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Se adentró en el bosque cercano a la casa de sus padres sin permiso. Corrió sin pensarlo atraída por el inquieto ladrido del perro, que salió por la cancela como cuando veía un gato. Eran contadas las veces en las que se veía enfurecido al san bernardo.
La niña corrió tras él sin pensar que papá o mamá podían reñirle por no avisarles, como cada vez que quería jugar fuera. Corría, pero se iba haciendo más difícil perseguir al animal. La espesura del bosque iba poniéndole más obstáculos en forma de gruesas raíces de árbol a cada paso que se adentraba.
Cuando le alcanzó el perro estaba en un claro del bosque que no había visto antes. La gran charca que lo presidía parecía un espejo en el que se reflejaban todas las nubes del cielo. El san bernardo parecía hacer frente a alguien pero no había nadie. Corrió con él pero al llegar, ella también pareció percibir la presencia y subió a un viejo tronco para intentar escuchar mejor. El perro, atemorizado ahora, gemía. Se escuchó un golpe seco al caer al suelo. El perro ahora sí, ignoró la presencia extraña e invisible y correr a pedir ayuda.
Cuando me perdí tenía diez años. Nadie creyó mi historia al encontrarme sano y salvo al día siguiente y contarles que había dormido en casa de Fergui y Rune, dentro de un roble.
Duendes, gnomos… fantasías de chiquillo, dijeron todos.
Continué yendo con mi padre a buscar setas todos los otoños al mismo lugar, pero jamás volví a ver a mis amigos. Con el tiempo, crecí y abandoné el pueblo, aunque en verano o navidad, cuando visitaba a mis padres, siempre iba a perderme entre los robles. El mes pasado regresé para siempre: faltaron mis padres, en un mes los dos. Y ayer fui al bosque; buscando a Rune y a su marido Fergui. Cuando llegué al roble que fue su casa, solo hallé un tocón con el aspecto de haber sido cortado hace tiempo. Desconsolado, me senté en él sin ganas de hacer nada. Quería perderme para siempre, volver a tener diez años…
Quizá tenían razón y todo fue una fantasía de niño, estaba pensando cuando escuché golpear (toc, toc) bajo mis posaderas. Me levanté sobresaltado para ver a Fergui saliendo del tronco cortado y decirme:
-¿Por qué no entras a nuestra casa? Está empezando a caer la noche…
El veintisiete de octubre mis botas se impregnaban a cada paso de más y más barro mientras las espesas hojas me impedían ver más allá de mis narices. Llevaba dos horas perdido en aquel bosque desconocido. Desistí. Decidí rendirme. Me senté en una roca y por primera desde la muerte de mi padre, lloré. Lloré por sentirme huérfano, por Lola que tanto me había sabido querer y a la que había dejado escapar, por mi amigo Mario y la distancia que ahora había entre nosotros y por el peso de los 46 años que se me antojaba imposible de transportar en el camino de mi vida.
Y de pronto, la voz de un diminuto duendecillo pálido y compasivo me dijo “Vamos arriba, arriba una vez más”.
Qué extraño, pensé, si yo jamás he creído en duendes…
Mi origen fue una gran masa de agua. Cuando nací ya tenía millones de hermanas.
‘Hermana Mayor’ nos contaba misteriosas historias sobre nuestro destino.
– “Pronto viajaremos”. – Aseguraba nuestra ‘Hermana Mayor’
– “¿Dónde iremos?”. – Preguntábamos ansiosas.
– “Nunca lo sabemos”. Sonreía mientras nos estrujaba. “No tengáis miedo. Casi siempre somos bien recibidas. “ .
– “Ha llegado la hora “. – Gritó ‘Hermana Mayor’.
Nuestro recorrido duró unos días. Fuimos rápido, nuestro primo ‘Viento’ nos ayudaba. Contemplamos mares grises, playas devoradas, extrañas formaciones en el cielo recortadas…
– “Es aquí.” – Tronó su voz. “Preparad la formación.”
La formación ordenada de mayor a menor empezó a saltar. Nosotras, las ‘peques’, nerviosas y charlatanas nos afanábamos por ver el sitio mientras esperábamos nuestro turno. Todavía era de noche y no se vislumbraba casi nada.
Con un apretón cariñoso me despidió ‘Hermana Mayor’.
– “Disfruta. Es el bosque”, me dijo empujándome con determinación.
Empecé a caer lentamente mientras el sol empezó a asomar detrás de las montañas.
– “¡ Ooooh! – Mi boca chilló.
El paisaje era turbador. Mis hermanas habían dejado todo resplandeciente. Árboles naranjas, botones multicolores, verde terciopelo, cadenas plateadas… Miles de arcoíris aparecían con nuestro roce.
¡¡¡ Splash !!!
Lo vieron por última vez entrando en un bosque, con el verde absorbiendo las huellas de sus pasos y el tiempo escondido en las ramas más altas.
Dicen que el murmullo de sus palabras se confundió con el rumor de la brisa entre las hojas y que ahora es una canción vegetal para quien sepa escucharla.
Cuentan que su piel es un terciopelo silvestre que acaricia el alma de quien se adentra a oler el aroma de la tierra mojada que descansa bajo el musgo. Que inventó un nombre para cada árbol y lo susurra, incansable, a cada rayo de luna que logra atravesar la espesura. Que coloca en su lugar a cada gota de lluvia, a cada brillo de sol, a cada soplo de viento.
Cuentan que convirtió sus prisas en un salto de agua, sus complicaciones en piedras junto al camino y sus problemas humanos quedaron escondidos en troncos centenarios.
Aseguran que se transformó en el bosque que lo acogió, en el verde que calmó sus ansias, en la paz que cubrió su necesidad.
¡Gracias!
Por ofrecerme cada día un espectacular lienzo…
Un lienzo que varía cada día, no se decirte cuál de ellos me gusta mas…
Si en el que predominan los tonos verdosos con multitud de vida y color…
Si en el se produce una lluvia cubriendo todo a su paso de colores naranjas, marrones…
O en el que parece que el lienzo está vació y desnudo pero en realidad alberga mucha vida.
¡Gracias!
Por ofrecerme paz y tranquilidad siempre que necesito desconectarme del trepidante tren de vida en que nos hemos subido.
¡Gracias!
Por lar ricas castañas, las setas, los hongos….
En fin… gracias amigo bosque por darnos tanto, cuando nosotros te damos tan poco… y muchas veces pasamos por delante de ti y no nos detenemos a mirar el exclusivo lienzo que nos has preparado.
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