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Algunas noches, merodeaba por las aldeas cercanas. Vestida de negro, con una cestuca bajo un brazo y sin los zancos de madera, la vieja caminaba silenciosa, tambaleándose en la oscuridad, hasta que entraba sigilosa en una casa. Al poco tiempo salía con el mismo andar oscilante y mudo, y era entonces cuando se dirigía hacia el bosque. Se adentraba lenta, y lo atravesaba con monotonía fría, hasta que finalmente se detenía ante la caverna y depositaba en el suelo la cesta. Se oía entonces un gemido hueco de dentro del agujero. Poco a poco, un hedor de animales muertos y madera podrida iba inundando cada rincón. La criatura asomaba aquella cabeza deforme entre las sombras de las ramas. Se acercaba arrastrando un cuerpo enorme, peludo, con multitud de dedos inacabados en las extremidades, y una respiración profunda de caballo exhausto. Se arrodillaba ante la vieja y le abrazaba los pies. La vieja acariciaba la cabeza, y la criatura desde abajo no se atrevía a mirarla con su único ojo. Los paisanos lo llamaban Ojáncano. La vieja, hijo. Después, la criatura cogía la cestuca y volvía a la caverna, mientras un llanto de recién nacido brotaba de la oscuridad.
Lucía el tímido sol de invierno en el jardín de Lulo. Ocre sobre verde, torcaces y un pardal. Sentado, observaba el aleteo incesante de una mariposa sobre su flauta de madera.
— ¡Quieta, mariposa! ¿Acaso conoces las estrofas que con ella se pueden entonar? Ven, te enseñaré una cosa y hoy mi amiga serás.
— ¿Sabrías volar en Do? ¿Y en Re? ¡Más difícil es en Fa! —Silencio. La mariposa quedó suspendida ante las palabras del niño. Y fue el leve meneo de su cola lo que le hizo sonreír al chaval.
— ¡Bien! Hagamos una prueba —propuso al animal. Y soltando a su amiga, comenzó a tantear una bella melodía.
— Comenzaremos con Do: Tu, turá, tu, turá…, —entonaba Lulo. La mariposa describía curvas con su vuelo. Una, y otra más hasta que aprendió.
— ¡Estupendo! Ahora con Re: Tu, turá, tu, turá…, —insistía el muchacho. Y su amiga describió una llamativa espiral. Así, hasta modular todos los acordes conocidos hasta formar una sección dorada, regla áurea sin igual. Y despidiendo a su nueva amiga, quedaron para siempre en prorrogar.
— ¡Adiós, mariposa! ¿Cómo te llamaré?
El animal trazando cuatro órbitas en el cielo contestó:
— Llámame do-re-mi-fa.
Y Lulo fue feliz. Lulo no deseó más.
Bailaban todos, pero llueve y ya no bailan. Solo dos. En medio del claro, rodeados de sombras de salvajes.
Él guía, ella le sigue. Llueve a cántaros pero calados hasta los huesos no pueden parar de mover las piernas y los brazos. Cerraron los ojos y entraron en trance.
Los demás, a cubierto entre árboles, no pueden tampoco dejar de mirarlos. Es una suerte de abrazo energético sideral.
No va a parar de llover. Seguirán bailando aún sin música, les basta con tener el cielo abierto y el viento. Y los sentidos receptivos a los sonidos y esencias sonoras del bosque.
No tengas miedo, sigue leyendo. Ignora el silencio de la habitación, concéntrate en los sonidos de la noche: el zumbido del viento, los aullidos de alguna alimaña, el crujir de las hojas, los pasos que se dirigen hacia ti… Sigue leyendo, no tengas miedo. Ignora el sonido del bosque, concéntrate en la habitación: el repiqueteo de la ventana entreabierta, el crepitar de las paredes, el pausado movimiento de las agujas del reloj, las pisadas que avanzan hasta donde tú estás… No tengas miedo, sigue leyendo. Ignora la noche y la habitación, concéntrate en ti: el nudo en la garganta, el latir del corazón, la sangre recorriendo tus venas, la gota de sudor por la espalda, la mano que te arropa, la respiración que golpea tu oído… Sigue leyendo, no tengas miedo. Acurrúcate entre las sábanas y libera tu imaginación: los misterios del bosque, la persona que hay junto a ti, el peligro que se esconde en el armario o aguarda bajo la cama. Deja que el miedo se apodere de la noche, sigue leyendo…
Madre nuestra que estás en este mundo. Bendito sea tu nombre. Venga a nosotros tus montes y mares. Sáciense tus necesidades, así en la tierra, mar y aire. El oxígeno nuestro de cada día dánosle hoy. Perdónanos nuestros incendios, y poluciones, así como nosotros intentaremos perdonarnos. No nos dejes caer en la tentación de la industrialización excesiva y líbranos de hacerte mal.
Cuando el cielo se torna gris y parece que la noche ha madrugado demasiado,
Cuando los relámpagos iluminan cual luciérnagas incandescentes,
Cuando los truenos ensordecen a los pajarillos…
Cuando parece que el viento lucha contra las ramas de los árboles…
Cuando parece que en cualquier momento los árboles ya no aguantarán mas…
Cuando menos te lo esperas aparece el primer rayo de sol.
A nosotros nos pasa igual que al bosque, a lo largo de nuestra vida nos tenemos que enfrentar a terribles tormentas, pero después de la tormenta siempre llega la calma y tímidamente el sol se va abriendo camino. Y al igual que a los árboles nos ha servido para fortalecer nuestras raíces y a aprender que es necesario vivir una tormenta para estar agradecido cuando haga sol.
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