¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


En el jardín de la casa de campo de mis abuelos había plantado con mi padre la semilla de lo que años después debía ser un árbol. Varios años han pasado desde entonces y el árbol está en la flor de su vida, como lo estoy yo; de mi padre no puedo decir lo mismo, aunque creo que desde algún sitio debe estar gozando escuchando la música de arpa de sirenas aladas, tomando exóticos elixires, probablemente corriendo tras alguna de ellas.
Hijo, -recuerdo que me decía cuando escondíamos la semilla bajo tierra-, cuando este árbol dé los primeras hojas en sus ramas significará que tu papá empezará a pensar en el más allá; cuando esas ramas sean lo suficientemente gruesas en la primavera observarás como unas bonitas flores irán dando paso en el verano a redondeadas frutas, que al madurar te sabrán a gloria.
Papi, -interrumpiendo su espontánea narrativa-, ¿y podré hacer zumo con mamá para merendar?.
Todavía me acuerdo como si fuese ayer, sintiéndome como fruta madura, como la que también disfruto cada verano recogiéndola directamente del árbol. Mis hijos disfrutan la merienda mientras, a lo lejos, adivino a escuchar la música que mi padre baila con los suyos.
¿Quién soy? Un genio, por supuesto. Un genio desconocido. Un número ínfimo de personas (los más importantes del mundo) saben mi identidad. Solo dos conocen mi obra. Al cabo de larguísimas tratativas estuve de acuerdo a exponer una primera y última creación. El Louvre la pretendió. El Vaticano se opuso vehemente. Expuesta en el Louvre, hubiera adquirido carácter laico. Nadie pudiera parar las consecuencias. Opté por el Vaticano. Puse condiciones.
La manzana es una escultura viva. Es una manzana verde, auténtica, hecha de células vivas. Yo mismo la creé, en mi laboratorio. Mide un metro y flota suspendida en el aire, parada en un presente eterno. Nunca marchitará como fruta madura. Detrás de su corteja verde claro respira su blanca translúcida carne. Su fragancia embriaga el olfato. Será expuesta en una rotonda de mármol blanco, entre las finas columnas de un Templo del Amor Inmaculado. Mi Manzana es vulnerable, requiere medidas de seguridad excepcionales…
No quiero brevetar mi invención. No quiero crear duplicados. No quiero venderla. Tampoco quiero firmarla. Volveré a mi labor secreta. Ya empezaron a excavar una nueva galería en las catacumbas del Vaticano para mis futuras esculturas vivas: pienso en la Loba Capitolina, el David… el Jesucristo Crucificado…
El aviador recorrió el desierto en busca de su joven amigo. Al mediodía tuvo que volver al agua del pozo, a la sombra del árbol y al muro con su serpiente.
—“Regresó a su planeta, a su estrella, a su flor”– fue la respuesta al no encontrar el cuerpo del niño. Arriba, encima de él, entre las hojas, la serpiente realizaba la digestión con el vientre distendido como fruta madura.
Hoy ha sido su cumpleaños: trece años. Se ha pasado el día entero delante del espejo, probándose ropa de su hermana mayor. Quiere ser como ella, tener un montón de novios y dinero para comprar cosas.
Cuando empiezan a oírse por el patio los ruidos de las cenas en las casas de los vecinos sale a buscar a su hermana.
Cruza varias calles hasta llegar a una plazoleta, de arcos oscuros, donde la encuentra fumando y charlando con otras chicas.
No se acerca a ellas, no quiere molestarlas, y se refugia en la sombra de los arcos.
Las ve cuchichear y teme que la echen de allí, pero su hermana se encoge de hombros y dejan de mirarla.
Se apoya en la pared fría. Mientras espera piensa que mañana se comprará un perfume.
De pronto, sin que lo haya visto venir, hay un hombre delante de ella. La niña se pone firme sobre los tacones y le sonríe con su primera sonrisa. El hombre le mira los pechos, que apenas asoman por el escote de la blusa demasiado grande, y dice con voz ronca: «Lo siento, putita, pero yo sólo como fruta madura». Y se aleja hacia las otras mujeres.
Le pide un cartucho de cerezas, granates como besos. Y ella, con la visión de la fruta acurrucada en la cárcel de sus dedos grandes, oye por dentro claramente un clic. Un cortocircuito que le hace parpadear seguido, y abrir de nuevo el abanico. Algo más, señora, le dice él. Y a ella, que quisiera decirle qué más querría, sólo le sale por la boca, un par de limones y la cuenta.
En la penumbra fresca del hostal, imagina que son ahora dos puñados de cerezas sus pechos, apresados entre esas manos morenas; que es cautiva, ella entera, de los brazos y piernas del frutero. Y el techo se le cubre de frutos encarnados que maduran, que revientan a un tiempo, que la inundan sin prisa con su jugo. Rojo que le va y le vuelve de dentro a fuera.
Cuando llega el fin del soliloquio de sus dedos, con los mismos abre la ventana. Él está enfrente, ante la puerta de su tienda, mirándola, jugando en su boca con lo que, está segura, es un hueso de cereza.
Cayó como la fruta madura. Sin apenas tiempo para pensar. Sin apenas tiempo para olvidar. Tres años eran demasiados para vivirlos en soledad, acompañado de recuerdos que solo conseguían transmitirle una sensación de falsa felicidad. Y allí, en la terraza donde contaban las estrellas y sus labios hablaban sin mediar palabra, la brisa del mar le acarició el rostro susurrándole con olor a salitre y espuma su nombre. María. Y pensó que era la hora ya. Y que antes de que los años y el bastón que le aferraba a su perdida juventud le impidieran hacerlo aspiró una vez más el aroma de la rosa que su mano derecha portaba, roja como a ella le gustaban, se encaramó a la barandilla… y cayó. Cayó como la fruta madura cae del árbol cuando alcanza el punto perfecto de madurez y dulzor. Sin miedo. Sabía que María le esperaba al final del recorrido y hoy, por primera vez en tres años, se sintió feliz.
Eva prefirió degustar un trozo de sandía y derramar sensualidad en su mirada mientras tentaba a Adán con su sonrisa salpicada de almíbar.
Blancanieves desdeñó a la ancianita con su cesta cargada de deseos y se fue a coger setas.
Newton contemplaba un ejército hormigas que acreditarían su teoría de la velocidad.
Mientras tanto, las manzanas maduras festejaban su liberación.
El teléfono sonó tres veces, cuando lo cogió oyó una voz que decía, la fruta está madura, mañana caerá del árbol, pasado ya puede comprar manzanas.
Cuando colgó su cara siguió impasible, como siempre, también como siempre, nadie que la viese en ese momento,hubiera imaginado la tormenta que bullía en su cabeza.
Pensaba en Alejandro, en los años transcurridos a su lado, desde aquel día, cuando ella tenía dieciocho y la encontró llorando.
Era un hombre atractivo, socio de su padre, que no solo la consoló de su desengaño amoroso, sino que un año después,se convirtió en su marido, para alegría de su familia y envidia de sus amigas.
La boda fue un cuento de hadas, del que despertó de forma brutal, cuando solos en su habitación, él se burló de su timidez dándole una bofetada. Fue la primera de muchas.
Pero había llegado su momento; por eso aquella noche, cuando su marido la abofeteó, de su boca no salió un quejido, sino una fuerte carcajada, él sorprendido la dijo que no la entendería nunca. Ana callaba pensando, mañana lo entenderás, cuando saltes con tu coche por los aires.
La cena se enfría en la mesa. El vestido se deshace en arrugas. Las agujas del reloj giran, enredadas a mi estómago. El teléfono permanece callado. El tocadiscos canta a mi tristeza. El saxo abandona el blues para extenderme una mano. Mi reflejo en la copa, vacía, al igual que yo. La vista al frente, clavada en la puerta. La esperanza escondida bajo el sofá. Mi corazón, blando y oscuro, como fruta madura bombea absurdas excusas en mi cabeza. Tú, de nuevo tú, el que gira y desenrosca la tuerca de mis sueños y los deja bruscamente caer. El cansancio recostado a mi lado cubre mi cuerpo encogido. No recuerdo haber pintado la pared del salón de color gris. La vela me hace un último guiño.
El trato carnal con brujas. Eso era lo que más le gustaba. Sin duda. Más que escuchar los alaridos de los infelices que caían bajo sus dominios, o el olor de su agonía que todo lo impregnaba. Por eso no le importó evitar la habitual ronda de inspección en la que solía disfrutar del sufrimiento de tanta alma descarriada: una nueva bruja estaba esperando y tenía prisa por conocerla.
Se plantó ante ella, expectante, y le sorprendió y agradeció su juventud; también se sintió orgulloso al descubrir el temor en sus ojos cuando supo adónde había llegado. Y es que al final todas acababan cayendo allí. Era inevitable. Disponía de los medios para que así fuera, y a esta, además, no iba a ser difícil arrancarle sus pecados. Pero ya habría tiempo para eso.
Con el dorso de la mano acarició la temblorosa mejilla de la muchacha, y muy despacio, suavemente, la deslizó desde el cuello hacia sus hombros desnudos… Sabía por su experiencia que para ellas, para las brujas, aquello suponía una tortura más dolorosa que cuando penetraba su carne con un hierro candente, y eso a él, como Inquisidor General, era lo que más le gustaba. Sin duda.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









