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Desde que me crecieron alas, vivo en una nube, lejos de la realidad mezquina que asola la Tierra.
A menudo sobrevuelo los mares, lugares felices de otro tiempo que me atraen como cantos de sirena, pero yo, cual Ulises, me resisto.
Gracias por todo.
Ninguna mujer era perfecta para él. Buscaba la que tuviera el pelo más sedoso, caprichosas curvas, cara de luna, y con una talla que él exigía. Llevaba su metro en plena cita, no importándole avergonzar a la muchacha en público mientras le pasaba la fría cinta métrica por pecho, cintura y caderas. Siempre él acababa mirándola ceñudo y la despedía sin ninguna respuesta.
La vez que encontró a su modelo de mujer perfecta, se puso tan contento que le sangró la nariz. Era asiática. Largas piernas sin un solo vello, y un cabello trenzado hasta la rabadilla. Sus labios eran caramelo, azul marino su vestido. Cuando él se lo fue desabrochando en el lecho, primero se dio cuenta de que tanto el pecho como el esponjoso nalgatorio reventaban de implantes. El último aliento del desgraciado fue después de observar que la mujer perfecta lucía la piel plateada.
Exactamente allí, en la orilla, donde las olas devoran el silencio de la inocencia, donde los cuerpos son teñidos del azul más puro, donde el salitre recala sin dar tregua alguna al parpadeo de una mirada. Allí, en ese preciso instante, comprobó que su rostro, una máscara sin luz, jamás sería digno de asomarse a aquel espejo marino, mientras el cielo, narcisista donde los haya, no cesara en su afán de contemplación.
-Mire que le dije… ¡Tené cuidado!, pero no, el no entiende, es cabeza dura.
-¿El, que le contesto?
-Que sabía lo que hacía, que quien soy para decir que debe hacer, etc. etc.
-Duro de razonar.
-Seguro, lo hubiera visto, con ese trajecito azul marino, (la corbata verde no pegaba con nada, pero, allá el) y fue nomás.
Un letrero enorme prohibía el paso, el no se amilanó, traspuso la verja, quitó el seguro y entró, el animal descansaba muy tranquilo, observando por el rabillo del ojo.
-¡Pará Pepe! (Le grité) hizo un gesto con la mano como diciendo, “No pasa nada”. Cerré los ojos, no quería mirar, era un oso gris adulto, enorme, no estaba acostumbrado a recibir a seres humanos, siempre los veía a distancia a través de la reja.
Pepe se acerco con sigilo, pero comenzó a llamarlo como si fuera un gatito, el estúpido le decía.
-Osito, osito…
El animal se levantó de golpe, parado sobre sus patas posteriores, lanzó un rugido y se abalanzó sobre Pepe, escuche un sonido, creo que provenía de Pepe, olor no sentí. Pepe quedó petrificado, el oso avanzó, no quise mirar, pero…
-¿Y su amigo?
-Azul quedó.
El mar nunca fue tan azul como cuando lo veía en tus ojos. Éramos unos chiquillos que bajábamos a coger conchas a la playa y tú ya me decías que nunca nos separaríamos. El mar nos regalaba conchas de muchos colores, tú encontraste una con un agujerito perforado y pasándole un cordón negro, me la colgaste alrededor del cuello. No me quité ese colgante en todo el verano, lo llevaba en la playa, lo remojaba bajo la ducha para quitarme la arena, lo lucía por la tarde en las terrazas del puerto… Y cuando llegó el invierno, la concha se quedó debajo de mi camisa, oculta a los ojos de las monjas del colegio, pero muy cerca de mi corazón. A veces se la enseñaba a mi mejor amiga en el recreo y cuchicheando y entre risas tontas hablábamos de ese misterio que nos dio por llamar amor. Al verano siguiente tú habías cambiado: estabas más estirado, menos rubio, pero el mar seguía bañándome desde tus ojos. Ya no jugábamos, ya no recogíamos conchas y entonces, tan mayores nos sentíamos, que me atreví a darte el primer beso. Aquel beso era azul y sabía a mar.
Le aconsejaron que al enfrentarse al espejo viera en él una superficie lisa, sedosa, de color azul intenso como un mar sereno, que mirara hacia el horizonte donde dos mundos se difuminan pacíficamente, que viera emerger del agua delfines y gaviotas danzar en el cielo, que sintiera la espuma de las olas refrescarle la cara.
Y siempre cuando se iba a enfrentar al espejo, desde entonces, cerraba los ojos para recordar los consejos. Mas al abrirlos no veía más que tormentas que con sus truenos y relámpagos parecían resquebrajar el cielo, olas gigantescas que lanzaban tritones de dientes afilados y nereidas de uñas largas y lenguas viperinas, monstruos que parecían reírse de ella.
No lo superaba. Lloraba. Enloquecía. Huía. Dejaba pasar el tiempo y lo intentaba de nuevo, con el mismo final.
Hasta que un día con el peine de su mano golpeó repetidamente la superficie del espejo y lo rompió. El agua comenzó a salir con furia hacia afuera empujando su cuerpo frágil al suelo. Quedó hechos añicos, confundidos con los del cristal.
SIENDO NIÑO,MIRABA SERIES,LA LUCHA ENTRE EL BIEN Y EL MAL,Y SEÑORES QUE CUIDABAN LAS CALLES CON UNIFORMES DE AZUL…MARINO Y SALUDABAN EN ALGUNAS ESQUINAS A LOS TRANSEUNTES.MI PENSAMIENTO,SE ELEVABA MAS ALTO QUE MIRAR MUCHAS SERIES,¿PORQUE NO LLEVARLO A LA REALIDAD?…MI CORTA EDAD POR MOMENTOS NO RECORDABA COMO SE LLAMABAN ESTOS SEÑORES,VESTIDOS CON ESTE COLOR.MI PADRE,CUANDO PODIA,SE SENTABA A MIRARLAS CONMIGO.YO ME POSESIONABA, ANTE ALGUNAS TOMAS.¿PODRIA YO SOPORTAR TANTAS COSAS,PARA HACER EN LA VIDA REAL?…¡TENDRIA QUE PENSAR!…PERO TENIENDO TODA LA VOLUNTAD,PODRIA LOGRARLO.MI PADRE ME OBSERVABA CON ATENCION QUE YO PONIA ANTE LA PANTALLA DE LA TELEVISION,PERO POR EL MOMENTO,NO ME PREGUNTABA NADA,¡PERO YO!… SI EL NO ME DECIA NADA SOBRE ESTO,YO LE CONTARE,LO QUE PIENSO,SOBRE ESTOS SEÑORES CON UNIFORME.
EN UN MOMENTO,AL FINALIZAR LA SERIE LE PREGUNYE,A MI PADRE,COMO SE LLAMABAN,Y EL ME CONTESTO,¡SON POLICIAS!…EL ME MIRO ASOMBRADO,PORQUE EL VEIA EL GRAN INTERES QUE YO MIRABA LA SERIE.MI PADRE ME INDICO, AUNQUE HUBIERA PIEDRAS EN EL CAMINO,SI ES LO QUE ELEGIS PARA TU VIDA,¡ADELANTE!…AZUL…MARINO.
Díme por qué cambia el color del mar, díme si acaso esos cambios son por las lágrimas que tú derramas y si lo son por las barbaridades que comete el hombre. Díme por qué hay a quién le puede gustar cubrir el cielo de humo y llamas tapando su azul con las cenizas de bosques incendiados. Díme por qué aquel lago azul en el que nos bañábamos de niños dejó de serlo en aras del progreso, convirtiéndose en un lodazal seco salpicado de barquitas inclinadas. Díme, no calles, dáme una razón, explica por qué las puertas de Sidi Bou Said perdieron su color para dejar paso al bermellón, fruto del odio entre los pueblos empeñados en fraccionarte en mil dioses diferentes. Díme por qué sus ojos, los de Paula, ahora son blancos y ya no podré verme reflejado mas en ellos tras haber sido devorado su azul por el ácido arrojado por quien creyó ser su amo. Díme que no permitirás que ya nadie borre la pizarra en la que pinté en azul una sonrisa, díme que no dejarás que el negro todo lo cubra.
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