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El sanedrín del bosque ha decidido que el oso tiene que abandonar estas tierras porque, desde que llegó, arrasa con cualquier cosecha que se encuentra en su camino: la de nueces, la de avellanas, la de miel y también la de frambuesas y arándanos. Los lobos, desde que él llegara, ya no molestan a las crías del resto de los habitantes del bosque, y todos pueden campar ahora a sus anchas, sin miedo… aunque con hambre.
Al cumplir sus quince años, según el ritual de su pueblo situado en el corazón del bosque, María tuvo que hallar su árbol predestinado. El árbol era el que elegía al niño llamándolo por su nombre, para desvelarle el futuro: tú vas a ser carpintero, tú pescador, tú tejedora… y del tronco del árbol tallaban barcos, muebles, telares y objetos que traían suerte al niño elegido.
Una vez, el rey de Suecia mandó construir una armada para dominar el Báltico. Cien escuadrones partieron a talar los bosques cercanos a Estocolmo. Las hachas asolaron la región. Como guerreros exangües caían los árboles, uno tras otro, profiriendo alaridos milenarios.
Me he despertado sobresaltado por los sonidos nocturnos del bosque que se cuelan por la ventana. Lo único que deseo en este extraño momento de lucidez es poder acordarme de mi nombre todos los días y saber quién es la mujer que amo. También quisiera poder reconocer a mis hijos y poder acordarme de cuando eran pequeños y jugaba con ellos. Algunas mañanas al mirarme en el espejo, éste me devuelve el reflejo de un rostro desconocido. Tengo la certeza de que dentro de poco todos mis recuerdos, todas mis ilusiones y la persona que un día fui se perderán entre la niebla del olvido. Tú, tan hermosa como siempre duermes placidamente a mi lado. Me gustaría despertarte para contarte que estoy de nuevo contigo y susurrarte al oído que te quiero, pero me da miedo que este hechizo dure un momento y provocarte aun más dolor. Esta noche no quiero dormir, solo quiero recordar, pues vivo sumido en un continuo sueño.
¿Recuerdas cuando recorríamos juntos estos bosques de encina y pino? ¿Esta rivera lindada por olmos y chopos tan antiguos como los ancestrales secretos que los alisios susurran a las velas de los barcos en el puerto? ¿Lo recuerdas? ¿No? Ni siquiera a las ardillas escalando por columnas de madera, ni a las aves, cuyo cántico nos embriagaba como una insondable sinfonía de lo etéreo. ¿No? Quizá es que no estuviste y soy yo quien no recuerda, sino que imagina.
-¿Que tienes ahí? te pregunté.
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