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Mestal es su nombre, eso dice ella, pero también admite que no recuerda nada más que su nombre y un olor persistente a corteza de árbol. Abre sus ojos ámbar con desconcierto cuando le acaricio la mejilla y enredo uno de sus mechones de otoño en mi dedo. Pero me deja hacer porque nadie más se acerca a este robledal y ella tiene deseos de hablar con alguien, aunque esa persona tenga patas de gallo y haya nevado en su cabeza. Ella insiste en que sólo recuerda este robledal, como si yo tuviera la respuesta a la pregunta que no formula, como si pudiera pensar en algo más que en el embrujo de sus ojos y el tacto salvaje de su cabello. Cuando finalmente ella se aleja, entretengo mi nueva soledad con la romántica majadería de tallar en el roble un corazón atravesado con nuestras iniciales, pensando que ella apreciará un mensaje en corteza de árbol. Sólo al terminar oigo con claridad el grito de agonía y, cuando después de recorrer ciegamente el bosque encuentro el cuerpo de Mestal, comprendo la verdad. Pobre dríada, muerta por una herida en el pecho con forma de corazón.
La joven Aileen vagaba por los senderos pedregosos cercanos a la ciénaga de las afueras. Era pequeña y ágil, de apariencia delicada. Andaba casi flotando en efímeros movimientos, sin echar la vista atrás.
Una lágrima ondeó en la suave brisa al no poder regresar, su pueblo no se lo permitiría. Muchos de los suyos habían puesto precio a su cabeza si la encontraban en territorio forestal, por eso tuvo que marcharse, aparte de no poder vivir con la carga de haber cometido el peor pecado que un elfo pueda llevar a cabo: dañar al bosque. Aun escuchaba sus susurros ahogados por el dolor tras la quema, aunque accidental, de una de las regiones más pobladas y arcaicas del reino, su reino. Oyó pasos de caballos acercarse hacia ella…
Alguien la había delatado en territorio humano, a lo lejos divisaba caballeros armados. Los elfos eran criaturas muy preciadas que otorgarían honor eterno al que capturase uno.
Notó un rumor en la lejanía. Los árboles la llamaban, los que fueron su refugio… ¿Qué debía hacer? Todo ser tiende a un fin y el suyo estaba en el interior del bosque, entre sus frondosas ramas, desapareciendo en la espesura del destino más cruel.
Los charcos se sucedían uno tras otro y Dani saltaba sorteándolos feliz. Por fin unos días en el bosque con sus padres. Esto era algo que ansíaba desde que tenía uso de razón (dato histórico al que no había que remontarse en demasía dada su corta edad). Por fin veía a sus padres juntos riendo, relajados y habiendo dado esquinazo a tantos momentos cargados de hostilidad.
¡No podía ser verdad! si hasta se habían dado un beso ¡de enamorados!…eso si que era fantástico, la de veces que había confesado a su abuela que papá no era cariñoso con mamá.
– ¡Dani, i….. ven cariño tenemos una cosa que contarte!
– Si ya voy esperad….
El corazón de Dani parecía que se iba a salir en cualquier momento ¿qué tendrían que contarle?
– Dani …. vas a tener un hermanito para Navidad.
Eso si que no se lo podía creer, cuántes veces había pedido tener un hermanito y cuántas veces le habían contestado que no era posible porque mamá ya no podía tener bebés… ¿le habían mentido?….
– Pero mamá…¡tu no podías tener bebés…!
– Si cariño, pero es que yo no soy tu mamá…
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