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Quiso ser amarillo, por su chispeante viveza, su pícaro desparpajo sin llegar a ser insolente como el rojo, por la luz que parecía emerger de él. Nunca le gustó la virtuosidad del blanco siempre impecable en lucha continua con el negro al que aborrecía por su oscura condición . Luego estaban los otros, los intermedios, los acomodaticios, a gusto en su estado aunque nunca fueran cálidos y brillantes.
Probó diversas técnicas, mezclas, llegar al estado mas puro para empezar de nuevo, de cero, emprendió un largo viaje y adquirió conocimientos que puso en práctica y aunque en una ocasión estuvo a punto de conseguirlo sólo logró un tono desvaído que no le satisfizo y que consiguió abatirlo más.
Tuvo que resignarse y pensar que después de todo, no le esperaba una vida gris como a su compañero. Aunque fuera siempre el color de los uniformes, también era el color del mar, y fue forjando un inicio de sonrisa que dio brillo a su azul…marino.
Algunas mañanas de verano acostumbro a bajar a la cala de La Rada con mi sobrina Andrea. La cala es un lugar fascinante: una playa del tamaño de una bañera bordeada por recovecos, espuma y rocas. Nos sentamos sobre un saliente desde donde divisamos el muro kilométrico de acantilado negro y la línea imperceptible del horizonte que parte a la mitad un infinito universo azul.
Me gusta contarle historias marinas que he oído en los veinte años que visito esta costa. Ella, como buena lectora, me describe monstruos marinos y valientes aventureros, mientras confiesa la ilusión por encontrar alguna señal de la existencia de las sirenas, o acaso, un desesperado mensaje flotando que llegue de lejos metido en una botella, el grito clamoroso de alguien que nos necesita.
Hace unos días que su deseo se hizo cruel realidad. La cala recogía los restos deshechos de una patera. Tuve que apartarle la vista y abrazarla fuerte ante el avistamiento de un cuerpo flotando. Era africano, tenía la cara desfigurada por el golpeo incesante con las aristas de la roca. Miré al horizonte en busca de una explicación y solo encontré la tranquilidad de un escenario azul e indiferente.
Gracias. Un saludo.
Los expositores de postales con sus indescriptibles verdes, azules y naranjas. Las caricias rítmicas, sedosas y cálidas del Pacífico. El arrebato multicolor de los arrecifes de coral. La música, las danzas, las amistades de lugares remotos del planeta. La selva y sus laberintos. Los volcanes. El sonido difuso de los chaparrones durante la siesta. El río y sus misteriosas criaturas. La fruta fresca, sabrosa y extraña. La sombra de los mangos y el murmullo del mar. El embrujo de las puestas de sol sobre la bahía. Las delicadas tallas de madera que regalaría en cuestión de horas a sus seres queridos…Toda aquella multitud de fascinantes y amables recuerdos se fueron a la mierda en el mísero lapso de tiempo que tarda un rayo en poner fuego y muerte sobre los destinos: una interminable hilera de buzos azules y cascos blancos con lámparas se cruzó en mitad de la nada con el autobús. Todos caminaban serios, decididos, abnegados. Todos iban acompañados por una oscura sombra y una duda. Y a buen seguro, ninguno de ellos viajaba por placer…
Después que me enlisté en el 65º Regimiento de Infantería y zarpamos de San Juan rumbo a Corea, entendí dos cosas. La primera: que si lograba regresar a la isla vendría hecho un hombre duro y no el niño soñador que entonces era. La segunda (en caso de regresar): que la vida que yo conocía de jugar en fincas de plátano y ñame, de bañarme en ríos de agua clara, y de escuchar los cantares de coquí al caer la tarde, se vería trastocada por nuevas y terribles vivencias donde andaría por sembradíos de cuerpos, palparía la sangre seca sobre la arena, y escucharía sólo la tonada de la metralla y la tanqueta.
Recién había salido de la clase de biología y el recreo apenas comenzaba, pero al contemplar la escena tan cruda que se dibujaba en mi mente, decidí no jugar más a los soldados. Que otros fueran a pelear si así lo quisieran, pero yo me quedaba con mis plátanos, con mis ríos y con el singular canto del coquí.
En un viaje de negocios a Valencia, camino de la estación pisé una mierda de perro, debía ser de un san Bernardo por el tamaño, me limpié como pude en el césped. En el tren me di cuenta del olor que desprendía mi zapato, fui al lavabo, lo limpié y le puse loción del afeitado para camuflar el olor, al volver a mi asiento, en el contiguo había una señora gorda.
Al llegar di un paseo por la ciudad y cuando estaba comiendo, se oyeron tiros, me asomé y. vi coches de policía rodeando un Banco, alguien dijo que era un atraco y seguí comiendo. Llegué al hotel y me eché en la cama, oí unos alaridos de mujer. Llamaron a mi puerta, abrí y vi a una señora histérica en batín que me dijo que llamara a la policía por que una mujer estaba sufriendo malos tratos, le respondí que lo que estaba recibiendo la tal señora eran “muy buenos tratos”.
Al coger el tren de vuelta en el último minuto me acordé de comprar la lotería que siempre compro cuando voy de viaje,
El viaje me enseñó a hacer caso de las señales. El gordo acabó en 69.
La muerte viaja sobre las alas de los bombarderos. La muerte viaja desde el dedo de los dictadores, sembrando silencios.
Viaja pacientemente entre los exiliados de la hambruna, difuminada entre las nubes de polvo de los pies arrastrados.
Viaja entre los pozos vacíos de desiertos desesperanzados; entre el verde de las minas de esmeralda y el blanco roto del diamante.
Entre ausencias de vacunas, entre escasez de alimentos, entre traficantes de cualquier muerte, en polvo o en calibre.
Alguna vez la muerte descansa, fría, insensible, esperando la siguiente cosecha. Nunca faltan los depredadores que le sirvan presas, a ella, carroñera incansable.
No mira a los ojos a sus víctimas, tal vez tenga miedo de sentir piedad. Su viaje eterno le enseñó que ella solo es el instrumento al servicio de una ley inexorable.
Blog = estimemlaparaula
Los barcos enfilan hasta colocar sus velas gigantes en dirección al sol. Buscan acumular la energía que les permita realizar el largo viaje a través de las estrellas. En las cubiertas los marineros estelares trajinan sin descanso para dejar todo en marcha antes de que los rayos del astro rey llenen el motor con el combustible necesario para la travesía.
Los pasajeros nos asomamos por estribor, deseamos contemplar por última vez el planeta que hemos abandonado. Se exhibe ante nuestros ojos bajo una densa y oscura nube que ahoga toda forma de vida. Todos en un silencio solemne nos preparamos para este desplazamiento a través del cosmos con la esperanza de encontrar un nuevo hogar. Recordamos a los ausentes, muchos decidieron quedarse.
Unos miles de seres humanos hemos conseguido abordar estos navíos solares, iniciamos el éxodo sin destino conocido, sin retorno, huyendo de la falta de expectativas y de los avaros y cicateros que arruinaron la única casa que poseíamos. Creen que nos han embargado el futuro pero no alcanzan a comprender que el ser humano siempre está viajando en una única dirección: la que marca la palabra esperanza.
Ya es tarde… tarde para volver atrás, el viaje me enseñó; nada hay en el horizonte que sea importante si te hacer perder lo que tienes al lado.
Somos meros sueños de otros. «Si al menos en esos sueños fuéramos felices pero no, inclusive en el sueño de otro, hay algo o alguien esperando para desgarrarnos el corazón a zarpazos».
― ¡Despierta, Manuel, hora del relevo! ¡Mierda de tío, siempre soñando con lo mismo! ―se enfadó, José.
Manuel, se revolvió debajo de las mantas, carraspeó y con la voz cansada,”del que se quedó sin tiempo”, ―dijo: ¿Y qué quieres que sueñe, ¡redios!? Con el hambre que tengo, mi estómago manda más que mi cabeza.
― ¿Y no puedes soñar con tías buenas? O ¿incluso con comida? No que siempre sueñas con tristezas… ―. A José se le nubló el semblante.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras, con un gran suspiro decía para sí mismo, «Otra vez, hablando conmigo mismo».
En el pueblo las cosas son como son y siempre han sido así por la gracia de Dios. Todo el que se va desaparece y de él queda una historia quién sabe si real o no. Casi nadie ha vuelto para demostrar que no lo sea y, quienes lo hicieron, prefirieron no desilusionar a los demás. Como papá. A todos les decía lo que querían oír, pero a mí me contaba la verdad de otros pueblos, ciudades incluso, yo creo que mundos.
Como en los cuentos de mi infancia, un día imaginé baldosas amarillas sobre el camino polvoriento que salía del pueblo. Al poco tiempo se convirtieron en las líneas blancas de la carretera. Las seguí alumbradas por luces de neón, a la sombra de grandes rascacielos y entre el ruido de los coches. Perseguí sueños, viví aventuras, tropecé y me levanté mil veces antes de encontrar el camino de vuelta a este pueblo donde las cosas son como son pero no son la verdad que yo te cuento ni la que tú vivirás.
El viaje me enseñó el FIN. Una figura imponente descendió hasta el suelo calcinado. Podría ser un hombre si no fuera por las alas que surgían de su espalda. Miró a su alrededor y solo vio muerte y destrucción. Níveo, meneando la cabeza, maldijo por lo bajo.
Tantos años, tanto sufrimiento para esto.
Sabía que el resto de la tierra estaba igual, carbonizada. Nadie sobrevivió. Estaba enfadado con la humanidad por haberse destruido a sí misma y consigo mismo por no haber evitado todo aquello.
-Debimos haberlo visto venir. No es cierto? –preguntó una voz a su espalda.
Níveo se volvió hacia Aleph, encontrándose con unos ojos azules tan fríos como el hielo y una figura como él con grandes alas negras que tapaban la luz del sol.
Aleph se acercó a Níveo. –Tu eres un ángel y yo un demonio pero en el fondo no somos tan distintos.
Níveo se revolvió –Tu eres un asesino, llevas miles de años intentando conquistar a la humanidad y ahora qué?
-Justo! dijo Aleph, Tan obsesionados estábamos el uno con el otro y con nuestros deseos que no impedimos que ellos acabaran por sí mismos con todos y con todo-
-Y ahora, Qué?
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