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Por fin era mi turno. Tras oír mi nombre, entré en la sala. Sabía que allí estaría él, y efectivamente, lo vi enseguida, difuminado a contraluz, postrado en su butaca. Me acerqué ignorando mi tembleque y tomé asiento frente a él. No había mesa alguna que nos separase. Noté la lava de su mirada recorriendo mis piernas. La secretaria salió sin dar explicaciones. De repente, el tiempo sin sabernos se convirtió en ceniza. Con los años había ganado en atractivo: esa barba de cuatro días le favorecía las arrugas de los cuarenta. Empezaron las preguntas y yo, respondiendo con decisión, era incapaz de despegar los ojos de esas palabras que alimentaban la burbuja feromónica que nos envolvía. Se levantó y su tono cambió como el viento. “Ya te llamaremos”, dijo secamente mientras yo, también erguida, me acomodaba la minifalda.
Pasó un ángel.
Al estrecharle la mano, por inercia, mi cuerpo se inclinó hacía él y de pronto, me hallé mordiéndole suavemente el lóbulo. Luego, cual olla a presión desatendida, estallé cuando me agarró la nalga y me empotró contra la pared.
Mi hijo me mira con ojos de pillo y una sonrisa mal disimulada, mientras me enseña su libro y su cuaderno de geografía. Tiene que presentar un trabajo en el colegio sobre los bosques y ríos de Europa.
Primero hojeamos el libro y repasamos los nombres geográficos y luego trazamos el mapa en el cuaderno. Dibujamos los ríos en un azul intenso y añadimos peces de varias formas y colores. Los bosques los recreamos pintando grandes árboles en un verde profundo, y árboles pequeñitos en un verde generoso, llenos de frutos que están comiendo osos, ardillas y pájaros. Así ocupamos todo el espacio blanco del mapa.
De pronto, me mira con ojos asustados porque teme no acordarse de ningún nombre. Le propongo que el día del examen use los colores, como hoy, y que dibuje y dibuje. Después cierras los ojos, le digo, y soplas muy fuerte sobre el mapa para mover las hojas de los árboles y que te manden un viento con todas las respuestas.
El viento Sur sopla fuerte, seco y cálido. Suele durar varios días y tiene fama de influir en las personas sensibles provocando cefaleas y estados depresivos.
Manuela era una de esas personas. En los días de «surada» tenía intensos dolores de cabeza que le impedían moverse de casa. Los analgésicos a su alcance le aliviaban muy poco; solía tumbarse en la penumbra y esperar a que cambiara el Sur.
Pero llegaron vendavales tan potentes que afectaron a toda la población. Manuela no podía más de dolor; se acercó a urgencias. Después de darle calmantes apropiados decidieron ingresarla. Estuvo unos días hospitalizada.
Cuando cambió el viento, Manuela no regresó a su casa; del hospital la trasladaron al psiquiátrico, donde la voy a ver de vez en cuando.
El primer día que la visité, me invadió un sentimiento de impotencia al comprobar cómo puede una persona pasar tan rápidamente de la cordura a la locura definitiva.
Lo intenté, de verdad que lo intenté. Se positivo, decían los médicos cada vez que su estado empeoraba un poco más. Aun así, me agarré con todas mis fuerzas a esa última esperanza. Rogué a todos los dioses que me concedieran el milagro.
Pero el soplo que daba felicidad a mi corazón se apagó de repente. Se ha marchado a un sitio mejor, dijo el sacerdote. Quiero creerle, por eso estoy aquí.
Desde aquí arriba tampoco puedo verla. En el reino de cielos, dijo. Confiaré en el viento, en sus vaivenes. Se lo contaré y me dejaré llevar por él. Mi cuerpo se estrellará contra el suelo, pero yo volaré hacia ti, amor mío.
Tras una noche agitada, en la que el viento gritó sin cesar a través de las ventanas, nos despertó una mañana cálida y silenciosa. Iris aún echaba mucho de menos a su padre y aunque cada noche buscaba una excusa para quedarse a dormir acurrucada a mi lado, ésta vez fui yo la que le dije directamente que se acostase en mi cama. En noches como aquella echaba terriblemente de menos a Javier, la necesidad de abrazarme a él cuando el viento protestaba se veía apenas cubierta con la presencia de mi pequeña… Cuando esa mañana tras desayunar fuimos a ver el progreso del gusano de seda y contemplamos emocionadas la transformación de éste en una frágil mariposa de maravillosos colores, Iris pronunció cuatro palabras: cambió como el viento, dijo sonriendo ilusionada. Y yo, la miré fijamente viendo en su rostro por primera vez el inmenso parecido que ella guardaba con su padre, fue como si esa noche el viento hubiese realizado más de una transformación en nuestro hogar. Había llegado el momento de recomponer nuestras vidas.
Gris, discreta y al borde de la inexistencia, me tocó cenar a su lado aquella noche. Pertenecía al “bando del agua”. Nosotros, “los del café” los tratábamos con una sana ironía cada vez que lacónicos se acercaban a llenar su casto vasito.
Era ya tarde y el humo había comenzado a confundir nuestras siluetas. Las luces redujeron su intensidad y el piano, en un rincón, buscaba dueño.
De pronto, con la aparente levedad con la que gira el viento, ella se levantó, despacio, y se acercó a lo que parecía un escenario. Los focos le seguían, dejando entre las ondas de su pelo reflejos de un cobre sinuoso que brillaba como hilos de magma. Todos nos quedamos expectantes. Cerró la tapa ocultando el teclado y sabiéndose la dueña de nuestros silencios nos miró, ya sin vernos, desnudando en cada uno de los rincones de su voz nuestros más inverosímiles secretos.
Como si no la hubiéramos visto nunca, aquella compañera de Recursos Humanos hizo que esa noche todos quisiéramos aprendernos su nombre,
Al día siguiente en la oficina a nadie le apeteció el café. Todos bebimos agua.
(La autora ha seleccionado un acompañamiento musical para este relato que se puede escuchar clicando sobre la ilustración)
Cada tarde se sienta a la puerta de su casa para oír hablar al viento. Se entretiene escuchando cómo le hizo perder el peluquín a ese hombrecillo que presumía de una espesa melena o como hizo correr a un Embajador tras su sombrero. Hace una semana que solo le habla de ella e incluso le trajo volando a sus pies el pañuelo de seda que rodeaba su cuello. Ayer le susurró al oído una de sus risas y le colocó en la palma de la mano la margarita que adornaba su pelo. Hoy no se atrevió a salir, pero el viento, fiel a su cita, se coló entre las rendijas de las ventanas y le siguió por toda la casa hasta que le dio alcance, solo para gritarle al oído “¡Asesino!”
Como si las palabras fueran alcohol de matar. Como si los silencios fueran cubitos de hielo. Así me maté anoche: diez absentas para mí, diez propinas sin cielo, no saber huir a tiempo. Ahora soy un trazo de cenizas en el precipio de tu memoria. Sopla y verás lo que fui. «Ni hables ni estés en silencio», debió decirme el camarero.»Una más y saldrás volando», me dijo la sombra de un milagro moribundo. «La Historia se repite a sí misma», masculló Nick Cave desde el altavoz.
Así me maté anoche. Así me mataré mañana. Así volé hasta aquí.Como el viento.
Nunca tuve suerte. Fui un niño esquelético y exinanido al que todos aporreaban. De la pubertad, ni mención, corramos un tupido velo, baste con decir que atrochaba por los bosques para evitar a la gente. Caminaba con la espalda encorvada, la cabeza hundida en el pecho y dejé crecer cabellos y barba. Pasaron los años y me aislé definitivamente de la humanidad que era, para mí, el sinónimo del horror más deletéreo.
Ella vino con el viento y transformó mi vida entera. Era menuda, patizamba y sufría el tormento de la convivencia con personas tan perfectas que se habían convertido en deidades, titanes orgullosos de su perfección física.
Ni ella ni yo teníamos lugar en su universo.
Huyendo de las burlas, se adentró en el bosque y el viento comenzó a soplar con gran tremolina. Las ramas de los árboles se transformaron en gigantes que la aterrorizaron y corrió despavorida.
La encontré desmayada, tendida sobre un lecho de hojas y la sentí semejante, percibí en su semblante todo el dolor que la transitaba.
Duerme a salvo en mi refugio y yo velo su sueño desde hace siete días. Tal vez me atreva a besarla…
Fue en la primavera de 1912, Olivia y yo jugábamos en el jardín cuando cometí el error de contarle que veía a la abuela. Mi madre nos escuchó y santiguándose buscó a mi padre. La nana había muerto un año antes, así que mis comentarios desataron la furia de papá. Don Rafael, el médico del pueblo, diagnosticó locura. Acabé con diez años en Santa Agueda. En aquel sanatorio no había espejos, mejor, así no vería desteñirse el azul de mis ojos con las lágrimas. Las monjas me temían, mis padres nunca venían y las virtudes de la santa no me alcanzaban. Pero la abuela no me abandonó, nana me contaba un cuento distinto cada noche. Hizo que mi estancia en aquel lugar sombrío tuviese magia. Compartí habitación con hadas, duendes, luminosas valquirias y valientes caballeros…
Una noche, San Jorge vino con su caballo blanco para matar al dragón que aprisionaba mis días, y me llevó con él, aferrada a su brillante armadura.
Duré mil cuentos en Santa Agueda, ni uno más. Ahora he vuelto a casa; mis padres no pueden verme, Olivia en cambio me presiente. Pero le he pedido que calle, no quiero que entre en Santa Agueda.
Por mi cumpleaños me regalaron el “Libro de los mil cuentos imposibles”. El primero hablaba de una tal María Sarmiento, que se fue a cagar y se la llevo el viento. Pasé días atrapado entre aquellas dos líneas nefastas, que me conducían una y otra vez al punto de partida.
Después figuraba un relato inédito, rescatado de entre los anaqueles de la biblioteca de Borges. Contaba la historia de un niño que sueña que le regalan el libro de los mil cuentos imposibles y, cuando llega a la segunda narración, se encuentra con la historia de otro niño que sueña que le regalan el mismo ejemplar, y así sucesivamente. Un par de meses vagué a la deriva, en mitad de aquellos círculos sin retorno, hasta que di con una abertura secreta y pude pasar de página.
La protagonista de la siguiente narración portaba en el bolsillo un hueco; una cría de agujero negro que alimentaba a base de lectores desprevenidos. Heme aquí, en caída incesante, hacia una profundidad sin límites. El libro reposa ahora sobre la hamaca del jardín, a merced del viento. No quiero ni imaginarme lo que aguarda más allá de la cuarta página.
Desde hace algunos días, mis ojos no viven en el mismo tiempo. El derecho ve el pasado y el izquierdo el futuro y no paran de jugar proyectando en mi mente oráculos y adivinaciones, de inventarse míticas leyendas de héroes futuros. Mi ojo derecho elige a, pongamos, Ulises y el otro lo traslada al futuro. Se mueren de risa, y giran y giran sin control. Pero, lo peor, es que pretenden dominar mi mano para que reescriba “Las mil y una noches”. Su objetivo es actualizar todos los cuentos, y al principio me pareció divertido, pero cuando trasladaron a Alí Babá al 2013, rompí a sudar de puro miedo.
No soy capaz de poner orden, de obligarles a enfocar juntos el presente, ambos se niegan. Así que he tomado una determinación: me he comprado unas gafas opacas, un perro-guía y un bastón.
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