sigan expandiendo su coto de excursión por todo el universo», le respondo. «Tienes razón, candongo. Entonces, a esconder las especies que vayamos recuperando para evitar que se las lleven de souvenir».
Siempre he sido un alma viajera. De niña visité los bosques de Caperucita, navegué por el Mississippi con Tom Sawyer y exploré el País de Nunca Jamás de la mano de Peter Pan.
Cuando salí de la Universidad ya había coincidido con Casanova en los canales de Venecia, había dado la vuelta al mundo en 80 días con Phileas Fogg e incluso había hecho una excursión a la luna con Cyrano de Bergerac.
Me he topado con gentes de la más diversa condición: hidalgos que creían ser caballeros medievales, como un tal Alonso Quijano, que conocí en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme; hombres enfermos de soledad como el Coronel Aureliano Buendía al que encontré en Macondo y bellas doncellas dispuestas a morir por amor como Julieta Capuleto con la que compartí desesperación en Verona.
He llorado las lágrimas de tristezas ajenas y he sentido en mi piel el respingo de sus primeros besos. He viajado por sus mundos y los he respirado tanto que los he hecho míos, sin salir de mi casa, sin levantarme de mi orejero, compañero de viaje, compañero.
Inspiré. Sentí el aire llegar a mis tripas. Lo mantuve ahí, hasta que las chicharras de mis oídos empezaron a marearme: espiré.
El miedo lo revuelve todo. Hubiera apostado a que la fila donde estábamos se movía impulsada por el traqueteo de mi corazón.
Los primeros gritos de terror arañaron mi frente: noté cómo se escurría mi sudor bajo la camisa. Quise esconderme con él. Todavía me quedaba un 59% de agua por vaciar. No podía esperar, tenía que salir de ese agujero antes de desbordarme,… pero mi familia iba en la fila. Inspiré, espiré.
Avanzamos lentamente. Mi hijo comenzó a gritar, le apreté la mano. Quería decirle que todo eso no iba a durar, que no sintiera miedo. Pero la fila entera comenzó a gritar… Él se tapó la mitad de su cara con la mano que tenía libre.
Una pesadilla interminable: un viaje de quince minutos.
Cuando por fin salimos del agujero y vi la luz, y la sonrisa de mi mujer y mi hijo dijo:
—Otra vez, papá… ¡Por fa, papi! ¡Otra vez!
Comprendí que el tren del terror era para mujeres y niños.
Cuando le preguntaban al abuelo qué había sido en la vida, una lucecita se encendía en sus apagados ojos y una sonrisa torcía los pliegues de la piel que rodeaban su boca: “viajero” -contestaba-, y su voz se convertía otra vez en un rugido; venciendo la languidez de su actual tono, comenzaba a narrarte su vida.
Empezaba su viaje con las vivencias de su niñez y adolescencia. Te hacía saborear las escasas golosinas que deleitó y oler la leña que ardía en la cocina económica, y saborear las patatas con carne que comía al menos tres veces por semana: “muchas patatas y poca carne” –repetía, muy serio.
Continuaba su viaje paseando por las pasiones de su juventud y ahí se quedaba: prendido del recuerdo de la abuela. Se olvidaba de que estabas a su lado y se emocionaba mirando un punto indefinido que estaba más allá de la pared que tenía enfrente: “el paisaje de su cuerpo, ha sido la parte más hermosa del viaje”. Gruesas lágrimas brotaban de sus ojos empapando los amarillentos algodones de sus recuerdos.
Hay un desierto por delante. Una línea apenas ondulada. A lo lejos, espejismos líquidos.
Voy.
Morral en bandolera, sandalias franciscanas, raído pantalón, hilachas, camisa a cuadros que alguna vez fue colorinche y un viejo sombrero que aún sirve para engañar al sol.
El paso es lento. ¿Lento? No, no creo que sea lento, más bien un deslizarse sereno sin pensar en el siguiente paso. Eso es: todo el placer en cada paso, único, sin antes ni después, clavado en el polvo y sin embargo en movimiento.
Veo algo al borde del camino. Parece un niño. Parece estar sentado. Sí, eso es. Dos caballetes sostienen una tabla y sobre ella, algunas frutas que al parecer el niño ofrece al caminante. Frutas del desierto. Bajo un cobertizo improvisado, el niño y este instante.
—Zumo fresquito…— dice en voz muy baja y acerca con sus brazos un cuenco que rebalsa. Me lanzo sobre el cuenco y un denso líquido chorrea entre mis dientes.
Se adormece la sed entre mis labios, mientras el niño me señala un camino apenas vislumbrado que se pierde entre los matorrales.
Voy.
Y me sonrío.
Hay una mano atenta que despeja el sendero inundado de espinas.
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Sofía se siente perdida en esta vía muerta donde todo es polvo y soledad. Ya no escucha el traqueteo del tren que ha abandonado, ni distingue el rastro de humo de su chimenea diluido en un cielo de nubes grises.
Se ha apeado casi en marcha, con el cuerpo arrugado y el alma seca. Contempla los caminos de hierro por los que ha deambulado toda su vida de vagón en vagón, soñando con un destino.
A lo lejos presiente la llegada del siguiente convoy. Respira hondo, se gira y con la cabeza bien alta, da el primer paso hacia un futuro incierto. La visión del nuevo horizonte le inquieta, pero confía en que en el desierto no encontrará más espejismos.
-¿Duele? – preguntó mientras levantaba la venda que cubría mi brazo.
-No, mentí.
Mentí porque dolía, pero dolían más otras heridas, las que no sangran, las que quedan grabadas detrás de las pupilas.
En el viaje de vuelta, entre el sueño, el cansancio y la inconsciencia, mi mente se dejaba invadir por el salto de imágenes, que se iban sucediendo sin tregua ni piedad, empeñándose en que la guerra viajara conmigo.
-¿Seguro que no duele?- insistió, mirándome a los ojos
– No es una herida demasiado profunda, es soportable.
– Estas de vuelta, vivo y con mil vivencias para contar en la vejez- sonrió el médico y yo supe que no sabía (o no quería) leer detrás de las miradas
– Sólo un aprendizaje -compartí- Los muertos no son sólo los cadáveres.
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